jueves, 1 de octubre de 2020

La flecha del dragón

 

Please teach me how to live / a little more vulnerably than i do now / won't you taint me just a little? / that way, even if i get hurt / and lose everything around me / this song of truth will flow through my heart / if eternity knows what manner of darkness / and when pain will vanish / then that way, you shall taint me / i looked always to yesterday, to the castles in the sky / when will i be able to follow them? / this song of truth shall be my guide

¿Qué significa crecer? Hace seis días consulté a una experta en medicina tradicional china. Lo más curioso es que la mujer asegura ser una incrédula consumada y afirma que las técnicas que cultiva son "puro cuento chino". Orfary es una hechizera que no cree en sus propios conjuros: heredera del apóstol Tomás, insiste en sumergirse en la magia, precisamente para tocar la llaga de la fe y ponerla prueba constantemente. Lo curioso es que hasta ahora siempre ha perdido contra las cuentos y —según su relato— cuando cree que por fin ganará —es decir, que se derrumbarán los supuestos ante el peso de la lógica— aparece algún hecho que la desvirtúa y a ella no le queda más alternativa que continuar alimentando su dialéctica de la incredulidad. 

Esa visión conquistó inmediatamente a una persona tan ávida de chispa como yo y por eso, con gustoso entusiasmo, me permití hacer parte del juego. En el fondo, más allá de la efectividad de los masajes, brevajes, quiromancias y acupunturas, lo cierto es que la mujer no dejaba de expresarse en un tono lúdico y burlón y esa es su principal lección: sea que tenga razón la Razón o el encantamiento mágico, lo único verdaderamente imprescindible es no tomarse en serio la vida para poder vivirla. Luego de estar inmersa en sus tratamientos hubo varios enunciados que llamaron mi atención, ya que para mi sorpresa con ellos logré redondear interpretacione sobre sensaciones pasadas y recientes que me han inquietado en los últimos años y que hoy recuerdo a propósito de ese 1 de octubre de 2016, en que un beso de aeropuerto deshizo la esperanza en el vértigo de la noche. Al tocar mi espalda Orfary dijo que yo estaba contenida en una caja muy pequeña para mi cuerpo y que por la estructura de mi espalda superior se notaba que mi energía estaba concentrada en el mundo de las ideas, generando un desequilibrio con su parte baja (la tierra, la sensatez). Ningún desbalance es saludable.

Pero fue cuando vio mis manos que llegó la perplejidad. Con una voz algo desconcertada me dijo "jmmm, ¡¡tus manos!! nunca había visto unas tan lisas"; a lo que yo respondí algo asustada "¿Qué pasa con ello?" y ella dijo "nunca había visto un alma tan joven; que no haya reencarnado; prácticamente eres un niño en kinder y viniste a este mundo a aprender. Tu mano izquierda prácticamente no tiene líneas y esa es la mano que representa el pasado. Eres un alma sin pasado y por eso estudias historia: necesitas construir una memoria desde afuera ya que no tienes una". 

Estas impactantes afirmaciones desmontaron algunas hipótesis propias sobre mi identidad pero reforzaron otras. En ocasiones pensaba que era un alma más vieja por la renuencia a la cólera y por la activa defensa de la ecuanimidad y del sentido común. Sin embargo, la alternativa por la juventud interior hace comprensible muchas de mis experiencias y revelaciones  recientes: la volatilidad emocional, la insaciable curiosidad, la capacidad de relacionarme con cualquier tipo de persona, el deseo por romper esquemas, la búsqueda obsesiva de la autenticidad y la fragilidad ante las despedidas. Esas son las características de una niña —me dije— a las cuales se suman la vulnerabilidad, pero también el ánimo caprichoso, egoísta e incluso cruel. 

La sentencia de Orfary me hizo consciente y no podemos olvidar que toda forma de la consciencia conlleva más malestar que tranquilidad. En este caso, la interpretación azuzó la impaciencia, porque entonces "cuándo voy a alcanzar mi plenitud social, si no me he comportado con los demás como pares, si ellos no han podido verme como tal". Y sentí que la candidez e inocencia con la que he procurado relacionarme son la antítesis de la mímesis, de la capacidad de mentir y ficcionar con soltura, de esa teatralización de las intenciones que es tan necesaria para moverse en el terreno público del poder y en el terreno privado del deseo. 

Con razón siempre me he sentido tan lejana del mundo, incapaz de tocar con palabras aquello que debía asumir como actuación. Todo esto me hizo considerar también mi pueril vivencia del apego, de cómo me involucro tan fácilmente con cualquier situación o persona en la que mi atención se vea atrapada así no sea correspondida. Es justo lo que pasa con los nativos del año de la cabra en contraposición con los nativos del dragón, por el contrario totalmente desapegados de la tierra. El dragón lanza las ideas pero no se queda para cultivarlas. Qué trágico encuentro y qué ironías, pienso. 

Sin embargo he tratado de conciliar mi futuro inmediato con ese "diagnóstico". No quiero justificar ruidos mentales, ni asomos de autocompasión. El destino no es un condicionamiento sino la resonancia de una creencia que crea. Por lo tanto, debo poner en orden mis caóticas emociones y anhelos, para así aprovechar las posibilidades que abre el autoconocimiento. Mi meta será afinar la autobservación, reconocer cuando me extralimito, me desbordo, cruzando esa hybris —que tantas veces he desgarrado desde hace cuatro años— y cuya ruptura, propiciada por mis afiladas fantasías, me ha dejado exhausta. Debo agradecer por las flechas lanzadas —semillas de inspiración— y crecer para mi propia mirada. Como niños anhelamos la mirada del otro, mejor dicho somos el otro, con el cual no hay diferencia. Crecer es separarse, aceptar y abrazar la separación para crear una mirada propia bajo la cual recrearnos. 

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