martes, 28 de diciembre de 2021

Improvisa


Light reflects from your shadow / It is more than I thought could exist / You move through the room / Like breathing was easy / And everyday / I am learning about you / The things that no one else sees / And with words unspoken / A silent devotion / I know you know what I mean / And the end is unknown / But I think I'm ready / As long as you're with me

Soy una aficionada de la semiótica. Me encanta observar y descifrar signos, es decir, interpretar. Tal vez de ahí se derivó mi pasión infantil por la lectura. Tal vez también fue lo que propició mi interés por las emociones: descifrar las intenciones o intereses de mis padres, de mis profesores, de mis amistades. Probablemente de esa pasión vino, finalmente, mi afinidad con la historia, un ejercicio de huellas y voces donde no hay última palabra, porque como dice un refrán: "La historia es hija de su tiempo". Esto quiere decir que siempre podemos imaginar no solo el futuro, sino también un pasado diferente. En resumen la historia me enseñó que siempre podemos imaginar.

Ahora bien, de tanto atender a los signos, de tanto exponerme a los misterios de la comunicación me he convencido de que la intuición no es más que una semiótica automática, una impresión que por su inercia la confundimos por espontánea, por ahistórica —como un chispazo de entendimiento venido de la nada—. Lo mismo me sucede con el concepto de magia: pensamos que es un acontecimiento sobrenatural, un asunto de brujas, espíritus, milagros. ¿Pero cuál es la esencia de lo mágico? es el hecho de que hay una transformación de la realidad a partir de un enunciado. Por tanto para mí la magia ha llegado a equipararse con la natural capacidad performativa del lenguaje. Decir es hacer. Es el sentido del hechizo, del spell: el pensamiento es ya verbo hecho carne. 

Pero estas consideraciones no son mi tema principal. Menciono la intuición y la magia porque a pesar de lo dicho, a veces me gusta creer en que sí hay un componente sobrenatural o más bien extrahumano en su ocurrencia. Quiero creer en que sí hay un diálogo con otras fuerzas que confrontan nuestro limitado ego y que hay señales que no son proyecciones propias, sino mensajes, signos de otros; signos otros. Hace poco me preguntaron cuál era el primer paso de la creatividad. No recuerdo que balbuceé, pero mi interlocutor no dudó en afirmar que era el desprendimiento, es decir, la renuncia al paradigma. Es algo similar a lo que ocurre con las frutas maduras cuando se desprenden, esto es, se diferencian del árbol que las concibió, separándose de la rama para adquirir un nombre propio —diferente al del árbol de origen— y con una existencia física totalmente individual y probablemente más dinámica. 

Concedí la razón a mi interlocutor y medité sobre mi experiencia. Entonces caí en cuenta de una omisión fundamental en el relato de mi identidad. Siempre he pensado mi autorrepresentación en términos de metáforas vegetales: semillas, tierra y raíces, pero con este cuestionamiento me di cuenta de que nunca hablé de frutos para referirme a algún aspecto de mi historia, aunque sí lo hice para referime a un otro, claramente diferenciado y deseado por mí. Con estas nuevas herramientas pienso que esta fue una manifestación de mi inconsciente, pues apelar al fruto implica reconocer una separación, dicho de otra manera, el reconocimiento de un dolor. 

También relacioné estas imágenes con mi obsesión por la validación y la descompensación vivida entre los extremos del borramiento y el lucimiento. Las raíces, subterráneas ni siquiera son visibles, mientras que los frutos son lo más vistoso y deseado del árbol. Entiendo así que la omisión deliberada de los frutos en mi discurso fue la manera de expresar mi inseguridad creativa y de revelar el temor a los duelos. 

¿Qué tienen que ver el desprendimiento, las metáforas arbóreas y la aprensión a duelar con mis reflexiones iniciales sobre la intuición y la magia? Con que recientemente me parece ver señales inconfundibles, señales extrahumanas que me quieren aleccionar, más bien confrontar mis paradigmas. Ellas me dicen que sí, que es necesario renunciar, que va a doler y que es necesario atravesar ese dolor porque al final validaré una diferencia que me permitirá descubrir mi propia textura y mi propio sabor. El mensaje, el signo es el siguiente: de este desgarro madurarás fruta. 

Quiero detenerme ahora en esos eventos aparentemente triviales, pero a la vez significativos, es decir, "mágicos" portadores de este mensaje. El primero fue que mi cámara análoga —inicialmente de mi padre— fue deteriorándose desde abril de 2021. Tercamente la sometí a varias reparaciones y ensayos, pero luego de hacer una última prueba, con flash incluido, hace tres semanas acepté que se había dañado. Las fotografías de ese concierto fueron su testamento: en otras palabras, reconocí su muerte y asumí su tumba en el fondo del armario lejos de los escenarios, de los miradores, del sol, de sus ojos, de su desnudez. Veo claramente en la cámara uno de mis paradigmas, primero, porque alimentó mi afán coleccionista —fotomemoria— y, segundo, porque hice depender de ella mi vínculo con alguien especial. En medio del trauma —de la resistencia— incurrí en el error y el mal gusto de sostener un guion rígido en donde tomé la parte como si fuera el todo, como si no pudiera colorear fuera de la línea, como si no hubiera más encuadres para componer otras y mejores escenas. Me resistí, me asusté, como ha sido hasta ahora, ante la improvisación. Por eso digo que lo ocurrido con la cámara es una señal mágica: los anillos de los lentes se desprendieron, de pronto, sin un golpe, sin una caída, sin una razón de peso y desde entonces hasta hoy me vi obligada a aceptar ese duelo: la Olympus no funcionará más.

El segundo evento fue con un objeto explícitamente relacionado con la memoria y, por eso mismo, paradigmático. Me refiero al disco duro externo de una tera que había comprado en febrero de 2021 principalmente con la intención de tener fuera de mi cotidianidad los registros relacionados con aquella persona. Como si presintiera o me hubiera comprometido con cumplir esta profecía guardé todo en ese disco: no quedó ningún respaldo en la nube ni en otro sistema. Sabía que este dispositivo era muy delicado y lo cuidé con atención hasta mediados de noviembre. Ese día justo después de vivir una amarga experiencia tuve un "olvido" y lo dejé caer. Desde ese día no pude acceder a los archivos y mi tío, que es técnico informático, no ha logrado extraer la información. 

En definitiva, a la fecha asumo que he perdido lo que había allí: toda una labor de curaduría y de narrativa coleccionista en la que revivía una y otra vez un guion averiado, fantasmal que por supuesto enfermó mi presente, pero cuyas consecuencias no quería aceptar. Verme desprendida de tajo, sin anestesia de esta información me generó dolores de cabeza, pero, insisto fue otra señal "mágica", porque fue la única y mortal caída que tuvo el disco y la cual llevó  a la des-aparición de un símbolo en el que se juega no sólo la renuncia a mi ansiosa y estéril inclinación coleccionista, sino, sobre todo, mi duelo alrededor del deseo, del deseado. 

Por eso me gusta creer que esos signos de desintegración física en una cámara y un disco son producto de algo más, de un mensaje-otro —otro que no sé nombrar pero que no es mi ego— que me dice: "Asimila el dolor de renunciar a la memoria porque perder no signfica que te conviertas en perdedor". No todos los triunfos son éxitos y también se gana cuando perdemos. Ahora mismo estoy en la frontera de ganar el sabor de mi propio jam, de asumir la invitación a la vida nueva [la dantesca Vita nuova] donde no importarán los guiones —cámaras, memorias, discos [rayados], conceptos, falsa racionalización, caprichos ajenos— sino la interpretación, el fruto liberado, de mi íntima convicción en renovado presente.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Transfiguración


Veo las cosas como son / Vamos de fuego en fuego hipnotizándonos / Y a cada paso sientes otro déja vu / Similitudes que soñás / Lugares que no existen / Vuelves a pasar / Errores ópticos del tiempo y de la luz / Todo es mentira, ya verás / La poesía es la única verdad / Sacar belleza de este caos es virtud

Noviembre y diciembre han aguzado los sentidos y, especialmente, el sentido de la prudencia. Hasta el momento la fijación, la obsesión se estaba convirtiendo en el único método de activar el pensamiento, de ensimismarme en ese remedo de experiencia que es la acción debilitada, es decir, la inacción hiperconsciente. La soledad ya ni siquiera era soliloquio; se había convertido en un ruido sin voz que me llenó de terror y me empujó a buscar algún estímulo externo que confrontara mi cobardía y sacudiera —resignificara— mis errores de percepción. Entonces acudí a dos fuentes, a dos manantiales: la amistad y el psicoanálisis. En ambos busqué instintivamente la cura por la palabra: mientras en el primero ejerzo la escucha, en el segundo el habla, pero los dos tenían el propósito de mirar más allá de mi nariz, de mi ombligo desgastado, del vaso con agua en el cual creo ahogarme. 

Y aunque inicialmente participar de la escucha me permitió redimensionar la exageración de mis neurosis —el idealismo díscolo—, también es cierto que luego me sentí saturada: del extremo ermitaño pasé al extremo del compromiso ilimitado con las historias del otro. El hecho de conocer desde varios ángulos el malentendido entre dos amistades en común me llevó a una urgente reflexión sobre la necesidad social de la mentira —o, con mayor precisión, de la ficción— y sobre la imposibilidad de una verdad referencial. En esta constatación, además del análisis personal que he reiniciado, fueron muy esclarecedoras las palabras de Rodrigo Asseo y de Néstor A. Brausntein —ambos psicoanalistas— ya que fueron ese primer eslabón para asimilar en víscera propia por qué somos responsables de lo que decimos pero no de lo que el otro fallidamente escucha. De esta manera, el torbellino de representaciones apresuradas y de acusaciones subjetivas a cuatro voces en que me sentí arrastrada, desordenada e incluso triste fue calmándose, desacelerando hasta ser brisa y finalmente paisaje sereno. 

Pero esta serenidad no fue la respuesta a un referente literario o a la clínica de análisis externos; se trata más bien de que la abstracción fue sometida a lo concreto, es decir, a mi propia experiencia: ¿por qué la moral exalta la sinceridad, cuando esta no equivale a decir verdad sino a decir lo que pensamos —una percepción personal— porque lo creemos verdadero? La sinceridad no es más que una fe, una mitología sobreestimada y por eso locuaz, que no elocuente. Pienso entonces en el descaro del ego, quien en su pretensión de sinceridad se hace hipócrita y, por tanto, el primer mentiroso: quiere condenar a los demás, a los que le han mentido; quiere denunciar el mugre en el ojo ajeno, sin decidir percatarse del propio. Reconozco haber asumido esa posición condenatoria en el pasado —la falsa consciencia de lo verdadero—, pero desde noviembre observé con atención mi discurso y reconocí a través de él mi activa participación en la mentira, en esta práctica que —fuera perversiones— es otro nombre para el matiz, para el diálogo equilibrado. 

Quiero aclarar que no se trata de someterse al otro, de ser complaciente: no voy a decirle lo que quiere escuchar, sino lo que puede escuchar. En vez de responder, el propósito en este movimiento es escuchar al interlocutor, dejarle hablar y a partir de ahí ser comprensivos, sensibles al contexto que su actitud revela. De esta manera descubriremos las condiciones de lo soportable y con ello las rutas que mantendrán viva una interlocución que mutuamente se desea sostener: este es el sentido de la verdad transferencial, esto es, que no es inmanente sino que existe por una relación que a su vez nunca es totalmente legible, que siempre oculta algo. Así es como he descubierto, aceptado y promovido la realización de mis secretos, por ejemplo, no explicar las manchas en mis dientes; difuminar en la bruma de la sospecha el placer ante el espejo; o esconder el paradero de mi sueño fuera de casa.

Estos dos meses se han resumido, parcialmente, en esa inquietud por el estatuto de la verdad en las relaciones sociales. Porque lo cierto es que la ficcionalización —o la mentira— es el sustento del contrato social, pero también del amor y ambos encarnan la noble —y conflictuada— búsqueda de la humanidad por conjurar la crueldad. Es en el derecho y en el erotismo donde el ímpetu desorganizado de ese rasgo animal se transfigura para convertirse en compasión. Ya lo dijo Cerati con la contundencia liviana del poeta: "Sin secretos no hay amor". Esto significa que mentir, no-revelar/velar, es la expresión más concreta y saludable de la prudencia. Amar a la polis y amar al amante son realidades que precisan de la autocensura, de la sensibilidad ante el interlocutor para calibrar qué de nosotros puede recibir. Amar implica filtrar y asumir que la necesaria opacidad del discurso ofrece mayor nitidez a lo que efectivamente se muestra. Dicho de otra manera, la verdad es lo que no se puede mostrar, es el no-saber; la mentira es lo que podemos ser, es saber que no sabemos y que el deseo —el encuentro— ocurre en el misterio creativo del secreto, del déjà vu.                                                                                                  

viernes, 19 de noviembre de 2021

Mañana

 

We've weaved a web of mystery so wide, we need the light of day / We've worn the cloak of secret lives, we've seen the truth, magic that we send... / Searching for something new / Isle of Gold in flowers bloom / so when will it end? / so when, when will we meet, my friend?

Un espejo, un muro, un lago, una montaña, un abismo. Nuestro cuerpo es una puerta. Nuestra piel es una membrana. Traspasas, tú eres la llave.

El chiste, el silencio, la madera. Tu cuerpo es una cerradura. Tu piel es una barrera. Intocable, tú eres el candado.

Al otro lado, el mañana se resiste a identificarse con la utopía. El futuro no será la madrugada que fuimos. Al salir el sol solo queda el polvo de la casa suspendido bajo un haz de luz.

jueves, 28 de octubre de 2021

Renuncia


Café "La Humedad", [música] y reunión / sábado con trampa, qué linda funcion / Yo solamente necesito agradecerte la enseñanza de tus noches que me alejan de la muerte / Café "La Humedad", [música] y reunión / sábado con trampa, qué linda funcion / Yo simplemente te agradezco las poesías que la escuela de tus noches le enseñaron a mis días

Este mes ha sido opuesto o, más bien, complementario al anterior. Bueno, realmente la periodización no es más que otro capricho de la especie; la historia que se inventa la Historia. No es que la linealidad sea una consecuencia automática. No es que las buenas intenciones de Condorcet sean lógicas. Lo que pasa es que hubo un momento en que la introspección se detuvo. En que el tiempo de la semilla terminó con su cómoda y quieta terracidad. Y esa modulación cesó con el fin de septiembre. Ahora no he sido ni caballo, ni jinete: me convertí directamente en el camino. Y Aunque soy superficie no soy tierra, es decir, soy aire; de hecho, respiración. 

¿Qué significa respirar?: "And God breathed into him the breath of life and man became a living soul". Ya el Génesis lo dijo: un diálogo. La vida, que es el sinónimo de respirar, a diferencia de la piedra, los minerales, el barro requiere de una otredad. ¿Lo ves? Cada uno de estos elementos existe, se produce y se reproduce en su inmanente soledad: son y se mueven en sí, sin adentro ni afuera. Un eterno solipsismo centrípeto.

Por el contrario, la piedra (y con ella la palabra escrita, la palabra a secas) se hace carne al romper sus membranas, al permitir la porosidad: al abrirse reconoce una otredad, un afuera (representados en primer lugar por dios y la humanidad). Esos poros tienen varios nombres según la taxonomía: agallas, espiráculos, hocico, nariz, boca. Yo simplemente los llamo grietas, porque en todos los casos son la posibilidad de circulación para los transeúntes que he identificado: luz, aire, perfumes, mares espesos, un planeta azul o la humanidad entera repasada en la eternidad o en 6 minutos, que es lo mismo. 

Respirar es un acto de generosidad, solidaridad y desapego: un cuerpo inhala (hacia adentro el afuera), da vida a su interior, exhala (todo el afuera desde adentro). El aire viene y va, pasa sin pasar pero sin permanecer. Su identidad descansa sobre la fugacidad del encuentro y, sin embargo, en ese relámpago se da al capricho de engendrar una orgánica eternidad. Mientras tanto el oxígeno (el afuera, el cosmos antiguo) se encuentra con los pulmones (el adentro, el cosmos nuevo). Respirar nos recuerda que, en suma, "toda vida verdadera es encuentro". Con todo, existe en esa apertura una paradoja: ese mismo afuera —que ilumina a todas las células— es a la vez promesa de su aniquilación. Pero en eso consiste vivir: en engañar al futuro conocido (la muerte) entregándose al misterio de sus pasados (todas las respiraciones, los soplos, los spirare del sistema solar). Esa es la inevitable dialéctica de todo organismo, del mineral herido, del espíritu. 

Últimamente he sido más espíritu que simple individuo o jinete estepario. He respirado, es decir, he dialogado con viejas y recientes amistades, con familiares, con antiguos mentores, con nuevos compañeros. He visitado antiguas memorias, he creado nuevos paisajes. He conversado, he temido y he consolado porque en un par de ocasiones estuve de frente ante la tensión fundamental de toda organicidad consciente. La grieta se ha expandido tras el fin de la cuarentena. Por eso he caminado, corrido, cantado, reído. Inhalo y exhalo al mundo —o quizá sea al revés— mientras reconstruyo los pasos siendo yo misma el camino, el aire del vuelo. 

Di muchas vueltas por la ciudad, pretendía ocupar con ella tu lugar en mi respiración. Pero nos volví a encontrar. Y en ti ya no soy inhalación ni exhalación. Tampoco una grieta: soy la hondonada que abre todo mi pecho. En ti revienta como suspiro. El ritmo de la respiración habitual es equilibrado, no anticipa, ni retarda. Pero suspirar supone una entrega deliberada. Es una renuncia. En este tiempo de tantos encuentros no planeados, el de tu futuro con mi pasado fue el más inesperado. Entonces ya no pude ser más que una larga exhalación: no me guardé nada para convertirme en tu oxígeno, en tu inhalación, en tu inspiración. Es un nuevo génesis y me rindo ante ti, al soplo de la vida que somos en el principio. ¿Cuántos universos más han de sacrificarse por un suspiro? Por ahora solamente dejo que la abertura cruce toda la piedra, dejo que mi cuerpo sea solo un corazón palpitante: no soy palabra, ni respiración: "And God breathed into her the breath of life". Gimo y suspiro, suspiro, suspiro, suspiro... para elevarme aleteando adentro, en tus pulmones calientes.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Llama

Han sido días de introspección, de ser jinete y caballo a la vez. Durante este mes me he enamorado de las riendas con las que intento calibrar mis andaduras por el destino. He pensado mucho en mis amistades, en mí y en ti. En los verbos que nos otorgan humanidad y en como los vínculos son nudos de un mismo lazo; el lazo de la vida que es uno, pero a la vez fractal. 

Me pregunto en dónde se origina la intensidad del deseo. Me avergüenza obsesionarme con él porque si somos uno, ¿por qué anhelo tanto eso otro, eso que creo otro? Mas la vergüenza no se da porque desee, sino porque toma la forma de un ego que me hace sentir separada de ese lazo y que proyecta en ti la ocasión de una perfección inexistente. ¿Qué deseo cuando deseo? No es solo un cuerpo porque entonces podría sustituirse con otro cascarón. Hay hambre, sed, un afán insaciable de posesión. Reacciono, en suma, a una carencia inconsciente que me ha empujado canibalizarte de forma violenta y reiterativa. 

Un día me desperté y en el lugar de la boca descubrí un hocico ensangrentado: supe, entonces, que había cruzado un límite. Lo noté y quise cambiar. Respeto los instintos, atiendo a sus mensajes, pero no quiero ser dominada por ellos. Puedo ser lobo, pero elijo ser mujer. Me parece que todas las aberturas del cuerpo humano tienen la forma de una herida (los labios, el periné), grietas que después de que nacemos se convierten en puertas. El amor comienza allí; siempre empieza en una de estas heridas por las cuales los dolores (el miedo) quedan redimidos. Por eso, al haber perdido la forma humana, yo ya no entregaba el beso que cura sino la furia que desgarra. Esto no se podía llamar amor.

Carl Gustav Jung dice que "es la incapacidad de amar la que roba al hombre sus posibilidades. Este mundo solamente es vacío para quien no sabe dirigir su libido a las cosas y personas para hacerlas vivas y bellas". Y entonces me di cuenta que allí no había amor, sino temor. En mi miopía narcisista temía perder mi autoimagen; perder una idea, aquella donde tú eras la solución a todas las inquietudes de mis frustraciones y aprehensiones creativas. Entonces no te amaba, tenía miedo de mí: de aceptar el dolor de las pérdidas —incluida tu presencia y mi ilusión—; de ver morir la estrella; de evitar la trampa de su brillo y más bien reconocer en su huella la mortalidad de todos los átomos. Entendí así que la muerte no está mal —y hablo especialmente de las simbólicas— porque es por la desaparición, por la falta, por el vacío que llega algo para luego volverse a vaciar y luego volverse a llenar y volverse a vaciar y luego... Eterna escalera de arena sobre la que me sé mortal y por tanto vital. 

Los ojos que miran el valle desde la montaña, los pies que andan sobre arenas movedizas, esos han sido, para mí, los antídotos contra las fantasías del ego que me han bestializado sin misericordia. De esa manera, el aullido dio paso a la voz y la voz al diálogo y el diálogo a la ternura. Observar a mis amistades me recuerda que más allá del ombligo hay otros dolores y también otras propuestas; también muchos afectos y posibilidades de encuentro que nos permiten ser sin tener que demostrar e ir haciéndonos solo por el placer de ser. 

También pensé en ti y en que el amor siempre es verdadero, libre y agradecido. Y que si tú experimentas el gozo del romance, mi piel también se estremece porque compartimos el lazo único de la vida. Por algunos instantes he dejado esa lucha por la representación y he aceptado y recibido lo que es. Y un día esa realidad tuvo la forma de tu voz y entendí que sí te quería y entendí que tú también me querías. Entendí tu pasión por la bailarina, tu mirada adolescente, tus ensoñaciones, los besos que nunca se hicieron canciones, las promesas que te callaste. Y entonces experimenté cierta paz. Luego llegó el silencio, llegará el silencio, pero permanece la gratitud y la inspiración. 

En ese largo momento perdura en mí tu imagen de flor. No importa tu altura o el paso del tiempo. Es inevitable recordarte como un tallo suave y frágil, delicada lección de vida a pesar y por la finitud. Mientras tanto me fumo un pétalo y miro las figuras que toma el humo. Así mismo seré yo: una danza vital; tomaré la forma de mis estímulos, me moveré con más curiosidad, menos pretensiones siguiendo el ritmo de una progresiva y atenta asimilación donde la vida misma sea mi verdad.

sábado, 28 de agosto de 2021

12 %

Cuando no hay mas que decirnos / Habla el humo, nada el humo Y rema en espiral / Cuando no hay mas que decirnos / Se abren al aire vacíos
Que dos no pueden respirar / Para desvanecerse, alargando el después / Trayectoria sin final / Distante placer, de una mirada / Frente a otra esfumándose

Bocanada profecía.

El malestar era evidente aunque quisiera disfrazarse de cortesía.

Las excusas revelaban una realidad subterránea: una donde los acuíferos estaban putrefactos. La vida estaba muerta desde el vientre. Pero en esa tierra infértil una mano terca se hizo ciega a voluntad para sembrar las flores; las flores del mal. Inocente y cruel terquedad que convirtió el deseo en una lucha por la representación y la influencia.

El tiempo se detuvo: tuviste la oportunidad de escapar antes de volver al espejo. Al inicio donde el reflejo se multiplica y la comparación se convierte en distracción, frustración y autocompasión. Lo sabías. Siempre lo supiste. La pandemia era una alerta. Una invitación a la purga invisible de lo invisible. El llamado a la expulsión, a la limpieza sin que la idealización te comprometiera a ti. Aun así te rendiste a la trampa cortoplacista. Preferiste la ilusoria paz de entreguerras, la tentación del mediocre espejismo.

Lo siento, pequeña, la marcha ha reanudado y sabías [así no quisieras] que no serías elección. Siempre asumiste con conocimiento el lugar de la necesidad, de escampadero, de ensayo. Prescindible ansiolítico, borrador de rutinas futuras sin tu futuro allí, de preferencias de consumo, de miedos. Solo te queda la miseria de una teoría comprobada a punta de ego, de ese voyerismo narrativo que expone tu yo ausente. 

Ahora todas las piezas encajan: la cerveza, el cabello, la reticencias, el baile, las intenciones, la música de los 80; todo ello ya pertenecía a otro relato. Uno de verdad-verdad. Porque esto que vez (estas letras y lo demás) no son. En serio, ¿cómo puedes probar lo contrario?

Haz de cuenta que no existió. Es que es inexistente. "El polvo es la carne del tiempo". Los fantasmas creen muchas cosas, viven de la fe, no de la lógica. Por eso creen que pueden amar, que pueden soñar —aunque sean el sueño olvidado de la mañana—. Que van a probar el licor prometido con otros labios. O que pueden escribir en un blog, por ejemplo.