Mi vida fue, hasta hace poco, fundamentalmente diurna. Cultivé fielmente y con rigor estados de vigilia y sobriedad depositados en largas y solitarias jornadas de escritura y lectura. Por alguna paranoia heredada veía la noche como sinómino de peligro (físico y psicológico). Pero la curiosidad y también la insinuación apabullante de los sentidos han desencadenado una fuerza cada vez más potente; fuerza que designa el origen actual de mis acciones. Lejos de una idea complaciente con la autoridad y el paternalismo, fui abrazando una versión noctámbula de la libertad suscitada por la cercanía de otros con quienes descubrí el apasionamiento de la voluntad y la tentación del caos. Desde entonces la noche ha sido sinónimo de éxtasis, embriaguez y conmoción generando así una condición constante de exceso, no tanto por la desmesura de la vivencia en su ocurrencia sino más bien por el largo estrecimiento de la piel y la perdurable ruptura de las ideas en la incandescencia de las emociones.
La noche me ha iluminado con la claridad de revelaciones esenciales: la alteración de la conciencia y la apertura del cuerpo. No preciso de sustancias externas para responder al llamado de ese camino mágico, aunque no niego que la nicotina, el tetrahidrocannabinol y el éter etílico han sido herramientas útiles para acelerar o bien las posibilidades de trastocamiento interno o bien la amplitud de la interacción con los demás. La fiesta es la ocasión perfecta para la comunión (comunicación y unión) definitiva: sólo existe lo que es, es decir, lo que vibra en la voz, en los pies, entre los dedos, entre las piernas. El ego se diluye dando paso a la mancha de un océano primigenio, manifestación violenta y danzarina, mas nunca maliciosa de una destrucción fecunda.
Pese a todo, mis noches favoritas no son las del egoísmo desdoblado bajo las festivas luces de neón. Mi éxtasis se concentra en las calmadas y silenciosas horas en donde el sol de medianoche realiza una callada pero frenética revolución del deseo. Así, la noche ganó el nombre de anhelo y el anhelo se convirtió en ambición de deshacer el saber y rehacer el cuerpo en la celebración de su salvaje y mística agitación. El problema es que aun estando en las sombras creo alcanzar la luz de una nueva madrugada. Siento que vuela sobre esa noche clara, un ave de jazmín que hunde su semilla para convertirse en raíz. Pero en las sombras las luces nos engañan y lo que tomamos por claro resulta ser pardo. Y así, el placer se torna desasosiego y el sol de mediodía me golpea con la ruptura del espejismo, dejándome desarmada en la soledad de un infinito desierto que hiere con bocados de arena a una garganta sedienta y necesitada del manantial ficticio que sólo emana del sol de medianoche.

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