Light reflects from your shadow / It is more than I thought could exist / You move through the room / Like breathing was easy / And everyday / I am learning about you / The things that no one else sees / And with words unspoken / A silent devotion / I know you know what I mean / And the end is unknown / But I think I'm ready / As long as you're with me
Soy una aficionada de la semiótica. Me encanta
observar y descifrar signos, es decir, interpretar. Tal vez de ahí se derivó mi
pasión infantil por la lectura. Tal vez también fue lo que propició mi interés
por las emociones: descifrar las intenciones o intereses de mis padres, de mis
profesores, de mis amistades. Probablemente de esa pasión vino, finalmente, mi
afinidad con la historia, un ejercicio de huellas y voces donde no hay última
palabra, porque como dice un refrán: "La historia es hija de su tiempo".
Esto quiere decir que siempre podemos imaginar no solo el futuro, sino también
un pasado diferente. En resumen la historia me enseñó que siempre podemos
imaginar.
Ahora bien, de tanto atender a los signos, de
tanto exponerme a los misterios de la comunicación me he convencido de que la
intuición no es más que una semiótica automática, una impresión que por su
inercia la confundimos por espontánea, por ahistórica —como un chispazo de
entendimiento venido de la nada—. Lo mismo me sucede con el concepto de magia:
pensamos que es un acontecimiento sobrenatural, un asunto de brujas, espíritus,
milagros. ¿Pero cuál es la esencia de lo mágico? es el hecho de que hay una
transformación de la realidad a partir de un enunciado. Por tanto para mí la magia
ha llegado a equipararse con la natural capacidad performativa del lenguaje.
Decir es hacer. Es el sentido del hechizo, del spell: el pensamiento es
ya verbo hecho carne.
Pero estas consideraciones no son mi tema
principal. Menciono la intuición y la magia porque a pesar de lo dicho, a veces
me gusta creer en que sí hay un componente sobrenatural o más bien extrahumano
en su ocurrencia. Quiero creer en que sí hay un diálogo con otras fuerzas que
confrontan nuestro limitado ego y que hay señales que no son proyecciones
propias, sino mensajes, signos de otros; signos otros. Hace poco me preguntaron
cuál era el primer paso de la creatividad. No recuerdo que balbuceé, pero mi
interlocutor no dudó en afirmar que era el desprendimiento, es decir, la renuncia
al paradigma. Es algo similar a lo que ocurre con las frutas maduras cuando se
desprenden, esto es, se diferencian del árbol que las concibió, separándose de
la rama para adquirir un nombre propio —diferente al del árbol de origen— y con
una existencia física totalmente individual y probablemente más dinámica.
Concedí la razón a mi interlocutor y medité sobre
mi experiencia. Entonces caí en cuenta de una omisión fundamental en el relato
de mi identidad. Siempre he pensado mi autorrepresentación en términos de
metáforas vegetales: semillas, tierra y raíces, pero con este cuestionamiento
me di cuenta de que nunca hablé de frutos para referirme a algún aspecto de mi
historia, aunque sí lo hice para referime a un otro, claramente diferenciado y
deseado por mí. Con estas nuevas herramientas pienso que esta fue una
manifestación de mi inconsciente, pues apelar al fruto implica reconocer una
separación, dicho de otra manera, el reconocimiento de un dolor.
También relacioné estas imágenes con mi obsesión
por la validación y la descompensación vivida entre los extremos del
borramiento y el lucimiento. Las raíces, subterráneas ni siquiera son visibles,
mientras que los frutos son lo más vistoso y deseado del árbol. Entiendo así
que la omisión deliberada de los frutos en mi discurso fue la manera de
expresar mi inseguridad creativa y de revelar el temor a los duelos.
¿Qué tienen que ver el desprendimiento, las
metáforas arbóreas y la aprensión a duelar con mis reflexiones iniciales sobre
la intuición y la magia? Con que recientemente me parece ver señales
inconfundibles, señales extrahumanas que me quieren aleccionar, más bien
confrontar mis paradigmas. Ellas me dicen que sí, que es necesario renunciar,
que va a doler y que es necesario atravesar ese dolor porque al final validaré
una diferencia que me permitirá descubrir mi propia textura y mi propio sabor.
El mensaje, el signo es el siguiente: de este desgarro madurarás fruta.
Quiero detenerme ahora en esos eventos
aparentemente triviales, pero a la vez significativos, es decir,
"mágicos" portadores de este mensaje. El primero fue que mi cámara
análoga —inicialmente de mi padre— fue deteriorándose desde abril de 2021.
Tercamente la sometí a varias reparaciones y ensayos, pero luego de hacer una
última prueba, con flash incluido, hace tres semanas acepté que se había
dañado. Las fotografías de ese concierto fueron su testamento: en otras
palabras, reconocí su muerte y asumí su tumba en el fondo del armario lejos de
los escenarios, de los miradores, del sol, de sus ojos, de su desnudez. Veo
claramente en la cámara uno de mis paradigmas, primero, porque alimentó mi afán
coleccionista —fotomemoria— y, segundo, porque hice depender de ella mi vínculo
con alguien especial. En medio del trauma —de la resistencia— incurrí en el
error y el mal gusto de sostener un guion rígido en donde tomé la parte como si
fuera el todo, como si no pudiera colorear fuera de la línea, como si no hubiera
más encuadres para componer otras y mejores escenas. Me resistí, me asusté,
como ha sido hasta ahora, ante la improvisación. Por eso digo que lo ocurrido
con la cámara es una señal mágica: los anillos de los lentes se desprendieron, de
pronto, sin un golpe, sin una caída, sin una razón de peso y desde
entonces hasta hoy me vi obligada a aceptar ese duelo: la Olympus no funcionará
más.
El segundo evento fue con un objeto
explícitamente relacionado con la memoria y, por eso mismo, paradigmático. Me
refiero al disco duro externo de una tera que había comprado en febrero de 2021
principalmente con la intención de tener fuera de mi cotidianidad los registros
relacionados con aquella persona. Como si presintiera o me hubiera comprometido
con cumplir esta profecía guardé todo en ese disco: no quedó ningún respaldo en
la nube ni en otro sistema. Sabía que este dispositivo era muy delicado y lo
cuidé con atención hasta mediados de noviembre. Ese día justo después de vivir
una amarga experiencia tuve un "olvido" y lo dejé caer. Desde ese día
no pude acceder a los archivos y mi tío, que es técnico informático, no ha
logrado extraer la información.
En definitiva, a la fecha asumo que he perdido lo
que había allí: toda una labor de curaduría y de narrativa coleccionista en la
que revivía una y otra vez un guion averiado, fantasmal que por supuesto
enfermó mi presente, pero cuyas consecuencias no quería aceptar. Verme
desprendida de tajo, sin anestesia de esta información me generó dolores de
cabeza, pero, insisto fue otra señal "mágica", porque fue la única y
mortal caída que tuvo el disco y la cual llevó a la des-aparición de un
símbolo en el que se juega no sólo la renuncia a mi ansiosa y estéril
inclinación coleccionista, sino, sobre todo, mi duelo alrededor del deseo, del
deseado.
Por eso me gusta creer que esos signos
de desintegración física en una cámara y un disco son producto de algo más, de un
mensaje-otro —otro que no sé nombrar pero que no es mi ego— que me dice:
"Asimila el dolor de renunciar a la memoria porque perder no signfica que
te conviertas en perdedor". No todos los triunfos son éxitos y también se gana
cuando perdemos. Ahora mismo estoy en la frontera de ganar el sabor de mi propio
jam, de asumir la invitación a la vida nueva [la dantesca Vita nuova]
donde no importarán los guiones —cámaras, memorias, discos [rayados], conceptos, falsa racionalización, caprichos
ajenos— sino la interpretación, el fruto liberado, de mi íntima convicción en
renovado presente.