martes, 29 de junio de 2021

Lengua materna


A lo largo de este año he desarrollado una labor muy activa con el lenguaje, quiero decir, con la comunicación. Empiezo por mencionar que en enero apoyé a un compañero historiador en la reescritura de un libro que retoma los archivos judiciales y civiles del oriente antioqueño cercano para reconstruir las relaciones sociales y ambientales de los habitantes de Santa Elena (Medellín) durante la transición del siglo XIX al XX (https://twitter.com/radnalco/status/1393018667797995527). Es un ejercicio de microhistoria regional en donde la narrativa literaria pretende acercarnos a las experiencias cotidianas de nuestros antepasados.

En los meses posteriores, también he trabajado con mi amiga abogada. Al respecto, me parece increíble que aunque no nos hemos visto físicamente se ha desarrollado una relación de camaradería, complicidad y cariño que ya se extiende por cerca de dos años y medio. Lo más importante es que esta relación laboral funciona para mí como un laboratorio en donde fortalezco mi capacidad de síntesis, de jerarquizar ideas, de crear estructuras y de afinar la lectura. Debo confesar, además que, contra todo prejuicio, he desarrollado un interés genuino por el derecho constitucional. Así corroboro que el aburrimiento es solo la elección de la indiferencia. Cuando miramos detalladamente una situación o una persona podemos encontrar una ruta de convergencia. El disfrute es, muchas veces, el resultado de una decisión.

En todo caso, lo que quiero decir es que he disfrutado acceder a la conceptualización jurídica y no solo filosófica de la libertad: en su terreno no bastan las especulaciones y los juegos retóricos, sino que nos lleva al filo de la ética y de la acción. Y, así el derecho me lleva a otras actividades como el baile o hacer el amor, porque aunque a primera vista parezca absurdo, son similares: te llevan a actuar sobre la marcha, a responder a la espontaneidad y es allí, en esa imposición de la acción en donde se conjuran las idealizaciones. Quién diría que la lógica jurídica puede beneficiar incluso la salud de nuestra propia intimidad.

Pero volvamos al tema central. Es evidente que esta relación laboral e intelectual con mi amiga me ha permitido aprender significativamente sobre los oficios y las experiencias del lenguaje: me expone a terminologías técnicas, me invita a concentrarme y, sobre todo, a promover la constancia en el hábito de la escritura y de la creación atenta. Todo lo anterior se complementa con mi trabajo cotidiano en el centro editorial de la universidad. Este lugar ha sido la matriz de mi vida adulta reciente y, por supuesto, le debo gran parte de mis aprendizajes sobre escritura y edición, que equivale a decir sobre mi ejercicio diario de expresión e interpretación. Además, desde la llegada de Manuel Bernardo, el espíritu del equipo se ha tornado más creativo y estimulante, pues con él parece que quisiéramos y pudiéramos buscar lo que sí se nos ha perdido: la edad adolescente de las cosas, incluso en el lugar menos esperado pero quizá más deseable como es el trabajo.

Gracias a él se percibe un entusiasmo juvenil que, en lo particular, me ha llevado a diversificar mis actividades alrededor del lenguaje: antes me dedicaba esencialmente a leer y a ser comentarista, pero hoy asumo un papel más creativo al redactar piezas de difusión, infografías, guiones para radio y video e incluso participar como presentadora, lo cual me empujado a una inesperada dimensión de oralidad y corporalidad activa. Adicionalmente, la interacción habitual con distintos y nuevos compañeros y directores, así como el uso de las videollamadas, también han supuesto un aprendizaje de las formas no verbales de comunicación y de comprender la sutil urdimbre que hila el equilibrio de las relaciones sociales.

Ahora bien, hablo de todo esto porque es inevitable que, tras seis años de trabajo en la universidad y de observar la frondosidad que ha adquirido el árbol que sembré de forma autónoma, haga un balance de lo que ha sido mi vida "adulta" y de cuáles son las variables más significativas en su formación. No podría pensar todos estos momentos sin mi relación con el lenguaje y, particularmente, con la palabra. Cuando entré a estudiar Historia no tenía claridad —ni siquiera imaginada— sobre mi futuro y sobre ese fantasma que socialmente se llama "futuro profesional". Lo único que me importó en ese momento es que el lenguaje era visto por la historiografía como una forma de autocomprensión, y eso significaba que estaba abierto a la sensibilidad y a la imaginación aun cuando debiera convivir con los soportes de la realidad. Esta mirada del lenguaje concordaba con mi inclinación reflexiva y curiosa frente a las posibilidades de la inventiva verbal. Debo, así a mi adolescencia esta perplejidad y el llamado de nuestra naturaleza lingüística como la confirmación de mi propia vocación.

No obstante, reconozco que este apasionamiento por la palabra tiene, para mí, raíces más antiguas. Recientemente escuché frases o referencias sobre la relación especial entre maternidad y lenguaje, y por extensión con la música. Una de ellas es el concepto de maternés una forma de lenguaje propia de los cuidadores con los bebés, y cuya característica principal es que los tonos se exageran, las palabras se alargan, las frases adquieren una musicalidad singular. Esto sucede porque su función no es cognitiva sino emocional o, más bien, se considera la potencia emotiva como la base de un robustecimiento cognitivo futuro. De esta manera el bebé se interesa por la comunicación y así se comprueba una vez más la innegable voluntad social del lenguaje humano. El maternés, tiene palabras y no simples gorjeos, pero su objetivo más que gramatical es comunicativo: quiere transmitirnos la confianza necesaria para atrevernos a escuchar y ser escuchados.

Otro aspecto que me resulta llamativo es la importancia de la musicalidad como base de este "dialecto": sin ritmo no hay conexión, sin conexión no hay comunicación y, en el fondo, el ritmo, es una forma de la narrativa, los intervalos de sonidos arman relatos y nos cuentan historias. Dice uno de los personajes de Desierto Sonoro que "[su] hija había tartamudeado durante un año, hasta el punto de que no lograba comunicarse […] Pero recientemente había descubierto que, si cantaba una frase en lugar de decirla, le salía sin tartamudeos". Estoy convencida de que esa inmanencia musical estuvo presente en mis largos años de convivencia infantil con mi madre. Como disposición inconsciente, como pedagogía emocional, siempre sentí cercana y cálida su comunicación. Hija de un músico, mi mamá siempre ha cantado aficionadamente en mi presencia. Por eso siento que, entre su maternés y su canto, se desarrolló en mí una sensibilidad destinada al gusto dominante por las narrativas: los relatos constituidos por ritmo y palabra.

Por otro lado, también hubo una pedagogía consciente y racional alrededor de la lectoescritura. Fue mi mamá quien me enseñó a leer y a escribir. Entonces recuerdo aquí la expresión "lengua materna" y que tanto por razones evolutivas como culturales, las mujeres al vincularse con actividades más sedentarias y colectivas desarrollaron una relación muy activa con el diálogo y con la comunicación. No es gratuito que ellas cuiden a los bebés y les enseñen a hablar; que le den a la humanidad todas las vidas: la existencia por el parto biológico y el lenguaje en el parto cultural. En ese sentido, Desierto Sonoro me ofreció una frase-aguijón: "Nuestras madres nos enseñan a hablar y el mundo a callarnos la boca". Considero que en mi caso la anulación denunciada no ha ocurrido y antes se ha multiplicado el alcance de esa semilla materna.

Mi madre decidió ser ama de casa para acompañarme y cuidarme. Siempre hemos tenido una relación comunicativa muy cercana. Por una afortunada combinación de estímulos externos y de curiosidad interna, de forma espontánea quise aprender a leer a los 4 años, mucho antes de entrar al prescolar. Fue mi decisión y ella la respaldó. Dedicó varias de sus tardes a enseñarme a juntar palabras con los métodos indicados por la cartilla de lectura. Ella nunca me obligó, solo estaba respondiendo a mi entusiasmo. Me cuenta que todo el tiempo yo estaba con el librito en la mano; que hasta incluso llegué a dormir con él, y que era muy insistente para continuar cada día con las lecciones domésticas. Mi madre me dio la palabra, pero nadie me ha callado —quizá solo mi autosabotaje juvenil—. Mi madre me enseñó a hablar y por ello es que el mundo me escucha y yo a él.

Visto en retrospectiva siento que la palabra es mi destino. Que no es coincidencia este circuito de relaciones maternales y lingüísticas: a través de ellas se me da la historia del presente y la canción del futuro. Por lo tanto, más que el colegio, más que la universidad, más que cualquier técnica fue esta "alegría de leer" compartida con mi madre la insospechada siembra de un destino. Hoy mi vocación, afectividad y trabajo existen gracias a la cualidad creativa y performativa de la palabra. En el camino he procurado otras expresiones: las imágenes y la arquitectura, por ejemplo. Debo reconocer que el gusto por componer, cartografiar y clasificar —verbos del archivero, que es otro nombre del curador— lo asocio con mi padre, a quien debo el entusiasmo temprano y también intuitivo por la fotografía como recurso de memoria y, en el fondo, como otra expresión del "historiar", de reconocer las ficciones que nos activan. Esto equivale a decir que él me enseñó a mapear, esa "manera de visibilizar lo que generalmente está oculto".

Tanto mi madre como mi padre me brindaron en los años decisivos de la sensibilidad infantil los mares por los que navegarían mi pensamiento e inquietud: fotografía y escritura. Sin embargo, es la palabra aquel mástil sobre al que he llevado con frecuencia mis preguntas más urgentes: bien en la tranquilidad de la contemplación o bien durante la agitación de las tormentas. A ella me he asido para sobrevivir, primero, en la incertidumbre del inicio y, ahora, para vivir en el misterio de un camino que es al mismo tiempo ruta y puerto. Con el barco del lenguaje he aprendido que no hay más Ítaca que el recorrido.

Sin embargo, hubo un momento en que reposé sobre la tierra oscura y aprendí sobre la necesidad de las raíces, porque ellas tienen que ver más con la aceptación del cambio que con aferrarse a ataduras. Puede sonar exagerado decir que el oficio y alegría primeros que me enseñó mi madre es lo que hoy me da el pan —una prolongación de la primera lactancia—, pero es cierto que la lectura y la escritura son los verbos que alimentan mi cotidianidad en el presente y con los que, incluso, pertrecho mi deseo. Así que no me resulta descabellado pensar en el protagonismo actual y futuro de mi niñez, porque no se trata de una nostalgia exaltada, sino de un reconocimiento a la luz del pasado: es el recurso a la infancia lo que nos salva de la civilización para salvar a la civilización. Y, por eso, considero que cuando nos sentimos perdidos basta con observar esa niñez nuevamente: no se trata de regresar, sino de retomar. Hay allí una sutil diferencia porque nos vamos hacia atrás sin adjetivos para regresar al presente con verbos. Con esos que nos dieron la vida después de haber nacido.

Me parece que así resueno con lo que dice la poeta Louise Glück y es que "miramos el mundo una sola vez, en la infancia, el resto es memoria". Para mí esto no es sinónimo de resignación o de repetición, sino que contamos con una fuente clara para lavarnos los ojos cuando estén agotados y así mirar con nitidez los nuevos paisajes. A los 5 años leía y escribía y a los 29 leo y escribo: como ven, hago lo mismo pero de forma diferente. Y así cada día. De eso se trata la vida, es allí donde reside la novedad: no en la trampa de la originalidad sino en la variedad de la interpretación. Eso es lo que me ha enseñado y me ha permitido esta pedagogía afectiva de la palabra: llegó a través de una mujer como lengua materna para recrearse en mí como lenguaje universal.

lunes, 24 de mayo de 2021

Génesis 15: de hijos como estrellas a hijos de puta

The rules of paradise are never nice / The best laid plans of Mice and Men are never right / I'm just a Vagabond with Flowers for Algernon / An Average Joe who knows what the fuck is going on / It's the hope of my thoughts that I travel upon / Fly like an arrow of God until I'm gone - Nujabes, Feather

En la revista de Historia edité recientemente un artículo que estudia las representaciones estigmatizadas que surgieron en Buenos Aires alrededor de la sífilis y del SIDA entre 1930 y 1990. En este fenómeno ha tenido un rol protagónico la eugenesia, una palabra que etimológicamente significa algo como "el parentesco del buen origen" y que en la práctica se manifiesta como una aproximación biologicista a la herencia para el "perfeccionamiento de la especie humana". Es decir, se cree que es posible controlar nuestra naturaleza para satisfacer la moralización de un proceso tan flexible, enigmático y hasta cierto punto, salvaje, como la genética. De esta manera se da una actualización de la consiga colonial "vidas privadas, pecados públicos", según la cual lo que pasa de puertas para afuera es consecuencia de lo que pasa de puertas para adentro. Con temor, ciertos agentes del poder (antes religiosos y luego políticos) han creído que el éxito de la sociedad depende exclusivamente y de manera directamente proporcional del comportamiento en las vidas íntimas. La eugenesia se ha convertido, así, en una cruzada del silencio para callar los gemidos en las alcobas, para bloquear las rutas del placer que sigue el impulso de esos genes que, ajenos a estas restricciones, se abren a la vida por cualquier grieta del cuerpo, del prejuicio y de la ley.

"El buen origen" se toma como la única garantía de una sociedad saludable —no degenerada por la enfermedad, la locura o la violencia, por ejemplo— y esto significa que la sexualidad, origen del origen, debe ser regulada por principios ajenos a los individuos para asegurar que primen "los mejores genes". El sexo en este contexto no es sinónimo de simple reproducción sino de paternidad y maternidad, entendidos como conceptos legales (patrimonio y matrimonio) que por ser instrumentos de control evitan esa temida degeneración. El correlato de esta premisa es la condena de la prostitución y de la homosexualidad, ya que son prácticas disidentes que dibujan formas libres al margen. Y, sin embargo, en una conveniente acomodación de la ley, la prostitución se ha convertido en "un mal necesario" pues como decían las autoridades bonaerenses hacia 1950, es preferible el "inevitable" desfogue masculino en la prostituta que su estancia en una "castidad excesiva", sinónimo de masturbación, un pecado tremendamente ofensivo con el dios que prometió al envejecido Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo (Génesis 15:4-7). Aquí se revela esa repetida contradicción de idealizar la concepción y de proscribir la semilla desperdiciada, para luego criminalizar y censurar a la creatura que no cumpla con los estándares del programa.

Así, de hijos de las estrellas o hijos como estrellas pasamos a ser hijos de puta. Y este es el punto al que quería llegar: llama mi atención que la mayoría de insultos en el mundo y particularmente en Latinoamérica, con su singular cosecha antioqueña, tienen que ver con el nivel de desviación en el origen o comportamiento del insultado: ¿no es, acaso, el sustrato de estas palabras una penalización de la sexualidad basada en una interpretación autoritaria, reprimida, represiva y punitiva de la cultura? Es el patriarca, el Abraham moderno, el padre más fecundo, quien llama puta a la mujer que asume su sexualidad; malparido, a los hijos de las putas; maricas a los hombres que deciden amarse entre ellos; y gonorrea a los hijos y compañeros que le decepcionan, que son un desperdicio y que estorban tanto como una pústula.

Nos creímos el cuento de que nuestro origen nos determina y sobre todo que en su jerarquización unos genes son buenos y otros no, o en otras palabras, que unos humanos son más valiosos que otros por la manera en que se formó y nació su cuerpo, por los padres que tienen o la sexualidad que ejercen. Este tipo de insultos se han naturalizado y en muchos casos son una respuesta automática, pero también ha habido momentos recientes en los que atentos a la cualidad performativa del lenguaje se ha cuestionado su uso y de repente el sentido se ha vaciado para renovarlo. Por ejemplo, cuando llaman hijos de puta a los congresistas, hemos observado el reclamo de las putas a ser respetadas ya que su dignidad es igual a la de cualquier humano y por supuesto, superior a la de ladrones de cuello blanco. Por otro lado, nunca he entendido por qué en Bogotá se llama gonorrea a algo agradable, pero también resulta significativo para entender que se le puede quitar el poder a este tipo de insultos y revelar la violencia elitista, patriarcal y clasista que sin darnos cuenta siempre ha representado.

Quiero aclarar que estas reflexiones no son una renuncia al insulto. No se trata de cambiar una imposición por otra. De hecho, me parece necesario recurrir a él porque los conflictos y su expresión son realidades humanas cuya manifestación es saludable. Pero la ruta del cinismo, el sarcasmo y la ironía, por ejemplo, dan prioridad al juego del ingenio y del lenguaje en el que las ideas en contexto son el lugar donde se libra esa tensión. Así, le quitamos protagonismo a los insultos arbitrariamente fundados en el prejuicio y en el juicio contra las personas y factores que, a diferencia de sus ideas, no pueden controlar como su biología, su familia o su origen.

En el fondo, este cuestionamiento a los insultos icónicos de nuestra modernidad occidental es, ante todo, una defensa, un llamado al placer y a la fraternidad. Mi malestar con aquellos proviene de que esa neurosis sobre el origen, en la cual se han formado, es un sacrificio del placer en nombre del deber. Es una censura a las prácticas cuyos placeres desbordan las expectativas de abstractos lineamientos como el "perfeccionamiento de la especie". Sacrificio del placer personal por un deber social. Por lo tanto, la crítica a ellos es también el anhelo de reconciliación universal con la vida placentera, con la sinuosa variedad y recorridos que nos regala la biología a través de la sexualidad que tan diversas formas ofrece adentro, en los genes —en las infinitas combinaciones del ADN— como afuera en las variadas y válidas modalidades de mezclarnos con el otro. Así dejamos de sometemos al padre que castiga y califica nuestro origen y luego nuestras decisiones, y pasamos a la hermandad, en donde, como pares, identificamos todos los mestizajes como un sano destino, como el hogar de la especie. El deber y el control son insuficientes y peligrosos. El perfeccionamiento es la trampa. La sensualidad es ruta de claridad. Tal vez solo quiero recordar que el verdadero insulto es que hayamos olvidado que lo esencial de la vida es juzgar menos, disfrutar siempre el encuentro.

sábado, 17 de abril de 2021

Futuro pasado: los niños que (no) fuimos

 

Desierto Sonoro de Valeria Luiselli es un libro inteligente, duro y conmovedor; es revelador, aterrador, honesto y de una belleza cruda en donde conviven el asombro y el estupor. El rigor del archivista se mezcla con la precisa sabiduría infantil y con la inquietud sensible de una mujer documentalista que no sucumbe ante el cinismo, aunque sepa que sus ecos no alcancen muchos oídos, ni puedan salvar vidas; o, por lo menos, sepa que no pueden arrebatar mejillas rendidas a las arenas de Arizona, aunque sí, tal vez, a las arenas del olvido, que sería otra forma de restituir la vida. La historia —con minúscula y un ímplicto plural— como una nueva madre y la narración como el renacimiento de los pequeños pies reventados por la extinción y el abandono.

Este libro contiene y expande la impotencia maternal de una mujer que ve, siente, investiga, piensa y escribe un doloroso testimonio estético y político de una Historia plagada de eufemismos para ocultar la ignominia de su violencia. En el país (Estados Unidos, pero podría ser cualquiera) caben muchos pero casi no hay (no se permite a) nadie: forzoso desierto donde desaparecen (son expulsados) los niños perdidos de la diáspora centroamericana. 

Como si en verdad fueran tragados por la selva y luego borrados por la arena, los niños se convierten en fantasmas devorados por la “bestia” que atraviesa el continente en un descenso infernal a la nada, que los disuelve en el anonimato de una muerte en el corazón de la luz; esa que ilumina a todos pero no salva a nadie. 

En este camino amortajado se insinúa, sin embargo, una esperanza: que el mapa dibujado por otro niño de 10 años, perdido interiormente y transformado por la fantasmagoría nostálgica e incierta de su familia rota, y que en su extravío se convirtió en testigo impotente a la par que narrador decidido de los ecos del tiempo, sea la invitación a la redención de la injusticia —de la vulnerabilidad violentada— en el futuro pasado.

martes, 30 de marzo de 2021

Buenos Aires (Hong Kong): un tango universal para todas las soledades

 

I have been in you, baby / And you have been in me / And we have be so intimately entwined / And it sure was fine - I Have Been In You, Frank Zappa (Happy Together 春光乍洩 OST)

Finale (Tango Apasionado) - Astor Piazzolla (Happy Together 春光乍洩 OST)

El reencuentro con el cine de Wong Kar-Wai (Shanghái, 1958) ha sido particularmente significativo. Su forma de narrar se desliza suavemente con la delicadeza que logra su tratamiento de la luz y del color, el cual privilegia la penumbra como nombrando el tenue rebote de alguna ausencia; los lugares que nos presenta casi siempre son ruinosos, quiero decir, tienen la vida de muchas vidas y, sin embargo, siempre adquieren el brillo de la elegancia, una dignidad visual que incluso nos acerca al efecto de imágenes que ahora gozan del favor de los museos. Sin duda, estos escenarios puestos en otra mirada se quedarían al nivel de la pornomiseria y su amarillismo sólo habría prolongado la falsa conciencia de un estéril onanismo moral.

No obstante, Kar-Wai sortea esta trampa con sofisticación y esto es porque se conecta con lo que, para mí, caracteriza a la voluntad creadora: comunicar —y no solo expresar—, restituir con un estilo propio la fraternidad humana o sea el destino: amor y mortalidad. El artista, heredero de Penélope, hila y deshila los tejidos —de fibra muscular, vegetal y verbal— de la vulnerabilidad. La materia del arte —de la pasión, del asombro, de la fractura— es la relación activa, corporal y corpórea establecida con la fragilidad o, en otras palabras, con la herida, a manera de ombligo —porque el ombligo del vientre nos advierte ya que la vida comienza en cicatriz—, infligida por el tiempo.

Son las consecuencias de esta agresión aquellas que interesan a Wong Kar-Wai al acercarse a los espacios que no son más que vehículos para el destino (el deseo) de sus personajes. El deseo (el amor) es un lugar y es un lugar liminal y móvil —un cuarto de pensión, un bar, una carretera, la estación del tren, unas cataratas— que separa y nos separa por un instante de dos tiempos que son todo el tiempo: la soledad y la nostalgia.

En una entrevista reciente entre Sanín y Zuluaga escuché que el “deseo es lo que nos espera y a lo cual le damos vueltas. Es nuestro destino”. Idea que se complementó con otra según la cual “el deseo es querer el destino del otro, imaginar que tenemos su destino; querer es querer el misterio de la vida del otro”. Esta especie de mímesis y casi sustitución del yo por el objeto deseado quedó especialmente manifestada en la silenciosa y evasiva pero obsesiva colonización del apartamento del policía 663 por parte de Faye (Chungking Express, 1994). Aquí, ese darle vueltas, dar el rodeo a la soledad se da a través de una particular forma de violencia, porque hay tiranía y hambre de poseer; pero el desvarío se suaviza hasta alcanzar el tono del sueño, ya que no se precisa del cuerpo del otro para abrasarlo, sino aquello que lo contiene, su lugar. En ausencia de límites físicos —un cuerpo— el contenedor de la imaginación libera todo su contenido y aquí lo hace con una inocencia que invita a la complicidad pero luego, también, a la perplejidad: aunque parezca que siempre estamos en un eterno soliloquio, otros y no sólo mis otros nos habitan —y no como metáfora—. Hay una alteridad que no sospechamos y que quizá es la más decisiva para ser cuando más solos nos permitimos estar. 

En todo caso, lo que Wong Kar-Wai quiere mostrar de sus personajes es que estos siempre se sienten profundamente solos —y, por tanto, infelices— y es el deseo aquello que pone en marcha un movimiento entusiasta que, sin embargo, es un rodeo —“darle vueltas al destino”— para retornar a la soledad. Pero esta soledad que ha sido per-turbada —y no solamente mas-turbada— no vuelve a ser igual luego del corto-circuito: estará iluminada con la luz moribunda de la nostalgia: interloución ausente de un contacto que rozó las esquinas del tiempo y le dio al solipsismo el atuendo de la caricia.

Happy Together (1997) es la película en la que, para mí, Wong Kar-Wai ha mostrado con poderosa nitidez audiovisual —el blanco y negro, a continuación el predominio del ocre, la fuerza de la cataratas de Iguazú con Piazzolla como caída— que incluso cuando el deseo se consuma —es decir, cuando no es platónico, cuando no se solapa en la cobardía— o quizá por ello, el impacto íntimo de ese encuentro es intenso, es visceral, es agresivo —como las cataratas que querían visitar los protagonistas— pero también devocional; es una oración a la autodestrucción en la que el amante más solitario pide a su dios interior librarlo del amor. En la película se muestra a una pareja de hombres hongkoneses, ya de por sí desorientados en su ciudad natal, y que por una lámpara que traía las cataratas de Iguazú deciden viajar a Buenos Aires, a más de 18 000 km de su lugar de origen para visitarlas y reiniciar una relación tormentosa de continuas rupturas y reconciliaciones. Nuevamente, rodeos, rodeos acompañados alrededor de la soledad.

Uno de los personajes dice que Argentina es exactamente el reverso de Hong Kong que es su espejo al otro lado del mundo. Aunque inicialmente el exilio pueda tomarse como un recurso para resaltar la sensación de alienación —porque es cierto que Lai Yiu‑fai sufrió en Argentina un doble exilio: expulsado por su amado Ho Po‑Wing y expulsado de su amada Hong Kong— lo cierto es que hay un equilibrio en la representación de ambas ciudades e incluso similitudes entre el cuarto de la pareja en Buenos Aires y el dormitorio en Arlés de Van Gogh. Por tales razones queda el sentimiento de que esa soledad es un estado interior, universal y constitutivo de nuestra humanidad, sea en el lugar y en el tiempo que sea. Es una realidad introspectiva porque nosotros mismos somos el viaje aunque estemos en el "bar sur", en una habitación de la ruralidad francesa o en un mercado chino.

Hay también dos características universalmente humanas que Wong Kar-Wai ilustra con dolorosa exactitud en esta pareja: el trágico magnetismo entre la piedad (Lai Yiu‑fai) y el egoísmo (Ho Po‑Wing). Cómo olvidar esa escena en la que Ho Po‑Wing después de haber hecho por enésima vez un desplante a Lai Yiu-fai retornó una noche con el cuerpo destrozado y Lai lo abrazó con devoción y cuidado, con una compasión infinita que, efectivamente, me recordó a la Pietà de Miguel Ángel. Esa tensión entre la entrega sin reciprocidad define el conflicto, el declive y la muerte del romance entre Lai y Ho. Sin embargo, para mí esta película —aunque parece hacer ironía con el título (Happy Together) por el daño que el deseo contaminado supone a sus protagonistas— presenta un momento decisivo donde aparece el haz de luz sobre la soledad propia y no hablo de una mera metáfora sino de una imagen donde la cámara enfoca el sol de frente y nos obnubila, haciéndonos despertar —como al protagonista— mientras en el resto del fotograma lo único que ocurre es un partido de fútbol de inmigrantes chinos en Buenos Aires.

En su trabajo en el restaurante Lai conoció a Chang un inmigrante taiwanés que quiso hacer un viaje de autodescubrimiento y cuyo objetivo antes de regresar a Taipéi era visitar el último faro al sur de Suramérica. En este escenario, Chang aparece ante Lai como la redención del deseo y de la culpa por las traiciones personales que su deformación justificó; también por la persistencia en la memoria del amado que ya no era más amante. Mas esta vez la relación no se manifiesta como un des-encuentro romántico sino como una amistad apacible en donde se llama la atención hacia un sentido hasta ahora minimizado: la escucha. El romance de Lai y Ho a la par que fue incisivamente visual, lábil y lúbrico también fue ruidoso; su comportamiento era un continuo grito —e incluso con golpes físicos— del cual solo podía surgir la incomprensión y el dolor.

Por el contrario, Chang expresó que no le gustaban las fotos, que si se trataba de dejar registro prefería grabar la voz: “Con los oídos se ve mejor. Puedes pretender verte feliz pero la voz dice la verdad”. El taiwanés le dice a Lai que grabe lo que quiera que salga de su corazón y que él lo liberaría cuando fuera al faro. Lai se queda solo un momento —al fondo del bar se lee la palabra “amigos”— y entonces acerca a su cara la grabadora que le dejó Chang: Lai solamente llora sin dramatismo pero dejando toda su frustración en un hondo silencio. Luego, el abrazo. El faro. El retorno de ambos a sus ciudades de origen.  


Lai dio el rodeo a su soledad viajando a las antípodas de su universo —Buenos Aires, Hong Kong— para desanudar su deseo herido en Ho. La fragilidad tiene que ver con el tiempo, que a veces parece quieto y a veces nos conmociona con velocidad cuántica. Pero en últimas, es la decisión de la vulnerabilidad —de dejar que el tiempo actúe—, de permitir que el hacha atraviese y luego deje cicatrizar, lo que transforma. El tiempo como el amor nos desnudan, nos desanudan, que quiere decir que nos transforma; el amor definitivo es la amistad. 


Después de esta experiencia, Lai vio solo las cataratas y regresó a Hong Kong, que equivale a decir que renunció a su exilio interior, a esa estancia en una tristeza cómoda por familiar pero no por ello menos desastrosa. Diría que el Together del título, por qué no, hace referencia a una reunión con uno mismo; uno mismo que son muchas voces; voces antes perdidas por los gritos propios y ajenos de un deseo atrofiado en las trampas del egoísmo. La reconciliación con el tiempo, la convivencia con la mortalidad —caducidad— a la que este nos somete y, por tanto, la vitalidad que en esa consciencia reclama tiene la forma de una esperanza en rizoma y de confiar en la luz liviana que abren los amigos para recordar que no estamos solos aunque estemos solos y que si queremos estarlo las re-sonancias —lo que vemos cuando escuchamos— permanecerán sin que tengan que estar.

domingo, 21 de febrero de 2021

El origen de los ángeles

I didn't want to be the one to forget / I thought of everything I'd never regret / A little time with you is all that I get / That's all we need because it's all we can take

Hace nueve años no visitaba la casa de mi tía. En la noche de ayer celebraron el cumpleaños treinta de mi primo. No he acostumbrado a ir a fiestas familiares a menos que tuviera la certeza de que asistiría la prima con quien tenía mayor afinidad. Sin embargo, en los últimos años traté de cambiar ese hábito por el infantilismo, egolatría y ceguera que esta actitud suponía en mi pensamiento, ya que establecer una jerarquía implicaba despreciar el valor de la experiencia —de lo que es sin imposición de lo que debería ser— y la singularidad que cada individuo puede aportar. Poco a poco traté de ponerme al límite y descubrir que si destinamos adecuadamente nuestra atención podemos conectar con cualquier persona y mezclarnos en una comunión donde importa lo que nos une y no lo que nos separa, por ejemplo, la risa, la música o el baile. 

Pero en esta ocasión no dudé: desde que nos invitaron tomé la firme decisión de asistir por el simbolismo de la fecha y por la posibilidad vital que me brindaba. Si la rechazaba, ¿qué habría de nuevo ese día? ¿no es acaso cualquier forma de sociabilidad una apertura creativa? La respuesta era clara, quedarse sería reactivar el bucle. Y ya intuyo que su antídoto es llevarme la contraria para romper el falso cascarón con que recubro el deseo. Anoche esa tarea no fue difícil y, contra todo pronóstico, el pasado me sirvió de trampolín. 

Mi primo y su hermana fueron uno de los pocos niños con quien compartí casa y juegos en la infancia; mis primos también son nietos de "mamita", es decir, otros hermanos que no eran mis hermanos pero fueron más hermanos que si nos vinculara la paternidad común. Los tres compartimos el afecto de "mamita" y vivimos nuestros conflictos, peleas de chiquillos salvajes, pero también nos acompañamos en los "parquecitos" de las unidades —paraísos de lisaderos, columpios y pasamanos donde pasamos indómitas tardes— y nos narramos las historias de nuestras fantasías y las que nos proponían los videojuegos. 

Motivada por esta memoria sentimental me decidí a asistir; había allí una intención de honesta gratitud por esos momentos de claridad en los que atizamos, sin ni siquiera saberlo, la hoguera de casa y la chispa personal: toda conexión individual tiene repercusiones en un sistema más amplio y mis primos maternos representan la temprana voluntad de mi cuerpo de construir vínculos más allá del soliloquio o  el desespero genético. No importa que nuestros intereses y gustos actuales sean distintos, para dialogar solo se requiere navegar por el río del afecto, de aceptar el viaje por una corriente que siempre es viva y fresca aunque sea tan antigua como el origen mismo de la vida.

Por eso me resulta tan importante en el desarrollo propio y, sobre todo, de los hijos únicos, la figura de los primos: su posición de distante cercanía —no son tan cercanos como los hermanos, ni tan lejanos como otros parientes, amigos o desconocidos— pone de relieve las contradicciones y tensiones del mundo que nos espera: que para acercarnos hay que ser vulnerables y en esa apertura hay un riesgo inminente de daño colateral. En el fondo, la interacción con los primos simboliza nuestra inclinación a buscar la cercanía del otro pese a que nosotros mismos obstaculizamos ese objetivo. Son ellos la leve esperanza de que con ese obstáculo se pueden tejer narraciones comunes: el bienestar del afecto es posible. Anoche abracé a mi primo y ambos conjuramos en ese instante la presencia de "mamita", nos reímos, recordamos y por ese momento fuimos ángeles, aquellos espíritus vírgenes, niños, abrigados por ella. 

No obstante, la revelación de la noche se completó al visitar a mi prima en su cuarto; su refugio frente a la violencia festiva. Ella me lleva siete años y no hablábamos desde hace aproximadamente cuatro. Cuando era pequeña y me quedaba amaneciendo en su casa, noté cambios que alarmaron a mi tía y a mi mamá, pero que a mí apenas me parecían ecos lejanos. Mucho tiempo después supe que esos ecos eran en verdad gritos infernales que destruyeron todos sus sentidos, incluido el de orientación. Mi prima empezó a consumir drogas a eso de los trece años y desde entonces se hundió en un espiral de excesos en los que el afán de poder material se mezcló con el abuso de sustancias. Desde hace unos cinco años ha estado internada varias veces en el hospital mental y fue diagnosticada con trastorno bipolar y esquizofrenia. 

Durante mi adolescencia hablamos por algunas temporadas y me avergüenza haberme olvidado de esos momentos y haberla olvidado a ella, cuando ayer mencionó que siempre me recuerda y que sabe aún mi fecha exacta de cumpleaños. Me sentí triste por abandonarla, pero también sentí que la experiencia de estos años y con mi propio trastorno alimenticio estaban dadas las condiciones para desanudar esos nudos con los que nuestra amistad estaba en deuda. Poco a poco la madeja se fue liberando y conversamos a profundidad. Yo me dispuse a escucharla con suma atención y sin los prejuicios de la familia herida, del médico arrogante, del discurso burocrático y despersonalizador de la medicina psiquiátrica.

Conversamos sobre el horóscopo, de los aspectos de nuestras cartas astrales y por ahí fuimos hablando de lo que nos mueve, de quienes nos gustan, del horror de la dependencia, de su aversión al robo, de su interés por ayudar, de su gusto por el aseo, de sus episodios psicóticos y de sus libretas escritas a varias manos en el hospital. Me alegró saber que pronto cumplirá un año sin consumir y otro tanto sin emborracharse. Dijo que esos apagones mentales postfiesta eran infiernos sin fondo a los cuales no quería regresar. Me manifestó que se sentía plena y renovada con su inédito estado de consciencia, con una vigilia vital que, creo, no experimentaba desde que era una niña. Anoche se expresó con tal coherencia y elocuencia que pude ver en sus ojos azules el corazón esperanzado de aquella niña aniquilada por el abandono y la negligencia, por la orfandad virtual que le otorgó por madre a la soledad. 

El momento más precioso fue cuando me permitió leer sus libretas y ver la expresión de algunos de sus pensamientos y los sentimientos de las mujeres —pacientes— que se enamoraron de ella —había declaraciones románticas a la par de recetas elaboradas con todo lujo de detalles—. Hablamos incluso del deseo, el erotismo y la formación del sex-appeal en un hospital mental. Por ejemplo, en uno de sus episodios ella andaba desnuda y fue amarrada de inmediato por los enfermeros delante de los demás pacientes. Dijo que el escándalo visual fue tal que desde entonces se volvió más "pegona" —atractiva— y ganó cierto reconocimiento que le permitió "darse los picos" —involucrarse— con otras pacientes. 

También llamó mi atención que en ese episodio ella se identificara como un alterego de Cristo como si él la hubiera poseído para huir de su propia crucifixión. Para entonces ella leía muchos catecismos y la única compañía que tenía era literatura católica adoctrinante. Hay muchos apuntes y paráfrasis al respecto. Lo que me interesa es que ella convoca siempre la figura de Jesús, un Jesús que en este caso puntual quiere evitar el trago amargo de la muerte, es decir, de la soledad definitiva, pero que también representa la rebeldía y la reivindicación de los marginales y la expansión del amor universal. 

¿Qué es la locura? ¿Una enfermedad? Es ante todo una relación de poder. La locura es el discurso censurado por el consenso social, es el resultado de una imposición colectiva que determina los límites de lo verdadero, de manera que todo aquello fuera de esa regla será patologizada. La "voz del loco" es la voz del margen, no es la maldición de un demonio, es un humano como tú o yo hablando en otro registro en otro tono y lo que pasa es que la Razón-moderna-occidental considera valioso solo un rango muy limitado de tonos. Hay sonidos que solo los perros u otros animales pueden escuchar, pero entonces aquí nadie llamaba loco a nadie y solo muy pocos reconocen la superioridad de otras especies para acceder a una porción más amplia de realidad. 

¿Por qué, entonces, calificar negativamente la "otra" realidad, la del "loco", mientras que el canto de las ballenas nos maravilla y la visión ultravioleta de los gatos nos fascina? Anoche quise escuchar a mi prima en diálogo horizontal abierto, porque eso nos enseñó Jesús y, en general, eso es la altura ética: que yo no sea más alto que el otro. Y descubrí en las profundidades de ese océano una potente autenticidad y generosidad que se atrofiaron cuando los barcos de afuera apagaron el radar. Mi prima lucha ahora con la adicción al cigarrillo y a los energizantes; sus manos siempre están temblando y teme no salir nunca de ese lugar. Admiro su valentía para seguir caminando en medio de la soledad, porque esas batallas son inevitablemente íntimas. 

Haberse liberado del consumo, de la ansiedad asociada a ella, de la profanación de su cuerpo, es para mí un logro increíble. Sus palabras traslucen bondad y en su libreta hallé apuntes de tal nivel que nos hace parecer locos a nosotros, a Occidente. ¿No somos una sociedad adicta: a tumbar parques, zonas verdes, casas con patios, solares, antejardines y jardines para construir gigantes centros comerciales que son tristes muros de la repetición estéril, la muerte de la identidad: las mismas marcas y nombres en cualquier parte del mundo? La toponimia es un arte en desuso —locos los que quieren vincular el lenguaje al territorio, locos los que defiendan el concepto de territorio, que vean a Dios en una manga, en un monte—. 

¿No son esos cajones de concreto la forma más extrema e inquietante de reclusión, un sanatorio deshumanizador donde nuestras sinapsis en vez de someterse a  terapia electroconvulsiva sufren algo peor? Ningún metal toca tu cabeza, pero en cambio te acribillan los ojos, te aturden los sentidos con el bombardeo publicitario plagado de sonrisas diseñadas y de brillantes montañas del Himalaya o Machu Picchu presentadas en smart TV de 60 pulgadas. En fin, cortinas de neón que enmascaran el sufrimiento, el dolor, la vejez y la enfermedad. Porque en el paraíso de los Spa y de las sodas saborizadas, la corporalidad —el verbo del cuerpo— se reprime, es decir, se reprime la muerte, que es condición para que exista y aprecie la vida. 

Por eso para mí fue revelador que en una de sus esperas para ingresar al hospital, mi prima le hubiera dicho a otra paciente "tírese un peo para que se convierta en un ángel". Si uno escucha atentamente esa frase en vez de juzgar a través de la burla, creo que hay una sensatez solamente equiparable a la que tienen los niños a los seis u ocho años. La represión es el fundamento de la civilización, todas las costumbres burguesas están basadas en una serie de protocolos empecinados en lograr una apariencia de perfección plástica en la que no existen fluidos, sonidos, gases, padecimientos, texturas que dan vida a un cuerpo. 

El símbolo de esta hipocresía fundante de la diplomacia burguesa es la de aguantar un gas si se está en público. No quiero que me se malinterprete y parezca que estoy haciendo una apología del desaseo, de hecho creo que nuestra relación con la exposición de la corporalidad propia es un asunto de diálogos, negociaciones y contextos. Lo que quiero hacer es poner de relieve el potente significado de esta inesperada combinación de palabras —"peo con ángel"—. Creo que esa represión física es la metáfora perfecta de nuestro estado actual: nos acostumbrados a reprimir y a fingir para agradar, para no incomodar al otro con lo que en verdad soy o trabajo en ser, porque puedes perder esa oportunidad de trabajo, de ligue, de asociación y entonces nos vemos inmersos en un juego de máscaras, de maniquíes donde me pregunto por el lugar de nuestra humanidad, quiero decir, de la vulnerabilidad, la honestidad, la integridad y la dignidad. 

Liberar el esfínter es aquí la metáfora de liberar la mente y de re-cordar que somos lo que somos, esto es, cuerpos corporales y no solo —ojalá lo menos posible— cuerpos publicitarios, cuerpos postales. Somos ángeles cuando nos reconocemos humanos, porque nuestra divinidad radica en sabernos precarios y aún hallar o cultivar un sentido —espacios, personas, prácticas— para cuidar y celebrar en esa fragilidad. Crecer y, por tanto, no autoengañarse, tiene que ver mucho con fortalecer la capacidad de renuncia —ser conscientes que toda elección es descartar otra— y aún así hacerlo con alegría. En este caso renunciamos a la pretendida inmortalidad mercantil para convertirnos en ángeles: creadores de nuestra propia vida, sembradores del sol que despiertan en bosques dormidos sin las pesadillas de los prejuicios y la luz led.

viernes, 15 de enero de 2021

viernes, 8 de enero de 2021

Etérea

 


Tus palabras son miel. Cuán dulces giran sobre tu lengua, como puntas de lanza cortan mi oído. Las palabras son dulces, oh sweet prayer, pero solamente los hechos hablan. 

] un puente [

Camino sobre aros de fuego. La tentación es más poderosa que la prudencia absoluta. No se quema la piel sino que se derrite y es agua: transparente, establece recorridos pero no permanece. De vez en cuando nada un pez que bebe de la corriente.


lunes, 28 de diciembre de 2020

Bucle


Ser consciente del bucle. Ver con claridad las insinuaciones de un desvío —o desvarío— que tuvo lugar hace 12 o 15 años y nombrar al mareo sin eufemismos: repetición de la fantasmagoría. La salud no es solo ausencia de enfermedad, sino la valentía de asumir hábitos para evitarla. 

También puede ser que esté atendiendo una exageración, reinvindicando el drama como vehículo de sentido. Si fuera campesina, artesana, pescadora, mujer endurecida por la violencia latinoamericana ¿Me sentiría igual? ¿Es la tristeza histérica un privilegio, una autoindulgencia del estómago lleno, de las manos sin callos, de los vientres no profanados? 

Soy hija de las hojas —en blanco y no de los árboles—,  de las paredes blancas, de los muñecos de plástico, de las pantallas azules —sin cielo—. Mi madre es la virtualidad, la potencia, lo que no es pero puede ser todo y nada. Cuerpo liviano que depende de la ficción para sentir el arraigo del fantasma y que sería semblante sólido si se limitara a la tierra.

Romper ese circuito implica dar el salto de la fantasía a la historia o más bien la historicidad: a nuestra materialidad, a la realidad que somos como contexto. 

No renuncio a la imaginación, pues la considero fuente de creatividad tanto en los campesinos como en mí, pero sí a fantasear: la virtualidad es la anarquía del deseo y, por tanto, su anulación. Identificar y asumir los límites no significa restringir sino actuar. Acción es presencia en el presente [sic] y no acomodación extralimitada en los tiempos del pasado, del futuro o de la ucronía. 

Estoy borracha de fantasía, de huida edulcorada, de reflejos intercambiados que me confunden. Debo despertarme de esta resaca. Mi misión no es la perfección de la idea sino la consistencia práctica. Ese es mi único, solitario e íntimo deber: proporcionarme en la vida el verdadero placer. Por eso debo ser una vigilante dedicada de mi cotidianidad y una iconoclasta comprometida de las mitologías personales.

martes, 22 de diciembre de 2020

Sueño de una noche de verano [en Tokio]


It was fun for a while / There was no way of knowing / Like a dream in the night / Who can say where we're going? / Maybe I'm learning / Why the sea on the tide / Has no way of turning / More than this, you know there's nothing  / More than this, no, there's nothing

More than This - Roxy Music

¿Qué nos conecta en medio de la muchedumbre solitaria? 

Miras por la ventana, ¿qué te mira? una gran mancha gris que siempre se torna hormigueo vertical, afanada corriente de metal. En las noches la mancha se viste de neón y extiende al infinito la melodía del fin del mundo con tonadas de 8 bits y voces infantiles que promocionan mercancías.

¿Y en el medio? ¿Qué queda? —"en el medio", quiero decir, entre la vida y la muerte— pasillos y ascensores: imposición del tránsito, delirio por embriaguez o hastío, y a partir de allí el ascenso al bar, el descenso al agua o la desesperada inmersión en el canto desafinado como refugio del soliloquio que somos; que seremos a los veinte y a los cincuenta aunque estemos casados, aunque engendremos hijos, aunque consigamos títulos en Yale. 

¿Qué somos en la puerta del hotel? Animales huérfanos e insomnes que se inventan dioses de papel y templos de madera para acallar el ronquido del esposo que yace a nuestro lado sin sospechar el vacío o la voz de una esposa al otro lado del teléfono preocupada por el color que llevará tu próximo sillón. 

Dios es el sueño de los matrimonios que no aman, el nombre de las dudas sobre el rumbo del propio destino. 

Pero los confines del tedio —de la vida— se cruzan con el rebrote de la inocencia. ¿Qué es la esperanza, si no un silencio ajeno que nos habla? Aunque en el amor siempre intervienen los cuerpos —no podría ser de otra forma— esto no implica que haya violenta posesión, pura materialidad viscosa como única forma de comunicarlo. 

¿Qué nos conecta en medio de las muchas soledades? una mirada cómplice, una sonrisa llena de pícara candidez, que un pie sea canción de cuna del anhelado dormir en compañía. 

Caricia, caro, mi querida, mi querido. Susurro de las pieles, delicado himno de ternura que en un par de minutos rehace nuestra humanidad en un profundísimo roce. 

Y no se trata de la redención platónica de nuestro deseo. Una diatriba contra la lujuria. Es más una celebración a la hierba del desierto y de los muros. Es simplemente que la realidad del amor es tan vívida como una brisa inesperada que nos acaricia mientras estamos en el balcón o como los rayos plenos que atraviesan el agua mientras nadamos. 

Soy naufragio, somos nube: abrazo suave en la tormenta que se desgarra para ser secreto de la tierra [suelo de metrópoli que pertenece a todos y a nadie]. 

domingo, 13 de diciembre de 2020

Vida

 

And with our strength, we'll be as one / A life of goodness, a life as one

El agua y el cielo. Dos superficies de consistencia etérea. Dos que son uno. Superficies que por no ser sólidas —inmóviles— transportan la imagen total del universo. Nuestro planeta es un espejo y, nosotros, sus espejismos. 

Hidrógeno y oxígeno son los nombres del siglo para el eterno retorno. 

¿Dónde acabo yo y dónde inicias tú? ¿Son las moléculas de mi estómago contenedores del océano? ¿Acaso las contracciones de mi pecho son la memoria de los huracanes que engendraron el mundo? ¿Es la electricidad de mi cabeza resonancia del trueno primitivo? 

Creo que la sensación de soledad es el invento definitivo de la vanidad; el juguete favorito de una mirada infantil o, si lo prefieren, la manifestación en el tacto de una ceguera fundamental 

¿Qué es el individuo sino la ilusión de una separación, el vaho sobre el único reflejo que somos?

martes, 24 de noviembre de 2020

Luciérnaga

Searchin' for some peace of mind / Hey, I'll help you find it / I do believe that we are practicing the same religion

Este año ha sido todo, menos lo que espérabamos que fuera. Lo digo especialmente por mis planes de tristeza. Inicié el 2020 con un profundo desaosiego, acciones llenas de nerviosismo y pensamientos erráticos alrededor de un mismo tema: el amor no correspondido, que debo decir, más bien, el ego no correspondido. Cuanta amargura se desprendía ante la pérdida de una mirada deseada. Y, ¿aún osaría a llamar a eso amor? por supuesto que no. El vacío se inflamó con el pretexto de la pasión para revelar las carencias y un obsesivo afán de validación sobredimensionado en su importancia y que pretendía imponerse al simple acontecer de un otro a quien mi capricho otorgó una interpretación nunca pedida. 

"La salud es aceptar y percibir la realidad en los términos de la realidad". Esa fue la frase que escuché en la fantástica Midnight Gospel y que me marcó inmediatamente porque se alineaba con la intención autoimpuesta en este año —del fin del mundo— para limpiar tan bochornoso episodio de egolatría: ajustarme al presente y a lo-que-es —no a lo que quisiera, ni a lo que debería ser según sabe qué absurdas resonancias familiares, culturales e inventos personales—. Consciente del malestar que me causaba situarme en una posición victimista —un acto feo, de mal gusto— comencé a repasar algunas enseñanzas del zazen combinadas con una inmersión en el estoicismo romano. 

A estas alturas puedo evaluar lo significativo que fue ese encuentro, el cual, además, me confirmó que la historia es materia viva, es la conversación interminable, la ruptura de toda rutina y pivote de liberación —en contraposición de la memoria que nos puede paralizar—. Quiero decir con todo lo anterior que en el amor fati se me reveló con claridad el camino para reinterpretar las circunstancias de miedo, tristeza y represión: "Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma". 

Sé que no sufría por otra persona, sufría por mí, porque mis expectativas fueron exageradas y se nutrieron de fantasías que quizá ni me pertenecían inicialmente y que distorsionaron la pureza de la experiencia. Entonces las intenciones se convirtieron en estrategia al preñarse de futuro y cubrirse de una pátina puritana y cursi con la que pretendía proteger mi orgullo herido. Sin embargo, el amor fati desgarró el velo en mis ojos y me hizo decir en voz alta aquello que me dolía y que negaba al empecinarme en sufrir —"no le gustas, no te ama, no te amará, hay mujeres cuya subjetividad es reconocida por él"—, para determinar con honestidad lo que quería acorde con lo que efectivamente se me ofrecía. 

El duelo fue necesario, al final implicó aceptar la muerte de una versión encaprichada y asustada de mí. Para ese momento, las responsabilidades se situaron en el justo lugar y no hubo culpables ni condenas. "Take it as it comes" decía Jim Morrison. La pandemia, los giros del pensamiento, las inflexiones del deseo y el intercambio de roles en otras interacciones ampliaron mi comprensión y revelaron excesos que surgieron por mi resistencia a aceptar la incertidumbre. En algún punto decidí soltar la idea alrededor de esa persona o, en otras palabras, dejar de lamerme la herida idealista. 

No puedo decir que esté completamente recuperada, porque la memoria es instintiva y tramposa —habla en términos de ansiedad—. Pero soy una mujer que intenta vivir en comunión con el acontecimiento y he visto en esa transformación de mi percepción una respuesta diferencial contundente: es la mirada aquello que nos delata, pero es la mirada interna la que nos define. Ahora miro con consciencia, sinceridad y también con orgullosa sensualidad. Nadie puede dañarme si no lo permito, cuando alguien me provoca —y hablo aquí de la cólera o de otras emociones o respuestas negativas— soy cómplice de esa provocación. 

En este último tercio del año del fin decidí recomenzarme y ser cómplice; más no de la cólera, sino de una húmeda provocación. Dejé de fingir ante mí: tocar el bajo, tocar-m/te debajo. Sí, también quería participar del juego. Aprendí que no necesito confiar en ti, antes bien, independientemente de tu reacción, de tus consecuencias, esta ha sido la primera prueba para empezar a confiar decididamente en mí a partir de una lúbrica versión.

No es fortuito, verdad, un Fender California series: californication con todo el descaro desatado. El cuerpo, ese magnífico maestro y los catalizadores que se aprestan a un alunizaje en el planeta fastlove ¿cuántos apasionados intentos? ¡que me sirvan otro bien caliente con mucha crema encima! Descubrir a través del deseo hecho verbo/lengua la realidad que soy sin enmascaramientos; en cada obscenidad, una abertura de luz que me brinda claridad; claridad que es otro nombre para la generosidad que empieza a brotarme y que entrego al mundo pero, sobre todo, me entrego a mí. Ambos coincidimos: compartimos la religión del deseo y una imparable fascinación infantil por la intensidad y la imaginación al servicio de un intercambio intimista. Mi tristeza venía de no haberm/te demostrado la verdadera ruta de mi voluntad —más juguetona, más risueña, para nada grave—; de haber sido incomprendida porque la inconsistencia entre mis hechos y mis pensamientos nos confundieron, me confundió.

La arremolinada serenidad que he experimentado recientemente —sin que por ello cante victoria— se da porque ese fati se manifestó para expresar una realidad: claro que hay entre nosotros una oportunidad de diálogo. Con mi lengua en tu oído, cuentagotas de éxtasis parlante, donde las palabras se deshacen en bocas de tinta. El amor es amar la vida por encima de nuestros miserables egos, amar la vida es amar el acontecer. El amor es una noche de estrellas incandescentes; no hay engaño en su declaración, si ha sido es porque era. Amar el destino a veces toma la forma de "una inteligencia que descansa en el deseo que nos libera". Bienaventurado delirio que reverbera en la madera del universo. 

*muaaa, muaaaaa