domingo, 3 de diciembre de 2023

Olvidar es atender


Hace poco más de un año dejé de usar Instagram. Mi reciente intermitencia en esa red social evidencia el periódico hastío con la saturación de información, o más bien, de fantasías que esta provee. Pasé por varias etapas de "desintoxicación", y a la manera de una ludita contemporánea eliminaba de raíz las cuentas; incluso desinstalaba el WhatsApp periódicamente. Como parte de esa ansiedad con las redes respondía a ciertas relaciones personales, tan pronto como estas se transformaron y estabilizaron también aprendí a convivir con internet, a dejar de demonizarlo. Acepté que es una presencia innegable. Por eso, de huirle me interesé cada vez más por comprender cómo esta tecnología influye en el comportamiento de los círculos que frecuento e incluso de las instituciones en que me muevo (universidad, ciencias sociales). 

Como decidí que Instagram, con sus ilusas imágenes perfectas, no era el lugar de internet en que quería estar, remplacé su función con Twitter. Para mí la principal diferencia entre ambas, es que Twitter surgió bajo la lógica del foro: hay textos y muchas respuestas a ellos. Esto no significa que considere ingenuamente a las palabras como vehículos más inocentes o transparentes que las imágenes. Tengo muy claro que ambos objetos son herramientas de representación. Sin embargo, el cómo se construye esa interpretación y qué tantos actores o matices admite y provoca sí marcan, para mí, una diferencia sustancial en el tipo de interacción propuesta entre los participantes de estas redes, de estas sociedades. Instagram y TikTok promueven un ánimo pasivo, pues las acciones entre sus usuarios priorizan las reacciones, antes que las respuestas. 

En Instagram más que crear amistades o enemistades, el objetivo es alimentar fanatismos: no se busca una verdad, una respuesta, que es lo mismo que decir diálogo o debate, sino reproducir (repetir) alabanzas, sean genuinas o no. Claro que en Twitter también hay espacio para las imágenes, pero sobre todo para la presencia de discusiones o de opiniones cuestionables e incluso odiosas. Pero ese es precisamente su potencial porque así suene paradójico, que haya malentendido quiere decir que al menos hay comunicación, o sea una reciprocidad en el intercambio, que no necesariamente en el contenido de las ideas. Si hay malentendido o comprensión o refutación es porque el lenguaje está actuando, ya que si hay desencuentro, quiere decir que hubo movimiento. Hubo un baile con más de dos pies. 

Por el contrario, el primado de la corrección política, de la postal/selfie perfecta, o del ridículo performado son los principios que patrocinan este llamado, no ya a comunicarse, sino a expresarse: o sea a escuchar menos y a hablar o gritar más. Esto no implica que yo esté en contra de la "expresión", sino de que monopolice el rango posible de interacciones sociales. Puedo entender que este giro simplificador sea la respuesta generacional al capitalismo, a unos tiempos donde conviven la nostalgia por el vínculo social fracturado, con la promoción del narcisismo como única garantía de vida. De ahí que surja otra paradoja y es la de creer que la validación externa es la única que asegura la subjetivad, 

Por esta razón se trata de una era que celebra desbocadamente la "libre expresión", que se entrega sin reparos al principio de placer y, que en consecuencia, ha producido un amplio brote de hipersusceptibilidad: increíblemente tu representación y tu identidad son equivalentes. Expresarse, significa que hablas, pero no te pueden criticar, porque al hacerlo violentarían directamente tu ser. Como vemos, el "expresarse" es un formato de interacción que bloquea la respuesta (anula la diferencia) y fomenta la reacción (condescendencia afirmativa para no afectar tu sentir). No en vano, reaccionario es otro sinónimo de conservador. 

Cuando Instagram creó sus stories también trajo los íconos de reacción (gusto, deseo y tristeza simplificados en un click) los cuales son nada más y nada menos que el símbolo de un silencio cómplice. Solo que en este caso esa complicidad es válida porque validas el relato del otro, incondicionalmente, para no herirlo. Ya no son necesarias las palabras: solo el guiño de la alabanza o del insulto. Ojalá siempre la alabanza. Aplausos mudos.

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Lastimosamente este es al antiespíritu que ha influido en muchas relaciones sociales fuera de las redes sociales. Por ejemplo, en los colegios y universidades, especialmente, en las áreas de ciencias sociales donde el esfuerzo por establecer indicativos estandarizados para evaluar tareas que responden a un discurso disciplinar consensuado y colectivo se termina calificando de opresión y de violencia. Me parece que la única violencia en esta ecuación es imponer la supremacía de la subjetividad entendida como sentimentalismo y no como una individualidad que se autodetermina y que acepta la necesaria objetivación de ciertas reglas para vivir en sociedad. 

En este punto, al ver la tergiversación que se ha dado al sentido de subjetividad y de libertad, recuerdo aquel manifiesto atribuido a Stravinski: "Entre más me limito, más me libero". Libertad, en esa lógica, significa reconocer que todo acto, incluido el acto de habla, tiene consecuencias; libertad, por tanto, no es imponer a los otros mi interpretación sobre el yo y sobre el mundo. Reitero, con esta apreciación no defiendo la censura, sino que cuestiono las funciones, excesivas, omnipotentes, que hoy se le atribuyen a "esa libertad de expresión". Porque la subjetividad va mucho más allá de lo que yo siento, porque la subjetividad es más que narcisismo. Todo relato individual tiene implícito un relato social y familiar, y eso es lo que quiero enfatizar, porque percibo en esta tergiversación la pérdida de ese matiz. Me importa recordar que la subjetividad es dialéctica, es relativa a otros, aunque claramente no limitada a, ni reducida por esos otros. Saberse individuos sociales es clave para lograr un sano equilibrio en la acción, para recuperar la expresión como una parte y no como un sustituto de la comunicación. Nuestra potencia como especie y como individuos es ser diferentes. La expresión que busca reacciones neutras es, en el fondo, la muerte del individuo y de la creatividad. Apostemos a expresar esa diferencia, no porque somos cobardes e inseguros y buscamos validación ajena, sino porque es la materia que tenemos para hacer, deshacer y rehacer nuestros destinos siendo cada uno tan singular y común como los demás. 

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Twitter me ha permitido tomar el pulso de cierta porción de realidad, por supuesto, la que me resulta más inmediata por mis patrones de consumo y pensamiento. Esta semana me cruce con dos estados que llamaron mi atención. Uno que machaca sobre un tema cliché en el área de las humanidades: el trabajo con la memoria, cuya característica principal ha sido atribuirle a disciplinas o actividades académicas una función reivindicativa enfocada en el sentir de las víctimas. El otro texto fue escrito por una persona afro quien recordaba algunas ideas de la escritora estadounidense, también afro, Toni Morrison para quien "la función del racismo es la distracción, te impide hacer tu trabajo, te mantiene explicando, una y otra vez, tu razón de ser. Alguien dice que no tienes idioma y te la pasas veinte años demostrando que lo tienes [...] Siempre habrá una cosa más. No te distraigas". 

El primer texto me lleva a revelar una postura polémica, mientras que el segundo me ayuda a explicar de la manera más lógica posible por qué la defiendo. Ambos, eso sí, me remiten a la enseñanza que más recuerdo de Nietzsche y es cuando dice  "Que la vida tiene necesidad del servicio de la historia [en esta cita más bien remplazaría memoria por historia] ha de ser comprendido tan claramente como la tesis según la cual un exceso de historia daña lo viviente. [...] Así pues, es posible vivir, e incluso vivir feliz, casi sin ninguna memoria como lo demuestra el animal, pero es absolutamente imposible vivir sin olvido".  

Me parece que esta obsesión sentimental con la memoria por muy justificada que esté, también puede verse desde otro ángulo como la sublimación del rencor y del anhelo de venganza. La venganza es un sentimiento que induce al estancamiento. Por eso veo este tipo de memoria como la persistencia de una victimización (adjetivo que puedes elegir o no), que no tiene mucho que ver con el hecho de que hayas sido víctima (verbo que no elegiste). Por otro lado, este tipo de memoria resultará insuficiente: y eso es porque nos encontramos de nuevo en el terreno de priorizar la expresión, por encima de la comunicación. Si esperamos que todos se expresen según lo que sienten, será como aquella persona complaciente que busca tener contentos a todos, pero luego se frustra al darse cuenta de la física imposibilidad de su tarea. 

La vida humana es limitada, las emociones son importantes, pero primero es importante  comprender racionalmente esas emociones, es decir, desde el principio de realidad y no desde el principio de placer. Pensar las emociones, no quiere decir que se sientan menos, sino que se sienten con mayor claridad y beneficio. Estoy convencida de que ese es el camino para ser más sensibles y menos susceptibles. Y es un camino donde el pensamiento que ayuda a esa transición solo puede organizarse a través de parámetros, de indicativos que se acuerdan colectivamente. La voracidad vindicativa resultará insostenible, en el mejor de los casos, y peligrosa en el peor de ellos, tanto para las personas como para las instituciones. Ahora bien, este no es un llamado a la invalidación de los sentimientos, de los duelos personales. Es más una invitación a validarlos individualmente y a apostarle en ese proceso por un representatividad objetiva y estructurada, cuyos criterios se dialogan. Hay que olvidar la victimización, para atender a la vida que sigue luego de haber sido víctima, para crear una nueva vida. 

En ese mismo sentido, la cita sobre el racismo como una trampa a la autodeterminación es esclarecedora. Cuántas veces ese llamado a la expresión, y que mencionaba al inicio de este ensayo, no es más que la reacción a una provocación: como aún eres inseguro (por negro, blanco, verde, rico, pobre, alto, bajo, mujer, niño, banquero, cajero, estudiante, trabajador etc.), sientes que todo el tiempo tienes que demostrar quién eres. Entonces aparece un enorme espejismo porque cuando ejerces el poder de mostrarte con bombos y platillos parece que te estuvieras afirmando, pero en realidad te estás olvidando. Te olvidas porque no has revisado si ese ser que defiendes lo deseaste tú. En cambio, cuando te aceptas, cuando tú mismo validas tu potencial, puedes olvidarte sin remordimiento de esa supuesta identidad, porque esa identidad te fue atribuida desde afuera. Puedes desechar la validación externa. Cuando asistes al nacimiento de tu propio deseo, te alivias, ya no tienes que demostrar nada a nadie. Cuando olvidas esa subjetividad impostada y exhibicionista es cuando en realidad más te estás afirmando: la distracción terminó y puedes verte desnudo de frente, reconociéndote como tu creación. Así ya nadie tendrá el poder de provocarte, de hacerte dudar sobre lo que eres. Olvidaste la identidad, para poder atender a tus acciones en el presente, en gerundio. La identidad (mismidad, reactividad) dio lugar a la subjetividad, ese estar aquí que expresa sus diferencias, que olvida el rencor y la herencia y que, por esa misma razón, podrá hablar, escuchar, construir y revisar con otras subjetividades en ese malentendido fértil que es el lenguaje puesto en movimiento, en comunicación. 

martes, 31 de octubre de 2023

Desaparición

Hasta que la vela se apague, hasta que las lágrimas se sequen / Siempre quédate a mi lado, quiero que me mires / Hasta que se derrumbe, hasta que se rompa / Siempre aquí, quiero mirarte  KISS ME GOOD-BYE - BUCK-TICK

El pasado 19 de octubre murió Atsushi Sakurai (1966-2023) líder de la banda japonesa de post punk BUCK-TICK. La noticia apenas fue difundida en los medios al lunes siguiente, momento en que me enteré por mi amigo Jose. Esta no fue la única noticia ominosa que conocí por estos días: tengamos en cuenta que a inicios de ese mes se había recrudecido el genocidio en Gaza (es decir, la destrucción cruel e irracional de la infancia). Luego se sumaron las muertes de una compañera de trabajo, de la joven actriz Alejandra Villafañe (1989-2023) —cuya historia conocí por el conmovedor apoyo de su novio—, y del actor Matthew Perry (1969-2023), intérprete de Chandler Bing en la entrañable serie Friends (1994-2004). 

Menciono estos tristes acontecimientos, no por simple amarillismo, sino porque tuvieron un impacto inusitado en mí. La particularidad de estas personas es que a la mayoría las conocí gracias a los medios de comunicación. Aunque fueran famosos, o más bien pese a eso, experimenté hacia ellos cierta sensación de familiaridad, de cercanía. Esto lo viví, especialmente, con la muerte de Atsushi, ya que simboliza el reposicionamiento que estos eventos generaron en mí frente al impacto de la infancia y a los límites de la juventud. Es decir, actualizó en mí la consciencia dialéctica de la vida a través de la muerte.

Cuando vi la imagen del luto por Atsushi Sakurai la piel se me erizó y se me encharcaron los ojos. ¿Cómo podría ser que la muerte de un famoso me afectara de esa manera? En mi caso la muerte no ha sido una experiencia cercana —y es un miedo con el que lidio día a día—, pues solamente he sido consciente de la partida de mi abuela materna. De alguna manera Atsushi me hace pensar en ese duelo que como hija y amiga enfrentaré algún día. Y si su figura me puso en esta encrucijada emocional es porque, indirectamente, su voz me acompañó desde la infancia hasta el inicio de mi etapa universitaria.

La primera vez que lo escuché fue hace unos veinte años, en 2003, cuando vi en el canal Locomotion la serie anime Nightwalker cuyo ending era interpretado por BUCK-TICK. Como en mi casa no teníamos televisión por cable, ese universo animado japonés que tanto me gustó desde niña lo asocio  con los lugares donde podía verlo: la casa de mi prima Luisa o la casa de mi abuela materna. Esas eran las únicas oportunidades en que dormía fuera de casa; en que jugaba en compañía de mi "hermana"; y en que tenía mimos gastronómicos por cuenta de mi abuela. A lo largo de los años siguientes BUCK-TICK fue la banda sonora de varias de estas experiencias, porque luego estuvo en el opening de otra serie que vi en la adolescencia con mi prima y también hizo parte del repertorio de J-rock que mi amiga Milena  descargó en Ares y me compartía cuando yo aún no tenía internet en casa. 

En este caso la fama no fue sinónimo de una relación distorsionada, de envidia, competencia o idealización, sino de cotidianidad. Atushi, así como otros cantantes japoneses de los años noventa, acompañaron mis jornadas y me unieron a nuevas amistades. En su música están los recuerdos de mi niñez, de posibilidades de compartir, de conocer otras culturas. Por eso, cuando Sakurai murió me pareció increíble: es que una a estas alturas a veces olvida que la muerte acecha, que la muerte es el único destino y la única certeza, pero el afecto por los seres queridos nos lleva a evadirnos y querer estirar las presencias un poco más. 

Que Atsushi despareciera súbitamente, por un derrame cerebral, arrojó de tajo la pregunta por la desaparición de mis seres amados. Es que me volví a dar cuenta que la corporalidad tiene un peso singular, insustituible. Morir es, en primer lugar, desaparecer el cuerpo. Porque sí, por unos años quedan los artificios de la memoria y del lenguaje, los cuales nos brindan un consuelo ante la muerte de alguien amado, pero esos objetos nunca podrán darles una segunda vida. Yo nunca vi a Atsushi en un concierto en vivo, por tanto y, en estricto sentido, tanto vivo, como muerto, siempre fue para mí una presencial virtual. Sin embargo, ser testiga de su muerte, me obliga a aceptar su desaparición definitiva como cuerpo, es decir, a que nunca será posibilidad de presencia real, a que no podrá seguir creando con cierta sistematicidad (esto último lo digo porque ya vimos que la Inteligencia Artificial permitió "revivir" a John Lenon, aunque ciertamente es una práctica que no tendrá la ocasión o el interés de hacerse cotidiana, porque así perdería su eficacia). 

Por tanto, la muerte de Atsushi, su desaparición, me hizo sentir miedo ante la de mis seres queridos, ante la desaparición de sus cuerpos. El origen de esta conmoción se da porque refleja trágicamente mi interés principal en años recientes: buscar mi cuerpo, que quiere decir que busco realidades, mientras denuncio todo idealismo y especulación. Entonces saber que Atsushi murió significa que con la muerte desaparece el cuerpo y ese es el único lugar donde puede existir la acción, o sea el amor y la creatividad. De niña toda esa alegría con mi madre, mi prima, mi abuela, aquella alegría que justamente me recuerda la música de Atsushi, pasaba por el cuerpo: jugar, abrazar, dormir juntas, cocinar, comer, escuchar j-rock, ver anime. Es en esa lógica que me angustia la siguiente constatación: entonces sé que la memoria de la infancia también se evapora; reconozco que la juventud es pasajera y frágil; ya no me doy pajazos mentales sobre que "muere cuando se olvida", porque dejar de tener cuerpo, es el primer olvido. 

La muerte de un famoso que marcó mi infancia refuerza así mi estado actual ante la vida: el desgaste con los excesos filosóficos, con lo especulativo, con lo iluso y, por el contrario, mi búsqueda de consecuencias lógicas. La crudeza de la desaparición es una alerta para que mientras pueda le apueste a mi aparición, que no es lo mismo que a mi apariencia. Hace casi una década he luchado con la sensación de un cuerpo selectivamente voluptuoso, pero trabajo en aceptar que no se trata de anularlo, sino de permitirle que siga apareciendo, porque eso que percibo como exceso puede reacomodarse desde la realidad, no desde la suposición y la consistencia de ese esfuerzo se logrará mientras este cuerpo que ahora tiene pies y cabeza siga reapareciendo. 

Constatar una vez más la inevitabilidad de la desaparición, mi desaparición, me pone alerta sobre dejar de ser espectadora para ser participante y, sobre todo, una participante que entiende que los actos de habla y los actos de realidad no tienen que ser agresivos o acelerados, sino que pueden hacerse con determinación y a la vez con delicadeza, es decir, con un tipo de relacionamiento, procesual, bilateral, a una velocidad descansada, pero metódica que me permitirá llegar a una aparición lógica, donde lo que importa no son las emociones o las palabras reunidas, sino el sentido que he podido construir porque ya no me escondo en mí ni en el miedo, ni en el futuro. La desaparición está asegurada; es una constatación dolorosa. Procuraré que mi aparición, mi incorporación sea la posibilidad más cotidiana y alegre mientras eso otro ocurre. 

sábado, 30 de septiembre de 2023

Imprevisto

When I opened the window, light shone through / Without leaving a trace of my shadow / It took me away / Surely, this is fate / Because it's strange / I can't remember a single piece of the scenery from just a moment ago 

Este mes resume parte de lo que ha representado este año para mí: enfrentarme a lo incontrolable, es decir todo aquello que no sea mi cuerpo, todo aquello que es la vida, es decir, lo imprevisto. La tensión que ha hecho tan dramáticas mis emociones recientes (quién te conoce desmayo) es un efecto del exceso de atención. Poner cuidado a todo para intentar tener a todos contentos es uno de los peores atentados contra la salud propia. Sin embargo, esta actitud es una trampa muy común. Yo, por ejemplo, asociaba la experticia con ser atenta a un nivel competitivo. Me explico: cuando no me considero experta en alguna actividad o saber me da igual la percepción que otros tengan de mi desempeño, simplemente me concentro en hacerlo y no en competir. Pero otro es el cantar cuando siento que estoy en "lo mío", un  un nivel que entre, otras cosas, tiene peso por la legitimidad que le brinda una validación institucional. 

En mi caso esa área de experiencia ha sido el mundo académico, de ahí que el miedo al fallo se incremente over 9000 points cuando estoy en su terreno: entonces llega la parálisis por exceso de análisis, es decir, la catastrofización. Catastrofizar es un mecanismo sustentado en la búsqueda ideal de control, pero ya que esa domesticación del mundo no puede conseguirse llega el pánico como respuesta a la incapacidad de aceptar esa realidad. En resumen, es una forma dramática de reconocer indirectamente que, como decían los Rolling, You can't get always what you want. Solo hasta ahora me doy cuenta que aunque esto es cierto, no significa que sea el fin del mundo. Más bien es una invitación a desarrollar una mirada proporcionada de los eventos, incluso de aquellos (como las tesis) a los que hemos atribuido una solemnidad que, en el fondo, es arbitraria y fruto de ideales más que de realidades. 

Quizá por eso mi búsquedas más urgente es la de mi cuerpo: hacerlo mío, actuar en él y no tomarlo como un organismo distante y diferente del pensamiento. Consolidar esta propiocepción tiene mucho que ver para mí con desarrollar habilidades de la educación física más elemental: flexibilidad, resistencia, agilidad. Estas palabras evocan, para mí, hechos imposibles de sofismarse a través de ardides mentales: son o no son. Hacerme flexible, resistente, ágil es el camino que he concebido para deshacerme de la catastrofización y a su vez de la procrastinación de la tesis. Para comprometerme con un trabajo real me he inventado un juego simbólico con mi cuerpo. La pregunta fundamental en esta fase del recorrido lúdico es la siguiente: ¿hasta qué punto es posible "buscar un cuerpo"? ¿Hasta qué punto puedo "buscar un hijo"? ¿Hasta qué punto puedo "buscar" a mi tesis, a mi hija? Aquí la palabra buscar está entrecomillada porque es sinónimo de idealizar. En ese sentido, la respuesta a estar preguntas es que no se puede buscar. Es necesario poner límite al impulso de idealizar, porque la vida no puede buscarse, es decir, no puede diseñarse: la vida es lo que ocurre y cómo se aprovecha su material para construirse en presente, ella no puede premeditarse. Cualquier anticipación desde el futuro es mitología, fantasía o temor. Por eso hay un punto en que el "buscar" un cuerpo, una tesis o un hijo da paso al aceptar: acepto que hay cosas que no puedo cambiar, ni controlar para luego trabajar en lo que sí.

El primer paso de ese compromiso con la vida es entonces reconocer que no hay cuerpos, ni tesis, ni hijos ideales. Porque si no hay ese reconocimiento no hay validación y solo autovalidando mi existencia puedo darme un lugar en el mundo. Es entonces con la aceptación que empieza a formarse un cuerpo más elástico. No es fortuito que el estrés se manifieste como un endurecimiento de los músculos, como si cerraran sobre sí y se pusieran de piedra. Reconocer la imperfección hace que el cuerpo se relaje, sea fluido. Por el contrario, cuando se niega la existencia de la experiencia (que es imprevista e imperfecta) a cambio de privilegiar el diseño ideal es cuando llega la rigidez de cuerpo y el espíritu. En septiembre ocurrieron varios eventos inesperados que pusieron a prueba este entrenamiento de mi cuerpo: una presentación de mi trabajo ante evaluadores externos, que se adelantara el parto de Benjamín, regalos de amor y amistad, exámenes médicos con descuento, ausencia de infecciones asintomáticas, el avistamiento del zorro perro, las variaciones en mi celebración de cumpleaños, encontrar el vestido de fiesta en una tienda de pueblo, el chocolate después del desmayo inducido, el juego de representación, la reunión de facultad, reconocer y desconocer personas, la muerte de un gato y recibir otra notificación del sistema de investigación de la universidad. 

Les recuerdos que entre abril y mayo se me entumió la espalda y me desmayé, probablemente a causa de ese tipo de notificaciones. En ese sentido, aunque septiembre se movió entre sorpresas agradables e inquietantes, lo cierto es que sigo en pie, sin desvanecerme, aprendiendo a conservar el equilibrio. A propósito de esa búsqueda de balance, justo en esos días me crucé con la palabra "mataculín" que está incluida en la RAE para definir una"1.m. Co:O. Barra de madera o metal apoyada en equilibrio en su punto medio, de modo que quienes se sitúan en sus extremos suben y bajan alternativamente", y que en otros países es conocido como sube y baja, balancín, balanza, romana, columpio. Pensé en esta palabra porque muchas veces llamamos montaña rusa a la sucesión de emociones contradictorias, y en este caso el mataculín es una versión más local de esa metáfora, además que su nombre es sintomático de los niveles de dramatismo: en ese sube y baja tu "culin" está en constante riesgo de "matarse". Vamos que no es tan grave, pero el nombre es un curiosos a guiño a los catastrofizantes S.A. No obstante, por más dramático que suene el "mataculín" es, ante todo, un juego y por eso hay risas y sobre todo disfrute cuando se monta en él. La enseñanza de este objeto lúdico es que la vida sí, sube y baja, pero podemos encontrar un sano equilibrio entre más risueños y divertidos seamos, o sea entre más flexibles seamos a los imprevistos y a la adrenalina propuesta por el juego. Por eso me propuse tratar los imprevistos como si estuviera en un mataculín y, entonces, me di cuenta que al final la realidad no es tan horrible como la imaginaba, que si uno reconoce que no se las sabe todas, pero está dispuesto a enfrentar lo que venga hay capacidad de maniobra. 

Es que a estas alturas una ya no está para matar el tigre y asustarse con el cuero, con el cuerpo. De ahí que el siguiente paso en este compromiso con ese cuerpo, además de su aceptación, sea metabolizar la experiencia, sintetizarla y, sobre todo, a aprender a hacerlo ágilmente, sin quedarse dando vueltas, sino pasar rápidamente a lo que importa: al acto. Lo que pasa es que esta agilidad se logra aprendiendo a considerar las consecuencias lógicas y no las emocionales de las acciones. En la crianza muchas veces se transmiten las emocionales: es lo que hace la seducción del regalo y el miedo de la pela. Pero hoy, como adulta, me corresponde reconocer que mis acciones las llevo a cabo no por las emociones, sino porque tengo un propósito y con base a él surgen reglas, tratos o decisiones con las que me he comprometido y en las que he construido un sentido basado en la realidad. Hay que se flexible para adaptarse, pero esa adaptación necesita un sentido: que responda a la realidad (no a la sugestión emocional). Y es que la adaptación no se entrena en simulaciones ideales, ya que no puedo adaptarme a algo que no existe. Así que para seguir fortaleciendo esta disposición al imprevisto necesito hacer que mi cuerpo siga apareciendo, o sea, que esté aquí (dispuesto, activo, práctico) que no es lo mismo que quedarse ahí (estancado, "ranchado", anquilosado y duro como una piedra). 

Es entonces cuando al unirlas con lo imprevisto puedo darle la vuelta a dos palabras que hasta ahora he abordado de manera patológica: la primera es repetición. No obstante, repetir e imprevisto parece una combinación paradójica. ¿Repetir no es lo opuesto al imprevisto? Si es sinónimo de obsesión ociosa, quizá pueda verse de esa manera, pero si se toma como sinónimo de consistencia lógica no: para que aparezca mi cuerpo, para que aparezcan mis iniciativas necesito exponerme repetidamente a la vida con sus imprevistos, a la acción que engendra acción. 

La segunda palabra es magro. Hasta ahora he buscado que mi cuerpo sea delgado, reducido en volumen, una característica que asocio con la posibilidad de escabullirme fácilmente o pasar desapercibida. El problema es que haya totalizado esa interpretación y quizá también esté atribuyendo rasgos magros a mi cerebro lo cual significaría que estoy falta de ideas y que no tengo cómo responder con la tesis. De ahí la importancia de contar con suficiente contextura y fortaleza y de no tenerle miedo a la carne: puedo depurar la grasa (ideas) pero necesito definir el músculo (base real). Esta imagen me permite percatarme de que son esos músculos los que quedan molidos cuando hago ejercicio, mientras que mi esqueleto sigue intocable. Esta nueva metáfora corporal me permite entrenar la resistencia de la carne como habilidad requerida para posicionarme frente a otra expresión del imprevisto: la crítica. He de ser capaz de llevar mis propuestas, mi tesis, mi cuerpo al asador porque nadie puede destruirme en mi estructura, en mi esencia, en los huesos que me sostienen. Esto me digo diariamente y lo repito una y otra vez: esos huesos son el símbolo de la seguridad propia. Esa seguridad es la clave de la resistencia porque gracias a ella sé de mi potencia (qué puedo proponer), pero que no siempre tengo que estar demostrándolo al otro. 

De esa manera yo misma puedo pasar de enfrentar imprevistos a ser imprevista, o sea, a responder sosegadamente a la crítica, sin dejarme provocar. A responder a mis valores y a actuar con la certeza que me brinda mi criterio. Por eso creo que me siento relajada cada vez que escribo en este blog: es el efecto de pasar a la acción y de usar metódicamente la exposición al imprevisto. Cuando me siento mensualmente pienso en un título y lo escribo, pero nunca sé realmente qué escribiré a continuación. Escribo, escribiendo. Quiero decir, no rumiando. Es en este tipo de momentos donde mi potencia se revela en su esplendor: me cumplo a mí y ese es el logro. Ahora mi propósito es seguir expandiendo este efecto a todas mis acciones: ganar soltura, fluidez no solo para empezar, sino para sostener la actividad y exponerme aún con temor, pero segura de lo que puedo, de lo que puede mi cuerpo. A continuación seguirá en el juego no solo valorar mi desnudez, sino permitirme bailar con o sin reflejo, permitirme extender los brazos, las piernas, darle amplitud a mi presencia, sin que la sensación del imprevisto llamado ridículo sea impedimento del movimiento. 

miércoles, 30 de agosto de 2023

Trámite

Hay días para tratar asuntos prácticos / que no pueden esperar / que se deben resolver / Hay días para tratar asuntos teóricos / que usan mi imaginación como si fuera un lugar real / Dicen que debo diferenciar y saber a cuáles debo apostar —  "Asuntos teóricos y prácticos", Señor Naranjo.

A estas alturas puedo hablar de 2023 como una unidad, no sé qué tan cohesionada, pero sí al menos hilada. Este ha sido el año de los trámites. Trámite parece una palabra aburrida, como de viejito, que te recuerda cuando de niño pasabas por el canal del Congreso y te imaginabas que verlo sería un castigo peor que la pela. Luego he aprendido que el aburrimiento es un estado relativo, que no hay personas o temas que lo sean, sino que uno les atribuye ese estado porque cede a la trampa del inmediatismo, de la ansiedad productiva que exige hacer/conocer compulsivamente, aunque no se haya revisado primero el sentido de tanta hacedera y tanta novelería (novelero: el que busca novedad a toda hora). 

Hoy soy consciente de que se solo se aburre quien no presta atención. Tantos estímulos compiten por nuestra atención que estamos en todo y por eso no estamos en nada. Distracción, cero metabolismo, cero comprensión. Atender, estar activamente presente (ni en la nostalgia dramática, ni en el futuro reparón) revela las maravillas de trapear, hablar con el panadero, estar en la casa sin acceso a Internet, hacer trámites ante las superintendencias de salud y de comercio, ante la Facultad, y hasta disfrutar de eso.

Todo lo anterior puede sonar muy bonito, toda una ética poscristiana, pero les advierto, imaginarios lectores, que soy una adulta avanzando inevitablemente en su treintena y puede que diga esto solo para justificar mi necesidad (y mi gusto) de ir a la EPS. Porque uno crece y la vida que en la niñez era jugar y en la juventud escribir trabajos finales, en la adultez es una tramitadera interminable, que la lleva a una a preguntarse si la racionalidad burocrática está realmente cerca de la razón o más bien de la sinrazón. El caso es que no importa cual de las posibilidades sea (ética bonita o autojustificación), porque ambas apuntan a lo mismo: a que yo me relacione con la aceptación. Aceptar —que no equivale a resignarse— es quizá el paso iniciático de la adultez. Ser niño es fusionarse con el otro, justificar la irresponsabilidad; ser adolescente es separarse del otro, pero sin asumir aún la responsabilidad; ser adulto es renunciar a los sentimientos de culpa que dejan esas dos etapas anteriores para asumir acciones responsables. 

En la resignación quedan dudas, fisuras, porque no es una decisión sino una imposición, mientras que en la aceptación hay conclusiones, metabolismo propio. En toda juventud hay una obsesión con las causas, con darle a vueltas al por qué, pero la adultez llega cuando se reconoce que así una tuviera todas las piezas del rompecabezas el resultado sería el mismo. María Martín lo sintetizó de una manera inolvidable: "Aceptar también es dejar de buscar las causas y redirigir tu camino a pesar de las consecuencias". 

Mi versión adulta busca reconciliarse con el no-saber para por fin hacer en lugar de rumiar en el pensamiento. Pero antes, quiero aclarar que esta actitud que dramatiza el saber/perfección no es una experiencia individual: nos ha pasado a muchas mujeres. Entiendo que el ser mujer en un contexto históricamente patriarcal ha influido en que nosotras tengamos esa predisposición a obsesionarnos con saber. Leía hace poco que a las mujeres las educan para la perfección (exceso de saber que idealiza) y a los hombres para ser valientes (hacer aunque no sea perfecto) y que esa era una fórmula que había llevado a la desigualdad económica en general. 

Darle tantas vueltas a las cosas, meterles tanto misterio, abrumarnos por cumplir con resultados (perfeccionismo), creernos que el mundo entero está en nuestros hombros y manifestar todo ello a través de la ansiedad y la anorexia no es un asunto de mera psicología individual, sino una respuesta de muchas mujeres a las condiciones sociológicas en que crecimos. Por eso agradezco las experiencias y la terapia que me han permitido revisar los lastres heredados y desprenderlos reconociendo que eso no era yo: es entonces cuando una se permite ser imperfecta, no sabérselas todas y aún así desarrollar la disposición al riesgo, de hacer cosas. 

Pero yo estaba hablando de relación positiva con los trámites, eso que antes creía tan aburrido. ¿Qué tiene que ver esto con la aceptación, la imperfección y el hacer? Creo que trámite es una palabra con mala prensa. La RAE dice que su etimología viene del latín trames, -ĭtis que significa "camino", "medio" y define dos escenarios "1. Cada uno de los pasos y diligencias que hay que recorrer en un asunto hasta su conclusión. 2. Paso de una parte a otra, o de una cosa a otra". Básicamente trámite es sinónimo de proceso y esa es una palabra importante para los adultos, en general, y paras las mujeres que renunciamos a la perfección, en particular. En el argot popular es habitual que se diga "procesar emociones, cosas, personas". Procesar equivale a entender que no todo se resuelve de un tirón, que la vida se hace a partir de momentos. Lo que me parece de valioso del trámite es que a ese conjunto de etapas le da un orden, una organización. Los trámites crean protocolos, reglas de juego explícitas y esa es la base de una vida saludable, es decir, flexible, que no se anda con suposiciones y que crea límites. 

Cuando una no ha aceptado la imperfección se cae en los excesos, en extralimitaciones y por eso es tan fácil abrumarse, angustiarse al creer falsamente que todas las tareas, que todas las experiencias tienen que hacerse ya, porque para antier es tarde. Pero del afán no queda, sino el cansancio y muchas visitas a la EPS. Para llegar a conclusiones una primero debe tramitar, hacer un camino, un método con el cual se construye, se verifica y se consolida. Concluir es digerir, depurar, todo lo opuesto a correr. El trámite racionaliza la experiencia para que podamos dejar la cobardía por la iniciativa, por ser propositivas. Racionalizar aquí no quiere decir tanto reflexionar como racionar, porcionar, dosificar los indicativos que marcan la realización de cada etapa .

El problema es que por la forma en que fui educada me ha costado percibir el hacer como un proceso y no como una meta. Esa presión explota por algún lado, en mi caso somatizando dolores y desvanecimientos. Con la tesis de maestría se puso de presente ese síntoma y el cuestionamiento de lo que me ha llevado a él. Lo cual no es suficiente. Muchos días me levanto pensando que tal vez no sea capaz de concluirla. Abrir el archivo me da pánico. Nuevamente el fantasma "resultado" y su cómplice "hacerlotodoya" (sic), me acobardan paralizándome. Por fortuna, tres personas que entienden el simbolismo de esta situación me han aconsejado que vea ese tesis como un trámite, o sea que no lo complique tanto. Una de esas personas vivió una experiencia similar de somatización cuyas huellas aún tramita, aunque ya se graduó hace un tiempo. Esa fue una conversación revitalizante, porque se ve que esta experiencia metaacadémica de las tesis es universal y así uno se siente menos solo y busca ser más atinado: es que el objetivo en este momento no ser reflexivo, idealista, perfeccionista, sino práctico. 

Decir que la tesis es un trámite es recordar que ella no representa ni mi identidad, ni mi vida entera. También que ella es un requisito dentro de un juego específico (la maestría) y, por último, que es un proceso, que se construye en la cotidianidad y no en una excepcionalidad abstracta. Los días recientes en que me he sentido más "empoderada" han sido en los que he hecho trámites con la EPS: agendar citas, solicitar autorizaciones o turnos, reclamar medicamentos, radicar incapacidades. Los propósitos se cumplen tras seguir unas reglas. Incluso cuando hubo retrasos o incumplimientos, la situación se resolvió y en otros casos hubo actividades que se agilizaron. El punto es que esa sensación de tener control y de ser resolutiva es poderosa. 

Este último trimestre es decisivo porque debo entregar el texto definitivo. Ya pagué matrícula e inscribí la materia. Para seguir estos pasos necesito potenciar y aplicar esa capacidad resolutiva que se construye día a día. Quién diría que la EPS y los trámites reforzarían la actitud que más necesito para dar este paso: para graduarme como magíster y como adulta, es decir una actitud pragmática a la danesa: "What I really need is to get clear about what I must do, not what I must know, except insofar as knowledge must precede every act". Es el propósito que anima la acciones desde agosto del año pasado. Pronto quiero celebrar el éxito de otro trámite, alegrarme por los certificados, por las conclusiones en el sistema y para aprender de aquí en adelante a no ceder en la ruta de la acción decidida. Así que, estimado lector imaginario, si ves esto encomienda mi último semestre académicos al Cristo atado. Nos vemos en los grados, esperando que haya podido reducir mis trámites en EPS. Muchas gracias. 

lunes, 31 de julio de 2023

Seguridad

I used to float, now I just fall down / I used to know, but I'm not sure now / What I was made for / What was I made for?

Este mes vi Barbie dirigida por Greta Gerwig y me gustó. Quiero decir con ello que la disfruté, que me sorprendió el pensamiento y que me emocionó, lo cual significa que la sentí cercana y, sobre todo, que me brindó coherencia. Incluso fui a dos funciones de la película, no solo porque me gustó, más bien porque ella representaba algo más que un guion puesto en fotogramas: Barbie ha sido ante todo un lugar de memoria en el que tejo complicidad con mi prima hermana, y con el cual quizá pueda suscitar en mi madre las inquietudes de un presente reivindicativo que quizá ella había intuido en su pasado.

Ante estos manifiestos, algunos lectores imaginarios —siempre lo son— dirán que resultan cursis, exagerados. Anticipo esta reacción porque he leído en redes sociales a quienes dicen abstenerse hablar sobre la cinta porque no es más que comercial de dos horas de duración. Esos comentarios me dan risa porque al comunicar la negación, lo negado es afirmado y expuesto. Yo solo pienso que nuestra mera existencia animal ya nos ha hecho consumidores, mientras que los siglos desde la Revolución Industrial en el siglo XVIII nos han hecho consumistas. Las variaciones del consumo es lo que une y a la vez separa el mundo de plástico de Barbieland, del mundo de plástico de cualquier ciudad del mundo. Es el agua en que nos movemos, So what? Personalmente me parece maravilloso que una película con una carga publicitaria tan deliberada y para nada disimulada, amplíe el fuelle de la reflexión. Que sea un producto para vender no impide que uno pueda pensar muchas cosas, incluso contra las ventas. Por su parte, la directora sabe que las ventas de las empresas involucradas están aseguradas y por eso, en un guiño satírico puede permitirse hackear un poco el sistema de la única forma posible: desde adentro. Greta asume el humor como su principal recurso narrativo para recordarnos en esta sutil sátira de qué se trata la vida humana: incomodar para lidiar con la incoherencia esencial de nuestra existencia.

Para mí lo más valioso de Barbie es que se trata de un relato para conjurar los idealismos. Por eso me parece un gran acierto que sean las mujeres quienes representan esta tendencia tan humanamente distractora que es idealizar. Porque es las mujeres a quienes culturalmente se ha presionado con más afán para cuidar la expectativa de "hasta dónde pueden llegar" para preservar un equilibrio social que se sustenta en la moralidad de su comportamiento, pero recompensa a los hombres con los privilegios derivados de esa ecuación. Pese a estas precisiones sociológicas sobre el género, lo cierto es que la película muestra que el idealismo es una distorsión que daña por igual unos y otras, a la especie.

El viaje de Barbie del mundo artificial al mundo real es el paso que hace el niño desde el narcisismo irresponsable hacia la realidad de la responsabilidad como terreno de la adultez. Y sí, seamos honestos, la realidad puede ser miserable, pero la mayor parte del tiempo son innecesarios dramas narcisistas y en cambio pueden experimentarse muchas alegrías. He aquí la secuencia clave de la película: nos dice Barbie que sin la muerte no hay deseo, que sin deseo no hay cuerpo y que sin cuerpo no hay realidad. Barbieland es la expresión de una gran psicosis colectiva, ¿no es acaso sospechosamente esquizofrénico estar convencida que se puede vivir en casas de dos pisos sin escalera y desayunar felizmente leche invisible?

Pero Barbie rompe su estado psicótico y descubre un organismo vivo, del que luego nace un cuerpo. Mas como todo nacimiento, este ser arrojado al mundo tiene consecuencias paradójicas: por un lado, la incomodidad, el displacer; por otro, la alegría. Por supuesto, la segunda solo llega cuando hay aceptación —no resignación— de la inexorabilidad de la primera. Por ejemplo, ir al ginecólogo, como lo hace Barbie al aceptar su cuerpo, no es la actividad más divertida, no representa ningún placer —a corto plazo—, de hecho, siempre representa dolor. No obstante, Barbie sonríe con ingenuidad, nosotras sonreímos porque es un proceso difícil pero que ayuda a ese cuerpo para que tenga la capacidad —salud— para vivir alegrías. Sin la dialéctica de la muerte, la vida no se valoraría.

Barbie estaba sumergida en su fantasía —igual que hacemos todos en la niñez— y no sabía que los sentidos la engañaban, porque ni siquiera era consciente de su existencia. Por eso el dolor cumple una función tan importante: es una alarma que nos hace prestar atención a algo que tendrá efectos duraderos sobre ese cuerpo. Así, el punto de inflexión de la narrativa es que Barbie adquiera consciencia y, sobre todo, experiencia de la muerte, de la imperfección, del dolor, del cambio, en otras palabras, de la historia —no de las ideas o ideologías inmanentes—. Es allí cuando aparece una realidad disruptiva porque es imperfecta: la representan los olores fastidioso, los dolores, el pan de plástico quemado y los pies en la tierra. Fue, entonces, el tiempo de la angustia ante el descubrimiento de la incoherencia esencial. Barbie lloró por primera vez.

Imagino que ella se preguntó: “¿Me estarán engañando los sentidos? ¿Si todo cambia en qué puedo confiar?” Sin embargo, una vez cruzado ese umbral —no sin esfuerzo— Barbie también descubrió otra acción potenciadora: la capacidad de resimbolizar, es decir, de jugar con el doble sentido de una palabra, de invertir sus significados y por vuelta imaginar lo que antes le aterraba como una posibilidad creativa. Veo a Barbie dándose cuenta de que la pregunta estaba mal formulada o, más bien, incompleta: “¿Y si los sentidos me engañan, por qué no los engaño yo a ellos?” Barbie aprendió a soltar el ideal y en ese punto pudo decir: "No soy lo que esperas que sea. Soy lo que yo puedo hacer". Pero... ¿A quién le dijo esto? ¿Ante quién se rebeló con justa causa? Aquí yo podría dar la respuesta simplista: los hombres; o la más refinada: el patriarcado. Sin embargo, me parece que es algo más cercano y concreto que sintetiza las angustias que aquellos generan: Barbie se rebeló, traicionó a su niña interna, esa que es ansiosa, caprichosa, insegura.

Cuando Barbie entró por primera vez al insólito mundo real, el principal síntoma de esa disonancia fue sentirse insegura por primera vez. Para alguien que siempre había sido totalmente fiel a sí misma, a su perfección, la duda se mostró como una fisura casi mortal. Pero, aclaro, esto no quiere decir que yo abogue por la autodestrucción, por el autoengaño o por la impostura, no digo que haya que traicionarse, así a secas. Digo que hay que ser lo suficientemente flexible como para saber traicionar ciertas emociones, sentimientos y pensamientos porque ellos no son hechos, ni son la verdad, son apenas transeúntes sobre los cuales sería un error basar decisiones. Barbie entendió nítidamente la sutileza de este método. Hay que traicionar el sentir, para ser fiel a una existencia propia y real. He ahí la base de la seguridad, de la coherencia que una demanda en un mundo que es constantemente inestable.

De todas maneras, yo sonrío irónicamente. Aquí estoy describiendo serenamente este recurso, pero la verdad es que me cuesta aplicarlo: ¿no es este el nudo de mi propio laberinto? Recién me percaté de que esa neurosis del celo ha sido un susurro permanente en mi oído. Ahora, gracias a la conversación con Mauricio esta se convirtió en una declaración contundente: ¿por qué le temo a la traición? ¿Por qué quiero sentirme especial para un otro cuya atención debe serme exclusiva? ¿Qué busco con esa atención? ¿Qué hago cuando la tengo? Nada, respondo... Luego me doy cuenta de esta verdad: la atención es solo un talismán, el truco tras este juego, mi propósito es hallar seguridad, coherencia. Mientras lo digiero conscientemente, Barbie me dice que además esa coherencia que busco no puede ser absoluta, ni perfecta, ni virtuosa. A propósito del honor masculino depositado en el comportamiento de las mujeres, traigo aquí la pregunta que nos hizo una mujer a otras que estábamos reunidas: “Y usted, ¿cómo la prefiere? ¿Bandida o agüevada? 'Obviamente, bandida'", respondió ella sin dudarlo. Pienso ahora que el uso despectivo de la palabra "bandida" vista sin prejuicio solo significa que se trata de una mujer aterrizada, que traiciona sentires e ideales propios y ajenos —patriarcales— para vivir su vida. La pregunta es muy útil para resolver los dilemas reales, es decir, los prácticos y no los filosóficos, que se presentan cotidianamente: “Y usted, ¿A cuál prefiere?" ¿La que pone los pies en la tierra o la que flota en una ensoñación ansiosa? Vamos, la respuesta no es difícil ¿O ustedes, lectores, qué creen?

viernes, 30 de junio de 2023

Potencia

No hay pasado por encontrar / No hay futuro para olvidar / Tu mirada siempre dice la verdad  / Olvidemos el tiempo que volverá - Futura memoria, Mr. Bleat

En estos seis meses he vuelto a enfrentarme a mis impulsos paranoides. La cercanía especial con una persona renueva mi familiaridad con los estados de alerta, la competencia y el afán de control. Mientras me decidí terminar con aquella situación que me enfermaba mi ánimo redirigí mi atención hacia mis actividades: ejercitarme, exponerme al mundo. De esa manera me sentí "empoderada", sentía como se restituía la fuerza, cómo se lavaban mis sentidos haciendo nítidos y alegres de nuevo. Entonces me sentía a gusto reconstruyendo lo que entonces entendía como "mi autoestima". Creía que este concepto que yo relacionada con la idea de poder había sido el antídoto contra los fantasmas y las fantasías. 

Por entonces había, para mí, un vínculo estrecho entre soledad y "autoestima". Creía que la soledad era necesaria para hacer realidad la autoestima. Pero como en la salud casi siempre se trata de la dosis adecuada, también me percaté de que la soledad excesiva puede ser sinónimo de miedo y que podía convertirse en un simulacro, en entrenamiento de burbuja no realista. Sí, fue necesario estar sola, pero pasarme hasta convertirla en aislamiento. Esta comodidad es extremadamente artificiosa. Concluí que la única manera de medir mi "poder" era enfrentándome a la realidad, es decir, a las nuevas relaciones que vendrían tras el incendio y el barbecho. 

Entonces él irrumpió y yo fui valiente: arriesgué con base en indicativos, pero con la certeza de que no podía imponer(me) certezas. Él se convirtió en presencia y yo también me sentía presente. Pero a medida que nos acercamos empieza la prueba de fuego para la "autoestima": permitirse la vulnerabilidad, sí, pero ¿en qué grado? En se punto se me coló nuevamente la sospecha, entonces la ausencia se hizo a presencia más fuerte: llegó la temporada de fantasmas, es decir, la paranoia. Sin embargo, esta vez soy consciente y quiero hacer algo diferente. Eso me digo, pero mientras tanto siento como esos mecanismos antiquísimos de mi historia parecen poseerme por completo. 

¿Confundir el amor con competir, con volver a mirar los otros del deseado en pasado y en futuro? No es cierto que el amor tenga que ver con la duda, pero sí es cierto que el amor pone al ego en vilo, exige entregar una parte de él, así que por instinto de conservación mi respuesta es desviar el foco como una manera de compensar esa pérdida (que luego veré que sí es ganar un poco). Por ahora solo siento que perder es "malo", y por efecto compensatorio me vuelvo paranoide: ya no soy la mujer curiosa, sino la niña voyerista. Las energías decaen y de ser propositiva paso a entregarme indolentemente a la pasividad. ¿Qué clase de retroceso es este? Me da un poco de rabia. Pero su existencia quiere decir que puedo hacer algo, yo misma me rebelo frente a mi lado caprichoso. 

Claro, ya me doy cuenta de que esa reacción primaria está fundada en preguntas mal hechas, necias: ¿dónde está mi "poder"?, ¿cómo "subir" mi "baja" autoestima? De esta manera solo me enredaré comparándome con otras personas. A esta vulnerabilidad, que digo, a esta victimización se suman la supersticiones sentimentalistas que alimentan la paranoia propia de la "baja" autoestima. Que si se llama Juan, que si le gusta Bizarre Love Triangle, que si ama a The Cure, que si profesa pasión Borges, que si profesa fervor Pessoa, que si le gusta la literatura como forma de vida, que si es profesor. Dicen por ahí que la vida amorosa es actualizar continuamente un deseo de otro, en otro y en otro. Este solapamiento (irracional desde cierto punto) me ha llevado a dudar del presente sobreponiendo dolores pasados asociados al Juan: ¿y la promiscuidad corporal y simbólica?, ¿y el ego alimentado de atención femenina?  

Recientemente leí que la "alta" autoestima no hace necesariamente más felices a las personas, por el contrario puede convertirse en una ruta peligrosa que lleva a la arrogancia, el egocentrismo y el narcisismo. Al principio parece un contrasentido, hasta un insulto a las recetas del siglo. Pero es cierto que la relación entre autoestima y poder puede llevar a nuestra especie más fácilmente al desbalance que al equilibrio. ¿Por qué? Porque este tipo de "poder" sigue volcado hacia fuera: quiere competir, demostrar, justificar. La "autoestima" a secas es una noción pirotécnica, que puede llevarnos fácilmente al ego y a la paranoia en el mejor de los casos, a la violencia en el peor. 

Confieso que no me es fácil evitar desenfocarme. Me he pasado mucho tiempo atendiendo hacia afuera. De hecho, hoy pienso que desviación externa es una forma del confort, de la pereza de mover el culo propio y de sentir el malestar que demanda el esfuerzo. Pero hoy tengo nuevas herramientas para no ser simplemente la mula terca que insiste en entrar al corral cuando va en una cabalgata para otros n destinos. 

Cada día trabajo por interiorizar que lo importante no es demostrar nadie mi "poder" sino construir y ser consciente de que tengo potencial. Esta es una diferencia sustancial en cuanto a la administración de la energía: el poder necesita justificar porque la alta autoestima es exhibirse, lucirse, ser lucido. Esa competitividad desgasta. El potencial, por el contrario, no grita, no es superlativo, solo brinda la consciencia de que existe una capacidad la cual no se aplicará para deslumbrar, sino para ser, porque es práctica. De esta manera me parece que se llega la lucidez, a ser lúcido. 

Como se ve el foco del potencial no está en otros —como pasa con el poder de la "alta autoestima"—, sino en uno y en vivir con la tranquilidad de saber sin tener que demostrarlo todo el tiempo, de qué es capaz un cuerpo, de que es capaz mi cuerpo. Será la alegría de la discreción el camino que seguiré transitando para reconocer la paranoia, sin inflarla y mucho menos dejarle robar mi presente, verdadera materia de la felicidad. 

martes, 30 de mayo de 2023

Solidaridad

No estés solo en esta lluvia / No te entregues, por favor / Si debes ser fuerte, en estos tiempos / Para resistir la decepción / Y quedar abierto mente y alma / Yo estoy con vos / Si te hace falta quien te trate con amor / Si no tenés a quien brindar tu corazón / Si todo vuelve cuando más lo precisás /Nos veremos otra vez. "Nos veremos otra vez" - Serú Girán


Algunas fuentes relacionan el origen del nombre mayo con Maya, la diosa de la castidad, la abundancia y la floración. Otras, lo asocian a la díada maius-magnus que significa magno, grande, majestuoso, lo cual resulta coherente con que en otros momentos mayo haya sido el mes dedicado a Júpiter, la máxima deidad de la mitología grecolatina. Personalmente pienso que ambos sentidos se complementan para explicar lo que viví en este mes. Puedo resumir los días más recientes como intensos, no necesariamente agradables a primera vista, pero con revelaciones fundamentales. Por eso asumo este tiempo, siguiendo la etimología del mes, como un majestuoso florecimiento. Esta prosperidad de la vida que experimenté tiene que ver ser testigo de formas de interdependencia con otras personas cuya constatación renueva esperanzas y disipa confusiones sobre la potencialidad del vínculo social.

Me gusta mucho revisar las etimologías como punto de partida en mis reflexiones. No me parece que siempre a las palabras se las lleve el viento, sino que, por el contrario, nos dan muchas pistas para que podamos usar el viento a nuestro favor, o por lo menos jugar con él. Esa exploración inicial en el lenguaje, me parece fundamental, porque nombrar es el comienzo de la existencia como reconocimiento y no como organicidad. Para mí vínculo social es sinónimo de solidaridad. Una de las definiciones de solidaridad que vi en una búsqueda superficial por internet dice que se refiere al adjetivo latino solidus, solida, solidum, “o sea, sólido, macizo, consistente, completo, entero”. Pero también al adjetivo que define “lo real, seguro, sin vanos artificios, firme”. Mientras tanto, la raíz de esta palabra también se asocia a verbos latinos, en este caso “solido, solidas, solidare, solidaui, solidatum”, que nos remiten a acciones específicas como “consolidar, dar solidez, asegurar, endurecer, soldar”. Todas estas definiciones me parecen pertinentes y para nada excluyentes entre sí.

En este mes la posibilidad de contar con otros o ver cómo otros cuentan con otros permitió que en un sentido simbólico y real mi espíritu y mi cuerpo se soldaran, se consolidaran, se realizaran sin vanos artificios y adquirieran consistencia. Quiero decir con esto algo que cada vez se me presenta con mayor nitidez: el antídoto contra la constitutiva incertidumbre de la vida es la confianza en las redes, los tejidos, las fibras que se trenzan en las relaciones sociales. Por eso considero tan importante rescatar una visión sincera y atinada de lo público. La subjetividad, la autonomía son dimensiones importantes para el desarrollo de las personas. Sin embargo, hay una delgada línea entre el autocuidado y el egoísmo. El egoísmo me parece una subjetividad neoliberalizada, es decir, que fetichiza la individualidad convirtiéndola en un fin que debe conseguirse a cualquier precio. Este sometimiento a la idea de éxito individual me resulta el terreno perfecto para que crezca la paranoia, ya que en un contexto de desmesurada competitividad se ve a los demás como potenciales enemigos, creándose un ánimo de permanente hostilidad. Uno de mis actuales manifiestos es que el miedo es el único enemigo del amor y de la vida, entendida como creatividad y capacidad generativa. Para mí la subjetividad es precisamente el espacio que hace contrapeso a toda forma de autoritarismo. Por eso es una paradoja y una tragedia que esa subjetividad pueda volverse autoritaria, o sea, egoísta. En ese sentido para que no cruce ese límite hay que estar atentos al grado en que se forma y se expresa, a cómo la calibramos. La subjetividad, a su vez, se relaciona con otra palabra: la de privacidad. Para mí la privacidad es la oportunidad de que la intimidad sea un lugar de exploración para la creación colaborativa, la creación conversada. Pero muy cercana en su etimología está una palabra tan parecida, pero con consecuencias tan opuestas. Me refiero a la privatización. La privatización es la interpretación distorsionada de la privacidad, es el exceso de privacidad, en otras palabras, que lo privado se traslade a TODOS los contextos, en detrimento de una concepción dialéctica en donde interviene lo público, como complemento y no como antónimo.

Por estos días retomé La Vergüenza escrita por Annie Ernaux. Allí encontré un pasaje que inspiró el nudo de esta reflexión. Dice ella que no puedo evitar "asociar la palabra privado con la carencia y con el miedo. Incluso cuando se habla de vida privada. Escribir es algo público". Aunque prefiero matizar su afirmación con respecto a su definición de la vida privada, estoy de acuerdo con que el miedo y la paranoia son los que hacen confundir esta vida privada con privatización. También estoy de acuerdo en que la escritura publicada (incluso aquellas que no están respaldada por editoriales, como la que ocurre en este blog) es deliberadamente y declaradamente pública. Que sea pública no significa que se renuncie a la subjetividad, sino al contrario que esta aspire a una construcción colectiva, a una exposición que va más allá del soliloquio en el espejo y que implica un riesgo (la vulnerabilidad), pero también una posibilidad (un diálogo amplificado). En lo que sí coincidimos Annie y yo es en que apostar por lo público es apostar por no rendirse ante el miedo: reconocernos interconectados es un factor que nos hace sentir más seguros para movernos y actuar; es decir, que el apoyo colectivo amplía la capacidad de maniobra de los individuos. Aquí recuerdo también a Jane Jacobs, la activista canadiense que defendía el urbanismo humanizado y quien dijo —según mi falible memoria— que un zócalo urbano activo brinda sensación y realidad de seguridad a los transeúntes. Trasladado a nuestro contexto latinoamericano, el hecho que esté la viejita chismosa —en la puerta o el balcón—, que haya pequeños comercios y tiendas de barrio significa que las personas habitan la calle y se protegen entre sí. Esta descripción que creo haber leído en Muerte y vida de las grandes ciudades me ha resultado práctica (puro sentido común) y también conmovedora (la solidaridad multiplica la vida).

Uno de mis principales intereses y motivaciones en esta vida es el que llamo "conectar". Me parece que la vida tan misteriosa y absurda como es se dota de sentido por las relaciones que establezcamos y la forma en que cada persona las aproveche y disemine. Por eso, me inquieta la tendencia moderna a la anomia (fragmentación grupal, aislamiento). Recusar del apego y del sentido comunitario es cuando menos pura necedad. Me parece importante que se promueva la comunidad, porque la entiendo como espacio para expandir las posibilidades subjetivas y no como lugar de obediencia. Por eso a la fecha todavía me emociona toda manifestación de solidaridad.

Decía al inicio que durante mayo esa esperanza en lo público, lo solidario, lo colectivo se renovó. Ello se debió a tres acontecimientos muy específicos y especiales. Primero, porque tuve la oportunidad de agradecerle a Manuel su generosidad y la disposición para conversar, para situarse horizontalmente en una relación pedagógica con nosotros. A inicios de mayo nos contó que dejaba el cargo. Fue una noticia agridulce: agria porque esa integridad es difícil de encontrar en relaciones laborales; dulce: porque es honesto consigo y con su ejemplo predica coherencia, parresía motivándonos a seguir unidos y trabajando por esa forma de vida.

Segundo, porque acompañé a mi novio a comprarle una máquina de coser a su mamá. Cabe apuntar que esta mujer tiene una historia de resiliencia increíble y que sigue en pie junto con sus hijos precisamente por estos hilos de afecto que han sido más fuertes que cualquier otra violencia. En este contexto los lujos o los antojos no han pasado de ser más que fantasías, ya que lo urgente era resolver la maraña de la existencia, ser pragmáticos. Pero ese trabajo tiene sus consecuencias, en este caso su recompensa, y así fue que, en el día de la madre de este año, ella tuvo su primera máquina de coser. Mi suegra define este momento como haber cumplido un sueño. Su alegría era incontenible, inocultable. Desde entonces cose todos los días y si algo me produce satisfacción es ver que alguien le saque gusto a un regalo, a algo que le interese mucho. Me pareció muy tierno todo lo que sucedió alrededor de esa máquina, especialmente, recordar que se trató de un gesto de solidaridad de su hijo, de una respuesta al apoyo mutuo que se han brindado, ya que ambos han renunciado a privatizar sus recursos, sus existencias, y ahora a él se muestra agradecido a través un acto solidario.

Y Tercero, porque en este mes me desmayé por primera vez en mi vida. No me di cuenta del movimiento, del desplome, ni del golpe en mi cara. Quedé privada. Y mira cómo se presta el lenguaje para jugar con el tema de esta entrada: quedé privada, pero la ausencia de un ánimo privatizante en mis seres queridos y en mi entorno fue lo que me ayudó a salir de esa crisis. Mi mamá estaba sola cuando ocurrió todo, así que su impulso fue salir y gritar a los vecinos, sobre todo, para que la vecina enfermera se enterara. Fue la vecina del lado la que primero dio aviso. Cuando desperté estaba rodeada de mujeres: mi mamá, mi prima que también es vecina, la enfermera, la cuñada de la enfermera. Recibí los primeros auxilios y luego el consejo de que me llevaran a urgencias por el golpe en la cabeza. Estas acciones hechas por Rita fueron útiles en sentido médico, pero lo más importante es que ayudó a que mamá se tranquilizara y pudiera avanzar en el tratamiento de mis heridas. Ese sábado estuve todo el día y parte de la noche en urgencias. Mi prima me acompañó todo el tiempo. Los días siguientes las vecinas preguntaban por mí, también rezaban y hasta me llevaban frutas. Mi abuela, otras primas y mi tío también estuvieron pendientes.

Esos días estuve débil de cuerpo, pero fortalecida en el espíritu, profundamente conmovida y agradecida con esta solidaridad que fue el principal insumo para reconstruir mi tejido corporal y moral. En medio del dolor de cabeza y la confusión por el golpe, de lo primero que fui muy consciente estando en el hospital era que esa actitud solidaria, además barrial y femenina, fue lo que me salvó en ese momento. Pienso entonces que la soledad es necesaria, sí, pero es cuando compartimos con otros que sus frutos adquieren propósito. Si viviéramos en torres privatizadas ¿cuál habría sido la respuesta de mis vecinos? ¿Podría llamarlos vecinos? ¿Tendría quizá una herida más profunda así hubiera logrado curar la herida física por otros medios? Probablemente en mí, que soy romántica, estaría abierta la herida de la indiferencia, de que lo privado, sea como cuestiona Annie, expresión de cerramiento.

La vida del vecindario, de mi vecindario con sus antejardines y su calle peatonal promueve un diálogo permanente entre el adentro y el afuera en el que ebulle la vida, la creatividad, la cooperación. Como la membrana de esta parte de la ciudad es porosa, el miedo sale y la creatividad y solidaridad entran. Me di cuenta, y sin intermediarios, que ni mi casa, ni la de mis vecinos están privatizadas, encerradas en sus mundos, sino que por el contrario seguimos conversando, seguimos intercambiando y seguimos cuidándonos. Es una experiencia, una prueba que viví de primera mano para seguir enamorándome de la vida en el barrio. Un aliciente para seguir buscando mi singularidad en permanente comunicación con el entorno. Gracias al barrio que me acogió y me levantó es que ahora puedo incorporar un nuevo sentido de vida: la experiencia de lo íntimo como un espacio que se sabe conectado (ni subyugado, ni dominante) de lo público. Es en su intersección donde la solidaridad se me mostró como un hecho. Con la nueva cicatriz en mi labio, pero con el corazón sano y alegre, hoy celebro su existencia.

domingo, 30 de abril de 2023

Mal que bien


Mi principal ejercicio literario —y con principal quiero decir cotidiano— es el de imaginarme la vida de las personas que veo en la calle: quienes trabajan en ella o que se desplazan por ella. Me pasa sobre todo con los puestos de comercio informal o mientras voy en taxis, buses o en el Metro. Ese tipo de anonimato lo encuentro especialmente atractivo para delinear subjetividades. El transporte es un lugar donde confluyen muchas posibilidades, pero al tiempo ignoro las pistas de una definición precisa. Al momento de observar casi todo está a merced de la imaginación.


Cuando me subo un taxi y el conductor es un hombre mayor, se despierta en mí un sentimiento de ternura angustiada, de inquietud. Obviamente es una proyección idealista, porque inmediatamente supongo que está allí por razones injustas o “luchando la vida” cuando ya debería estar pensionado. Me confieso víctima de ese sesgo de vejez que nos hace asumir una falsa, pero automática respetabilidad por los viejos solo porque lo sean. Cuando me veo en esta posición lanzo el contraargumento que me proteja de los equívocos de la sensiblería. Mal qué bien, logro responder al prejuicio bienintencionado con el antídoto de una racionalidad neutralizante.

Sin embargo, esa noche me subí al taxi. Cuando el señor me saludó, su tono me pareció el de una persona amable. La mayor parte del viaje lo hicimos en silencio. Unas cuantas cuadras antes de llegar a mi destino me sentí particularmente intrigada por la vida de ese hombre, ¿por qué será taxista a estas alturas de su vida? ¿Se sentirá feliz? Feliz quiere decir, para mí, que sabe convivir con la frustración: no se exalta con el elogio, ni con el insulto y disfruta de lo que hay. ¿Habrá experimentado la felicidad siendo taxista? Pero aquí el filo del cuchillo se me devuelve, ¿por qué iba a ser más o menos frustrado un taxista que un profesional o un posgraduado? ¿Por qué relaciono la identidad profesional con la sensación de realización?

Este tipo de preguntas, que unen clasismo y existencialismo, e indagan por la posibilidad de una existencia decidida pasaron por mi cabeza durante un par de minutos. Los pensamientos fueron detenidos por un hombre que saludó al conductor. El silencio se rompió hacia afuera, pero también hacia adentro. Entonces el conductor dijo que ese era un compañero de la primaria. Yo dije, que qué bueno que aún se recordaran y compartieran; él me respondió que claro, que los dos habían estudiado hasta quinto de primaria y que desde entonces habían trabajado juntos por un tiempo. La etnógrafa que hasta hace solo un momento se imaginaba escenarios posibles en su cabeza, se puso las botas: por fin pudo poner a rodar su curiosidad. El problema es que faltaba poco para llegar a casa. Pero, mal que bien, en ese momento se formó un trancón porque estaban reparando un daño en la calle principal.

Mal (por el trancón) que bien (pudimos seguir conversando), Ramiro, el conductor, me dijo a continuación que lo que pasa es que "uno conoce plata y se malacostumbra". Pero yo repliqué que seguro hubo un motivo, una necesidad para él haberse expuesto al trabajo y al dinero desde tan niño. Efectivamente lo hubo. Ramiro me contó que su papá era alcohólico, un hombre que solamente “llevaba borracheras y ropa sucia a la casa”. Él era el hijo mayor y frustrado ante esa situación, buscó otras alternativas. Esas alternativas las halló en el trabajo que consiguió en la trilladora de la plaza de mercado. Ese oficio le prometió obtener 20 pesos semanales. La perspectiva era un sueño, teniendo en cuenta que el arriendo de su casa era de 30 pesos. En semana y media libraría un mes de techo. Las cifras eran muy atractivas. Por eso en el enero siguiente, después de graduarse de quinto de primaria, Ramiro no empezó el bachillerato, sino que inició su vida laboral. Desde entonces no volvió a estudiar y de hecho pasó 7 años en la trilladora. Luego de esa experiencia se acercó a los talleres de carros y luego se dedicó a manejar taxi hasta la fecha.

Entonces le pregunté cómo le había ido, qué le había dicho la mamá, cómo se sentía ahora con esa decisión. Ramiro contó que su mamá se opuso, sobre todo, porque él era buen estudiante, le había ido muy bien en toda la primaria. Pero, el conductor, de una manera muy realista y pragmática le dijo que no había otra manera de construir una vida para su hogar. Ramiro se dedicó enteramente a su familia. Él no pudo estudiar, pero con su trabajo pagó por los estudios de sus dos hermanas, ambas graduadas de medicina en la Universidad de Antioquia. Con orgullo me dijo que la semana anterior se había jubilado la menor. En ese momento me sentí muy conmovida. Mal que bien, su "sacrificio" permitió el desarrollo de más vidas que la suya. Si se hubiera dedicado enteramente a sí mismo, quizá su cuenta bancaria y su estatus social fueran diferentes. Quizá una cuenta y un estatus que hubiera percibido como mejor o quizá no. Lo cierto es que en su presente percibía como lo mejor el haber aportado a la carrera de sus hermanas y al sostenimiento de su mamá.

En este punto quisiera no caer en mi vicio más habitual: la idealización, pero lo cierto es que al escucharlo me sentí a la par esperanzada y crítica. Mal que bien, este testimonio restituye mi confianza en la solidaridad. Mal que bien este testimonio me recuerda que el éxito individual, definido por la capacidad de escolarización y por la profesionalización nunca podrán ser solo el resultado de un esfuerzo individual. Son nuestras relaciones sociales las que marcan la impronta de ese recorrido. Sin el apoyo material y de base que resuelve las necesidades de techo, alimentación, estabilidad material y mental el rendimiento intelectual no sería el mismo, no sería, de hecho, posible y es una condición que he vivido en carne propia, incluso con algún sentimiento de culpabilidad. En ese sentido me considero marxista y socióloga. Dicen también los psicoanalistas que cada acción personal tiene un costo. Pues esta afirmación me parece extensiva a todas nuestras relaciones sociales. Creo que en la base de todo éxito personal hay en realidad un sacrificio, un "mal que bien" decisivo para poder continuar en el absurdo esencial que es la vida. Mal que bien porque es mal de uno solo, que será bien de muchos; mal que será a corto plazo, pero un bien que será a largo plazo.

El "mal que bien" es una expresión coloquial que acaso resume con la mayor precisión posible el principio de la salud mental: la tolerancia a la frustración como clave de estabilidad. Aumentar la tolerancia a la frustración es el único camino para lograr no a una vida plena, ni buena, ni mejor, sino la que podemos recorrer, construir y sostener con razón apasionada, para desarrollar la alegría. Fue esta capacidad la que le permitió a Ramiro seguir adelante y hablar con orgullo de “sus hermanitas”.

El tiempo del trancón fue suficiente para conocer esta historia; una historia que deseé, intuí, casi sospeché, pero que casi relego al silencio de la fantasía. A la la costumbre de fantasear. Cuando me bajé del carro le dije al conductor que admiraba su decisión y su valentía. Luego bajé las escaleras de la calle y noté que se quedó esperando hasta que no me vio más, hasta que supuso entré a mi casa. Allí estaba la actitud de cuidado, la solidaridad que su historia me reveló. Puede sonar muy cliché, pero me seguirán emocionando las historias de resistencia, de desvictimización y de terquedad que multiplican la vida a partir de las llantas de un taxi o de una paila de empanadas. La literatura, como la vida no están en los libros, están en la calle.

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Abre los ojos, porque mal que bien, prefiero la vigilia de mis errores a un sueño programado por catálogo.

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30 de abril a 30 de abril: mal que bien, me dolió mucho un beso para que seis meses después pudiera recibir bien el amor. Mal que bien después de seis meses duermo el amor. ¿Podrá acaso ese sueño, mal que bien, concederle la vida?

viernes, 31 de marzo de 2023

Física

No voy a rendirme frente a este nubarrón de ciudades muertas donde nunca pega el sol / la verdad es que no me acostumbré / a estar lejos de la gente / uno es uno y es uno en todos los demás / somos animales ahuecados por la luz de las calles. "La luz de la calle" - Luca Bocci 

Deja que el beso dure / Deja que el tiempo cure / Deja que el alma / Tenga la misma edad / Que la edad del cielo. "La edad del cielo" - Jorge Drexler

Física fue el curso que menos disfruté en el bachillerato. Sus problemas me resultaban difíciles y poco estimulantes. Tal vez era por la metodología del profesor. Tal vez insuficiencia en mi comprensión lectora. O tal vez era simplemente desinterés. El objeto de la física es la materia y la energía, su lenguaje es la matemática, otro curso que poco disfrutaba. La física establece leyes, busca resultados. Es la ciencia de lo inevitable 

Por el contrario, química fue el curso del núcleo de ciencias naturales que más disfruté. Su contenido lo asociaba inmediatamente con los cuerpos: humanos, animales y vegetales. El objeto de la química son las propiedades y transformaciones de la materia. Su lenguaje son los símbolos, de hecho, dice la Unesco que su "expresión más alta es la vida misma". La química identifica cambios, busca procesos. Es la ciencia de lo posible. 

En el medio estaba la filosofía y con ella la metafísica. Entonces me acomodé descaradamente en su invitación a especular, en la promesa de liviandad que proporciona el dominio de la idealización, de vagamundear sin cuerpo. Me interesaban los cuerpos, pero de lejitos. Conservaba la suficiente distancia para olvidar su mortalidad. Me interesaban los cuerpos, pero hasta ahora yo misma era solo organismo: negación de la física, de la ley; afirmación adolescente de la vida, subyugada por la química. Para los geógrafos de las almas: un marisma metafísico. Era cómodo pensarse como pantano: ni aquí, ni allá, pero no-muerta. Existencia casi incorpórea. 

Pero llegan las tormentas, los veranos y las reacciones minerales del pantano. Reconozco que somos lo que puede un cuerpo. Ya no me resistí a su nacimiento: ser es ser un cuerpo sometido a la gravedad, liberado por la reproducción: células en incesante equilibrio de vida-muerte, cuerpos microscópicos que presienten los que ven nuestros ojos de animal miope: tejidos esponjosos, tensados, trenzados, restos, roña, retoños, heridas, brotes, colores santos. De pantano a río, de organismo a cuerpo: un cuerpo que se mueve y que se construye con otros: en la complicidad erótica, en la infección, en los antibióticos, en las contracturas, en los analgésicos, en la ansiedad, en el llanto, en la piel erizada: materia y energía. Soy más que una idea, que metafísica. Soy este cuerpo que simboliza, se transforma y a la par responde a lo inevitable, a la gravedad, a las instituciones, a los términos de referencia, al ultimátum. A la mortalidad le pongo el pecho, la frente en alto, el culo si quiere. ¡Ah, ojalá fuera siempre! porque la metafísica me quedó como re-sabio ocasional, un rescoldo de la infancia, su síntoma. A veces se encarna (como cuando se encarna una uña), y se aparece en una despedida de tren como sentimiento de "soledad metafísica". Qué descripción tan pueril, pero vale la pena sí por ahí retorno a mi cuerpo, que es decir presentarme para conversar con otro(a).

Entonces dijo L. antes de confesarse, antes de actualizar la compasión: «¿Me hablarías un poco más de la soledad metafísica? Qué concepto tan desgarradoramente bonito, con todo respeto. Sería un excelente comienzo de poema: "En esta soledad metafísica donde todo se muestra y nada se toca, habito yo, como un animal herido. Extrañamente solo y extranjero, lejano, como un quásar..." (continúese)» 

Fue una invitación inesperada a participar de un cadáver exquisito, que se convirtió más bien en cuerpo exquisito, en física a secas, en energía transformada, química acá sin más allá, porque dije yo: «(Continúa): "Antiguo como el mar donde espumean los recuerdos del olvidado trueno que dio a luz a la Tierra". La soledad se había acabado, la metafísica, también. Afortunadamente. 

lunes, 27 de febrero de 2023

Sustitución

 

Yeah, it's a wonder man can eat at all / When things are big that should be small / Who can tell what magic spells we'll be doing for us / Futures made of virtual insanity, now / Always seem to be governed by this love we have / For these useless, twisting, of our new technology /Oh, there's nothing so bad As a man-made man / Oh, yeah, I know, yeah (take it to the dance floor)

Dos son las inquietudes que ocupan la atención de mis días. No es un secreto que la creatividad y la subjetividad son las preguntas donde fijo mi existencia actual. También es cierto que las quisiera menos como palabras —incluidas las de este blog— y más como sencillas experiencias. Pero cuando me acerco a ellas aún me muevo como sobre arena movediza. A veces siento que avanzo, me siento fuerte, pero en otras aparece una sensación de debilidad sin que domine el abatimiento, porque sigo intentándolo. 

En este año, dos han sido los motivos para volver sobre su significado. Primero, el revuelo causado por ChatGPT, un chatbot —protocolo de respuesta automática— de inteligencia artificial centrado en producir textos y respuestas elaboradas luego de recibir instrucciones. Segundo, mi camino personal me encontró de nuevo con la reaparición de una envidia específica, un afán competitivo, que algunas personas llaman erróneamente celos. Los celos son la enfermedad de la incertidumbre y lo que yo siento al compararme (con la inteligencia artificial o, a veces, con otras mujeres) es una amenaza a mi singularidad. 

Ser singular lo entiendo como una defensa de la excepcionalidad que es uno (que somos cada uno de forma tan universal): tan excepcional como para poder permitirme cometer mis errores, sin identificarme con ellos. Tan excepcional como para reconocer que mi cuerpo basta para entregarme y que su desnudez no es sinónimo de transparencia, pero sí de creatividad, de potencial. 

Pero aparecen algunas piedras en ese camino: ¿cómo se relacionan creatividad y subjetividad en una especie dominantemente social?, ¿qué significa pensarse o sentirse insustituible cuando nuestra ventaja evolutiva es la interdependencia?, ¿qué significa ser autónomo cuando nos acechan los automatismos?

Hoy quiero responder parcialmente a esta paradoja a partir de mis impresiones sobre el estado actual de ChatGPT. Este Chat es una aplicación que ha impactado la opinión pública mundial de este año. La razón esencial de esta agitación es, a mi modo de ver, la misma que entusiasma a sus promotores y que previene a sus críticos, y es el hecho de que mientras en el pasado el refinamiento tecnológico sustituía una labor manual, ahora una herramienta parece capaz de sustituir funciones cognitivas humanas. Al respecto, he conocido posiciones alarmistas. 

Por ejemplo, para algunos economistas hasta hace seis meses era inimaginable poner en tela de juicio uno de los rasgos que definen la especificidad humana: su inteligencia entendida como la capacidad de crear ideas, de conceptualizar. El hecho de que esta perplejidad sea ahora sea una realidad, les lleva a considerar que actividades que se suponían blindadas, esto es, insustituibles no lo sean tanto —por ejemplo, el periodismo, la redacción, la edición y la corrección de estilo— y que en esa medida se ahonde en la incertidumbre humana, ya que podría esperarse cualquier cosa del futuro. 

Por otro lado, los profesores y pedagogos han desarrollado posiciones más matizadas. La educación, en tanto involucra el ejercicio intelectual, es un sector altamente sensible a los efectos de estos desarrollos de programación. La susceptibilidad inicial ha desencadenado respuestas reactivas y pesimistas, ya que algunas personas sentencian la desaparición del lenguaje —de los idiomas como recursos expresivos— y del ensayo como género literario y académico. De ahí ha surgido un ánimo paranoide que solo alimenta —de una manera, por demás, poco creativa— un circuito de cacería entre máquinas: el mismo mercado tecnológico crea la "enfermedad" (chatbot), y la "cura" (sotfware para la detección de plagio creado por las aplicaciones de tecnología artificial). 

Esta es una respuesta equivocada a una pregunta mal formulada. Pero, ojo, porque ese error no es un fallo, sino una omisión intencional: ¿qué puede ser más rentable para los programadores que la cacería tecnológica de cuño paranoide —usar bossware para capturar al tramposo, vigilar al potencial plagiador—? La imposición de una mirada moralista distrae a muchos, pero, sobre todo, llena el bolsillo de pocos. Vista de esa manera, la masificación de ChatGPT me aterrorizó: tenía miedo a ser sustituida. 

Pienso en que soy una mujer que escribe, edita y corrige textos. Desde hace ocho años hago un trabajo esforzado alrededor del lenguaje, a la manera de una intérprete del malentendido —como ya lo había dicho en otro lugar https://guijarromolido.blogspot.com/2021/06/lengua-materna.html—. Ver en Twitter o por amistades los textos de ChatGPT hicieron que me sintiera en peligro, como un animalejo en vía de extinción. Por eso me negué a usar la aplicación en la efervescencia de su aparición. Mi razonamiento era el siguiente: ¿y si me perdía en el camino? ¿y si me daba cuenta que mi lenguaje, o sea mi voz, era prescindible? Para mí acceder al chat suponía observar y cometer un sacrilegio. 

Sin embargo, caí en cuenta de que esta postura respondía a un ideal como suelen hacer todos los miedos; pero uno no se forma para encontrar la perfección, sino como preparación para la imperfección. Por eso, decidí usar la aplicación y me permití hacer preguntas más juguetonas que formales para familiarizarme con la aplicación. De esa manera me di cuenta que no tenía sentido de humor, sino literalidad programada para ser neutro, plano, insípido. Entonces de ahí sí utilicé el chat como asistente en la escritura de un texto breve. Luego revisé en otros ejemplos serios y traviesos de otros usuarios y pronto me di cuenta que de eso tan bueno no dan tanto. Lo cual en este caso era muy bueno. No hay que tomarse tan en serio ChatGPT. O bueno, no tanto en sus respuestas o para perseguir a los plagiadores de turno, sino para preguntarnos lo realmente importante: ¿cuál es el propósito y el sentido de confiarle la creatividad, rasgo singularmente humano, a una máquina?.

Por eso, hoy sí me siento más orgullosa de estar plasmando estas palabras: ellas son la prueba de la vitalidad del lenguaje humano, de los músculos, latidos y nervios que lo engendran como fuerza expositiva. Me di cuenta que —aunque eventualmente lo aprenda— el ChatGPT de hoy no pasa el filtro de la revisión crítica de un evaluador de carne y hueso. La capacidad de cribar la información entre la basura publicada internet es una habilidad que, como la de los espigadores de ayer, hoy y mañana todavía depende de un cuerpo humano. 

Más importante aún, también descubrí que los textos de inteligencia artificial no tienen estilo (o sea que no tienen humor, ni emoción, ni singularidad). El robot del momento es capaz de escupir un montón de clichés bruscos, disparatados, casi esquizoides escritos con coherencia, pero que no transmiten un mensaje coherente o sea sensible a una geografía, a un tiempo y a un consenso. Así, para quienes digan que el chatbot nos liberara del trabajo difícil y que ahora "si nos dejará pensar", le responderé que eso no es cierto: escribir es difícil y en esa dificultad radica la posibilidad de su creatividad. 

Para escribir literatura o para escribir ciencia se requiere de la experiencia y de un propósito cuya legitimidad, pertinencia y singularidad se derivan por lo general de una discusión colectiva que incluye a otros y sus respectivos contextos. Hay, en síntesis, unas realidades empíricas (fenomenológicas), críticas (verificadoras) y animales (irruptivas), cuyo salvajismo inventivo no está in-corporado en un robot. 

De esta manera, paso de la paranoia al equilibrio, sobre todo porque recuerdo que mientras no haya moralidad, sino valores que prioricen la sensibilidad colectiva hay esperanza para los intérpretes y, sobre todo, para los escribientes. No es que seamos prescindibles, pero tampoco sustituibles por una máquina. La escritura no es reductible a un algoritmo, es decir, a la gula y vómito de fonemas, sino a un metabolismo hermenéutico: degustar y depurar la palabra y el misterio que nuestros latidos le brindan. 

Escribir no es solo lo que se dice —hacer muchos inputs en el chatbot—. Escribir no es escribir, escribir es sobre todo borrar. Adentrarse en la selva, sembrar poco y podar mucha manigua. Escribir no es un néctar de flores y frutos, es sobre todo dejar que muchas hojas se marchiten y hacerlo con alegría. Esa es la gracia literaria de una escritura imposible de imitar. La muerte es la marca máxima de individualidad: nadie más la experimenta por uno, ni como uno. La mortalidad, marchitarse, borrarse, olvidase es la clave de una escritura irreductible a un código binario: el robot no puede sustituir la huella mortal —dejar morir muchas palabras y partes de la corporalidad de uno ellas— que le da su singularidad a la literatura, es decir, a toda escritura en donde se juegue el pellejo.