domingo, 1 de marzo de 2020

Todos somos visajosos (sobre todo yo)


La magnitud del miedo está a la medida del ego. Uno y otro se alimentan de manera directamente proporcional y de ahí se derivan distorsiones de percepción que nos enceguecen y nos arrojan dentro de abismos oscuros que, vistos desde otro ángulo, son ojos de luz pozo arriba. El miedo me ha vuelto a paralizar. Es la manifestación de un ego inmenso, inflado para cubrir su esencial debilidad. Llegan así actitudes autocomplacientes, quejas victimistas que son en realidad intolerancia dolida al rechazo. No podía aceptar que no me quisieran como yo quería y que sí la quisieran a ella. Como toda entelequia, teorizaba sobre falsos y desagradables principios que establecían una jerarquía del valor a partir de la idea de perfección. 

Prejuicios de lo que debía ser el gusto literario, musical, artístico para seducir a la idea que tenía de ti. Qué va, pura arrogancia, puro miedo. Las fantasías son el terreno más fértil para la tiranía. Nadie que sea feliz construye utopías. No podía tolerar que tú, el ser más perfecto, pudiera enamorarse de ella tan imperfecta. No tenía sentido porque en mi absurda estimación encajaba perfectamente contigo. Qué va pura arrogancia, puro miedo. 

Traté de justificar la subestimación hacia ella: que si fue desleal, que si debió proteger su perfección. Cuánta estupidez en mi sentir. Sólo estaba proyectando mis inseguridades y me negaba a reconocer que así funciona el amor: sin fórmulas, con heridas neuroquímicas de por medio, con afinidades que se forjan a partir de la singularidad y no del espejo. Si te quiero es porque haces arte, si la despreciaba es porque hace arte. Pero, poco a poco la química se ha apaciguado. El huracán ha cesado para dar reposo a un cuerpo agitado. 

Temía entregarme a la imperfección, a perder el suelo (el lodo, el barro), y por eso recusaba aquello que anhelaba. Hoy rezo porque cuides ese encuentro: es una mujer imperfecta, es decir, entregada a la acción. Ha construido su destino con las uñas y ha defendido su pasión con hechos, justo aquello de lo que he carecido por estar perdida en mis laberintos ideales. Quiero estar agradecida por el amor, no por la adoración a mi ego. Si encontraste de nuevo el amor, deseo que puedas corresponderle y cuidarle. Que crezcas o que te eleves. 

Es momento de aceptar lo inevitable y de alegrarme por ser una vez más testigo de ese milagro. A mí me corresponde transformar la envidia en autoexigencia: el rigor de la construcción solitaria, de la hierba bajo la nieve. Habré de ocultarme mientras la siembra dure. En silencio cultivar el amor. Agradecer por cada hora que lo sientas; agradecer si me  ves como un recuerdo, como la intuición de un olvido, tranquilo; agradecer que me he despertado y aunque el costo sea tu ausencia, ningún precio será alto por aniquilar el ego con la voluntad del espíritu.

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