domingo, 30 de abril de 2023

Mal que bien


Mi principal ejercicio literario —y con principal quiero decir cotidiano— es el de imaginarme la vida de las personas que veo en la calle: quienes trabajan en ella o que se desplazan por ella. Me pasa sobre todo con los puestos de comercio informal o mientras voy en taxis, buses o en el Metro. Ese tipo de anonimato lo encuentro especialmente atractivo para delinear subjetividades. El transporte es un lugar donde confluyen muchas posibilidades, pero al tiempo ignoro las pistas de una definición precisa. Al momento de observar casi todo está a merced de la imaginación.


Cuando me subo un taxi y el conductor es un hombre mayor, se despierta en mí un sentimiento de ternura angustiada, de inquietud. Obviamente es una proyección idealista, porque inmediatamente supongo que está allí por razones injustas o “luchando la vida” cuando ya debería estar pensionado. Me confieso víctima de ese sesgo de vejez que nos hace asumir una falsa, pero automática respetabilidad por los viejos solo porque lo sean. Cuando me veo en esta posición lanzo el contraargumento que me proteja de los equívocos de la sensiblería. Mal qué bien, logro responder al prejuicio bienintencionado con el antídoto de una racionalidad neutralizante.

Sin embargo, esa noche me subí al taxi. Cuando el señor me saludó, su tono me pareció el de una persona amable. La mayor parte del viaje lo hicimos en silencio. Unas cuantas cuadras antes de llegar a mi destino me sentí particularmente intrigada por la vida de ese hombre, ¿por qué será taxista a estas alturas de su vida? ¿Se sentirá feliz? Feliz quiere decir, para mí, que sabe convivir con la frustración: no se exalta con el elogio, ni con el insulto y disfruta de lo que hay. ¿Habrá experimentado la felicidad siendo taxista? Pero aquí el filo del cuchillo se me devuelve, ¿por qué iba a ser más o menos frustrado un taxista que un profesional o un posgraduado? ¿Por qué relaciono la identidad profesional con la sensación de realización?

Este tipo de preguntas, que unen clasismo y existencialismo, e indagan por la posibilidad de una existencia decidida pasaron por mi cabeza durante un par de minutos. Los pensamientos fueron detenidos por un hombre que saludó al conductor. El silencio se rompió hacia afuera, pero también hacia adentro. Entonces el conductor dijo que ese era un compañero de la primaria. Yo dije, que qué bueno que aún se recordaran y compartieran; él me respondió que claro, que los dos habían estudiado hasta quinto de primaria y que desde entonces habían trabajado juntos por un tiempo. La etnógrafa que hasta hace solo un momento se imaginaba escenarios posibles en su cabeza, se puso las botas: por fin pudo poner a rodar su curiosidad. El problema es que faltaba poco para llegar a casa. Pero, mal que bien, en ese momento se formó un trancón porque estaban reparando un daño en la calle principal.

Mal (por el trancón) que bien (pudimos seguir conversando), Ramiro, el conductor, me dijo a continuación que lo que pasa es que "uno conoce plata y se malacostumbra". Pero yo repliqué que seguro hubo un motivo, una necesidad para él haberse expuesto al trabajo y al dinero desde tan niño. Efectivamente lo hubo. Ramiro me contó que su papá era alcohólico, un hombre que solamente “llevaba borracheras y ropa sucia a la casa”. Él era el hijo mayor y frustrado ante esa situación, buscó otras alternativas. Esas alternativas las halló en el trabajo que consiguió en la trilladora de la plaza de mercado. Ese oficio le prometió obtener 20 pesos semanales. La perspectiva era un sueño, teniendo en cuenta que el arriendo de su casa era de 30 pesos. En semana y media libraría un mes de techo. Las cifras eran muy atractivas. Por eso en el enero siguiente, después de graduarse de quinto de primaria, Ramiro no empezó el bachillerato, sino que inició su vida laboral. Desde entonces no volvió a estudiar y de hecho pasó 7 años en la trilladora. Luego de esa experiencia se acercó a los talleres de carros y luego se dedicó a manejar taxi hasta la fecha.

Entonces le pregunté cómo le había ido, qué le había dicho la mamá, cómo se sentía ahora con esa decisión. Ramiro contó que su mamá se opuso, sobre todo, porque él era buen estudiante, le había ido muy bien en toda la primaria. Pero, el conductor, de una manera muy realista y pragmática le dijo que no había otra manera de construir una vida para su hogar. Ramiro se dedicó enteramente a su familia. Él no pudo estudiar, pero con su trabajo pagó por los estudios de sus dos hermanas, ambas graduadas de medicina en la Universidad de Antioquia. Con orgullo me dijo que la semana anterior se había jubilado la menor. En ese momento me sentí muy conmovida. Mal que bien, su "sacrificio" permitió el desarrollo de más vidas que la suya. Si se hubiera dedicado enteramente a sí mismo, quizá su cuenta bancaria y su estatus social fueran diferentes. Quizá una cuenta y un estatus que hubiera percibido como mejor o quizá no. Lo cierto es que en su presente percibía como lo mejor el haber aportado a la carrera de sus hermanas y al sostenimiento de su mamá.

En este punto quisiera no caer en mi vicio más habitual: la idealización, pero lo cierto es que al escucharlo me sentí a la par esperanzada y crítica. Mal que bien, este testimonio restituye mi confianza en la solidaridad. Mal que bien este testimonio me recuerda que el éxito individual, definido por la capacidad de escolarización y por la profesionalización nunca podrán ser solo el resultado de un esfuerzo individual. Son nuestras relaciones sociales las que marcan la impronta de ese recorrido. Sin el apoyo material y de base que resuelve las necesidades de techo, alimentación, estabilidad material y mental el rendimiento intelectual no sería el mismo, no sería, de hecho, posible y es una condición que he vivido en carne propia, incluso con algún sentimiento de culpabilidad. En ese sentido me considero marxista y socióloga. Dicen también los psicoanalistas que cada acción personal tiene un costo. Pues esta afirmación me parece extensiva a todas nuestras relaciones sociales. Creo que en la base de todo éxito personal hay en realidad un sacrificio, un "mal que bien" decisivo para poder continuar en el absurdo esencial que es la vida. Mal que bien porque es mal de uno solo, que será bien de muchos; mal que será a corto plazo, pero un bien que será a largo plazo.

El "mal que bien" es una expresión coloquial que acaso resume con la mayor precisión posible el principio de la salud mental: la tolerancia a la frustración como clave de estabilidad. Aumentar la tolerancia a la frustración es el único camino para lograr no a una vida plena, ni buena, ni mejor, sino la que podemos recorrer, construir y sostener con razón apasionada, para desarrollar la alegría. Fue esta capacidad la que le permitió a Ramiro seguir adelante y hablar con orgullo de “sus hermanitas”.

El tiempo del trancón fue suficiente para conocer esta historia; una historia que deseé, intuí, casi sospeché, pero que casi relego al silencio de la fantasía. A la la costumbre de fantasear. Cuando me bajé del carro le dije al conductor que admiraba su decisión y su valentía. Luego bajé las escaleras de la calle y noté que se quedó esperando hasta que no me vio más, hasta que supuso entré a mi casa. Allí estaba la actitud de cuidado, la solidaridad que su historia me reveló. Puede sonar muy cliché, pero me seguirán emocionando las historias de resistencia, de desvictimización y de terquedad que multiplican la vida a partir de las llantas de un taxi o de una paila de empanadas. La literatura, como la vida no están en los libros, están en la calle.

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Abre los ojos, porque mal que bien, prefiero la vigilia de mis errores a un sueño programado por catálogo.

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30 de abril a 30 de abril: mal que bien, me dolió mucho un beso para que seis meses después pudiera recibir bien el amor. Mal que bien después de seis meses duermo el amor. ¿Podrá acaso ese sueño, mal que bien, concederle la vida?

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