sábado, 3 de agosto de 2019

Arropar

23 de septiembre de 1997
 
Hablando de palabras que dicen no por lo dicho sino por su sonido recordé uno de mis verbos favoritos: arropar. Inmediatamente lo asocié con mamita Maruja. No recuerdo bien si ella fue quien me enseñó esa palabra. De todas maneras poco importa el origen. Todo recuerdo es interpretación. Importa, entonces, su efecto. Mamita usaba un chal café, era una de sus prendas características. Mamita fue de las pocas personas con quien compartí cotidianidad fuera de mi casa, de mis padres y de algunas primas. También fue una de las pocas personas con quien he dormido y compartido cama y abrigo por varias noches. 

Mamita, mi abuela materna, no era la madre de mi madre, era su prima, así que no se trata aquí del llamado de la sangre —y la visceralidad que ello implica— sino de un vínculo menos visible y más profundo. La adopción es una figura que me parece muy poderosa porque es el manifiesto de un amor asumido con convicción. Dice Lacan que "todos somos adoptados". Es una hipótesis que me parece vivificante porque nos libera de las obligaciones impuestas por los símbolos del origen. Me gusta pensar que como hijos de nuestros padres y como hijos de nuestro continente somos adoptados, quiero decir, fruto de muchas herencias e intervenciones. Eso es América, "Nuestra América" contradicción de tantas paternidades con sus injusticias y renovadas riquezas. 
 
Mamita cocinaba para mí dulces y sánduches, pero también sopas que revelaban nuestros cuerpos tricontinentales convertidos en islas de los innumerables mestizajes del Mediterráneo, el Atlántico y el Pacífico. La sopa de mamita llevaba el cerdo español, la papa y el maíz americanos y el banano africano. La sopa de mamita era el mundo. Cuando veo su chal pienso en su generosidad y valentía. Ella renunció a la vanidad y a la necesidad. Fue, el suyo, un amor de elecciones vitales y no la imposición de una supervivencia agónica —la de los genes—.

Qué impredecibles son las conexiones de los afectos y las resonancias arbitrarias de algunas palabras. El caótico presente me arropó de nuevo con la huella cálida de mamita, en ese enigmático misterio de las presencias sin cuerpo. 

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