sábado, 28 de agosto de 2021

12 %

Cuando no hay mas que decirnos / Habla el humo, nada el humo Y rema en espiral / Cuando no hay mas que decirnos / Se abren al aire vacíos
Que dos no pueden respirar / Para desvanecerse, alargando el después / Trayectoria sin final / Distante placer, de una mirada / Frente a otra esfumándose

Bocanada profecía.

El malestar era evidente aunque quisiera disfrazarse de cortesía.

Las excusas revelaban una realidad subterránea: una donde los acuíferos estaban putrefactos. La vida estaba muerta desde el vientre. Pero en esa tierra infértil una mano terca se hizo ciega a voluntad para sembrar las flores; las flores del mal. Inocente y cruel terquedad que convirtió el deseo en una lucha por la representación y la influencia.

El tiempo se detuvo: tuviste la oportunidad de escapar antes de volver al espejo. Al inicio donde el reflejo se multiplica y la comparación se convierte en distracción, frustración y autocompasión. Lo sabías. Siempre lo supiste. La pandemia era una alerta. Una invitación a la purga invisible de lo invisible. El llamado a la expulsión, a la limpieza sin que la idealización te comprometiera a ti. Aun así te rendiste a la trampa cortoplacista. Preferiste la ilusoria paz de entreguerras, la tentación del mediocre espejismo.

Lo siento, pequeña, la marcha ha reanudado y sabías [así no quisieras] que no serías elección. Siempre asumiste con conocimiento el lugar de la necesidad, de escampadero, de ensayo. Prescindible ansiolítico, borrador de rutinas futuras sin tu futuro allí, de preferencias de consumo, de miedos. Solo te queda la miseria de una teoría comprobada a punta de ego, de ese voyerismo narrativo que expone tu yo ausente. 

Ahora todas las piezas encajan: la cerveza, el cabello, la reticencias, el baile, las intenciones, la música de los 80; todo ello ya pertenecía a otro relato. Uno de verdad-verdad. Porque esto que vez (estas letras y lo demás) no son. En serio, ¿cómo puedes probar lo contrario?

Haz de cuenta que no existió. Es que es inexistente. "El polvo es la carne del tiempo". Los fantasmas creen muchas cosas, viven de la fe, no de la lógica. Por eso creen que pueden amar, que pueden soñar —aunque sean el sueño olvidado de la mañana—. Que van a probar el licor prometido con otros labios. O que pueden escribir en un blog, por ejemplo.

domingo, 22 de agosto de 2021

Ladrillos

1 de abril de 2007

Quiero estar más cerca de mis horizontes / Cruzar las ciudades y llegar al monte / Y quedarme ahí para siempre / Se puede estar mejor [...] / El mundo se acabó / Pero seguro hay otros dando vueltas / Voy a extrañar la sombra de los árboles

Algo que me gusta mucho de mi casa es que en sus distintas fases ha tenido terraza. Primero como extensión de las habitaciones superiores, una especie de patio, en el segundo piso, y luego como techo de toda la casa y como potencial tercer piso. Cuando en 2003 esta se convirtió en el punto más alto de la construcción, recuerdo mi entusiasmo por el cambio. Siempre he disfrutado de los lugares altos, de la mirada que me permita abarcar la mayor cantidad de paisaje posible, pero sin que se pierdan algunos detalles (puedo observar los edificios, sus ventanas, intuir la vida dentro de ellas, pero también los barrios; puedo ver los árboles, pero también el bosque). 

Para entonces ya era una aficionada de los balcones y a los cerros de la ciudad. Así que esta modificación significaba llevar en el bolsillo el mirador personal o, más bien, hacerlo parte de mi cotidianidad, dejar que la cima no fuera una experiencia extraordinaria. Ahora podía ver la montaña del altiplano nororiental, la biblioteca España; el sol reflejado en las cabinas del primer Metrocable de la ciudad; la autopista Medellín-Bogotá y la entrada al túnel; las paredes de los barrios; la cúpula de la iglesia del parque principal; la "meseta" donde elevaban cometas y en las noches había tormentas de relámpagos; la cárcel al fondo; y, si me montaba en el techo de las escalas, alcanzaba a observar un muy lejano, muy pequeño viaducto del Metro e incluso los trenes en movimiento que salían de la estación Niquía. 

Recuerdo que a partir entonces y hasta hoy la noche ha tenido un ritual especial desde la terraza: primero, la atención a los atardeceres de arrebol y, segundo, acomodarme en dirección nororiental con mi nuevo reproductor de música y los auriculares para escuchar rock y j-rock. Mientras tanto me concentraba en las sensaciones: recibir el viento del norte y mirar las luces flotantes de la ciudad y las que colgaban de la montaña. Esta visión siempre me ha generado una sensación de nostalgia, de antigua familiaridad y, por tanto, una especie de imagen-hogar. 

Quizá esto se debe a que ese es el paisaje con que iniciaba mis viajes en Metro; viajes que durante la mayor parte de mi infancia y el inicio de mi adolescencia siempre relacioné con visitar a mi abuela materna. La mayoría de los parientes paternos viven al norte del valle, pero mi tía y mi otra abuela siempre han vivido al sur. Esta era la ocasión para recorrer largas distancias dentro de la ciudad (un movimiento más bien extraordinario en mis jornadas) porque, además, eran los familiares que más me gustaba visitar. Este fue el cuento que me inventé para explicar la necesidad de cumplir con este ritual y en general de explicar por qué en cada mirador nocturno del sur o la visión de mi terraza siempre me llevan al recuerdo de mi abuela, de las unidades donde vivió, de las noches de juego. Esta imagen es más que una simple visión: es memoria, es un cordón umbilical entre mi mente y mi acción y como tal, contiene identidad, que es decir, la intuición infantil de todas las intenciones adultas.

Ahora bien, hace unos 7 años mi pequeño paraíso comenzó a cambiar. El descontrolado aumento de las construcciones en altura como fenómeno urbano característico del valle, con su consecuente gentrificación (también mental), colonizó el barrio. Torres de apartamentos al fondo, a los costados proliferaron: ya no veía la Biblioteca, ni el Metrocable, ni la meseta. Fue desilusionante, pero aún gozaba de la panorámica abierta de 360 grados sobre las variaciones de la cordillera central. Sin embargo, la dicha fue breve. Pronto los vecinos comenzaron a tumbar las viejas casas obreras, las viejas casas de la urbanización para levantar edificios sin criterio arquitectónico: preocupados solamente por una fachada bonita, nos dieron la espalda con sus muros de ladrillo pelado y mezcla. El criterio dominante era darle rentabilidad a la tierra, sacar muchos apartamentos y ganar plata. ¿Dónde queda la calidad del paisaje? por supuesto es el sacrificio de los bolsillos llenos. 

Hoy me percato que desde entonces dejé de frecuentar cada vez más la terraza, pese a que ya pasaba más tiempo en casa. Cada día, al subir, veía una hilera más de ladrillos, y así corroboraba que el patrón no se detendría y, en efecto, no se detuvo. De repente me vi rodeada de capas de ladrillos y con cada nuevo "apartamento" que aparecía, desaparecía el horizonte de la montaña. Incluso el cerro tutelar comienza a fantasmear tras la mancha naranja. El cielo está fragmentado y el verde lejano con sus luces son casi imaginación. Casi no quiero subir a la terraza porque todo lo que encuentro son muros, tristes encerramientos, para el lugar que había sido sinónimo de mi libertad. Por todo ello, pienso que esta situación es una metáfora muy precisa para lo que me ha ocurrido interiormente en esos mismos años. Me refiero a la incorporación de una práctica tan limitante como los muros que se multiplican bloqueando la vista: el autoengaño. 

La infancia nos prodiga la animalidad, la espontaneidad e incluso una cruel honestidad. Crecer podría definirse en algún sentido como aprender a caminar en soledad e incorporar límites como principio de individualidad. Todo el proceso civilizatorio es un trabajo sobre la represión, el autocontrol, sobre las limitaciones autoimpuestas por una finalidad social. En esa tensión entre individuo y sociedad se establecen ciertas reglas que nos impiden comportarnos con la total libertad de nuestros deseos. No digo que esto esté bien o mal, es un pacto necesario y aunque se basa en la ficción no supone un engaño. Pero más allá de la función sociológica, ¿cuál es el límite saludable, necesario de la ficción personal?   

Me parece que el dolor y la insatisfacción marcan la diferencia entre la ficción engañosa y aquella vital. Porque la especie humana se caracteriza por su ánimo narrativo: creamos lo que nos creemos y toda realidad parte del cuento que nos echamos como sociedad o como individuos. Es allí donde reside su creatividad y la lógica de todas sus mnemotécnicas. La vida humana es el fruto de sus historias. Pero cuando esta narración no multiplica la vida o el placer, se encienden las alarmas. Convencerse de que algo es, cuando objetivamente no lo es, parece un modo ideal de protección psíquica. La especie humana también se caracteriza por evitar el dolor o creer que puede hacerlo de forma fácil. Es entonces cuando domina el autoengaño, una acción que asocio con la adultez y poco con otras etapas como la infancia y la adolescencia. 

Así como mi infancia tuvo un cielo diáfano, un paisaje generoso y abierto que gocé con curiosidad y apertura interna, a medida que crecí los muros de ladrillo no solo le quitaron nitidez y presencia al firmamento, sino a también a mi propia identidad. Sin darme cuenta la mancha naranja fue cubriendo no solo el entorno de mi terraza, sino mi autopercepción. En ambos casos la consecuencia común es la sensación de abatimiento y la imposibilidad de ver con claridad: solo se ven muros, no a la vida. Por tanto se cree que no hay opciones: la esperanza se convierte en una herida, estás atrapado. El muro del autoengaño toma formas aparentemente inocentes y, por lo general, aflora en nuestras relaciones con otros. Lo que buscamos del otro es que nos quiera y por eso digo que las formas parecen inocentes: están motivadas por el afecto. 

Pero si antes no se siente este apasionamiento hacia sí mismo, el temor al abismo que ocupa su lugar nos lleva a levantar un muro, a desviar la vista y ceder todo el poder de sostenernos a un otro idealizado tanto en sus virtudes como en  sus defectos. Todo lo que quisiéramos ser o hacer se lo atribuimos. Sin embargo, si la relación no sale como esperábamos o queríamos empezamos a patologizar su comportamiento, a atribuirle cuanto trastorno de personalidad nos aparece en Google, sobre todo si la justificación es el narcisismo. Pero en ningún caso estas historias son ciertas. Cuesta reconocer que aquello maravilloso no es tan maravilloso en el otro, ni tan inexistente en ti, y que eso mismo podrías alcanzarlo si te decidieras a hacerlo más allá del confort de la melancolía. Cuesta reconocer que el otro no necesita de un diagnóstico psiquiátrico sino que simplemente es alguien que no te quiere a la medida de tus deseos. No es un monstruo, no es un enfermo mental; es un ser humano como tú, con libertad, egoísmo y un camino propio por recorrer.  Estas ideas no son más que pilas y pilas de ladrillo construidas sobre la incertidumbre de la adultez.

La verdad es que muchas veces tenemos miedo de mirar a nuestro cielo interior; un cielo que es sinónimo de vacío, aburrimiento, crisis y frustración. Agosto ha sido un mes de pruebas de aceptación. Hace un par de días iba a fotografiar el Quitasol desde la terraza y me encontré con un nuevo obstáculo, un nuevo muro que interfería en el encuadre. Hace pocos días decidí enfrentar nuevamente la realidad sin anestesias y entender al otro en su libertad y en la realidad de sus deseos. Sentí tristeza por el muro y a la vez me percaté de la cadena de autoengaños en estos dos últimos años. Entendí que el agobio de la terraza en casa era similar al agobio de los ladrillos que puse ante mis ojos para evitar mirarme. Hoy lo reconozco y lo asumo.

No es sencillo, no es agradable, pero las capas de ladrillo también me recuerdan que la existencia es una relación de estratos y sedimentos, que es mi elección aprender a convivir con los muros, con los pasados que se suceden sin pasar y que nos explican sin determinarnos; que más allá del cerramiento impuesto por mis vecinos (o por mis miedos) todavía quedará el techo del cielo con los colores del ocaso, el canto y el vuelo de sus aves, las puntas de la cordillera y algunas luces de la ciudad. Que las limitaciones me exigen ser más creativa con la mirada para capturar el paisaje sin interrupciones y que, en todo caso, eventualmente podré elevarme, construir una nueva terraza más alta que restaure toda nitidez. Más aun, es la oportunidad de recordar que siempre puedo salir de casa y detener mi frustración con los muros ajenos, porque al cruzar la puerta el mundo es, si así lo decido, “ancho y ajeno”.