sábado, 18 de enero de 2020

Somos la carne no las palabras



Hoy vi una foto tuya que tomaron ayer. No es el retrato que más te favorezca. Diría que te ves "feo" porque parece que faltara una ceja y tuvieras un lado de la cara más pequeño e inclinado hacia la izquierda. La sonrisa agranda la mandíbula y exagera el mentón. Pero estás sonriendo (aquí y en la última foto con ella) y me pregunto: ¿qué tanto lo hacías conmigo? En fotos casi nunca. Recuerdo que me gustaba cuando te miraba y sonreías. Tus dientes son pequeños y discretos pero describían una diagonal singular que me gustaba tocar mientras hacías una mueca que me hacía sonreír. Luego te mordía la boca aunque ya habíamos hecho el amor. 

En la foto que vi, me fijé especialmente en tu cabello. Desde que nos conocimos estás dejándolo crecer y no te lo has vuelto cortar. Uno de mis rituales al visitarte, más que verte, era observar qué tanto había crecido cada mes. Era un código secreto inventado por mí para sentir que ampliaba las formas de acceder a ti (así fuera en la intimidad de la imaginación). Me encantaba pasar mis manos por tu cabello cuando estábamos en el mirador y separarlo de tu cara húmeda mientras hacíamos el amor. En este punto tú te recogías el cabello con una liga que luego me pasabas, cuando me ponía encima tuyo. Esa era mi estrategia oculta, porque yo buscaba la forma de ser la última en usarla y hacerme la boba para no devolvértela. Creo que tú lo permitías con tácita complicidad. Cada noche que nos vimos me quedé siempre con la liga: negro, azul, verde, rojo y naranja. Bueno, excepto la primera noche, de ese día me queda la primera fotografía que te tomé: tenías el cabello desordenado y no sonreíste.

Lo que más me impactó de la foto que vi hoy fue tu cabello: es para mí el símbolo del tiempo. Del pasado sobrevino la nostalgia del tacto sin olvido; del futuro la triste resignación de no volver a tocarlo y sentir que jugar con él era como jugar con el tiempo pero sometiéndolo a mis condiciones: podia dejar que se escurriera por mis dedos y al mismo tiempo hacerlo regresar a mi antojo. Del presente, el deseo. Tu cabello estalla mi cuerpo más que tu misma desnudez. El presente es ver tu largo cabello en una fotografía ajena y ahogarme con el amor que tengo aquí y que nunca más te haré.    

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