Bocanada profecía.
El malestar era evidente aunque quisiera disfrazarse de cortesía.
Las excusas revelaban una realidad subterránea: una donde los acuíferos estaban putrefactos. La vida estaba muerta desde el vientre. Pero en esa tierra infértil una mano terca se hizo ciega a voluntad para sembrar las flores; las flores del mal. Inocente y cruel terquedad que convirtió el deseo en una lucha por la representación y la influencia.
El tiempo se detuvo: tuviste la oportunidad de escapar antes de volver al espejo. Al inicio donde el reflejo se multiplica y la comparación se convierte en distracción, frustración y autocompasión. Lo sabías. Siempre lo supiste. La pandemia era una alerta. Una invitación a la purga invisible de lo invisible. El llamado a la expulsión, a la limpieza sin que la idealización te comprometiera a ti. Aun así te rendiste a la trampa cortoplacista. Preferiste la ilusoria paz de entreguerras, la tentación del mediocre espejismo.
Lo siento, pequeña, la marcha ha reanudado y sabías [así no quisieras] que no serías elección. Siempre asumiste con conocimiento el lugar de la necesidad, de escampadero, de ensayo. Prescindible ansiolítico, borrador de rutinas futuras sin tu futuro allí, de preferencias de consumo, de miedos. Solo te queda la miseria de una teoría comprobada a punta de ego, de ese voyerismo narrativo que expone tu yo ausente.
Ahora todas las piezas encajan: la cerveza, el cabello, la reticencias, el baile, las intenciones, la música de los 80; todo ello ya pertenecía a otro relato. Uno de verdad-verdad. Porque esto que vez (estas letras y lo demás) no son. En serio, ¿cómo puedes probar lo contrario?
Haz de cuenta que no existió. Es que es inexistente. "El polvo es la carne del tiempo". Los fantasmas creen muchas cosas, viven de la fe, no de la lógica. Por eso creen que pueden amar, que pueden soñar —aunque sean el sueño olvidado de la mañana—. Que van a probar el licor prometido con otros labios. O que pueden escribir en un blog, por ejemplo.

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