No estés solo en esta lluvia / No te entregues, por favor / Si debes ser fuerte, en estos tiempos / Para resistir la decepción / Y quedar abierto mente y alma / Yo estoy con vos / Si te hace falta quien te trate con amor / Si no tenés a quien brindar tu corazón / Si todo vuelve cuando más lo precisás /Nos veremos otra vez. "Nos veremos otra vez" - Serú Girán
martes, 30 de mayo de 2023
Solidaridad
domingo, 30 de abril de 2023
Mal que bien
Mi principal ejercicio literario —y con principal quiero decir cotidiano— es el de imaginarme la vida de las personas que veo en la calle: quienes trabajan en ella o que se desplazan por ella. Me pasa sobre todo con los puestos de comercio informal o mientras voy en taxis, buses o en el Metro. Ese tipo de anonimato lo encuentro especialmente atractivo para delinear subjetividades. El transporte es un lugar donde confluyen muchas posibilidades, pero al tiempo ignoro las pistas de una definición precisa. Al momento de observar casi todo está a merced de la imaginación.
viernes, 31 de marzo de 2023
Física
Física fue el curso que menos disfruté en el bachillerato. Sus problemas me resultaban difíciles y poco estimulantes. Tal vez era por la metodología del profesor. Tal vez insuficiencia en mi comprensión lectora. O tal vez era simplemente desinterés. El objeto de la física es la materia y la energía, su lenguaje es la matemática, otro curso que poco disfrutaba. La física establece leyes, busca resultados. Es la ciencia de lo inevitable
Por el contrario, química fue el curso del núcleo de ciencias naturales que más disfruté. Su contenido lo asociaba inmediatamente con los cuerpos: humanos, animales y vegetales. El objeto de la química son las propiedades y transformaciones de la materia. Su lenguaje son los símbolos, de hecho, dice la Unesco que su "expresión más alta es la vida misma". La química identifica cambios, busca procesos. Es la ciencia de lo posible.
En el medio estaba la filosofía y con ella la metafísica. Entonces me acomodé descaradamente en su invitación a especular, en la promesa de liviandad que proporciona el dominio de la idealización, de vagamundear sin cuerpo. Me interesaban los cuerpos, pero de lejitos. Conservaba la suficiente distancia para olvidar su mortalidad. Me interesaban los cuerpos, pero hasta ahora yo misma era solo organismo: negación de la física, de la ley; afirmación adolescente de la vida, subyugada por la química. Para los geógrafos de las almas: un marisma metafísico. Era cómodo pensarse como pantano: ni aquí, ni allá, pero no-muerta. Existencia casi incorpórea.
Pero llegan las tormentas, los veranos y las reacciones minerales del pantano. Reconozco que somos lo que puede un cuerpo. Ya no me resistí a su nacimiento: ser es ser un cuerpo sometido a la gravedad, liberado por la reproducción: células en incesante equilibrio de vida-muerte, cuerpos microscópicos que presienten los que ven nuestros ojos de animal miope: tejidos esponjosos, tensados, trenzados, restos, roña, retoños, heridas, brotes, colores santos. De pantano a río, de organismo a cuerpo: un cuerpo que se mueve y que se construye con otros: en la complicidad erótica, en la infección, en los antibióticos, en las contracturas, en los analgésicos, en la ansiedad, en el llanto, en la piel erizada: materia y energía. Soy más que una idea, que metafísica. Soy este cuerpo que simboliza, se transforma y a la par responde a lo inevitable, a la gravedad, a las instituciones, a los términos de referencia, al ultimátum. A la mortalidad le pongo el pecho, la frente en alto, el culo si quiere. ¡Ah, ojalá fuera siempre! porque la metafísica me quedó como re-sabio ocasional, un rescoldo de la infancia, su síntoma. A veces se encarna (como cuando se encarna una uña), y se aparece en una despedida de tren como sentimiento de "soledad metafísica". Qué descripción tan pueril, pero vale la pena sí por ahí retorno a mi cuerpo, que es decir presentarme para conversar con otro(a).
Entonces dijo L. antes de confesarse, antes de actualizar la compasión: «¿Me hablarías un poco más de la soledad metafísica? Qué concepto tan desgarradoramente bonito, con todo respeto. Sería un excelente comienzo de poema: "En esta soledad metafísica donde todo se muestra y nada se toca, habito yo, como un animal herido. Extrañamente solo y extranjero, lejano, como un quásar..." (continúese)»
Fue una invitación inesperada a participar de un cadáver exquisito, que se convirtió más bien en cuerpo exquisito, en física a secas, en energía transformada, química acá sin más allá, porque dije yo: «(Continúa): "Antiguo como el mar donde espumean los recuerdos del olvidado trueno que dio a luz a la Tierra". La soledad se había acabado, la metafísica, también. Afortunadamente.
lunes, 27 de febrero de 2023
Sustitución
Dos son las inquietudes que ocupan la atención de mis días. No es un secreto que la creatividad y la subjetividad son las preguntas donde fijo mi existencia actual. También es cierto que las quisiera menos como palabras —incluidas las de este blog— y más como sencillas experiencias. Pero cuando me acerco a ellas aún me muevo como sobre arena movediza. A veces siento que avanzo, me siento fuerte, pero en otras aparece una sensación de debilidad sin que domine el abatimiento, porque sigo intentándolo.
En este año, dos han sido los motivos para volver sobre su significado. Primero, el revuelo causado por ChatGPT, un chatbot —protocolo de respuesta automática— de inteligencia artificial centrado en producir textos y respuestas elaboradas luego de recibir instrucciones. Segundo, mi camino personal me encontró de nuevo con la reaparición de una envidia específica, un afán competitivo, que algunas personas llaman erróneamente celos. Los celos son la enfermedad de la incertidumbre y lo que yo siento al compararme (con la inteligencia artificial o, a veces, con otras mujeres) es una amenaza a mi singularidad.
Ser singular lo entiendo como una defensa de la excepcionalidad que es uno (que somos cada uno de forma tan universal): tan excepcional como para poder permitirme cometer mis errores, sin identificarme con ellos. Tan excepcional como para reconocer que mi cuerpo basta para entregarme y que su desnudez no es sinónimo de transparencia, pero sí de creatividad, de potencial.
Pero aparecen algunas piedras en ese camino: ¿cómo se relacionan creatividad y subjetividad en una especie dominantemente social?, ¿qué significa pensarse o sentirse insustituible cuando nuestra ventaja evolutiva es la interdependencia?, ¿qué significa ser autónomo cuando nos acechan los automatismos?
Hoy quiero responder parcialmente a esta paradoja a partir de mis impresiones sobre el estado actual de ChatGPT. Este Chat es una aplicación que ha impactado la opinión pública mundial de este año. La razón esencial de esta agitación es, a mi modo de ver, la misma que entusiasma a sus promotores y que previene a sus críticos, y es el hecho de que mientras en el pasado el refinamiento tecnológico sustituía una labor manual, ahora una herramienta parece capaz de sustituir funciones cognitivas humanas. Al respecto, he conocido posiciones alarmistas.
Por ejemplo, para algunos economistas hasta hace seis meses era inimaginable poner en tela de juicio uno de los rasgos que definen la especificidad humana: su inteligencia entendida como la capacidad de crear ideas, de conceptualizar. El hecho de que esta perplejidad sea ahora sea una realidad, les lleva a considerar que actividades que se suponían blindadas, esto es, insustituibles no lo sean tanto —por ejemplo, el periodismo, la redacción, la edición y la corrección de estilo— y que en esa medida se ahonde en la incertidumbre humana, ya que podría esperarse cualquier cosa del futuro.
Por otro lado, los profesores y pedagogos han desarrollado posiciones más matizadas. La educación, en tanto involucra el ejercicio intelectual, es un sector altamente sensible a los efectos de estos desarrollos de programación. La susceptibilidad inicial ha desencadenado respuestas reactivas y pesimistas, ya que algunas personas sentencian la desaparición del lenguaje —de los idiomas como recursos expresivos— y del ensayo como género literario y académico. De ahí ha surgido un ánimo paranoide que solo alimenta —de una manera, por demás, poco creativa— un circuito de cacería entre máquinas: el mismo mercado tecnológico crea la "enfermedad" (chatbot), y la "cura" (sotfware para la detección de plagio creado por las aplicaciones de tecnología artificial).
Esta es una respuesta equivocada a una pregunta mal formulada. Pero, ojo, porque ese error no es un fallo, sino una omisión intencional: ¿qué puede ser más rentable para los programadores que la cacería tecnológica de cuño paranoide —usar bossware para capturar al tramposo, vigilar al potencial plagiador—? La imposición de una mirada moralista distrae a muchos, pero, sobre todo, llena el bolsillo de pocos. Vista de esa manera, la masificación de ChatGPT me aterrorizó: tenía miedo a ser sustituida.
Pienso en que soy una mujer que escribe, edita y corrige textos. Desde hace ocho años hago un trabajo esforzado alrededor del lenguaje, a la manera de una intérprete del malentendido —como ya lo había dicho en otro lugar https://guijarromolido.blogspot.com/2021/06/lengua-materna.html—. Ver en Twitter o por amistades los textos de ChatGPT hicieron que me sintiera en peligro, como un animalejo en vía de extinción. Por eso me negué a usar la aplicación en la efervescencia de su aparición. Mi razonamiento era el siguiente: ¿y si me perdía en el camino? ¿y si me daba cuenta que mi lenguaje, o sea mi voz, era prescindible? Para mí acceder al chat suponía observar y cometer un sacrilegio.
Sin embargo, caí en cuenta de que esta postura respondía a un ideal como suelen hacer todos los miedos; pero uno no se forma para encontrar la perfección, sino como preparación para la imperfección. Por eso, decidí usar la aplicación y me permití hacer preguntas más juguetonas que formales para familiarizarme con la aplicación. De esa manera me di cuenta que no tenía sentido de humor, sino literalidad programada para ser neutro, plano, insípido. Entonces de ahí sí utilicé el chat como asistente en la escritura de un texto breve. Luego revisé en otros ejemplos serios y traviesos de otros usuarios y pronto me di cuenta que de eso tan bueno no dan tanto. Lo cual en este caso era muy bueno. No hay que tomarse tan en serio ChatGPT. O bueno, no tanto en sus respuestas o para perseguir a los plagiadores de turno, sino para preguntarnos lo realmente importante: ¿cuál es el propósito y el sentido de confiarle la creatividad, rasgo singularmente humano, a una máquina?.
Por eso, hoy sí me siento más orgullosa de estar plasmando estas palabras: ellas son la prueba de la vitalidad del lenguaje humano, de los músculos, latidos y nervios que lo engendran como fuerza expositiva. Me di cuenta que —aunque eventualmente lo aprenda— el ChatGPT de hoy no pasa el filtro de la revisión crítica de un evaluador de carne y hueso. La capacidad de cribar la información entre la basura publicada internet es una habilidad que, como la de los espigadores de ayer, hoy y mañana todavía depende de un cuerpo humano.
Más importante aún, también descubrí que los textos de inteligencia artificial no tienen estilo (o sea que no tienen humor, ni emoción, ni singularidad). El robot del momento es capaz de escupir un montón de clichés bruscos, disparatados, casi esquizoides escritos con coherencia, pero que no transmiten un mensaje coherente o sea sensible a una geografía, a un tiempo y a un consenso. Así, para quienes digan que el chatbot nos liberara del trabajo difícil y que ahora "si nos dejará pensar", le responderé que eso no es cierto: escribir es difícil y en esa dificultad radica la posibilidad de su creatividad.
Para escribir literatura o para escribir ciencia se requiere de la experiencia y de un propósito cuya legitimidad, pertinencia y singularidad se derivan por lo general de una discusión colectiva que incluye a otros y sus respectivos contextos. Hay, en síntesis, unas realidades empíricas (fenomenológicas), críticas (verificadoras) y animales (irruptivas), cuyo salvajismo inventivo no está in-corporado en un robot.
De esta manera, paso de la paranoia al equilibrio, sobre todo porque recuerdo que mientras no haya moralidad, sino valores que prioricen la sensibilidad colectiva hay esperanza para los intérpretes y, sobre todo, para los escribientes. No es que seamos prescindibles, pero tampoco sustituibles por una máquina. La escritura no es reductible a un algoritmo, es decir, a la gula y vómito de fonemas, sino a un metabolismo hermenéutico: degustar y depurar la palabra y el misterio que nuestros latidos le brindan.
Escribir no es solo lo que se dice —hacer muchos inputs en el chatbot—. Escribir no es escribir, escribir es sobre todo borrar. Adentrarse en la selva, sembrar poco y podar mucha manigua. Escribir no es un néctar de flores y frutos, es sobre todo dejar que muchas hojas se marchiten y hacerlo con alegría. Esa es la gracia literaria de una escritura imposible de imitar. La muerte es la marca máxima de individualidad: nadie más la experimenta por uno, ni como uno. La mortalidad, marchitarse, borrarse, olvidase es la clave de una escritura irreductible a un código binario: el robot no puede sustituir la huella mortal —dejar morir muchas palabras y partes de la corporalidad de uno ellas— que le da su singularidad a la literatura, es decir, a toda escritura en donde se juegue el pellejo.
domingo, 29 de enero de 2023
Indispuesta
Me gusta mucho el turrón de mango biche, el arroz frito y el pollo apanado. En este mes comí de los tres. Con la paleta me relajé, la recibí con mucho gusto y, sin embargo, me indispuso. Por el contrario, los otros dos los probé con temor porque me sentía enferma y, contra todo pronóstico, me sentaron bien. Aún recuerdo el agradable gusto salado que me proporcionan.
A propósito del helado, quiero contar otra anécdota con la cual me divertí y me angustié por partes iguales. Resulta que un pasajero del bus en que veníamos, aunque tuvo amplio margen tiempo para comprar un turrón, solo se decidió a hacerlo justo antes de que el carro arrancara. Me angustié porque el vendedor casi no alcanza a recibir el pago y me divertí porque el conductor se percató y en sus movimientos demostró su complicidad con la situación. Finalmente, fue el pasajero quien pagó el costo de su demora, pues tuvo que regalarle 1000 pesos de devuelta al vendedor, porque el conductor ya no podía retardar más la salida del bus.
Vistos así, estos relatos parecen experiencias inconexas y, sobre todo, triviales. No obstante, para mí estas historias prueban una vez más la profunda relación entre alimentación/digestión y vida anímica, y, con ello, la forma en que cada persona asume el costo de su vida, es decir, la forma en que se valora el tiempo.
Al finalizar la segunda semana de enero sentía mi estómago rebotado. Tuve dolor en el cuerpo y perdí el apetito. Antes de ello recibí noticias inesperadas sobre mi posgrado, comencé a rumiar nuevamente sobre la tesis y me abandone a las hipótesis de mi futuro romántico a punta de inseguridad, prevención y desilusión autoimpuesta. Aunque en el discurso me recordé que la preocupación no resuelve ningún problema, lo cierto es que un malestar tan súbito solo podía ser una reacción emocional. De todas maneras separé la cita médica más cercana y si bien seguí el tratamiento, la conclusión del médico fue que estaba somatizando a toda máquina.
En resumen me sumergí en una marejada histérica que trajo sobre la mesa el sentimiento neurótico por excelencia: la culpa. Culpa por sentirme neurótica, es decir, exagerada y dramática. Por esto, traigo a colación al pasajero, al vendedor y al conductor de la anécdota. Identifico el afán de los dos primeros y la autorregulación del segundo. Por supuesto, mi actitud en estos días ha sido afanada y excesivamente analítica. Me angustia no poder responder frente a TODO (todo lo que son mis expectativas sobre la academia, el amor, el trabajo).
Hasta hace poco resolví una ecuación a la que daba muchas vueltas: no me lanzo a la vida porque no me siento preparada. Pues bien, gracias al trabajo con Mauricio acepté que nunca nadie va a estar preparado para vivir. Es absurdo pretenderlo y si se hace es al precio de caer en la obsesión la cual, como dice Patrick Avrane, "es una manera de indeterminar la temporalidad. Nada ocurre [...] El obsesivo padece la ausencia de experiencia". En ese caso, lo humanamente posible es saberse dispuesto (que es una disposición desde la valentía y no desde la técnica). Incorporar esta interpretación me ayudó a moverme en muchos sentidos desde la segunda mitad de 2022. Pero cuando asumo estos cambios también cometo el error de radicalizarlos: entonces necesito regularme porque estar dispuesta no significa estar dispuesta a TODO; de lo contrario corro el riesgo de estar indispuesta, como claramente me lo anunció mi estómago.
Mi cuerpo estaba pidiendo límites. Pero esta no es una acción sencilla para mí, porque considero que además del estrés regular hay una ansiedad específicamente femenina. Desde la biología evolutiva las mujeres estamos programadas para ser detallistas, cuidadosas, responsables (responder a TODO). Desde la cultura (y su barbarie) tenemos la presión del pico reproductivo y con ello una visión despectiva de las mujeres viejas. Esto genera en nosotras una agitación existencial, como si corriéramos una contrarreloj y una predisposición a los tratamientos y cirugías que prometen alargar la juventud. A eso se suma la percepción de inseguridad en las calles, por ejemplo, y la presión de que las madres son quienes terminan más implicadas (y sacrificadas) en la crianza de los hijos. Siempre a la carrera, siempre con un ojo en los matorrales del futuro.
Hasta ahora he leído un tercio de la novela Pechos y Huevos escrita por Mieko Kawakami. Allí la autora muestra de forma directa, tangible, brutal (aunque sin amarillismo) estas encrucijadas que vivimos en la modernidad varias generaciones de mujeres trabajadoras. Esta encrucijada, esta ansiedad se expresa en el estado de alerta permanente que se ha insertado con fuerza en la memoria corporal femenina desde nuestras abuelas y que expresa en la imposición de trabajar bajo cualquier condición cuando los esposos abandonan a sus hijos; en la vinculación casi causal entre belleza y salud; en la imposición de una biología delatora y urgente de su destino reproductor.
Midoriko es una adolescente de 11 años que aparece callada para el mundo adulto, casi indiferente, pero en realidad es por la lucidez dolorosa de una condición femenina que la atormenta. En sus escritos recoge el horror que le produce el paso a la adolescencia, porque esos cambios le hacen comprensible los sufrimientos de su madre, por ejemplo, las transformaciones corporales indeseadas tras convertirse en madre. Para Midoriko su mamá es una mujer sacrificada que la enoja y avergüenza. La maternidad no es, para Midoriko, una bendición, sino una cicatriz y una esclavitud. De ahí que su diario sea un manifiesto en contra del crecimiento no autorizado de los pechos o al hecho de que el feto femenino esté programado para hacer nacer, incluso antes de él nacer. Desde la perspectiva de la niña es como si la mujer estuviera condenada a ser madre (cuidadora, responsable, previsiva) y, por tanto, a ser explotada por la genética, por los hombres, por las fábricas, las oficinas y los bares.
Por otro lado, está Cleo, la heroína de Agnès Varda. Este personaje no muestra el lado reflexivo como lo hace Midoriko, sino el lado evasivo de esta ansiedad femenina. Cleo es una cantante joven y hermosa que enferma de cáncer, pero cuya angustia casi nadie toma en serio. Solamente la juzgan de dramática porque no pueden creer que alguien privilegiado pueda sentirse así, es más, que ni siquiera puede enfermarse gravemente. Incluso la mujer trata de autoengañarse con esta idea cuando dice que "la fealdad es una muerte, por tanto mientras sea bella está más viva que muchos", y así se refugia en el consumismo desaforado y en los caprichos materiales que esa belleza le permite. Sin embargo, depender de la lozanía de su cuerpo termina siendo otra presión derivada del aparente destino reproductivo de la mujer. Que sea atractiva es un signo de que ella es una pareja sana, por tanto apta para ser madre.
Este un mecanismo que opera inconscientemente en hombres y mujeres. Pero que genera gran presión en estas porque son las que deben elegir con cuidado. Es como si los pasos en falso no estuvieran permitidos para nosotras. De ahí la aprehensión de Cleo frente a la desnudez: mientras su amiga Dorothea posa desenfadadamente ante los artistas, Cleo lo considera como una indiscreción. Esta es una afirmación muy simbólica porque obsesionarse con un ideal de la belleza la despojó de ser ella misma, la vació. Por el contrario, Dorothea, quien está alegre con sus imperfecciones, declara que su cuerpo no es para sentirse orgullosa, sino para ser feliz. De esa manera aparece una posición diferente a la angustia de Midoriko y de Cleo. No teme desnudarse quien está seguro de ser. Solamente la seguridad da paso a una libertad que pueda ejercerse realmente. Me alivió encontrar estos vestigios de subjetividad en Dorothea y en la taxista de la película porque son mujeres de carácter, pero no de mal carácter, es decir, son suaves, pero decididas y así han conjurado la ansiedad extrema.
Estos personajes me inspiran, pero lo cierto es que mi indisposición demuestra que todavía estoy transitando el camino de la hipervigilancia. Siento a la par risa y vergüenza porque, especialmente, en situaciones románticas aún me entristece o me enoja (¿pero qué es el enojo sino una forma de tristeza?) que me digan “solo diviértete", ¿"para qué pensar en eso (cierto futuro)?, ¿para qué pasar maluco, si ahora podemos pasar bueno?". Aún soy muy reactiva a este tipo de invitaciones, las tomo como un insulto, porque me suena a un juego tonto, donde yo soy el juguete. El juego equivale a decepción, como si solamente una constante metafísica elaborada pudiera salvarme de ella.
Pero la vida se trata, precisamente, de estar dispuestos a la desilusión y ello requiere superar la ansiedad femenina que nos hace ver peligro, allí donde solo se encizaña la imaginación: que si la tesis dice algo significativo, que si mi trabajo será validado, que si me amará más allá de mi juventud, que si podré ser mujer y no ser madre. Todas estas ideas revolotean en mi estómago y me han indispuesto cuando aparentemente me sentía más dispuesta. La paleta de mango biche, gusto de una tarde de verano, terminó por convertirse en sinónimo de dolor. Esto quiere decir que, en el fondo, esta histeria responde al principio obsesivo por excelencia: la paranoia que paraliza, porque nos movemos solo hasta que nos sintamos aseguradas (con promociones, con garantías), que no es lo mismo que sentirse seguras. Esta es la obsesión por la ganancia, por reducir la pérdida, por la utilidad absoluta.
¿Cómo desactivar esta condición de estrés? mi estómago me dice que aún no he incorporado definitivamente esa respuesta. Pero conversando con Diana recordé que "no hay que darse tanto palo". La frase desbloqueó en mí parte de la tensión acumulada. Aunque en estos días me he tratado con severidad, ahora trato de pasar a la suavidad de una autopercepción en la que yo misma me valido y, como Dorothea, me reafirmo en la seguridad de mi cuerpo. La suavidad que busco es un tipo de serenidad derivada de la confianza en las piernas propias y en la aceptación de que no hay camino de salvación. Solo hay camino.
Por el pensamiento sereno quiero transformar, como decía Freud, "la miseria histérica en un infortunio corriente [cotidiano]". Para conjurar esta ansiedad, que confunde mi disposición hasta indisponerme, necesito tener presente que no todo es ganancia y que no siempre ganar más, producir más, aprovechar más es ganar. Hay que perder el afán, por ejemplo, para que no pase lo del intercambio apurado entre el ventero y el pasajero. La vida no se vive sin reconocer sus costos y es preferible que el camino sea llano: “El camino es llano para quien pueda pagar el costo sin verlo como un gasto”.
martes, 27 de diciembre de 2022
Sangre
A propósito de estas afirmaciones, al ver White Lotus me sentí especialmente conectada con las imágenes que involucraban el mar. De hecho, me parece, que es la metáfora principal de la serie. Cada vez que había un cambio o una revelación aparecían las olas golpeando los acantilados. Sin embargo, es con los personajes de Tanya y de Quinn donde, para mí, se hace evidente esta relación vital con el océano: primero, porque la atormentada mujer que luchó todo el tiempo por liberarse de su madre, del peso de una representación violenta y opresiva aún en forma de ceniza, logró atravesar, gracias al mar, ese miedo a la libertad dejando que este se llevara finalmente su pasado. Segundo, porque Quinn un joven de 17 años enredado en la dopamina barata del consumismo desechable —cuya síntesis es la adicción a la pornografía y a los Smartphone— dio el paso a una vida nueva desde que entró contacto con el mar.
Es probable que el bautismo tome del embarazo su simbolismo acuático. Es en ese medio donde surge la vida humana: un líquido que es atmósfera y alimento hasta que llega la vida en tierra. El bautismo es el saludo de bienvenida a esa vida. Y eso fue lo que le ocurrió a Quinn: el mar le permitió aterrizar. Me pareció hermosa la transición visual que evidencia la transformación de este personaje; se trata de una secuencia muy ilustrativa en donde el contacto con materiales vivos y no con pantallas transforma a un niño mimado, es decir, prisionero de un deseo impuesto externamente (consumos que definen a la élite), en un joven que descubre realmente el placer propio y se da cuenta que este no tiene nada que ver con la masturbación, sino con darse él mismo su lugar en el mundo siendo un individuo en relación con el concierto de los seres vivos.
El punto de inflexión inició cuando Quinn acudió a la playa como dormitorio huyendo del maltrato de su hermana quien monopolizaba el cuarto del hotel. Al quedarse dormido sobre la arena, la marea se llevó los dispositivos electrónicos que Quinn cargaba con él. Ahora que lo pienso, estos objetos eran como el cofre de cenizas de Tanya, o sea, otro lastre ruinoso que opacaba el espíritu, aunque el muchacho aún no podía entender este mensaje. Primero llegó el berrinche y el afán por obtener un nuevo teléfono tan pronto como fuera posible. Para él era inconcebible otra forma de vida, la imaginación está trabada en las cuatro líneas de la pantalla y el muchacho aún no alcanzaba a considerar todas las posibilidades que residen en nuestra herencia animal, en el simple hecho de tener un cuerpo.
*
Como Tanya y como Quinn yo también he estado inquieta en estos días. Ahora que me encuentro en pareja, me he lanzado a un mundo inédito: así fue cuando Tanya esparció las cenizas de su madre y cuando Quinn se quedó en Hawaii dejando a su familia adinerada para habitar con los naturales. Es cierto que le di a mi monstruo, a mi lastre su estocada final. Ese aturdimiento ya no existe. Pero con la nueva vida, también llegan nueva luchas: ahora experimento una extraña agitación, una nostalgia inquietante que me impacienta, haciéndome sentir resaca sin haber tomado licor. Curiosamente varias personas se refieren a mí como alguien apacible, que transmite paz. Yo me sonrío porque para mi intimidad era una descarada ironía. Pasé tres años apaciguando la sombra; pero lo que en realidad hice fue alimentar su voracidad y con ella una guerra de mí contra mí. Me di cuenta que solo podía aniquilar esa sombra a través de la violencia y toda la que guardaba en mi interior, la volqué hacia afuera. Arrasó con todo.
Quedó una playa primigenia y por primera vez sentí de nuevo esa paz de la que tanto hablaban otros y que me era familiar. Se parece a algo que conozco, sí, se parece a las tardes de infancia sin internet. Quizá por eso visité ayer a mi tía Olga. Es probable que no pisara su casa hace quince años. Allí están los portarretratos con fotos infantiles de mis primas y está ese olor singular de su casa, que nunca he sentido en ningún otro lugar y que me recuerda las veces que fui a amanecer y a jugar con Cindy. Es un olor a una especie de pegamento industrial. Necesitaba oxigenación, reposo, marea baja. He estado hablando del agua, de los líquidos y de los temperamentos, y ahora que menciono el oxígeno entra en juego otra forma particular del agua: la sangre, en efecto, el agua de los mamíferos. La sangre se sitúa en este punto como sinónimo de excitación (por presencia o por ausencia de esta): hacer del cuerpo alimento, compartir con tantas personas alrededor de las comidas, el desfallecer de los cuerpos.
Por su color, por su función y por su distribución corporal, la sangre es un indicativo de los signos vitales. Dice la teoría de los humores que el temperamento sanguíneo en su forma positiva es expresivo, cálido, hablador, entusiasta, comprensivo —las cualidades con las que asociamos la vida—; mientras que en su forma negativa es indisciplinado, inestable, improductivo, exagerado y egocéntrico. Si pudiera definir diciembre no dudaría en hacerlo como un mes "sanguíneo" (tanto por lo positivo como por lo negativo). Mi energía social nunca estuvo tan demandada como en diciembre, aunque el corazón que más sangre ha requerido ha sido el de la experiencia en pareja.
Ha pasado mucho en poco tiempo. Hay una densidad que me deja perpleja y a la vez me imanta. En este momento siento la sangre como otro océano, uno revolucionado, cuyas mareas empujan y traen un mar al rojo vivo. Ellas expresan la calidez de comer con seres queridos y las mejillas sonrosadas por el romance, pero también las corrientes que inflan los deseos masculinos. Por eso la sangre también despierta mis vicios neuróticos. Me avergüenza que se torne paranoia (sangre caliente, sangre agitada). ¿Qué pasará cuando la sangre de tu periné vuelva a todo el cuerpo y nos lleve a la otra orilla? ¿Podremos volver juntos a esta orilla solo con la sangre de los pulmones o sucumbiremos a la trampa río abajo?
Cuando la muerte llega el cuerpo palidece, queda tieso y blanco. Visto así podría interpretar que la manifestación sanguínea al son del deseo sea quizá la máxima prueba de vitalidad (encendido, rojo, fuerte), pero al instante no puedo evitar mis preguntas necia, ¿acaso no funciona también así la arrogancia? Es una erección del ego, que como todas ellas no puede ser permanente, ni consistente. Inflar y desinflar. Ilusión y desilusión. La sangre exagerada que lleva a un escenario egocéntrico, improductivo, indisciplinado. ¿Podremos construir nuestra balsa si respondemos solo a la sangre impaciente de las entrepiernas? ¿O navegaremos también al ritmo de un latido acompasado, paciente, de un océano templado en donde la sangre del movimiento sincronizado no se agota en la urgencia del roce?
Insisto en esta pregunta porque yo, mujer que desangra al ritmo de la luna —influida como todas las demás mujeres por las mareas planetarias y no por el capricho egoísta del falo—, yo, mujer también participo de ese torbellino: y lo hago de manera apasionada, como un fluir irreversible. Pero luego también experimento esa sangre concentrada en mi cabeza: lo vivido se torna ensueño, espejismo, como si estuviera entredormida. Como si fuera una distracción. ¿Si distrae es porque está al margen de la vida verdadera? ¿Es la vida verdadera la experiencia no sanguínea? Me gusta esa intensidad, pero prefiero la consistencia. Y siento que la consistencia es el resultado del oxígeno y no simplemente de la sangre, de la revolución que infla a uno y luego desinfla todo.
La sangre saturada en mi cerebro, por ejemplo, convierte al pasado en aguijón y al futuro en neblina. Contamina, asfixia. Mientras tanto pienso que es del oxígeno, de la calma, que surge la creatividad. Quiero que la respiración (sangre metabolizada) y no la sangre cruda (miedo, prevención, envidia) sea mi certeza. Lo que más me interesa es seguir obrando en este mundo, desde mi lugar propio, pero compartido. La encrucijada es que ahora aprecio el valor de mi autonomía, por fin, me valido yo después de tantos tropiezos y torpezas, y a la vez me comprometo con esta nueva conexión. Me siento frágil, pero no débil ni fragmentada. Mi propuesta: tomar de la sangre cruda el impulso para apostar valientemente por los valores y por esta relación que considero valiosa. Tomar del corazón la capacidad de transformar los instintos en algo más que un afán de poder cortoplacista.
El reencuentro con mi familia paterna a raíz de un funeral, me permitió bucear en mi pasado con un propósito: traer al presente mi gusto por nadar. Para la sangre pesada, para el océano turbio, para el impulso acalorado: nadar o navegar. Para remover el sedimento y disfrutar mientras muevo mi cuerpo, que es mi centro y mi salvavidas. Una invitación: a remar contra el mar hinchado, sanguíneo, siguiendo el ritmo de una mutua elección.




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