sábado, 31 de agosto de 2019

Columpio en la multitud



Don Juan: animal desesperado y convencional. Sometido a la tiranía de la biología. Habitas en las redes de Internet y en la lujuria de tu cotidianidad. Me gustaría mirarte con mayor compasión, pero a la larga yo también me contamino. Los celos son inevitables no por las demás, sino por tu mirada vulgarmente diletante.

Bufón: personajillo teatrero y burlón. Te deslizas con tus pasos de bailarín para aligerar el peso de la confrontación. La risa es tu escenario y en ella deshaces las buenas intenciones de la idealista seducida por la exageración de tus gestos. Habitas en el teatro, en la tarima de un auditorio alimentado por espectadores cómplices, que aplauden y tuercen la comisura izquierda de sus labios para aprobar tus disparates.
 
The Pretender: adolescente mezquino y encandilado por el brillo dorado de una corta fama otorgada por este estrecho valle. La música deja de ser placer propio, compromiso, libertad de la autoexigencia para ser exhibición de un plumaje minuciosamente diseñado. Máscara perfecta para excusar la anulación de la empatía y justificar la crueldad de tu desprecio por quienes no alcanzan esa línea imaginaria trazada por ti para definir el poder de la ostentación. El escenario es tu vía de escape. Te escabulles al fondo de altas luces para ocultarte de las intenciones honestas que te circundan. ¿Te costaba mucho despedirte? Tu desidia me duele y se convierte en el espejo que exacerba todas mis inseguridades

JLainS: niño esquivo y abrumado por el exceso de posibilidades a las que nos condena Internet. Especialmente la posibilidad de evadir. Cuerpo débil, evitas con mil excusas la materia que te confronta y te empuja al cielo abierto, al peso y el contacto de la tierra. Habitas tu cuarto de máquinas como una deidad cyborg satisfecha en el vértigo de un simulacro pornográfico en el que la vida claudica. Ah, y los likes como forma pasiva de expresar una presencia fantasmagórica que se resiste a desaparecer. El valor y la caducidad reducidos y determinados por un algoritmo. Esto es suficiente, te regodeas en el confort virtual, allí puedes saltar (arlequín) y soltar con tus sones insomnes y cínicos sin apreciar la fragilidad del otro (sin decidir, porque decidir implica sostener).   

The Gardener: paciente jardinero de la sensibilidad. Despierto desde temprano, no le cuesta la mañana porque es mezcla entre ese anciano desgastado que creíste ser en tu juventud con el hombre atemperado y correcto que a veces puede ser y que está embriagado de inspiración por la potencia silenciosa de la creación. Abraza la semilla para salvar al animal con el florecimiento mágico del arte, labor-amatorio sagrado, riguroso y conmovedor. El idealista que ha dejado de lado la queja, la culpa y la vergüenza. Ave de alto vuelo en el que la vida sucede como plenitud de todos los verbos con que se puede devenir con dignidad mística y esencial en esta roca de fuego. Te nombro brisa de primavera porque te siento fresco y fecundo. Habitas tu cuarto con hoja en blanco, lápiz en mano, cuerdas y maderas, cuyas pulsaciones alineas en tu horizonte con esa preciosa vista del suroccidente de Medellín. También eres respetuoso visitante de los montes y los rincones silenciosos de este valle que te han hablado en el momento oportuno. Observador de mirada diáfana y corazón atento. Tu fulgor es genuino y bello, se obsesiona por manifestarse y esa manifestación no puede menos que arrobarme. Cultivas con cuidado una raíz que se expande en la tierra y hacia el cielo. 

Ave de Jazmín: Amante amado. Joven de voz clara, vulnerabilidades expuestas y asumidas con la naturalidad que otorga la charla tranquila en una banca que mira hacia las luces de la ciudad. Eres el anfitrión de la montaña mágica, allí donde termina la ciudad que nos expulsa e inicia la ciudad que me abraza a través del bosque. Paraíso de columpios para niñas de 27 donde sopla el viento con olor a jazmín, divago sobre las formas de las nubes y puedo escapar del ruido mientras escucho tus impresiones y experiencias. Fuiste y me hiciste caricia viva. Tu beso fue un bautizo para renacer de un episodio autodestructivo. Habitas en mi abrasivo e insistente deseo de pasear mis dedos por tu cabello y por tu brazo, de recorrer el parque mientras al tiempo mapeo tu cuello con besos. Ave de canto sublime que luego me invita a su nido para elevarme con una delicada celebración del éxtasis. Mi inspiración alcanza los umbrales del delirio y sólo quisiera que ese fragmento de eternidad se prolongara hasta el hastío, que ambos con los ojos embriagados, siguiéramos hablando del olvido que logramos al saborear la piel del otro. Pero como la niebla o como el aroma de las flores, la magia se agota demasiado pronto para alguien tan genuinamente necesitada como yo. La repetición es impredescible y yo quedo pendulando como cuerda rota, mecida por los caprichos de una ave que vuela en su ciclo de contradicciones. Si supieras que cada que te veo tengo que esforzarme por controlar mi deseo de ser tu hecho de lujuria. Si supieras que te quiero. Amante, nunca te dije que te amo. Así como tampoco será esa noche que prometiste. 

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