Tras ver un término coloquial en su acepción formal me quedé pensando en "qué poder" es la palabra "solar", esa que en lenguaje burocrático (es decir, matapasiones y matajardines) sería "lote urbano baldío". Cuando vi que solar se equiparaba a un baldío me indigné: "¿Cómo va a ser el solar igual que un lote cualquiera?". Y entonces medité sobre la belleza y fertilidad de esa palabra que protege el verdor en la ciudad: un solar no es baldío porque es donde siembran mango las abuelitas; donde hacemos natilla en diciembre; y donde jugamos los primos con libertad, sintiéndonos uno con el pantano y las aves en medio del abuso de concreto y automóviles. El solar es el lugar del sol, el recuerdo de que la amistad duradera y los frutos que nos alimentan son herederos de la tierra. Espacio que ilumina, que ventila, que da vida, porque el sol es la única semilla aunque las inmobiliarias quieran arrancarnos las raíces y borrar a punta de plata la vitalidad de esos rincones sin paredes que aún llamamos hogar.
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