jueves, 26 de diciembre de 2019

No supimos estar en la cotidianidad


Es absurdo. Qué digo, es pueril sentir que desactivar una cuenta determina un destino. Pero es verdad, no sé hasta qué punto esto es una ligereza y si por esa aparente ligereza siento un peso aplastante sobre mi espíritu. Lo cierto es que la realidad ha sido perturbada en sus pieles más profundas: cortada y atravesada por un simple clic. S., decirle al interfaz que sí, que desactive temporalmente mi cuenta, era decirle a mi corazón que te selle definitivamente en la memoria. S., te extraño tanto, todos los días fantaseo con tu tacto y en las noches tu sueño tampoco me abandona. Me he sentido perdida en este trastocamiento de la cotidianidad: ni yo la habito, ni tú la compartes conmigo. Y aunque siempre fuiste instante, mi circunstancia te convirtió en deseo de eternidad o en eterno deseo. Al final el orden no importa porque eres el caos que monopolizó mi voluntad de vida. 

Siempre fuiste sin estar: eras pasado o premonición. Casi siempre fantasma, casi nunca cuerpo sobre mi cuerpo. Aún así invadiste el pensamiento y el vientre. Tanta violencia terminó por desfigurarme. Mas ese dolor era prueba de una existencia intensa. Ya no te manifestabas como caricia, sino como herida y eso estaba bien porque así podría conjurar los límites, podría hacerte infinito, pero no fue así. 

Las heridas también tienen final. De repente tampoco fuiste látigo, no había manera de que tuviéramos ningún contacto. Entré en pánico. ¿Era el fin? es el fin. No existes, no existes, no existes. Desactivar una cuenta significa que ya no somos nada, ni amantes, ni amigos, ni carne abierta, ni cicatriz. Jueputa. Me duele tanto esta noche. Los últimos días de la década se extinguen en contracciones húmedas de palabras no dichas, un sexo que es siempre lejanía; del amor que nunca se hizo, que se ahoga en la fuente agridulce de mi boca y agoniza como un ave en el nido entre mis piernas.

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