domingo, 19 de enero de 2020

Bloque 15


He visitado el parque donde nos conocimos. De hecho, ahora mismo escribo esto desde la banca en donde nos besamos por primera vez. El sol está brillando en las fachadas de los edificios que me rodean. Hay niños en los columpios y perros que corretean alegres y juguetones. Es una tarde típica de enero. No? Temporada de verano, de brisas gentiles, de comienzos emocionantes. Los niños cruzan el camino montando triciclos y soltando risotadas. Y yo, injusta, recibo todo ello como un aturdimiento, una herida, un ruido lejano y lacerante, porque parece que nunca más me concerniera la alegría. La tierra va girando imperceptible ante nuestros miopes ojos humanos: un destino de movimiento perpetuo. Todo cambia aunque no queramos o aunque queramos, aunque nos resistamos. Gira, gira inevitablemente, tan sutil que olvidamos su violencia. Hace un año te soñaba como una nube que atraviesa el firmamento claro del mediodía. Hace nueve meses te besaba como promesa de redención y hoy te recuerdo como fantasma de una banca solitaria. Nada sigue igual, pese a la terquedad de nuestro ego. Incluso en este momento ya los niños se han ido del columpio y ahora construyen castillos en el arenero. Una lagartija me sorprendió por la ranura del asiento. En realidad eran dos y una atacó a la otra. Estoy en nuestro parque pero sin ti. Pienso. Siento. Tu desaparición parece un ataque premeditado. Qué va! sólo es la vida que en todas las grietas siempre encuentra su camino.

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