Un dos tres, un dos tres, un dos tres. Suena el vals, mueve tus piernas, niño, al ritmo acompasado de la simulación. Una sonrisa aquí y un gesto de falsa insatisfacción allá. Sobre la máscara dorada brillan siempre los deseos proyectados. Baila. Un dos tres, un dos tres. No es necesaria la verdad, sólo combinarse con las palabras. Flores blancas se deslizan por tus trampas. Cuidado. Mueve el pie hacia allá, casi me pisas. Eso así, con delicadeza, gira un poco más. Ah, los pétalos nos envuelven. Un dos tres, un dos tres, que no termine nunca el vals de las sirenas. Después de 32 vueltas ya nunca haré caso a mis marineros. Un dos tres, un dos tres, baila infinitamente la danza del ardid.
jueves, 25 de junio de 2020
sábado, 20 de junio de 2020
Martí en Comic Sans
Distorsión, del amor que aliena; sublimación, del amor que alienta. Somos nuestro fuego nuevo
-Buenas tardes, ¿me podés vender, por favor, un ramo de rosas blancas, sin follaje y sin adornos?
-Claro que sí, ¿quiere algún mensaje en especial?
-Ya te lo dicto, pero eso sí, te pido otro favor, no pongás emisor ni destinatario, ¿listo?
-Sí señora.
Antes de las cinco de la tarde ya me había escrito para agradecerme. Lo novedoso fue que esta vez no tuve muestra de las flores, sino una foto de la tarjeta. Gracias a su tono satírico en medio del agradecimiento, descubrí al mismo tiempo que él, que la dedicatoria había sido escrita en Comic Sans y le habían puesto además de la fecha, la imagen de un flamante y cursi motociclista tipo Power Point 2003 en una esquina del papel. Al principio estaba avergonzada, pues todo había sido pensado con el usual esmero idealista. Quería darle al regalo un espíritu dramático, ya que el premetidado anonimato de las palabras daría protagonismo a una complicidad que revelaría en el hecho mismo mi identidad. Sin embargo, después del impacto inicial, la intención siguió tan transparente como al principio e incluso sentí que se purificó aún más bajo el baño de la risa. Es curioso, porque fue una forma inesperada —no premeditada por él— de romper la solemnidad, el idealismo y todas esas máscaras elegantes que pretenden sofismar el ego. Esta vez no fue él quien se vistió de bufón, sino la circunstancia. Gracias a Margarita, a una persona a quien solo me unió un vínculo comercial, terminé accediendo a una tercera vía para resolver mis sentimientos: el humor.
-Ah, doña Margarita, que servicio tan atento, cuidado y cumplido, muchas gracias por todo, de verdad.
-Claro que sí señora, es con todo el gusto. ¿Le puedo pedir el favor que me regale cinco estrellas en las reseñas de Google?
-De una, ya lo hice y siempre los recomendaré. Mil gracias.
Este regalo funciona como un marcador psicológico. Ya sabemos que la vida es básicamente la narrativa que nosotros mismos construimos y repasamos cada día. En ese recorrido, los rituales son un elemento muy poderoso dentro de mi historia. El apego a la herida ha sido más bien la renuncia a una despedida sutil o inexistente. Trato de convencerme en esta ocasión que en la grandilocuencia de este acto podré manifestar esa retirada. Hay allí un peso fuerte del ego: lo hago por mí y por asegurar que dejo la mejor imagen posible. No lo niego. No es un acto total de pureza —"débil y carnal, débil me excedí"— pero sí honesto e inspirado por las esclarecedoras imágenes que el otro dejó en mí. Y hablo de imágenes, y no de palabras o acciones, porque ha sido una revelación visual y plástica, es decir, experiencias fijadas en el sistema límbico, en la retina, en el corazón; y también porque entregaron una orientación artística a mis sentidos y a mi razón. Sabido es que hubo malestares, y que muchos de ellos fueron suscitados por sedimentos propios que no había tratado. El caso es que nunca he reclamado ni manifestado inconformidad, a lo sumo he dejado que eso se convierta en tristeza. Mas si hay algo que hallo estéril y chocante es la queja y considero que mi principal misión es suscitar el bienestar y dejar a donde sea que vaya un gusto a cerezo en primavera y el ánimo de un cervatillo.
Me gustó mucho de esta situación el hecho que, aunque la intención se mantuvo y fue reconocida por el destinatario, perdí el control sobre su desenlace y aún así no me enojé, ni me entristecí sino que pude usarlo a mi favor para comportarme con mayor seguridad. Ese error terminó por convertirse en mi "credencial" y en la forma de crear un recuerdo que nos unió desde una intimidad libre de ansiedad y colmada de generosidad gracias a la risa. También me sorprendió que gracias a ese revés tuve una de las conversaciones más largas y naturales con él. Esta vez no estaba obsesionada con su reacción. Me dije que bastaba con que recibiera las flores. Lo máximo que esperaba era una ligera cortesía, pero el Martí escrito en Comic Sans nos llevó —así fuera sólo en ese instante— por los linderos de una humanizada amistad. Me siento agradecida con el azar por permitirme compartir una despedida que sin perder seriedad se trenzó a partir de chistes sobre motos neas, cervezas imposibles en el parque de Aranjuez —e indirectamente en la montaña mágica—, alusiones al Quijote y a la Eneida y un elusivo equilibrio que parece nivelarse en Windows 98.
-Muchas gracias Margarita por las rosas blancas, excelente servicio. Hasta pronto, espero volver a contactarlos algún día.
martes, 2 de junio de 2020
Vuelta estrella
A propósito de un comentario sobre los celos o, más bien, sobre la envidia no identifiqué en mi historial una manifestiación intensa o apasionada de ese sentimiento, por lo menos, en lo que respecta a lo que siento o dirijo a otras personas. Quiero decir: nunca he sentido un impulso rabioso contra una presencia que rodee a alguien que considere cercano en piel o en idea. No he pensado que ese otro sea un enemigo al que deba enfrentar con furia y voraz contundencia. En esas situaciones, si contra alguien he dirigido reproches, ha sido contra mí: mis fantasías son los enemigos de mi valentía y de mis posibilidades. Si no ocupo una posición a su lado y otro sí, es porque falta trabajo en mí para alcanzar una realidad afín con el universo de esa figura deseada. No hay cólera, sino tristeza, que pensándolo un poco más, quizá sí es otra forma de la rabia pero dirigida hacia adentro.
¿Cuál es el origen de esa exaltación que, en este caso, es como una uña encarnada en el alma y no un ataque espectacular que tira a matar a un "usurpador"? Creo que este malestar se origina en una temida sospecha: que la creatividad propia tiene límites muy estrechos, que se agota demasiado pronto. Nunca he envidiado características u objetos (apariencias, lujos, ni títulos académicos) pero sí cualidades, logros o acciones en los que se revela un ligero fluir del alma en el mundo. No envidio cuerpos, sino sus apropiaciones. Es en ese sútil giro donde surge el arte, es decir, la reconciliación consciente entre lo uno y lo otro a través de la acción. Dicho esto, he envidiado a poetas, novelistas, cuentistas y compositores (más que a los intérpretes); en resumen, envidio a la acción misma, a quienes asumen el riesgo de hacer, de continuar a pesar de saber que crear no se trata de inventarse el mundo sino de combinarse con él desde una intimidad que suscita el asombro propio y el de quien tenga los sentidos abiertos para participar de él.
Siento que en esas áreas no logro producir contenidos asombrosos y me da tristeza, porque en esa incapacidad fracasa mi posibilidad de acercarme a quienes más deseo: los artistas. Seré objeto de burlas y en el peor de los casos de la compasión, pienso al rumiar todo esto. Siento que en mi experiencia hay destellos de relámpago y no de sol y, justamente, esa inconstancia y fragilidad de la luz es lo que nutre mi resignado desconcierto. Envidio a los actores, cantantes, cuenteros, culebreros, porristas, acróbatas, actores pornográficos y bailarines; esa horda de histriónicos donde el chillido, la mueca, el gemido, el grito y la contorsión se convierten en lenguaje definitivo, porque es un mensaje que nos conecta desde la aceptación y no desde el malentendido, característica fundamental de la palabra. Todas las revelaciones esenciales, todo aquello que urde el tejido de un sentido tiene la forma de cuerpos jadeantes, sudorosos y balbuceantes, casi animales, casi primitivos, pero nunca más humanos y más claros en su expresión.
Por eso, tres de las mayores frustraciones a estas alturas de mi vida son no ser capas de hacer el ula, ula; de dar la vuelta estrella; y de gritar. Cada que veo a alguien haciendo las dos primeras quedo totalmente descrestada y una oscura sensación de impotencia se instala en la mirada por largo rato. Recuerdo los intentos fallidos y la frustración de no poder dirigir mi cuerpo a la fiesta del movimiento, mi más persistente anhelo, al tenerlo amarrado a una imagen intrusiva de perfección. Estando próxima a cumplir 30 años mi mayor sueño no es el título de posgrado, ni tener posesiones lujosas, sino poder hacer que el aro gire en mi cintura, lograr la magia de girar con los pies estirados, sin miedo y confiando en la gravedad, y poder llamar a alguien desde la distancia. Conjurarla como obstáculo y cruzar sobre ella (que sería como cruzar sobre el tiempo) para llegar a quien me acompaña, que seguramente será alguien a quien quiero.
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