A propósito de un comentario sobre los celos o, más bien, sobre la envidia no identifiqué en mi historial una manifestiación intensa o apasionada de ese sentimiento, por lo menos, en lo que respecta a lo que siento o dirijo a otras personas. Quiero decir: nunca he sentido un impulso rabioso contra una presencia que rodee a alguien que considere cercano en piel o en idea. No he pensado que ese otro sea un enemigo al que deba enfrentar con furia y voraz contundencia. En esas situaciones, si contra alguien he dirigido reproches, ha sido contra mí: mis fantasías son los enemigos de mi valentía y de mis posibilidades. Si no ocupo una posición a su lado y otro sí, es porque falta trabajo en mí para alcanzar una realidad afín con el universo de esa figura deseada. No hay cólera, sino tristeza, que pensándolo un poco más, quizá sí es otra forma de la rabia pero dirigida hacia adentro.
¿Cuál es el origen de esa exaltación que, en este caso, es como una uña encarnada en el alma y no un ataque espectacular que tira a matar a un "usurpador"? Creo que este malestar se origina en una temida sospecha: que la creatividad propia tiene límites muy estrechos, que se agota demasiado pronto. Nunca he envidiado características u objetos (apariencias, lujos, ni títulos académicos) pero sí cualidades, logros o acciones en los que se revela un ligero fluir del alma en el mundo. No envidio cuerpos, sino sus apropiaciones. Es en ese sútil giro donde surge el arte, es decir, la reconciliación consciente entre lo uno y lo otro a través de la acción. Dicho esto, he envidiado a poetas, novelistas, cuentistas y compositores (más que a los intérpretes); en resumen, envidio a la acción misma, a quienes asumen el riesgo de hacer, de continuar a pesar de saber que crear no se trata de inventarse el mundo sino de combinarse con él desde una intimidad que suscita el asombro propio y el de quien tenga los sentidos abiertos para participar de él.
Siento que en esas áreas no logro producir contenidos asombrosos y me da tristeza, porque en esa incapacidad fracasa mi posibilidad de acercarme a quienes más deseo: los artistas. Seré objeto de burlas y en el peor de los casos de la compasión, pienso al rumiar todo esto. Siento que en mi experiencia hay destellos de relámpago y no de sol y, justamente, esa inconstancia y fragilidad de la luz es lo que nutre mi resignado desconcierto. Envidio a los actores, cantantes, cuenteros, culebreros, porristas, acróbatas, actores pornográficos y bailarines; esa horda de histriónicos donde el chillido, la mueca, el gemido, el grito y la contorsión se convierten en lenguaje definitivo, porque es un mensaje que nos conecta desde la aceptación y no desde el malentendido, característica fundamental de la palabra. Todas las revelaciones esenciales, todo aquello que urde el tejido de un sentido tiene la forma de cuerpos jadeantes, sudorosos y balbuceantes, casi animales, casi primitivos, pero nunca más humanos y más claros en su expresión.
Por eso, tres de las mayores frustraciones a estas alturas de mi vida son no ser capas de hacer el ula, ula; de dar la vuelta estrella; y de gritar. Cada que veo a alguien haciendo las dos primeras quedo totalmente descrestada y una oscura sensación de impotencia se instala en la mirada por largo rato. Recuerdo los intentos fallidos y la frustración de no poder dirigir mi cuerpo a la fiesta del movimiento, mi más persistente anhelo, al tenerlo amarrado a una imagen intrusiva de perfección. Estando próxima a cumplir 30 años mi mayor sueño no es el título de posgrado, ni tener posesiones lujosas, sino poder hacer que el aro gire en mi cintura, lograr la magia de girar con los pies estirados, sin miedo y confiando en la gravedad, y poder llamar a alguien desde la distancia. Conjurarla como obstáculo y cruzar sobre ella (que sería como cruzar sobre el tiempo) para llegar a quien me acompaña, que seguramente será alguien a quien quiero.

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