Según el adagio popular "la ocasión hace al ladrón". Esto quiere decir que nuesta autoproclamada altura moral —porque la mayoría no nos reconocemos como malas personas en tanto no robamos, no matamos y procuramos ser honestos— es más maleable y frágil de lo que estamos dispuestos a admitir. Las circunstancias son las que determinan nuestras acciones y fuera de todo discurso lleno de abstracciones que persiguen un deber ser, lo cierto es que en la práctica cotidiana se nos dificulta cumplir plenamente ese estándar ideal. Hasta hace poco, exhibía esa forma solapada de arrogancia y de autocompasión que esconde el autodefinirse como "buena persona". Entonces me decía: "Quizá no sea más inteligente, ni más talentosa que los demás, pero soy más buena" y en eso cifraba una superioridad en la que pretendía cimentar una identidad sólida y segura; identidad que es la vez frontera y, en este caso, sinónimo de elitismo.
Sin embargo, cuán equivocada estaba y cuánta vergüenza me suscita el reconocerme brutalmente habitada por la maldad en una de las manifestaciones con las que menos me identificaba: el odio. Este año fue definido por una emoción cuya influencia no se detiene: el deseo. El deseo ha destrozado cada uno de mis prejuicios sobre mi cuerpo y el cuerpo de los demás. Ese sentimiento abrasivo ha desgarrado gruesos velos que distorsionaban la claridad y amplitud de la autopercepción. Su intensidad ha sido la expresión de una avasalladora y ominosa fuerza animal que no sólo desencadenó un expansivo impulso sexual hipersensible al mínimo recuerdo, imagen o contacto de él, sino que también se manifiesta como celos hacia las mujeres que él mira mientras me castiga con su indiferencia.
Nunca me concebí como una alguien celoso y prediqué un respeto comprensivo hacia las otras chicas que estaban relacionadas con mi sujeto(a) de deseo. De hecho, tenía un tendencia a subestimarme: siempre las encontraba más guapas, más talentosas, más carismáticas, más sexuales y nunca proferí un insultó contra ellas. Básicamente tendía a idealizarlas más que al chico o chica en cuestión. Creo que la diferencia de esa valoración frente a la experiencia actual radica en el tipo de relación que tuve con esos deseados(as): fue una interacción plena y, ante todo, libre de cualquier urgencia sexual. En este caso bebí del placer sexual, para que luego —y pese a mis ambiciones lujoriosas— me dosificaran el acceso a él. Siempre me han negado el control sobre la posibilidad de repetir y me domina un ánimo paranoico que concibe —contra todo mi deseo— que cada encuentro será el último. El terror que me produce la idea del impulso sexual insatisfecho ha sido el terreno perfecto para que emerjan sentimientos coléricos, directamente crueles, mezquinos y despreciables. Y así, me vi despotricando con gesto burlón sobre la apariencia de una chica, uno de los targets más próximos de él.
A diferencia de las situaciones pasadas me empeñé en encontrarle defectos. El juicio fue implacable siguiendo un silogismo retorcido: "Es fea, por tanto, es insegura, por tanto, busca desesperadamente la aprobación masculina". A través de otras fuentes cercanas supe que había estafado a unas conocidas y con mayor razón intenté justificar mi opinión. Inicialmente califiqué el verdicto como simplemente "ácido", pero mi buena amiga M. me hizo ver que era puro odio: me había desfasado, por más "mala persona que fuera ella", el físico es una variable que no depende de uno y en esa medida es injusto y miserable atacar e intentar calmar el ego herido apelando a esa estrategia de mal gusto, deshonesta.
A diferencia de las situaciones pasadas me empeñé en encontrarle defectos. El juicio fue implacable siguiendo un silogismo retorcido: "Es fea, por tanto, es insegura, por tanto, busca desesperadamente la aprobación masculina". A través de otras fuentes cercanas supe que había estafado a unas conocidas y con mayor razón intenté justificar mi opinión. Inicialmente califiqué el verdicto como simplemente "ácido", pero mi buena amiga M. me hizo ver que era puro odio: me había desfasado, por más "mala persona que fuera ella", el físico es una variable que no depende de uno y en esa medida es injusto y miserable atacar e intentar calmar el ego herido apelando a esa estrategia de mal gusto, deshonesta.
Su llamado fue una revelación y me sentí avergonzada pero también asombrada: estaba saboreando una emoción nueva: herir despiadadamente porque yo misma me desangraba. No importaban los medios, la intención era tirar a matar —simbólicamente, claro está—. A continuación pensé: nada me diferencia de ella si caigo en ese tipo de insulto, ¿entonces por qué deberían elegirme a mí si a ambas nos hermana la malicia? Caí en lo que pretendía reprender y asumir como valor diferencial. Además, lo que hagamos en otros siempre tiene un efecto, un reflejo, una resonancia en uno. Al desfigurarla —negarle humanidad por sus características físicas y luego por las morales— yo también me desfiguraba. El odio es origen de lo inhumano y no es eso lo que quiero cultivar en el largo plazo, no es mi principio esperanza. Esa tautología me dejó desnuda y desarmada. También pensé: "debo perdonarme y perdonar". Es de niños querer aniquilar, es de humanos desear, es de humanos sobreponerse al narcisismo y procurar la convivencia —el deseo nos obnubila y diseña una competencia basada en la egolatría—, es de humanos crear. Perdonar es una de las formas de la creación. Prometer una redención en el respeto y la regulación del ego es otra manera de engendrar vida.

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