sábado, 28 de agosto de 2021

12 %

Cuando no hay mas que decirnos / Habla el humo, nada el humo Y rema en espiral / Cuando no hay mas que decirnos / Se abren al aire vacíos
Que dos no pueden respirar / Para desvanecerse, alargando el después / Trayectoria sin final / Distante placer, de una mirada / Frente a otra esfumándose

Bocanada profecía.

El malestar era evidente aunque quisiera disfrazarse de cortesía.

Las excusas revelaban una realidad subterránea: una donde los acuíferos estaban putrefactos. La vida estaba muerta desde el vientre. Pero en esa tierra infértil una mano terca se hizo ciega a voluntad para sembrar las flores; las flores del mal. Inocente y cruel terquedad que convirtió el deseo en una lucha por la representación y la influencia.

El tiempo se detuvo: tuviste la oportunidad de escapar antes de volver al espejo. Al inicio donde el reflejo se multiplica y la comparación se convierte en distracción, frustración y autocompasión. Lo sabías. Siempre lo supiste. La pandemia era una alerta. Una invitación a la purga invisible de lo invisible. El llamado a la expulsión, a la limpieza sin que la idealización te comprometiera a ti. Aun así te rendiste a la trampa cortoplacista. Preferiste la ilusoria paz de entreguerras, la tentación del mediocre espejismo.

Lo siento, pequeña, la marcha ha reanudado y sabías [así no quisieras] que no serías elección. Siempre asumiste con conocimiento el lugar de la necesidad, de escampadero, de ensayo. Prescindible ansiolítico, borrador de rutinas futuras sin tu futuro allí, de preferencias de consumo, de miedos. Solo te queda la miseria de una teoría comprobada a punta de ego, de ese voyerismo narrativo que expone tu yo ausente. 

Ahora todas las piezas encajan: la cerveza, el cabello, la reticencias, el baile, las intenciones, la música de los 80; todo ello ya pertenecía a otro relato. Uno de verdad-verdad. Porque esto que vez (estas letras y lo demás) no son. En serio, ¿cómo puedes probar lo contrario?

Haz de cuenta que no existió. Es que es inexistente. "El polvo es la carne del tiempo". Los fantasmas creen muchas cosas, viven de la fe, no de la lógica. Por eso creen que pueden amar, que pueden soñar —aunque sean el sueño olvidado de la mañana—. Que van a probar el licor prometido con otros labios. O que pueden escribir en un blog, por ejemplo.

domingo, 22 de agosto de 2021

Ladrillos

1 de abril de 2007

Quiero estar más cerca de mis horizontes / Cruzar las ciudades y llegar al monte / Y quedarme ahí para siempre / Se puede estar mejor [...] / El mundo se acabó / Pero seguro hay otros dando vueltas / Voy a extrañar la sombra de los árboles

Algo que me gusta mucho de mi casa es que en sus distintas fases ha tenido terraza. Primero como extensión de las habitaciones superiores, una especie de patio, en el segundo piso, y luego como techo de toda la casa y como potencial tercer piso. Cuando en 2003 esta se convirtió en el punto más alto de la construcción, recuerdo mi entusiasmo por el cambio. Siempre he disfrutado de los lugares altos, de la mirada que me permita abarcar la mayor cantidad de paisaje posible, pero sin que se pierdan algunos detalles (puedo observar los edificios, sus ventanas, intuir la vida dentro de ellas, pero también los barrios; puedo ver los árboles, pero también el bosque). 

Para entonces ya era una aficionada de los balcones y a los cerros de la ciudad. Así que esta modificación significaba llevar en el bolsillo el mirador personal o, más bien, hacerlo parte de mi cotidianidad, dejar que la cima no fuera una experiencia extraordinaria. Ahora podía ver la montaña del altiplano nororiental, la biblioteca España; el sol reflejado en las cabinas del primer Metrocable de la ciudad; la autopista Medellín-Bogotá y la entrada al túnel; las paredes de los barrios; la cúpula de la iglesia del parque principal; la "meseta" donde elevaban cometas y en las noches había tormentas de relámpagos; la cárcel al fondo; y, si me montaba en el techo de las escalas, alcanzaba a observar un muy lejano, muy pequeño viaducto del Metro e incluso los trenes en movimiento que salían de la estación Niquía. 

Recuerdo que a partir entonces y hasta hoy la noche ha tenido un ritual especial desde la terraza: primero, la atención a los atardeceres de arrebol y, segundo, acomodarme en dirección nororiental con mi nuevo reproductor de música y los auriculares para escuchar rock y j-rock. Mientras tanto me concentraba en las sensaciones: recibir el viento del norte y mirar las luces flotantes de la ciudad y las que colgaban de la montaña. Esta visión siempre me ha generado una sensación de nostalgia, de antigua familiaridad y, por tanto, una especie de imagen-hogar. 

Quizá esto se debe a que ese es el paisaje con que iniciaba mis viajes en Metro; viajes que durante la mayor parte de mi infancia y el inicio de mi adolescencia siempre relacioné con visitar a mi abuela materna. La mayoría de los parientes paternos viven al norte del valle, pero mi tía y mi otra abuela siempre han vivido al sur. Esta era la ocasión para recorrer largas distancias dentro de la ciudad (un movimiento más bien extraordinario en mis jornadas) porque, además, eran los familiares que más me gustaba visitar. Este fue el cuento que me inventé para explicar la necesidad de cumplir con este ritual y en general de explicar por qué en cada mirador nocturno del sur o la visión de mi terraza siempre me llevan al recuerdo de mi abuela, de las unidades donde vivió, de las noches de juego. Esta imagen es más que una simple visión: es memoria, es un cordón umbilical entre mi mente y mi acción y como tal, contiene identidad, que es decir, la intuición infantil de todas las intenciones adultas.

Ahora bien, hace unos 7 años mi pequeño paraíso comenzó a cambiar. El descontrolado aumento de las construcciones en altura como fenómeno urbano característico del valle, con su consecuente gentrificación (también mental), colonizó el barrio. Torres de apartamentos al fondo, a los costados proliferaron: ya no veía la Biblioteca, ni el Metrocable, ni la meseta. Fue desilusionante, pero aún gozaba de la panorámica abierta de 360 grados sobre las variaciones de la cordillera central. Sin embargo, la dicha fue breve. Pronto los vecinos comenzaron a tumbar las viejas casas obreras, las viejas casas de la urbanización para levantar edificios sin criterio arquitectónico: preocupados solamente por una fachada bonita, nos dieron la espalda con sus muros de ladrillo pelado y mezcla. El criterio dominante era darle rentabilidad a la tierra, sacar muchos apartamentos y ganar plata. ¿Dónde queda la calidad del paisaje? por supuesto es el sacrificio de los bolsillos llenos. 

Hoy me percato que desde entonces dejé de frecuentar cada vez más la terraza, pese a que ya pasaba más tiempo en casa. Cada día, al subir, veía una hilera más de ladrillos, y así corroboraba que el patrón no se detendría y, en efecto, no se detuvo. De repente me vi rodeada de capas de ladrillos y con cada nuevo "apartamento" que aparecía, desaparecía el horizonte de la montaña. Incluso el cerro tutelar comienza a fantasmear tras la mancha naranja. El cielo está fragmentado y el verde lejano con sus luces son casi imaginación. Casi no quiero subir a la terraza porque todo lo que encuentro son muros, tristes encerramientos, para el lugar que había sido sinónimo de mi libertad. Por todo ello, pienso que esta situación es una metáfora muy precisa para lo que me ha ocurrido interiormente en esos mismos años. Me refiero a la incorporación de una práctica tan limitante como los muros que se multiplican bloqueando la vista: el autoengaño. 

La infancia nos prodiga la animalidad, la espontaneidad e incluso una cruel honestidad. Crecer podría definirse en algún sentido como aprender a caminar en soledad e incorporar límites como principio de individualidad. Todo el proceso civilizatorio es un trabajo sobre la represión, el autocontrol, sobre las limitaciones autoimpuestas por una finalidad social. En esa tensión entre individuo y sociedad se establecen ciertas reglas que nos impiden comportarnos con la total libertad de nuestros deseos. No digo que esto esté bien o mal, es un pacto necesario y aunque se basa en la ficción no supone un engaño. Pero más allá de la función sociológica, ¿cuál es el límite saludable, necesario de la ficción personal?   

Me parece que el dolor y la insatisfacción marcan la diferencia entre la ficción engañosa y aquella vital. Porque la especie humana se caracteriza por su ánimo narrativo: creamos lo que nos creemos y toda realidad parte del cuento que nos echamos como sociedad o como individuos. Es allí donde reside su creatividad y la lógica de todas sus mnemotécnicas. La vida humana es el fruto de sus historias. Pero cuando esta narración no multiplica la vida o el placer, se encienden las alarmas. Convencerse de que algo es, cuando objetivamente no lo es, parece un modo ideal de protección psíquica. La especie humana también se caracteriza por evitar el dolor o creer que puede hacerlo de forma fácil. Es entonces cuando domina el autoengaño, una acción que asocio con la adultez y poco con otras etapas como la infancia y la adolescencia. 

Así como mi infancia tuvo un cielo diáfano, un paisaje generoso y abierto que gocé con curiosidad y apertura interna, a medida que crecí los muros de ladrillo no solo le quitaron nitidez y presencia al firmamento, sino a también a mi propia identidad. Sin darme cuenta la mancha naranja fue cubriendo no solo el entorno de mi terraza, sino mi autopercepción. En ambos casos la consecuencia común es la sensación de abatimiento y la imposibilidad de ver con claridad: solo se ven muros, no a la vida. Por tanto se cree que no hay opciones: la esperanza se convierte en una herida, estás atrapado. El muro del autoengaño toma formas aparentemente inocentes y, por lo general, aflora en nuestras relaciones con otros. Lo que buscamos del otro es que nos quiera y por eso digo que las formas parecen inocentes: están motivadas por el afecto. 

Pero si antes no se siente este apasionamiento hacia sí mismo, el temor al abismo que ocupa su lugar nos lleva a levantar un muro, a desviar la vista y ceder todo el poder de sostenernos a un otro idealizado tanto en sus virtudes como en  sus defectos. Todo lo que quisiéramos ser o hacer se lo atribuimos. Sin embargo, si la relación no sale como esperábamos o queríamos empezamos a patologizar su comportamiento, a atribuirle cuanto trastorno de personalidad nos aparece en Google, sobre todo si la justificación es el narcisismo. Pero en ningún caso estas historias son ciertas. Cuesta reconocer que aquello maravilloso no es tan maravilloso en el otro, ni tan inexistente en ti, y que eso mismo podrías alcanzarlo si te decidieras a hacerlo más allá del confort de la melancolía. Cuesta reconocer que el otro no necesita de un diagnóstico psiquiátrico sino que simplemente es alguien que no te quiere a la medida de tus deseos. No es un monstruo, no es un enfermo mental; es un ser humano como tú, con libertad, egoísmo y un camino propio por recorrer.  Estas ideas no son más que pilas y pilas de ladrillo construidas sobre la incertidumbre de la adultez.

La verdad es que muchas veces tenemos miedo de mirar a nuestro cielo interior; un cielo que es sinónimo de vacío, aburrimiento, crisis y frustración. Agosto ha sido un mes de pruebas de aceptación. Hace un par de días iba a fotografiar el Quitasol desde la terraza y me encontré con un nuevo obstáculo, un nuevo muro que interfería en el encuadre. Hace pocos días decidí enfrentar nuevamente la realidad sin anestesias y entender al otro en su libertad y en la realidad de sus deseos. Sentí tristeza por el muro y a la vez me percaté de la cadena de autoengaños en estos dos últimos años. Entendí que el agobio de la terraza en casa era similar al agobio de los ladrillos que puse ante mis ojos para evitar mirarme. Hoy lo reconozco y lo asumo.

No es sencillo, no es agradable, pero las capas de ladrillo también me recuerdan que la existencia es una relación de estratos y sedimentos, que es mi elección aprender a convivir con los muros, con los pasados que se suceden sin pasar y que nos explican sin determinarnos; que más allá del cerramiento impuesto por mis vecinos (o por mis miedos) todavía quedará el techo del cielo con los colores del ocaso, el canto y el vuelo de sus aves, las puntas de la cordillera y algunas luces de la ciudad. Que las limitaciones me exigen ser más creativa con la mirada para capturar el paisaje sin interrupciones y que, en todo caso, eventualmente podré elevarme, construir una nueva terraza más alta que restaure toda nitidez. Más aun, es la oportunidad de recordar que siempre puedo salir de casa y detener mi frustración con los muros ajenos, porque al cruzar la puerta el mundo es, si así lo decido, “ancho y ajeno”.

lunes, 26 de julio de 2021

Felching

 

Put yourself into the middle of the rain / and believe into the blessing of its droplets / spin along with its noise / and try to be good

Anticipas la renuncia como forma de protección. Pero entre menos esperas (o des-esperas, como una imposición del deseo) sucede. No esperamos, no exigimos, solo sucedimos al ser la pasajera eternidad que atraviesa el cuerpo. ¿Qué sigue al fin de la eternidad? Te rindes, no haces preguntas, no quieres saber. Miras. Brilla una luz. Es un espejo del sol, un lago en el cielo. Te sumerges buscando las últimas consecuencias del silencio. Inmersión absoluta en la palabra ("y el verbo se hizo carne"). No hay ruido, no hay tiempo (que es casi lo mismo). Te entregas a su lenguaje con la devoción de una danza ritual que creíste imposible. Es extraño, porque arañas el vaso y devoras su blanca miel con avidez animal, pero luego le contemplas con regocijo angelical. No hay resquicio que pueda ignorar tu saliva. Al final somos un nuevo río hijo del relámpago. Ya no te preocupa la imagen, el juego. La fantasía se deshace como crema en tu boca. El destino nos encumbró como unidad a través de nuestras lenguas: "El lenguaje no está en nosotros, somos nosotros quienes estamos en él". Así se cumple tu destino: caminaste al filo de la obsesión, te balanceaste sobre tu gula pero al final —o al principio— saboreaste una íntima metafísica de la vida otra, de la otra vida, de los otros. Fuiste un dios, fuiste él, fuiste un niño: después de nacer te llevaste el dedo a la boca con la última gota del abecedario, la última gota del río. Es el gesto que te devuelve al sueño.

miércoles, 7 de julio de 2021

Tu gusto me sabe a fruta


El cielo estaba azul, muy claro, muy brillante. Al alzar la vista parecía que un mar nos saludaba entre las paredes naranja; ellas lo contenían como arena vertical. Los rayos del sol, imposiblemente hermosos, se derramaban sobre el boquerón de occidente, precisamente, el primer paso del valle de Aburrá hacia el océano Atlántico y hacia el Pacífico. En pocas palabras, con solo cruzar la portería a las 5 de la tarde ya había comenzado el paraíso: la invitación a nadar en las aguas celestes que reverberaban en medio de la montaña.

-Qué bonito atardecer. Solo había estado una vez en el mirador aun siendo de día. Para entonces, qué vergüenza, me sentía muy ansiosa, cautiva del futuro. Hoy es diferente y parece como si el paisaje fuera una respuesta a la alegría de mi presente. 

Eso pensaba Irene mientras se encontró con Rodrigo y se instalaron a conversar en la banca del mirador. Él le habló de la nueva jardinería en la unidad, de los proyectos urbanísticos del sector, de la tirana colonización del ruido a lo largo de la pandemia en los entornos vecinos.

-Es que la mente también genera sus zonas verdes. Comentaba Rodrigo. 

-Es en resumen lo que te he querido decir durante estos meses e incluso hoy al hablar de la ciudad con sus ángeles y demonios. Pero esa es la parte externa. La parte interna corresponde al cuerpo, que es otra forma de nombrar la zona verde en nuestra intimidad. ¿Sabes? ese ha sido mi descubrimiento en estos seis meses de 2021. 

Esto decía Rodrigo mientras se quitaba la mascarilla y, por fin, su rostro, que Irene percibió algo envejecido alrededor de los ojos, volvió a serle ofrendado a su vista. El sol y el viento revolcaban su cabello recogido, y a Irene se le antojaba un delicado espectáculo. Era tan sencillo y por eso tan hermoso. Sus sentidos comenzaban a abrirse, su cuerpo a despertar.

-El cuerpo es diferente al organismo y no está separado de la mente. Es un concepto y una experiencia integral que se adquiere con el paso del tiempo, a diferencia de la fisiología que nos llega desde el parto y que sometemos a tantas inercias inconscientes antes de llegar a comprenderlo como unidad y, sobre todo, como función.

Y entonces, Rodrigo explicó su rutina diaria de ejercicios y como estos se habían convertido en el hábito principal de su vida actual, en una actividad sagrada que le brindaba bienestar e incluso le había permitido alcanzar dos tonos más arriba cuando cantaba. 

-No importa si dejo de beber o persisto en la terquedad de algunos días de sobriedad. El alcohol ha sido una práctica constante y la verdad, la verdad, me gusta estar borracho. Parece contradictorio. Pero está claro: no dejaré la fiesta aunque tampoco el ejercicio. En esta paradoja he aprendido a moverme ahora y de hecho, a pesar de o, más bien, por eso, me he fortalecido.

Irene lo observaba ya dominada por el deseo. La charla giraba en torno al cuerpo de Rodrigo y los contrastes en que este habitaba. Entre más poderosa era la antinomia, más se le antojaba a ella acercarse nuevamente a esa anhelada piel. Le gustaba sentir que era un reto. Una cierta cercanía lúdica con el imposible, porque ya Rodrigo le había anticipado que por ahora solo iba por la charla. Pero esa tarde Irene estaba decidida. 

-Ya no soy más la niña de ayer. Pensó convencida para sí misma.

-Soy una mujer: sé hacia dónde se dirige mi deseo y tendré confianza en la desenfrenada lujuria que me permito desplegar. El lenguaje nos trajo hasta el borde del encuentro, pero mi actitud femenina nos llevará hasta la otra orilla de la inmersión total. Ahora tengo claridad sobre dónde termina él y dónde empiezo yo. Sus inseguridades y miedos no me pertenecen. Así que voy a ignorarlos completamente. Voy a bailar con las olas para escuchar el ritmo de Rodrigo. Finalmente, en el fondo, solo somos una mujer y un hombre. Hacer el amor será la consecuencia.

-¿Vamos ya al taller? Dijo Rodrigo. -¿Quieres helado?

-Claro que sí, respondió entusiasmada Irene. -Me quedo con el de fresa. Dijo ella mientras guiñaba el ojo y así Rodrigo no tuvo más alternativa que tomar el de chocolate con arequipe. 

Arriba, los dos siguieron conversando, él le pasó una muestra de una de sus últimas canciones, mientras ella lamía el cono y no sin cierta picardía lanzaba unas miradas a Rodrigo como indicándole que ella imaginaba otra cosa en su lugar. 

Pero el tiempo pasaba e Irene sentía que se agotaban sus oportunidades. De repente Rodrigo dijo —me parece también que con otra intención— que tenía el cabello muy largo y se lo soltó. Irene no lo dudó un segundo, sabía que este sería su caballo de Troya. Inmediatamente fue a acariciarlo y se quedó allí, paseando una y otra vez sus dedos por su cabeza y por las puntas que llegan más abajo de los hombros. 

-Qué delicia. Aquí me podría morir feliz. Tanto tiempo anhelando semejante trivialidad: mimar a Rodrigo. Está tan suave su cabello. 

Ahora ella deslizaba sus dedos con mayor intensidad una y otra vez, por la cabeza, pero también por el rostro, por sus pómulos y cejas, con tal devoción que parecía estar tocando el material más frágil del mundo.

-Qué rico, Irene, qué rico como me mimas. Maullaba Rodrigo con los ojos cerrados y un tono más agudo. 

-Me antojas demasiado. Exhaló él.

Y entonces la atrajo hacia sí y comenzó a besarle el cuello. Besos suaves de algodón, mientras sus manos se deslizaron hacia la cintura de ella y aún sobre la ropa alcanzaron el pecho y luego las nalgas. Sin prisa, sin violencia. Luego la movió al frente y la abrazó. En algún momento la besó en los labios.

-Ahhh, uffff, mmmm. El cerebro de Irene simplemente se deshizo en una enorme sonrisa de placer.

Irene había deseado ese momento por mucho tiempo. Tomó suavemente la cara de Rodrigo entre sus manos y la llevó hasta su boca. Correspondió su beso mientras se mezclaban sus lenguas y ella abría los ojos para mirar sus labios convertidos en granate, pero, sobre todo, para deleitarse con su mirada hundida en quién sabe qué esquinas del delirio, con una expresión de rendición. Rodrigo se había rendido a su invitación y esa renuncia total la excitaba. Además, puso atención a su aliento: mezclado con feromonas, había un gusto ácido, como a maracuyá, pero a sabiendas que era resultado del paso del tiempo y del helado de vainilla que se había comido hace un momento. Esa dulce acidez la excitaba aún más. Con delicadeza se entregó a esa fruta de pasión. 

-Qué delicia esta boquita. Todos sus matices. La eternidad es este instante. Pensaba Irene.

-A esto me refería con la desrealización que ocurre con la borrachera, con la traba y también con el sexo. Dijo Rodrigo borracho por esta miel inesperada.

Rodrigo e Irene estaban en la barra de la cocina y de repente él exclamó con un ánimo feral:

-Te quiero comer aquí mismo. 

-Vamos al cuarto.

Irene ya estaba derretida: en su entrepierna, en su boca, en sus ojos. Era un charco de emociones listas para sumergirse y también para ser atravesada a nado, completamente. Fue al baño primero y cuando pasó al cuarto disfrutó por un par de segundos ver a Rodrigo acostado. Alto, dispuesto. Le pidió que la desvistiera y él bajó su enterizo, mientras ella le quitó el pantalón.

-La mirada crea. Aquí estoy por fin recuperando la vida que se había marchitado durante la pandemia. Fueron meses en que el mensaje era fantasmagoría: rostros ocultos, cuerpos anulados. Erosión y resequedad en todas las tierras. La hora oscura de la hierba. Había desaparecido el agua que nos riega para hacernos crecer: la saliva, el semen. Cuánta sed de las primeras formas de la semilla. Todo había desaparecido como si la sexualidad compartida hubiera sido el sueño de alguna noche de verano en los tiempos remotos del tiempo. Y aquí estás, mi querido Rodrigo, siendo ya no mar, sino río para mis rizomas. 

Irene se deleitaba en la contemplación de su amante, de su humanidad: rasguños profundos hechos en el muslo por su perro, vellos en las piernas, algunos en el pecho; un pubis sin rasurar. Las tetillas y genitales más oscuros de lo que recordaba. La cuasi barba del lampiño. Irene explotó de felicidad con este paisaje. Y con gusto lo probó. El sabor de las horas y del amoníaco acumulado durante el día. Este cóctel, ese tránsito químico entre él y su boca eran para ella un delicioso manjar. Adentro y afuera. Lamer mientras tanto. Detenerse en la punta. Observar la expresión de éxtasis de Rodrigo mientras ella se entrega a la extensión acidulce de su fruto. 

-Ya no aguanto, Irene, ¿puedo entrar?, ¿puedo venirme adentro?

-Sí, sí, sí, mil veces sí, mi corazón. Ella también se había rendido a todas las posiciones. A cualquiera de sus conclusiones. Al amor. 

Varias veces, Irene se percató sonriendo y mordiéndose involuntariamente el labio, mientras Rodrigo se hundía totalmente en ella. 

-¡Lo logré!, ¡lo logré! Desperté al sueño dentro del sueño. Suspiraba Irene.

Así es, ella aterrizó, reinició la vida sembrándose semillas de pasiflora. Cuántas veces había renunciado mentalmente a Rodrigo. Tantas veces había asumido la armaga rendición. En el camino del silencio fue dándose a la libertad fuera del narcisismo y, en alguna parte del camino, a la manera de una dulce rendición, encontró en la figura de la prostituta su redención.

El principio de la prostitución (elegida) es, en el fondo, el de la generosidad, la entrega sin reservas. Claro que en el caso literal está el incentivo del dinero. Pero Irene está convencida que hay prostitutas del amor y que, precisamente, ella, para liberarse de la represión y serle fiel a su deseo sin un sacrificio mortal de la esperanza, había elegido convertirse en una. 

Por fin a fuerza de caprichos, de salvaje necesidad, de despedidas en bucle y de un consciente pragmatismo Irene había comprendido aquello que dijo Jean-Luc Godard en Poule —palabra del francés coloquial para prostituta—: “préstate a los otros, date a ti mismo”. También resonaba en ella el manifiesto de Milena Busquets en También esto pasará: “En cualquier caso creo que nadie puede sobrevivir sin determinada dosis de amor y de contacto físico. Por debajo de cierto nivel nos pudrimos. Las prostitutas son imprescindibles. Debería haber prostitutas del amor también. Si no fuese porque el amor es tan difícil de reproducir y de fingir, tan laborioso y largo y subterráneo. Tan ruinoso también [… pero quizá] es lo único que nos salvará”.

Y aquí Irene invertía el orden de la frase de Milena, porque el orden de los factores sí altera el resultado y el libro iniciaba con la idea redentora del amor para luego rendirse a su caducidad. Pero Irene tiene un corazón optimista y, convencida de la fecundidad de esta forma nueva del amor, tuvo esa tarde la certeza de que en el verano también ocurre la primavera, y que sin los grilletes absurdos del tiempo, las flores y los frutos brotan de la boca y el pubis de su amado.

-Últimamente he estado reflexionando sobre cuándo decidí ser hombre. Y cuál es la manera en que lo he sido. Porque no es un estado automático, no es un simple dato del organismo. Siempre me he sentido singularmente vinculado al mundo femenino. Irónicamente, siento que me brinda la potencia que no hallo en el masculino. ¿Sabes? Cuando era niño creía que mi pene era una flor...

Entre sorbo y sorbo, algunos besos y otros tantos abrazos, Rodrigo le expresó estas perplejidades a  Irene cuando volvieron a la cocina para tomarse una aromática tras haberse amado sin decirse más. 

-Te quiero mucho, mucho, Irene. Tu presencia es muy importante en mi vida. Eres como un puerto seguro, querida Irene. Vamos de paseo algún día. Dijo Rodrigo antes de cerrar la puerta y acompañarla a la portería. 

-Dame un abrazo, Rod. Cuídate. Murmulló en su oído, a las 10 de la noche, ya sin cielo ni mar, mientras se daba la vuelta para subirse al auto y atravesar la oscuridad.   

martes, 29 de junio de 2021

Lengua materna


A lo largo de este año he desarrollado una labor muy activa con el lenguaje, quiero decir, con la comunicación. Empiezo por mencionar que en enero apoyé a un compañero historiador en la reescritura de un libro que retoma los archivos judiciales y civiles del oriente antioqueño cercano para reconstruir las relaciones sociales y ambientales de los habitantes de Santa Elena (Medellín) durante la transición del siglo XIX al XX (https://twitter.com/radnalco/status/1393018667797995527). Es un ejercicio de microhistoria regional en donde la narrativa literaria pretende acercarnos a las experiencias cotidianas de nuestros antepasados.

En los meses posteriores, también he trabajado con mi amiga abogada. Al respecto, me parece increíble que aunque no nos hemos visto físicamente se ha desarrollado una relación de camaradería, complicidad y cariño que ya se extiende por cerca de dos años y medio. Lo más importante es que esta relación laboral funciona para mí como un laboratorio en donde fortalezco mi capacidad de síntesis, de jerarquizar ideas, de crear estructuras y de afinar la lectura. Debo confesar, además que, contra todo prejuicio, he desarrollado un interés genuino por el derecho constitucional. Así corroboro que el aburrimiento es solo la elección de la indiferencia. Cuando miramos detalladamente una situación o una persona podemos encontrar una ruta de convergencia. El disfrute es, muchas veces, el resultado de una decisión.

En todo caso, lo que quiero decir es que he disfrutado acceder a la conceptualización jurídica y no solo filosófica de la libertad: en su terreno no bastan las especulaciones y los juegos retóricos, sino que nos lleva al filo de la ética y de la acción. Y, así el derecho me lleva a otras actividades como el baile o hacer el amor, porque aunque a primera vista parezca absurdo, son similares: te llevan a actuar sobre la marcha, a responder a la espontaneidad y es allí, en esa imposición de la acción en donde se conjuran las idealizaciones. Quién diría que la lógica jurídica puede beneficiar incluso la salud de nuestra propia intimidad.

Pero volvamos al tema central. Es evidente que esta relación laboral e intelectual con mi amiga me ha permitido aprender significativamente sobre los oficios y las experiencias del lenguaje: me expone a terminologías técnicas, me invita a concentrarme y, sobre todo, a promover la constancia en el hábito de la escritura y de la creación atenta. Todo lo anterior se complementa con mi trabajo cotidiano en el centro editorial de la universidad. Este lugar ha sido la matriz de mi vida adulta reciente y, por supuesto, le debo gran parte de mis aprendizajes sobre escritura y edición, que equivale a decir sobre mi ejercicio diario de expresión e interpretación. Además, desde la llegada de Manuel Bernardo, el espíritu del equipo se ha tornado más creativo y estimulante, pues con él parece que quisiéramos y pudiéramos buscar lo que sí se nos ha perdido: la edad adolescente de las cosas, incluso en el lugar menos esperado pero quizá más deseable como es el trabajo.

Gracias a él se percibe un entusiasmo juvenil que, en lo particular, me ha llevado a diversificar mis actividades alrededor del lenguaje: antes me dedicaba esencialmente a leer y a ser comentarista, pero hoy asumo un papel más creativo al redactar piezas de difusión, infografías, guiones para radio y video e incluso participar como presentadora, lo cual me empujado a una inesperada dimensión de oralidad y corporalidad activa. Adicionalmente, la interacción habitual con distintos y nuevos compañeros y directores, así como el uso de las videollamadas, también han supuesto un aprendizaje de las formas no verbales de comunicación y de comprender la sutil urdimbre que hila el equilibrio de las relaciones sociales.

Ahora bien, hablo de todo esto porque es inevitable que, tras seis años de trabajo en la universidad y de observar la frondosidad que ha adquirido el árbol que sembré de forma autónoma, haga un balance de lo que ha sido mi vida "adulta" y de cuáles son las variables más significativas en su formación. No podría pensar todos estos momentos sin mi relación con el lenguaje y, particularmente, con la palabra. Cuando entré a estudiar Historia no tenía claridad —ni siquiera imaginada— sobre mi futuro y sobre ese fantasma que socialmente se llama "futuro profesional". Lo único que me importó en ese momento es que el lenguaje era visto por la historiografía como una forma de autocomprensión, y eso significaba que estaba abierto a la sensibilidad y a la imaginación aun cuando debiera convivir con los soportes de la realidad. Esta mirada del lenguaje concordaba con mi inclinación reflexiva y curiosa frente a las posibilidades de la inventiva verbal. Debo, así a mi adolescencia esta perplejidad y el llamado de nuestra naturaleza lingüística como la confirmación de mi propia vocación.

No obstante, reconozco que este apasionamiento por la palabra tiene, para mí, raíces más antiguas. Recientemente escuché frases o referencias sobre la relación especial entre maternidad y lenguaje, y por extensión con la música. Una de ellas es el concepto de maternés una forma de lenguaje propia de los cuidadores con los bebés, y cuya característica principal es que los tonos se exageran, las palabras se alargan, las frases adquieren una musicalidad singular. Esto sucede porque su función no es cognitiva sino emocional o, más bien, se considera la potencia emotiva como la base de un robustecimiento cognitivo futuro. De esta manera el bebé se interesa por la comunicación y así se comprueba una vez más la innegable voluntad social del lenguaje humano. El maternés, tiene palabras y no simples gorjeos, pero su objetivo más que gramatical es comunicativo: quiere transmitirnos la confianza necesaria para atrevernos a escuchar y ser escuchados.

Otro aspecto que me resulta llamativo es la importancia de la musicalidad como base de este "dialecto": sin ritmo no hay conexión, sin conexión no hay comunicación y, en el fondo, el ritmo, es una forma de la narrativa, los intervalos de sonidos arman relatos y nos cuentan historias. Dice uno de los personajes de Desierto Sonoro que "[su] hija había tartamudeado durante un año, hasta el punto de que no lograba comunicarse […] Pero recientemente había descubierto que, si cantaba una frase en lugar de decirla, le salía sin tartamudeos". Estoy convencida de que esa inmanencia musical estuvo presente en mis largos años de convivencia infantil con mi madre. Como disposición inconsciente, como pedagogía emocional, siempre sentí cercana y cálida su comunicación. Hija de un músico, mi mamá siempre ha cantado aficionadamente en mi presencia. Por eso siento que, entre su maternés y su canto, se desarrolló en mí una sensibilidad destinada al gusto dominante por las narrativas: los relatos constituidos por ritmo y palabra.

Por otro lado, también hubo una pedagogía consciente y racional alrededor de la lectoescritura. Fue mi mamá quien me enseñó a leer y a escribir. Entonces recuerdo aquí la expresión "lengua materna" y que tanto por razones evolutivas como culturales, las mujeres al vincularse con actividades más sedentarias y colectivas desarrollaron una relación muy activa con el diálogo y con la comunicación. No es gratuito que ellas cuiden a los bebés y les enseñen a hablar; que le den a la humanidad todas las vidas: la existencia por el parto biológico y el lenguaje en el parto cultural. En ese sentido, Desierto Sonoro me ofreció una frase-aguijón: "Nuestras madres nos enseñan a hablar y el mundo a callarnos la boca". Considero que en mi caso la anulación denunciada no ha ocurrido y antes se ha multiplicado el alcance de esa semilla materna.

Mi madre decidió ser ama de casa para acompañarme y cuidarme. Siempre hemos tenido una relación comunicativa muy cercana. Por una afortunada combinación de estímulos externos y de curiosidad interna, de forma espontánea quise aprender a leer a los 4 años, mucho antes de entrar al prescolar. Fue mi decisión y ella la respaldó. Dedicó varias de sus tardes a enseñarme a juntar palabras con los métodos indicados por la cartilla de lectura. Ella nunca me obligó, solo estaba respondiendo a mi entusiasmo. Me cuenta que todo el tiempo yo estaba con el librito en la mano; que hasta incluso llegué a dormir con él, y que era muy insistente para continuar cada día con las lecciones domésticas. Mi madre me dio la palabra, pero nadie me ha callado —quizá solo mi autosabotaje juvenil—. Mi madre me enseñó a hablar y por ello es que el mundo me escucha y yo a él.

Visto en retrospectiva siento que la palabra es mi destino. Que no es coincidencia este circuito de relaciones maternales y lingüísticas: a través de ellas se me da la historia del presente y la canción del futuro. Por lo tanto, más que el colegio, más que la universidad, más que cualquier técnica fue esta "alegría de leer" compartida con mi madre la insospechada siembra de un destino. Hoy mi vocación, afectividad y trabajo existen gracias a la cualidad creativa y performativa de la palabra. En el camino he procurado otras expresiones: las imágenes y la arquitectura, por ejemplo. Debo reconocer que el gusto por componer, cartografiar y clasificar —verbos del archivero, que es otro nombre del curador— lo asocio con mi padre, a quien debo el entusiasmo temprano y también intuitivo por la fotografía como recurso de memoria y, en el fondo, como otra expresión del "historiar", de reconocer las ficciones que nos activan. Esto equivale a decir que él me enseñó a mapear, esa "manera de visibilizar lo que generalmente está oculto".

Tanto mi madre como mi padre me brindaron en los años decisivos de la sensibilidad infantil los mares por los que navegarían mi pensamiento e inquietud: fotografía y escritura. Sin embargo, es la palabra aquel mástil sobre al que he llevado con frecuencia mis preguntas más urgentes: bien en la tranquilidad de la contemplación o bien durante la agitación de las tormentas. A ella me he asido para sobrevivir, primero, en la incertidumbre del inicio y, ahora, para vivir en el misterio de un camino que es al mismo tiempo ruta y puerto. Con el barco del lenguaje he aprendido que no hay más Ítaca que el recorrido.

Sin embargo, hubo un momento en que reposé sobre la tierra oscura y aprendí sobre la necesidad de las raíces, porque ellas tienen que ver más con la aceptación del cambio que con aferrarse a ataduras. Puede sonar exagerado decir que el oficio y alegría primeros que me enseñó mi madre es lo que hoy me da el pan —una prolongación de la primera lactancia—, pero es cierto que la lectura y la escritura son los verbos que alimentan mi cotidianidad en el presente y con los que, incluso, pertrecho mi deseo. Así que no me resulta descabellado pensar en el protagonismo actual y futuro de mi niñez, porque no se trata de una nostalgia exaltada, sino de un reconocimiento a la luz del pasado: es el recurso a la infancia lo que nos salva de la civilización para salvar a la civilización. Y, por eso, considero que cuando nos sentimos perdidos basta con observar esa niñez nuevamente: no se trata de regresar, sino de retomar. Hay allí una sutil diferencia porque nos vamos hacia atrás sin adjetivos para regresar al presente con verbos. Con esos que nos dieron la vida después de haber nacido.

Me parece que así resueno con lo que dice la poeta Louise Glück y es que "miramos el mundo una sola vez, en la infancia, el resto es memoria". Para mí esto no es sinónimo de resignación o de repetición, sino que contamos con una fuente clara para lavarnos los ojos cuando estén agotados y así mirar con nitidez los nuevos paisajes. A los 5 años leía y escribía y a los 29 leo y escribo: como ven, hago lo mismo pero de forma diferente. Y así cada día. De eso se trata la vida, es allí donde reside la novedad: no en la trampa de la originalidad sino en la variedad de la interpretación. Eso es lo que me ha enseñado y me ha permitido esta pedagogía afectiva de la palabra: llegó a través de una mujer como lengua materna para recrearse en mí como lenguaje universal.

lunes, 24 de mayo de 2021

Génesis 15: de hijos como estrellas a hijos de puta

The rules of paradise are never nice / The best laid plans of Mice and Men are never right / I'm just a Vagabond with Flowers for Algernon / An Average Joe who knows what the fuck is going on / It's the hope of my thoughts that I travel upon / Fly like an arrow of God until I'm gone - Nujabes, Feather

En la revista de Historia edité recientemente un artículo que estudia las representaciones estigmatizadas que surgieron en Buenos Aires alrededor de la sífilis y del SIDA entre 1930 y 1990. En este fenómeno ha tenido un rol protagónico la eugenesia, una palabra que etimológicamente significa algo como "el parentesco del buen origen" y que en la práctica se manifiesta como una aproximación biologicista a la herencia para el "perfeccionamiento de la especie humana". Es decir, se cree que es posible controlar nuestra naturaleza para satisfacer la moralización de un proceso tan flexible, enigmático y hasta cierto punto, salvaje, como la genética. De esta manera se da una actualización de la consiga colonial "vidas privadas, pecados públicos", según la cual lo que pasa de puertas para afuera es consecuencia de lo que pasa de puertas para adentro. Con temor, ciertos agentes del poder (antes religiosos y luego políticos) han creído que el éxito de la sociedad depende exclusivamente y de manera directamente proporcional del comportamiento en las vidas íntimas. La eugenesia se ha convertido, así, en una cruzada del silencio para callar los gemidos en las alcobas, para bloquear las rutas del placer que sigue el impulso de esos genes que, ajenos a estas restricciones, se abren a la vida por cualquier grieta del cuerpo, del prejuicio y de la ley.

"El buen origen" se toma como la única garantía de una sociedad saludable —no degenerada por la enfermedad, la locura o la violencia, por ejemplo— y esto significa que la sexualidad, origen del origen, debe ser regulada por principios ajenos a los individuos para asegurar que primen "los mejores genes". El sexo en este contexto no es sinónimo de simple reproducción sino de paternidad y maternidad, entendidos como conceptos legales (patrimonio y matrimonio) que por ser instrumentos de control evitan esa temida degeneración. El correlato de esta premisa es la condena de la prostitución y de la homosexualidad, ya que son prácticas disidentes que dibujan formas libres al margen. Y, sin embargo, en una conveniente acomodación de la ley, la prostitución se ha convertido en "un mal necesario" pues como decían las autoridades bonaerenses hacia 1950, es preferible el "inevitable" desfogue masculino en la prostituta que su estancia en una "castidad excesiva", sinónimo de masturbación, un pecado tremendamente ofensivo con el dios que prometió al envejecido Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo (Génesis 15:4-7). Aquí se revela esa repetida contradicción de idealizar la concepción y de proscribir la semilla desperdiciada, para luego criminalizar y censurar a la creatura que no cumpla con los estándares del programa.

Así, de hijos de las estrellas o hijos como estrellas pasamos a ser hijos de puta. Y este es el punto al que quería llegar: llama mi atención que la mayoría de insultos en el mundo y particularmente en Latinoamérica, con su singular cosecha antioqueña, tienen que ver con el nivel de desviación en el origen o comportamiento del insultado: ¿no es, acaso, el sustrato de estas palabras una penalización de la sexualidad basada en una interpretación autoritaria, reprimida, represiva y punitiva de la cultura? Es el patriarca, el Abraham moderno, el padre más fecundo, quien llama puta a la mujer que asume su sexualidad; malparido, a los hijos de las putas; maricas a los hombres que deciden amarse entre ellos; y gonorrea a los hijos y compañeros que le decepcionan, que son un desperdicio y que estorban tanto como una pústula.

Nos creímos el cuento de que nuestro origen nos determina y sobre todo que en su jerarquización unos genes son buenos y otros no, o en otras palabras, que unos humanos son más valiosos que otros por la manera en que se formó y nació su cuerpo, por los padres que tienen o la sexualidad que ejercen. Este tipo de insultos se han naturalizado y en muchos casos son una respuesta automática, pero también ha habido momentos recientes en los que atentos a la cualidad performativa del lenguaje se ha cuestionado su uso y de repente el sentido se ha vaciado para renovarlo. Por ejemplo, cuando llaman hijos de puta a los congresistas, hemos observado el reclamo de las putas a ser respetadas ya que su dignidad es igual a la de cualquier humano y por supuesto, superior a la de ladrones de cuello blanco. Por otro lado, nunca he entendido por qué en Bogotá se llama gonorrea a algo agradable, pero también resulta significativo para entender que se le puede quitar el poder a este tipo de insultos y revelar la violencia elitista, patriarcal y clasista que sin darnos cuenta siempre ha representado.

Quiero aclarar que estas reflexiones no son una renuncia al insulto. No se trata de cambiar una imposición por otra. De hecho, me parece necesario recurrir a él porque los conflictos y su expresión son realidades humanas cuya manifestación es saludable. Pero la ruta del cinismo, el sarcasmo y la ironía, por ejemplo, dan prioridad al juego del ingenio y del lenguaje en el que las ideas en contexto son el lugar donde se libra esa tensión. Así, le quitamos protagonismo a los insultos arbitrariamente fundados en el prejuicio y en el juicio contra las personas y factores que, a diferencia de sus ideas, no pueden controlar como su biología, su familia o su origen.

En el fondo, este cuestionamiento a los insultos icónicos de nuestra modernidad occidental es, ante todo, una defensa, un llamado al placer y a la fraternidad. Mi malestar con aquellos proviene de que esa neurosis sobre el origen, en la cual se han formado, es un sacrificio del placer en nombre del deber. Es una censura a las prácticas cuyos placeres desbordan las expectativas de abstractos lineamientos como el "perfeccionamiento de la especie". Sacrificio del placer personal por un deber social. Por lo tanto, la crítica a ellos es también el anhelo de reconciliación universal con la vida placentera, con la sinuosa variedad y recorridos que nos regala la biología a través de la sexualidad que tan diversas formas ofrece adentro, en los genes —en las infinitas combinaciones del ADN— como afuera en las variadas y válidas modalidades de mezclarnos con el otro. Así dejamos de sometemos al padre que castiga y califica nuestro origen y luego nuestras decisiones, y pasamos a la hermandad, en donde, como pares, identificamos todos los mestizajes como un sano destino, como el hogar de la especie. El deber y el control son insuficientes y peligrosos. El perfeccionamiento es la trampa. La sensualidad es ruta de claridad. Tal vez solo quiero recordar que el verdadero insulto es que hayamos olvidado que lo esencial de la vida es juzgar menos, disfrutar siempre el encuentro.

sábado, 17 de abril de 2021

Futuro pasado: los niños que (no) fuimos

 

Desierto Sonoro de Valeria Luiselli es un libro inteligente, duro y conmovedor; es revelador, aterrador, honesto y de una belleza cruda en donde conviven el asombro y el estupor. El rigor del archivista se mezcla con la precisa sabiduría infantil y con la inquietud sensible de una mujer documentalista que no sucumbe ante el cinismo, aunque sepa que sus ecos no alcancen muchos oídos, ni puedan salvar vidas; o, por lo menos, sepa que no pueden arrebatar mejillas rendidas a las arenas de Arizona, aunque sí, tal vez, a las arenas del olvido, que sería otra forma de restituir la vida. La historia —con minúscula y un ímplicto plural— como una nueva madre y la narración como el renacimiento de los pequeños pies reventados por la extinción y el abandono.

Este libro contiene y expande la impotencia maternal de una mujer que ve, siente, investiga, piensa y escribe un doloroso testimonio estético y político de una Historia plagada de eufemismos para ocultar la ignominia de su violencia. En el país (Estados Unidos, pero podría ser cualquiera) caben muchos pero casi no hay (no se permite a) nadie: forzoso desierto donde desaparecen (son expulsados) los niños perdidos de la diáspora centroamericana. 

Como si en verdad fueran tragados por la selva y luego borrados por la arena, los niños se convierten en fantasmas devorados por la “bestia” que atraviesa el continente en un descenso infernal a la nada, que los disuelve en el anonimato de una muerte en el corazón de la luz; esa que ilumina a todos pero no salva a nadie. 

En este camino amortajado se insinúa, sin embargo, una esperanza: que el mapa dibujado por otro niño de 10 años, perdido interiormente y transformado por la fantasmagoría nostálgica e incierta de su familia rota, y que en su extravío se convirtió en testigo impotente a la par que narrador decidido de los ecos del tiempo, sea la invitación a la redención de la injusticia —de la vulnerabilidad violentada— en el futuro pasado.

martes, 30 de marzo de 2021

Buenos Aires (Hong Kong): un tango universal para todas las soledades

 

I have been in you, baby / And you have been in me / And we have be so intimately entwined / And it sure was fine - I Have Been In You, Frank Zappa (Happy Together 春光乍洩 OST)

Finale (Tango Apasionado) - Astor Piazzolla (Happy Together 春光乍洩 OST)

El reencuentro con el cine de Wong Kar-Wai (Shanghái, 1958) ha sido particularmente significativo. Su forma de narrar se desliza suavemente con la delicadeza que logra su tratamiento de la luz y del color, el cual privilegia la penumbra como nombrando el tenue rebote de alguna ausencia; los lugares que nos presenta casi siempre son ruinosos, quiero decir, tienen la vida de muchas vidas y, sin embargo, siempre adquieren el brillo de la elegancia, una dignidad visual que incluso nos acerca al efecto de imágenes que ahora gozan del favor de los museos. Sin duda, estos escenarios puestos en otra mirada se quedarían al nivel de la pornomiseria y su amarillismo sólo habría prolongado la falsa conciencia de un estéril onanismo moral.

No obstante, Kar-Wai sortea esta trampa con sofisticación y esto es porque se conecta con lo que, para mí, caracteriza a la voluntad creadora: comunicar —y no solo expresar—, restituir con un estilo propio la fraternidad humana o sea el destino: amor y mortalidad. El artista, heredero de Penélope, hila y deshila los tejidos —de fibra muscular, vegetal y verbal— de la vulnerabilidad. La materia del arte —de la pasión, del asombro, de la fractura— es la relación activa, corporal y corpórea establecida con la fragilidad o, en otras palabras, con la herida, a manera de ombligo —porque el ombligo del vientre nos advierte ya que la vida comienza en cicatriz—, infligida por el tiempo.

Son las consecuencias de esta agresión aquellas que interesan a Wong Kar-Wai al acercarse a los espacios que no son más que vehículos para el destino (el deseo) de sus personajes. El deseo (el amor) es un lugar y es un lugar liminal y móvil —un cuarto de pensión, un bar, una carretera, la estación del tren, unas cataratas— que separa y nos separa por un instante de dos tiempos que son todo el tiempo: la soledad y la nostalgia.

En una entrevista reciente entre Sanín y Zuluaga escuché que el “deseo es lo que nos espera y a lo cual le damos vueltas. Es nuestro destino”. Idea que se complementó con otra según la cual “el deseo es querer el destino del otro, imaginar que tenemos su destino; querer es querer el misterio de la vida del otro”. Esta especie de mímesis y casi sustitución del yo por el objeto deseado quedó especialmente manifestada en la silenciosa y evasiva pero obsesiva colonización del apartamento del policía 663 por parte de Faye (Chungking Express, 1994). Aquí, ese darle vueltas, dar el rodeo a la soledad se da a través de una particular forma de violencia, porque hay tiranía y hambre de poseer; pero el desvarío se suaviza hasta alcanzar el tono del sueño, ya que no se precisa del cuerpo del otro para abrasarlo, sino aquello que lo contiene, su lugar. En ausencia de límites físicos —un cuerpo— el contenedor de la imaginación libera todo su contenido y aquí lo hace con una inocencia que invita a la complicidad pero luego, también, a la perplejidad: aunque parezca que siempre estamos en un eterno soliloquio, otros y no sólo mis otros nos habitan —y no como metáfora—. Hay una alteridad que no sospechamos y que quizá es la más decisiva para ser cuando más solos nos permitimos estar. 

En todo caso, lo que Wong Kar-Wai quiere mostrar de sus personajes es que estos siempre se sienten profundamente solos —y, por tanto, infelices— y es el deseo aquello que pone en marcha un movimiento entusiasta que, sin embargo, es un rodeo —“darle vueltas al destino”— para retornar a la soledad. Pero esta soledad que ha sido per-turbada —y no solamente mas-turbada— no vuelve a ser igual luego del corto-circuito: estará iluminada con la luz moribunda de la nostalgia: interloución ausente de un contacto que rozó las esquinas del tiempo y le dio al solipsismo el atuendo de la caricia.

Happy Together (1997) es la película en la que, para mí, Wong Kar-Wai ha mostrado con poderosa nitidez audiovisual —el blanco y negro, a continuación el predominio del ocre, la fuerza de la cataratas de Iguazú con Piazzolla como caída— que incluso cuando el deseo se consuma —es decir, cuando no es platónico, cuando no se solapa en la cobardía— o quizá por ello, el impacto íntimo de ese encuentro es intenso, es visceral, es agresivo —como las cataratas que querían visitar los protagonistas— pero también devocional; es una oración a la autodestrucción en la que el amante más solitario pide a su dios interior librarlo del amor. En la película se muestra a una pareja de hombres hongkoneses, ya de por sí desorientados en su ciudad natal, y que por una lámpara que traía las cataratas de Iguazú deciden viajar a Buenos Aires, a más de 18 000 km de su lugar de origen para visitarlas y reiniciar una relación tormentosa de continuas rupturas y reconciliaciones. Nuevamente, rodeos, rodeos acompañados alrededor de la soledad.

Uno de los personajes dice que Argentina es exactamente el reverso de Hong Kong que es su espejo al otro lado del mundo. Aunque inicialmente el exilio pueda tomarse como un recurso para resaltar la sensación de alienación —porque es cierto que Lai Yiu‑fai sufrió en Argentina un doble exilio: expulsado por su amado Ho Po‑Wing y expulsado de su amada Hong Kong— lo cierto es que hay un equilibrio en la representación de ambas ciudades e incluso similitudes entre el cuarto de la pareja en Buenos Aires y el dormitorio en Arlés de Van Gogh. Por tales razones queda el sentimiento de que esa soledad es un estado interior, universal y constitutivo de nuestra humanidad, sea en el lugar y en el tiempo que sea. Es una realidad introspectiva porque nosotros mismos somos el viaje aunque estemos en el "bar sur", en una habitación de la ruralidad francesa o en un mercado chino.

Hay también dos características universalmente humanas que Wong Kar-Wai ilustra con dolorosa exactitud en esta pareja: el trágico magnetismo entre la piedad (Lai Yiu‑fai) y el egoísmo (Ho Po‑Wing). Cómo olvidar esa escena en la que Ho Po‑Wing después de haber hecho por enésima vez un desplante a Lai Yiu-fai retornó una noche con el cuerpo destrozado y Lai lo abrazó con devoción y cuidado, con una compasión infinita que, efectivamente, me recordó a la Pietà de Miguel Ángel. Esa tensión entre la entrega sin reciprocidad define el conflicto, el declive y la muerte del romance entre Lai y Ho. Sin embargo, para mí esta película —aunque parece hacer ironía con el título (Happy Together) por el daño que el deseo contaminado supone a sus protagonistas— presenta un momento decisivo donde aparece el haz de luz sobre la soledad propia y no hablo de una mera metáfora sino de una imagen donde la cámara enfoca el sol de frente y nos obnubila, haciéndonos despertar —como al protagonista— mientras en el resto del fotograma lo único que ocurre es un partido de fútbol de inmigrantes chinos en Buenos Aires.

En su trabajo en el restaurante Lai conoció a Chang un inmigrante taiwanés que quiso hacer un viaje de autodescubrimiento y cuyo objetivo antes de regresar a Taipéi era visitar el último faro al sur de Suramérica. En este escenario, Chang aparece ante Lai como la redención del deseo y de la culpa por las traiciones personales que su deformación justificó; también por la persistencia en la memoria del amado que ya no era más amante. Mas esta vez la relación no se manifiesta como un des-encuentro romántico sino como una amistad apacible en donde se llama la atención hacia un sentido hasta ahora minimizado: la escucha. El romance de Lai y Ho a la par que fue incisivamente visual, lábil y lúbrico también fue ruidoso; su comportamiento era un continuo grito —e incluso con golpes físicos— del cual solo podía surgir la incomprensión y el dolor.

Por el contrario, Chang expresó que no le gustaban las fotos, que si se trataba de dejar registro prefería grabar la voz: “Con los oídos se ve mejor. Puedes pretender verte feliz pero la voz dice la verdad”. El taiwanés le dice a Lai que grabe lo que quiera que salga de su corazón y que él lo liberaría cuando fuera al faro. Lai se queda solo un momento —al fondo del bar se lee la palabra “amigos”— y entonces acerca a su cara la grabadora que le dejó Chang: Lai solamente llora sin dramatismo pero dejando toda su frustración en un hondo silencio. Luego, el abrazo. El faro. El retorno de ambos a sus ciudades de origen.  


Lai dio el rodeo a su soledad viajando a las antípodas de su universo —Buenos Aires, Hong Kong— para desanudar su deseo herido en Ho. La fragilidad tiene que ver con el tiempo, que a veces parece quieto y a veces nos conmociona con velocidad cuántica. Pero en últimas, es la decisión de la vulnerabilidad —de dejar que el tiempo actúe—, de permitir que el hacha atraviese y luego deje cicatrizar, lo que transforma. El tiempo como el amor nos desnudan, nos desanudan, que quiere decir que nos transforma; el amor definitivo es la amistad. 


Después de esta experiencia, Lai vio solo las cataratas y regresó a Hong Kong, que equivale a decir que renunció a su exilio interior, a esa estancia en una tristeza cómoda por familiar pero no por ello menos desastrosa. Diría que el Together del título, por qué no, hace referencia a una reunión con uno mismo; uno mismo que son muchas voces; voces antes perdidas por los gritos propios y ajenos de un deseo atrofiado en las trampas del egoísmo. La reconciliación con el tiempo, la convivencia con la mortalidad —caducidad— a la que este nos somete y, por tanto, la vitalidad que en esa consciencia reclama tiene la forma de una esperanza en rizoma y de confiar en la luz liviana que abren los amigos para recordar que no estamos solos aunque estemos solos y que si queremos estarlo las re-sonancias —lo que vemos cuando escuchamos— permanecerán sin que tengan que estar.