1 de abril de 2007
Quiero estar más cerca de mis horizontes / Cruzar las ciudades y llegar al monte / Y quedarme ahí para siempre / Se puede estar mejor [...] / El mundo se acabó / Pero seguro hay otros dando vueltas / Voy a extrañar la sombra de los árboles
Algo que me gusta mucho de mi casa es que en sus
distintas fases ha tenido terraza. Primero como extensión de las habitaciones
superiores, una especie de patio, en el segundo piso, y luego como techo de
toda la casa y como potencial tercer piso. Cuando en 2003 esta se convirtió en
el punto más alto de la construcción, recuerdo mi entusiasmo por el cambio.
Siempre he disfrutado de los lugares altos, de la mirada que me permita abarcar
la mayor cantidad de paisaje posible, pero sin que se pierdan algunos detalles
(puedo observar los edificios, sus ventanas, intuir la vida dentro de ellas,
pero también los barrios; puedo ver los árboles, pero también el bosque).
Para entonces ya era una aficionada de los
balcones y a los cerros de la ciudad. Así que esta modificación significaba
llevar en el bolsillo el mirador personal o, más bien, hacerlo parte de mi
cotidianidad, dejar que la cima no fuera una experiencia extraordinaria. Ahora
podía ver la montaña del altiplano nororiental, la biblioteca España; el sol
reflejado en las cabinas del primer Metrocable de la ciudad; la autopista
Medellín-Bogotá y la entrada al túnel; las paredes de los barrios; la
cúpula de la iglesia del parque principal; la "meseta" donde elevaban
cometas y en las noches había tormentas de relámpagos; la cárcel al fondo; y,
si me montaba en el techo de las escalas, alcanzaba a observar un muy lejano,
muy pequeño viaducto del Metro e incluso los trenes en movimiento que salían de
la estación Niquía.
Recuerdo que a partir entonces y hasta hoy la
noche ha tenido un ritual especial desde la terraza: primero, la atención a los
atardeceres de arrebol y, segundo, acomodarme en dirección nororiental con mi
nuevo reproductor de música y los auriculares para escuchar rock y j-rock.
Mientras tanto me concentraba en las sensaciones: recibir el viento del norte y
mirar las luces flotantes de la ciudad y las que colgaban de la montaña. Esta
visión siempre me ha generado una sensación de nostalgia, de antigua
familiaridad y, por tanto, una especie de imagen-hogar.
Quizá esto se debe a que ese es el paisaje con
que iniciaba mis viajes en Metro; viajes que durante la mayor parte de mi
infancia y el inicio de mi adolescencia siempre relacioné con visitar a mi abuela
materna. La mayoría de los parientes paternos viven al norte del valle,
pero mi tía y mi otra abuela siempre han vivido al sur. Esta era la ocasión
para recorrer largas distancias dentro de la ciudad (un movimiento más bien
extraordinario en mis jornadas) porque, además, eran los familiares que más me
gustaba visitar. Este fue el cuento que me inventé para explicar la necesidad
de cumplir con este ritual y en general de explicar por qué en cada mirador
nocturno del sur o la visión de mi terraza siempre me llevan al recuerdo de mi
abuela, de las unidades donde vivió, de las noches de juego. Esta imagen es más
que una simple visión: es memoria, es un cordón umbilical entre mi mente y mi
acción y como tal, contiene identidad, que es decir, la intuición infantil de
todas las intenciones adultas.
Ahora bien, hace unos 7 años mi pequeño paraíso
comenzó a cambiar. El descontrolado aumento de las construcciones en altura
como fenómeno urbano característico del valle, con su consecuente
gentrificación (también mental), colonizó el barrio. Torres de apartamentos al
fondo, a los costados proliferaron: ya no veía la Biblioteca, ni el Metrocable,
ni la meseta. Fue desilusionante, pero aún gozaba de la panorámica abierta de
360 grados sobre las variaciones de la cordillera central. Sin embargo, la
dicha fue breve. Pronto los vecinos comenzaron a tumbar las viejas casas
obreras, las viejas casas de la urbanización para levantar edificios sin
criterio arquitectónico: preocupados solamente por una fachada bonita, nos
dieron la espalda con sus muros de ladrillo pelado y mezcla. El criterio
dominante era darle rentabilidad a la tierra, sacar muchos apartamentos y ganar
plata. ¿Dónde queda la calidad del paisaje? por supuesto es el sacrificio de
los bolsillos llenos.
Hoy me percato que desde entonces dejé de frecuentar cada
vez más la terraza, pese a que ya pasaba más tiempo en casa. Cada día, al
subir, veía una hilera más de ladrillos, y así corroboraba que el patrón no se
detendría y, en efecto, no se detuvo. De repente me vi rodeada de capas de ladrillos
y con cada nuevo "apartamento" que aparecía, desaparecía el horizonte
de la montaña. Incluso el cerro tutelar comienza a fantasmear tras la mancha
naranja. El cielo está fragmentado y el verde lejano con sus luces son casi
imaginación. Casi no quiero subir a la terraza porque todo lo que encuentro son
muros, tristes encerramientos, para el lugar que había sido sinónimo de mi
libertad. Por todo ello, pienso que esta situación es una metáfora muy precisa
para lo que me ha ocurrido interiormente en esos mismos años. Me refiero a la
incorporación de una práctica tan limitante como los muros que se multiplican
bloqueando la vista: el autoengaño.
La infancia nos prodiga la animalidad, la espontaneidad
e incluso una cruel honestidad. Crecer podría definirse en algún sentido como
aprender a caminar en soledad e incorporar límites como principio de
individualidad. Todo el proceso civilizatorio es un trabajo sobre la represión,
el autocontrol, sobre las limitaciones autoimpuestas por una finalidad social.
En esa tensión entre individuo y sociedad se establecen ciertas reglas que nos
impiden comportarnos con la total libertad de nuestros deseos. No digo que esto
esté bien o mal, es un pacto necesario y aunque se basa en la ficción no supone
un engaño. Pero más allá de la función sociológica, ¿cuál es el límite
saludable, necesario de la ficción personal?
Me parece que el dolor y la insatisfacción marcan
la diferencia entre la ficción engañosa y aquella vital. Porque la especie
humana se caracteriza por su ánimo narrativo: creamos lo que nos creemos y toda
realidad parte del cuento que nos echamos como sociedad o como individuos. Es
allí donde reside su creatividad y la lógica de todas sus mnemotécnicas. La
vida humana es el fruto de sus historias. Pero cuando esta narración no
multiplica la vida o el placer, se encienden las alarmas. Convencerse de que
algo es, cuando objetivamente no lo es, parece un modo ideal de protección
psíquica. La especie humana también se caracteriza por evitar el dolor o creer
que puede hacerlo de forma fácil. Es entonces cuando domina el autoengaño, una
acción que asocio con la adultez y poco con otras etapas como la infancia y la
adolescencia.
Así como mi infancia tuvo un cielo diáfano, un
paisaje generoso y abierto que gocé con curiosidad y apertura interna, a medida
que crecí los muros de ladrillo no solo le quitaron nitidez y presencia al
firmamento, sino a también a mi propia identidad. Sin darme cuenta la mancha
naranja fue cubriendo no solo el entorno de mi terraza, sino mi autopercepción.
En ambos casos la consecuencia común es la sensación de abatimiento y la
imposibilidad de ver con claridad: solo se ven muros, no a la vida. Por tanto
se cree que no hay opciones: la esperanza se convierte en una herida, estás
atrapado. El muro del autoengaño toma formas aparentemente inocentes y, por lo
general, aflora en nuestras relaciones con otros. Lo que buscamos del otro es
que nos quiera y por eso digo que las formas parecen inocentes: están motivadas
por el afecto.
Pero si antes no se siente este apasionamiento hacia sí mismo, el
temor al abismo que ocupa su lugar nos lleva a levantar un muro, a desviar la
vista y ceder todo el poder de sostenernos a un otro idealizado tanto en sus
virtudes como en sus defectos. Todo lo que quisiéramos ser o hacer se lo
atribuimos. Sin embargo, si la relación no sale como esperábamos o queríamos empezamos a
patologizar su comportamiento, a atribuirle cuanto trastorno de personalidad
nos aparece en Google, sobre todo si la justificación es el narcisismo. Pero en
ningún caso estas historias son ciertas. Cuesta reconocer que aquello
maravilloso no es tan maravilloso en el otro, ni tan inexistente en ti, y que
eso mismo podrías alcanzarlo si te decidieras a hacerlo más allá del confort
de la melancolía. Cuesta reconocer que el otro no necesita de un diagnóstico
psiquiátrico sino que simplemente es alguien que no te quiere a la medida de
tus deseos. No es un monstruo, no es un enfermo mental; es un ser humano como
tú, con libertad, egoísmo y un camino propio por recorrer. Estas ideas no
son más que pilas y pilas de ladrillo construidas sobre la incertidumbre de la
adultez.
La verdad es que muchas veces tenemos miedo de
mirar a nuestro cielo interior; un cielo que es sinónimo de vacío, aburrimiento,
crisis y frustración. Agosto ha sido un mes de pruebas de aceptación. Hace un
par de días iba a fotografiar el Quitasol desde la terraza y me encontré con un
nuevo obstáculo, un nuevo muro que interfería en el encuadre. Hace pocos días
decidí enfrentar nuevamente la realidad sin anestesias y entender al otro en su
libertad y en la realidad de sus deseos. Sentí tristeza por el muro y a la vez
me percaté de la cadena de autoengaños en estos dos últimos años. Entendí que
el agobio de la terraza en casa era similar al agobio de los ladrillos que
puse ante mis ojos para evitar mirarme. Hoy lo reconozco y lo asumo.
No es sencillo, no es agradable, pero las capas
de ladrillo también me recuerdan que la existencia es una relación de estratos
y sedimentos, que es mi elección aprender a convivir con los muros, con los
pasados que se suceden sin pasar y que nos explican sin determinarnos; que más
allá del cerramiento impuesto por mis vecinos (o por mis miedos) todavía
quedará el techo del cielo con los colores del ocaso, el canto y el vuelo de
sus aves, las puntas de la cordillera y algunas luces de la ciudad. Que las
limitaciones me exigen ser más creativa con la mirada para capturar el paisaje
sin interrupciones y que, en todo caso, eventualmente podré elevarme, construir
una nueva terraza más alta que restaure toda nitidez. Más aun, es la oportunidad
de recordar que siempre puedo salir de casa y detener mi frustración con los
muros ajenos, porque al cruzar la puerta el mundo es, si así lo decido, “ancho
y ajeno”.