Distorsión, del amor que aliena; sublimación, del amor que alienta. Somos nuestro fuego nuevo
-Buenas tardes, ¿me podés vender, por favor, un ramo de rosas blancas, sin follaje y sin adornos?
-Claro que sí, ¿quiere algún mensaje en especial?
-Ya te lo dicto, pero eso sí, te pido otro favor, no pongás emisor ni destinatario, ¿listo?
-Sí señora.
Antes de las cinco de la tarde ya me había escrito para agradecerme. Lo novedoso fue que esta vez no tuve muestra de las flores, sino una foto de la tarjeta. Gracias a su tono satírico en medio del agradecimiento, descubrí al mismo tiempo que él, que la dedicatoria había sido escrita en Comic Sans y le habían puesto además de la fecha, la imagen de un flamante y cursi motociclista tipo Power Point 2003 en una esquina del papel. Al principio estaba avergonzada, pues todo había sido pensado con el usual esmero idealista. Quería darle al regalo un espíritu dramático, ya que el premetidado anonimato de las palabras daría protagonismo a una complicidad que revelaría en el hecho mismo mi identidad. Sin embargo, después del impacto inicial, la intención siguió tan transparente como al principio e incluso sentí que se purificó aún más bajo el baño de la risa. Es curioso, porque fue una forma inesperada —no premeditada por él— de romper la solemnidad, el idealismo y todas esas máscaras elegantes que pretenden sofismar el ego. Esta vez no fue él quien se vistió de bufón, sino la circunstancia. Gracias a Margarita, a una persona a quien solo me unió un vínculo comercial, terminé accediendo a una tercera vía para resolver mis sentimientos: el humor.
-Ah, doña Margarita, que servicio tan atento, cuidado y cumplido, muchas gracias por todo, de verdad.
-Claro que sí señora, es con todo el gusto. ¿Le puedo pedir el favor que me regale cinco estrellas en las reseñas de Google?
-De una, ya lo hice y siempre los recomendaré. Mil gracias.
Este regalo funciona como un marcador psicológico. Ya sabemos que la vida es básicamente la narrativa que nosotros mismos construimos y repasamos cada día. En ese recorrido, los rituales son un elemento muy poderoso dentro de mi historia. El apego a la herida ha sido más bien la renuncia a una despedida sutil o inexistente. Trato de convencerme en esta ocasión que en la grandilocuencia de este acto podré manifestar esa retirada. Hay allí un peso fuerte del ego: lo hago por mí y por asegurar que dejo la mejor imagen posible. No lo niego. No es un acto total de pureza —"débil y carnal, débil me excedí"— pero sí honesto e inspirado por las esclarecedoras imágenes que el otro dejó en mí. Y hablo de imágenes, y no de palabras o acciones, porque ha sido una revelación visual y plástica, es decir, experiencias fijadas en el sistema límbico, en la retina, en el corazón; y también porque entregaron una orientación artística a mis sentidos y a mi razón. Sabido es que hubo malestares, y que muchos de ellos fueron suscitados por sedimentos propios que no había tratado. El caso es que nunca he reclamado ni manifestado inconformidad, a lo sumo he dejado que eso se convierta en tristeza. Mas si hay algo que hallo estéril y chocante es la queja y considero que mi principal misión es suscitar el bienestar y dejar a donde sea que vaya un gusto a cerezo en primavera y el ánimo de un cervatillo.
Me gustó mucho de esta situación el hecho que, aunque la intención se mantuvo y fue reconocida por el destinatario, perdí el control sobre su desenlace y aún así no me enojé, ni me entristecí sino que pude usarlo a mi favor para comportarme con mayor seguridad. Ese error terminó por convertirse en mi "credencial" y en la forma de crear un recuerdo que nos unió desde una intimidad libre de ansiedad y colmada de generosidad gracias a la risa. También me sorprendió que gracias a ese revés tuve una de las conversaciones más largas y naturales con él. Esta vez no estaba obsesionada con su reacción. Me dije que bastaba con que recibiera las flores. Lo máximo que esperaba era una ligera cortesía, pero el Martí escrito en Comic Sans nos llevó —así fuera sólo en ese instante— por los linderos de una humanizada amistad. Me siento agradecida con el azar por permitirme compartir una despedida que sin perder seriedad se trenzó a partir de chistes sobre motos neas, cervezas imposibles en el parque de Aranjuez —e indirectamente en la montaña mágica—, alusiones al Quijote y a la Eneida y un elusivo equilibrio que parece nivelarse en Windows 98.
-Muchas gracias Margarita por las rosas blancas, excelente servicio. Hasta pronto, espero volver a contactarlos algún día.
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