Un dos tres, un dos tres, un dos tres. Suena el vals, mueve tus piernas, niño, al ritmo acompasado de la simulación. Una sonrisa aquí y un gesto de falsa insatisfacción allá. Sobre la máscara dorada brillan siempre los deseos proyectados. Baila. Un dos tres, un dos tres. No es necesaria la verdad, sólo combinarse con las palabras. Flores blancas se deslizan por tus trampas. Cuidado. Mueve el pie hacia allá, casi me pisas. Eso así, con delicadeza, gira un poco más. Ah, los pétalos nos envuelven. Un dos tres, un dos tres, que no termine nunca el vals de las sirenas. Después de 32 vueltas ya nunca haré caso a mis marineros. Un dos tres, un dos tres, baila infinitamente la danza del ardid.

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