Han sido días de introspección, de ser jinete y caballo a la vez. Durante este mes me he enamorado de las riendas con las que intento calibrar mis andaduras por el destino. He pensado mucho en mis amistades, en mí y en ti. En los verbos que nos otorgan humanidad y en como los vínculos son nudos de un mismo lazo; el lazo de la vida que es uno, pero a la vez fractal.
Me pregunto en dónde se origina la intensidad del deseo. Me avergüenza obsesionarme con él porque si somos uno, ¿por qué anhelo tanto eso otro, eso que creo otro? Mas la vergüenza no se da porque desee, sino porque toma la forma de un ego que me hace sentir separada de ese lazo y que proyecta en ti la ocasión de una perfección inexistente. ¿Qué deseo cuando deseo? No es solo un cuerpo porque entonces podría sustituirse con otro cascarón. Hay hambre, sed, un afán insaciable de posesión. Reacciono, en suma, a una carencia inconsciente que me ha empujado canibalizarte de forma violenta y reiterativa.
Un día me desperté y en el lugar de la boca descubrí un hocico ensangrentado: supe, entonces, que había cruzado un límite. Lo noté y quise cambiar. Respeto los instintos, atiendo a sus mensajes, pero no quiero ser dominada por ellos. Puedo ser lobo, pero elijo ser mujer. Me parece que todas las aberturas del cuerpo humano tienen la forma de una herida (los labios, el periné), grietas que después de que nacemos se convierten en puertas. El amor comienza allí; siempre empieza en una de estas heridas por las cuales los dolores (el miedo) quedan redimidos. Por eso, al haber perdido la forma humana, yo ya no entregaba el beso que cura sino la furia que desgarra. Esto no se podía llamar amor.
Carl Gustav Jung dice que "es la incapacidad de amar la que roba al hombre sus posibilidades. Este mundo solamente es vacío para quien no sabe dirigir su libido a las cosas y personas para hacerlas vivas y bellas". Y entonces me di cuenta que allí no había amor, sino temor. En mi miopía narcisista temía perder mi autoimagen; perder una idea, aquella donde tú eras la solución a todas las inquietudes de mis frustraciones y aprehensiones creativas. Entonces no te amaba, tenía miedo de mí: de aceptar el dolor de las pérdidas —incluida tu presencia y mi ilusión—; de ver morir la estrella; de evitar la trampa de su brillo y más bien reconocer en su huella la mortalidad de todos los átomos. Entendí así que la muerte no está mal —y hablo especialmente de las simbólicas— porque es por la desaparición, por la falta, por el vacío que llega algo para luego volverse a vaciar y luego volverse a llenar y volverse a vaciar y luego... Eterna escalera de arena sobre la que me sé mortal y por tanto vital.
Los ojos que miran el valle desde la montaña, los pies que andan sobre arenas movedizas, esos han sido, para mí, los antídotos contra las fantasías del ego que me han bestializado sin misericordia. De esa manera, el aullido dio paso a la voz y la voz al diálogo y el diálogo a la ternura. Observar a mis amistades me recuerda que más allá del ombligo hay otros dolores y también otras propuestas; también muchos afectos y posibilidades de encuentro que nos permiten ser sin tener que demostrar e ir haciéndonos solo por el placer de ser.
También pensé en ti y en que el amor siempre es verdadero, libre y agradecido. Y que si tú experimentas el gozo del romance, mi piel también se estremece porque compartimos el lazo único de la vida. Por algunos instantes he dejado esa lucha por la representación y he aceptado y recibido lo que es. Y un día esa realidad tuvo la forma de tu voz y entendí que sí te quería y entendí que tú también me querías. Entendí tu pasión por la bailarina, tu mirada adolescente, tus ensoñaciones, los besos que nunca se hicieron canciones, las promesas que te callaste. Y entonces experimenté cierta paz. Luego llegó el silencio, llegará el silencio, pero permanece la gratitud y la inspiración.
En ese largo momento perdura en mí tu imagen de flor. No importa tu altura o el paso del tiempo. Es inevitable recordarte como un tallo suave y frágil, delicada lección de vida a pesar y por la finitud. Mientras tanto me fumo un pétalo y miro las figuras que toma el humo. Así mismo seré yo: una danza vital; tomaré la forma de mis estímulos, me moveré con más curiosidad, menos pretensiones siguiendo el ritmo de una progresiva y atenta asimilación donde la vida misma sea mi verdad.

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