sábado, 19 de septiembre de 2020

Femenino




Over mountains / Over all the shores / My soul flies to find yours / Oh, gracious / How sweet to find / The loved ones / The meeting of minds / I will be finding out just where to find you / Over mountains / just where to find you

Quiero comenzar con una confesión: escribo porque me asomo con resignación sobre los límites de la cordura. Quizá por eso haya  desorden en mi discurso, pero eso no me molesta, porque en esas palabras siento que puedo ser honesta con el caos que se ha abierto entre las paredes blancas de mi pequeña casa. A estas alturas he agotado todos los recursos para conjurar el circuito del compromiso postergado; eso que de otra forma, llamo la enfermedad del tiempo: entusiasmarme con la entrega de regalos a seres queridos; conversar con antiguos amantes; volver a ver la serie que marcó mi adolescencia; ver todas las películas recientes de Pixar con mis papás; ver la serie más tierna del mundo con la mujer que he aprendido a amar, no por la necesidad narcisista de la maternidad sino por los argumentos de la razón; hablar todos los días con mi gran amiga; practicar ejercicios de flexibilidad; retomar el bajo; renunciar a las mal llamadas "redes sociales" o más bien a los "imperios de la modificación de la conducta". Y, sin embargo, al final de la noche se cuela un miedo vago, podría llamarlo tedio, podría llamarlo culpa. 

El motivo es trivial: el peso de la tesis, de un posgrado que se posterga contra todo pronóstico. He incumplido y sobre todo me he incumplido. Sin embargo, ese desgaste que actúa como óxido espiritual ha sido la escuela de esa honestidad que menciono al principio: por fin pude reconocer qué me gusta hacer y qué no. Está bien no querer complacer a otros por el temor de no pertenecer. No obstante, también aprendí que cuando esa apatía al compromiso tiene consecuencias en terceros y sobre todo en el patrimonio público; esta se convierte en una oportunidad y en una necesidad de creatividad, ¿cómo voy a salir de esta situación que no me gusta pero me exige ser responsable? La clave es siempre la acción decidida. Y aquí vuelve a manifestarse la honestidad: me reconozco como una mujer fracturada, disociada y distraída. Me ha costado concentrarme con la intensidad y dedicación del pasado y ese es quizá otro motivo de los reiterados sedimentos nocturnos. Estoy rota, porque he perdido a alguien: así es, me he perdido a mí. Sin embargo, es un logro reconocerme en esa debilidad, la cual habría negado u enmascarado en el pasado. Y si puedo nombrarme sinceramente desde esa fragilidad es porque tengo interés en moverme, en actuar. 

Actualmente he decidido que cada experiencia reciente me fortalece en la debilidad, llevándome a ser más honesta, es decir, a ser coherente entre dicho y hecho. Este reto lo vivo, especialmente, con el sueño narcótico del amante, no quiero que mi pensamiento y acciones al respecto sean contradictorias. Debo enfrentarme —y es lo que he intentado hacer en este tiempo de distanciamientos— al desgarro de una trágica constatación: él es un fantasma, no hay un cuerpo que reclamar, ni que amar. La verdad es que todo el tiempo estuve parada frente a un espejo. Sin embargo del espejismo han brotado reflejos en forma de libros, referencias y canciones a las que permito impresionarme e impregnarme. El verbo se hace carne, pero no él, sino por mí y entonces dudo. A veces me cuestiono la necesidad de renunciar a esas deliciosas fantasmagorías, me digo que debería ser más pragmática, menos egoísta y tomar como semilla todo lo que se presenta en mi vida, así tenga la forma de una ensoñación. Sin embargo, la memoria del deseo me hace trampa y el dolor del cuerpo ausente distrae mi propósito de aprendizaje por el recuerdo de un violento placer. 

Siendo honesta (como mujer) quisiera lanzarme a sus brazos, pero siendo aún más honesta (asumiendo la mirada alta del ave) me repito que estoy sola y que la batalla o el abrazo solo me los debo a mí. Resisto, quiero decir, acepto mi deseo para rebelarme contra él. La experiencia sexual no depende de otro, aunque a veces quiera hacer una cómoda delegación. Si hay un otro, su presencia es un fin (final) y no un mero instrumento. Y así lo experimenté recientemente, pude ser honesta: quería ser y verme como puro deseo, hacerlo explícito, no reprimir. Soy también mi animal y no debo avergonzarme por ello. Fue liberador que "él" me permitiera proyectar ese anhelo de ser. Pero el ser de una ilusión significa que de base se presenta el no-ser y así recomienza la tragedia: me encuentro intermitentemente con un maestro que tiene voz propia pero fue creado por mí. Me desnudo en palabra y cuerpo, por lo tanto, soy honesta: durante este año y ante cada estímulo de "él", mi corazón ha latido al son de un soliloquio. Benditos momentos de euforia y desesperación. 

Soy honesta y por eso la cordura se balancea. El sexo me lleva a una constatación: estoy sola (en la tesis, en el encuentro sexual, en el estar íntimo de la existencia). Claro que hay acompañantes bienintencionados, hay afectos y afectaciones. Pero la realidad psíquica más contundente y constante es la soledad. Y que no se malinterprete: esto no es lamento o queja, sino descripción, anotación de una revelación que intento abrazar sin dramatismo. "En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad", diría Machado y el fantasma, o sea yo. La claridad de este hecho me deja aturdida por un momento, pero no paralizada. Conociendo mi realidad puedo actuar con mayor franqueza, respeto y, espero, con compasión. 

Reconozco que en las situaciones y percepciones mencionadas hay, sin embargo, un prejuicio de raigambre emocional que he estado alimentando: cierto rechazo a la presencia masculina. Mi hipótesis es que relaciono ese rol con la deshonestidad —es decir, con la incongruencia, la ausencia de escucha, la incapacidad de concentración emocional, la esclavitud de la comodidad y el desapego cínico— y eso hace que "las cosas no sean verdad", quiero decir, no puedo confiar en sus discursos o acciones. La soledad constitutiva que ahora veo con mayor nitidez, me exige una economía de la angustia y un pragmatismo afectivo, que nada tiene que ver con amores calculados, ni con ser frío, sino con reconocer dónde se puede compartir cálidamente la soledad y ponerla a conversar con genuina interdependencia. 

Y vaya que esa característica, ahora que reflexiono retrospectivamente, siempre la encontré —y la encuentro— en mujeres o roles femeninos. Mi madre; mi abuela Maruja; mis primas hermanas Luisa y Estefanía; mis amigas Leidy, Natalia, Paula, Mile, Kate; mi abuela Noemí; mi fugaz amante Ana María; mi twin flame, Isabel; la vibrante Nickol; la musical Mayra; la inesperada Angélica; Rumiko Takahashi; las ficticias pero queridas Idgie Threadgoode y Anne Shirley-Cuthbert; la provocadora Kali Uchis —con vergüenza reconozco haberme dejado llevar por un prejuicio social sobre su imagen y haberme privado por ello de conocer su música. Ahora, para mí, la voluptuosa y auténtica mujer es la representación máxima de integridad femenina—. 

Mi madre me dio pecho por cerca de un año y medio y luego me alimentó con el saber de la palabra pasada por el afecto. Gracias a su acompañamiento en mi inquietud "intelectual", aprendí a leer a los 4 años. No sé qué tanto tenga que ver la duración prolongada de la lactancia con esta disposición o más bien con este prejuicio de tomar el carácter femenino como la condensación de la confianza, el amor, la fortaleza, la justicia y la esperanza, pero lo cierto es que las mujeres han sido a lo largo de estos casi 30 años, la principal inspiración —aunque no siempre consciente— de las acciones que me han proporcionado alguna plenitud: aprender, estudiar, amar, confiar, hablar, crear, viajar, dormir acompañada. 

Y creo que por eso adjetivo la honestidad como "femenina", porque considero que ese rol, esa forma de hacerse presente en el mundo conjura los fantasmas, ilusiones y espejismos que surgen de la palabra-entelequia-ardid. La honestidad femenina, por el contrario —se me excusará lo dicotómica, pero hablo desde la experiencia como órgano— es la coherencia encarnada, una inteligencia corporal, concreta, térrica, un suelo que ofrece la confianza necesaria para que la raíz del soliloquio individual se consolide con vigor y autenticidad, sin por ello renunciar a la potencia de un cruce sincero y solidario de soledades. La honestidad femenina, me parece por ahora, el único camino que dignifica la soledad a través del afecto, esto es, de la amistad, que para mí es lo mismo que decir, del amor. 

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