Un espejo, un muro, un lago, una montaña, un abismo. Nuestro cuerpo es una puerta. Nuestra piel es una membrana. Traspasas, tú eres la llave.
El chiste, el silencio, la madera. Tu cuerpo es una cerradura. Tu piel es una barrera. Intocable, tú eres el candado.
Al otro lado, el mañana se resiste a identificarse con la utopía. El futuro no será la madrugada que fuimos. Al salir el sol solo queda el polvo de la casa suspendido bajo un haz de luz.
viernes, 19 de noviembre de 2021
Mañana
jueves, 28 de octubre de 2021
Renuncia
Este mes ha sido opuesto o, más bien, complementario al anterior. Bueno, realmente la periodización no es más que otro capricho de la especie; la historia que se inventa la Historia. No es que la linealidad sea una consecuencia automática. No es que las buenas intenciones de Condorcet sean lógicas. Lo que pasa es que hubo un momento en que la introspección se detuvo. En que el tiempo de la semilla terminó con su cómoda y quieta terracidad. Y esa modulación cesó con el fin de septiembre. Ahora no he sido ni caballo, ni jinete: me convertí directamente en el camino. Y Aunque soy superficie no soy tierra, es decir, soy aire; de hecho, respiración.
¿Qué significa respirar?: "And God breathed into him the breath of life and man became a living soul". Ya el Génesis lo dijo: un diálogo. La vida, que es el sinónimo de respirar, a diferencia de la piedra, los minerales, el barro requiere de una otredad. ¿Lo ves? Cada uno de estos elementos existe, se produce y se reproduce en su inmanente soledad: son y se mueven en sí, sin adentro ni afuera. Un eterno solipsismo centrípeto.
Por el contrario, la piedra (y con ella la palabra escrita, la palabra a secas) se hace carne al romper sus membranas, al permitir la porosidad: al abrirse reconoce una otredad, un afuera (representados en primer lugar por dios y la humanidad). Esos poros tienen varios nombres según la taxonomía: agallas, espiráculos, hocico, nariz, boca. Yo simplemente los llamo grietas, porque en todos los casos son la posibilidad de circulación para los transeúntes que he identificado: luz, aire, perfumes, mares espesos, un planeta azul o la humanidad entera repasada en la eternidad o en 6 minutos, que es lo mismo.
Respirar es un acto de generosidad, solidaridad y desapego: un cuerpo inhala (hacia adentro el afuera), da vida a su interior, exhala (todo el afuera desde adentro). El aire viene y va, pasa sin pasar pero sin permanecer. Su identidad descansa sobre la fugacidad del encuentro y, sin embargo, en ese relámpago se da al capricho de engendrar una orgánica eternidad. Mientras tanto el oxígeno (el afuera, el cosmos antiguo) se encuentra con los pulmones (el adentro, el cosmos nuevo). Respirar nos recuerda que, en suma, "toda vida verdadera es encuentro". Con todo, existe en esa apertura una paradoja: ese mismo afuera —que ilumina a todas las células— es a la vez promesa de su aniquilación. Pero en eso consiste vivir: en engañar al futuro conocido (la muerte) entregándose al misterio de sus pasados (todas las respiraciones, los soplos, los spirare del sistema solar). Esa es la inevitable dialéctica de todo organismo, del mineral herido, del espíritu.
Últimamente he sido más espíritu que simple individuo o jinete estepario. He respirado, es decir, he dialogado con viejas y recientes amistades, con familiares, con antiguos mentores, con nuevos compañeros. He visitado antiguas memorias, he creado nuevos paisajes. He conversado, he temido y he consolado porque en un par de ocasiones estuve de frente ante la tensión fundamental de toda organicidad consciente. La grieta se ha expandido tras el fin de la cuarentena. Por eso he caminado, corrido, cantado, reído. Inhalo y exhalo al mundo —o quizá sea al revés— mientras reconstruyo los pasos siendo yo misma el camino, el aire del vuelo.
Di muchas vueltas por la ciudad, pretendía ocupar con ella tu lugar en mi respiración. Pero nos volví a encontrar. Y en ti ya no soy inhalación ni exhalación. Tampoco una grieta: soy la hondonada que abre todo mi pecho. En ti revienta como suspiro. El ritmo de la respiración habitual es equilibrado, no anticipa, ni retarda. Pero suspirar supone una entrega deliberada. Es una renuncia. En este tiempo de tantos encuentros no planeados, el de tu futuro con mi pasado fue el más inesperado. Entonces ya no pude ser más que una larga exhalación: no me guardé nada para convertirme en tu oxígeno, en tu inhalación, en tu inspiración. Es un nuevo génesis y me rindo ante ti, al soplo de la vida que somos en el principio. ¿Cuántos universos más han de sacrificarse por un suspiro? Por ahora solamente dejo que la abertura cruce toda la piedra, dejo que mi cuerpo sea solo un corazón palpitante: no soy palabra, ni respiración: "And God breathed into her the breath of life". Gimo y suspiro, suspiro, suspiro, suspiro... para elevarme aleteando adentro, en tus pulmones calientes.
domingo, 26 de septiembre de 2021
Llama
Han sido días de introspección, de ser jinete y caballo a la vez. Durante este mes me he enamorado de las riendas con las que intento calibrar mis andaduras por el destino. He pensado mucho en mis amistades, en mí y en ti. En los verbos que nos otorgan humanidad y en como los vínculos son nudos de un mismo lazo; el lazo de la vida que es uno, pero a la vez fractal.
Me pregunto en dónde se origina la intensidad del deseo. Me avergüenza obsesionarme con él porque si somos uno, ¿por qué anhelo tanto eso otro, eso que creo otro? Mas la vergüenza no se da porque desee, sino porque toma la forma de un ego que me hace sentir separada de ese lazo y que proyecta en ti la ocasión de una perfección inexistente. ¿Qué deseo cuando deseo? No es solo un cuerpo porque entonces podría sustituirse con otro cascarón. Hay hambre, sed, un afán insaciable de posesión. Reacciono, en suma, a una carencia inconsciente que me ha empujado canibalizarte de forma violenta y reiterativa.
Un día me desperté y en el lugar de la boca descubrí un hocico ensangrentado: supe, entonces, que había cruzado un límite. Lo noté y quise cambiar. Respeto los instintos, atiendo a sus mensajes, pero no quiero ser dominada por ellos. Puedo ser lobo, pero elijo ser mujer. Me parece que todas las aberturas del cuerpo humano tienen la forma de una herida (los labios, el periné), grietas que después de que nacemos se convierten en puertas. El amor comienza allí; siempre empieza en una de estas heridas por las cuales los dolores (el miedo) quedan redimidos. Por eso, al haber perdido la forma humana, yo ya no entregaba el beso que cura sino la furia que desgarra. Esto no se podía llamar amor.
Carl Gustav Jung dice que "es la incapacidad de amar la que roba al hombre sus posibilidades. Este mundo solamente es vacío para quien no sabe dirigir su libido a las cosas y personas para hacerlas vivas y bellas". Y entonces me di cuenta que allí no había amor, sino temor. En mi miopía narcisista temía perder mi autoimagen; perder una idea, aquella donde tú eras la solución a todas las inquietudes de mis frustraciones y aprehensiones creativas. Entonces no te amaba, tenía miedo de mí: de aceptar el dolor de las pérdidas —incluida tu presencia y mi ilusión—; de ver morir la estrella; de evitar la trampa de su brillo y más bien reconocer en su huella la mortalidad de todos los átomos. Entendí así que la muerte no está mal —y hablo especialmente de las simbólicas— porque es por la desaparición, por la falta, por el vacío que llega algo para luego volverse a vaciar y luego volverse a llenar y volverse a vaciar y luego... Eterna escalera de arena sobre la que me sé mortal y por tanto vital.
Los ojos que miran el valle desde la montaña, los pies que andan sobre arenas movedizas, esos han sido, para mí, los antídotos contra las fantasías del ego que me han bestializado sin misericordia. De esa manera, el aullido dio paso a la voz y la voz al diálogo y el diálogo a la ternura. Observar a mis amistades me recuerda que más allá del ombligo hay otros dolores y también otras propuestas; también muchos afectos y posibilidades de encuentro que nos permiten ser sin tener que demostrar e ir haciéndonos solo por el placer de ser.
También pensé en ti y en que el amor siempre es verdadero, libre y agradecido. Y que si tú experimentas el gozo del romance, mi piel también se estremece porque compartimos el lazo único de la vida. Por algunos instantes he dejado esa lucha por la representación y he aceptado y recibido lo que es. Y un día esa realidad tuvo la forma de tu voz y entendí que sí te quería y entendí que tú también me querías. Entendí tu pasión por la bailarina, tu mirada adolescente, tus ensoñaciones, los besos que nunca se hicieron canciones, las promesas que te callaste. Y entonces experimenté cierta paz. Luego llegó el silencio, llegará el silencio, pero permanece la gratitud y la inspiración.
En ese largo momento perdura en mí tu imagen de flor. No importa tu altura o el paso del tiempo. Es inevitable recordarte como un tallo suave y frágil, delicada lección de vida a pesar y por la finitud. Mientras tanto me fumo un pétalo y miro las figuras que toma el humo. Así mismo seré yo: una danza vital; tomaré la forma de mis estímulos, me moveré con más curiosidad, menos pretensiones siguiendo el ritmo de una progresiva y atenta asimilación donde la vida misma sea mi verdad.
sábado, 28 de agosto de 2021
12 %
Bocanada profecía.
El malestar era evidente aunque quisiera disfrazarse de cortesía.
Las excusas revelaban una realidad subterránea: una donde los acuíferos estaban putrefactos. La vida estaba muerta desde el vientre. Pero en esa tierra infértil una mano terca se hizo ciega a voluntad para sembrar las flores; las flores del mal. Inocente y cruel terquedad que convirtió el deseo en una lucha por la representación y la influencia.
El tiempo se detuvo: tuviste la oportunidad de escapar antes de volver al espejo. Al inicio donde el reflejo se multiplica y la comparación se convierte en distracción, frustración y autocompasión. Lo sabías. Siempre lo supiste. La pandemia era una alerta. Una invitación a la purga invisible de lo invisible. El llamado a la expulsión, a la limpieza sin que la idealización te comprometiera a ti. Aun así te rendiste a la trampa cortoplacista. Preferiste la ilusoria paz de entreguerras, la tentación del mediocre espejismo.
Lo siento, pequeña, la marcha ha reanudado y sabías [así no quisieras] que no serías elección. Siempre asumiste con conocimiento el lugar de la necesidad, de escampadero, de ensayo. Prescindible ansiolítico, borrador de rutinas futuras sin tu futuro allí, de preferencias de consumo, de miedos. Solo te queda la miseria de una teoría comprobada a punta de ego, de ese voyerismo narrativo que expone tu yo ausente.
Ahora todas las piezas encajan: la cerveza, el cabello, la reticencias, el baile, las intenciones, la música de los 80; todo ello ya pertenecía a otro relato. Uno de verdad-verdad. Porque esto que vez (estas letras y lo demás) no son. En serio, ¿cómo puedes probar lo contrario?
Haz de cuenta que no existió. Es que es inexistente. "El polvo es la carne del tiempo". Los fantasmas creen muchas cosas, viven de la fe, no de la lógica. Por eso creen que pueden amar, que pueden soñar —aunque sean el sueño olvidado de la mañana—. Que van a probar el licor prometido con otros labios. O que pueden escribir en un blog, por ejemplo.
domingo, 22 de agosto de 2021
Ladrillos
1 de abril de 2007
Algo que me gusta mucho de mi casa es que en sus distintas fases ha tenido terraza. Primero como extensión de las habitaciones superiores, una especie de patio, en el segundo piso, y luego como techo de toda la casa y como potencial tercer piso. Cuando en 2003 esta se convirtió en el punto más alto de la construcción, recuerdo mi entusiasmo por el cambio. Siempre he disfrutado de los lugares altos, de la mirada que me permita abarcar la mayor cantidad de paisaje posible, pero sin que se pierdan algunos detalles (puedo observar los edificios, sus ventanas, intuir la vida dentro de ellas, pero también los barrios; puedo ver los árboles, pero también el bosque).
Para entonces ya era una aficionada de los balcones y a los cerros de la ciudad. Así que esta modificación significaba llevar en el bolsillo el mirador personal o, más bien, hacerlo parte de mi cotidianidad, dejar que la cima no fuera una experiencia extraordinaria. Ahora podía ver la montaña del altiplano nororiental, la biblioteca España; el sol reflejado en las cabinas del primer Metrocable de la ciudad; la autopista Medellín-Bogotá y la entrada al túnel; las paredes de los barrios; la cúpula de la iglesia del parque principal; la "meseta" donde elevaban cometas y en las noches había tormentas de relámpagos; la cárcel al fondo; y, si me montaba en el techo de las escalas, alcanzaba a observar un muy lejano, muy pequeño viaducto del Metro e incluso los trenes en movimiento que salían de la estación Niquía.
Recuerdo que a partir entonces y hasta hoy la noche ha tenido un ritual especial desde la terraza: primero, la atención a los atardeceres de arrebol y, segundo, acomodarme en dirección nororiental con mi nuevo reproductor de música y los auriculares para escuchar rock y j-rock. Mientras tanto me concentraba en las sensaciones: recibir el viento del norte y mirar las luces flotantes de la ciudad y las que colgaban de la montaña. Esta visión siempre me ha generado una sensación de nostalgia, de antigua familiaridad y, por tanto, una especie de imagen-hogar.
Quizá esto se debe a que ese es el paisaje con que iniciaba mis viajes en Metro; viajes que durante la mayor parte de mi infancia y el inicio de mi adolescencia siempre relacioné con visitar a mi abuela materna. La mayoría de los parientes paternos viven al norte del valle, pero mi tía y mi otra abuela siempre han vivido al sur. Esta era la ocasión para recorrer largas distancias dentro de la ciudad (un movimiento más bien extraordinario en mis jornadas) porque, además, eran los familiares que más me gustaba visitar. Este fue el cuento que me inventé para explicar la necesidad de cumplir con este ritual y en general de explicar por qué en cada mirador nocturno del sur o la visión de mi terraza siempre me llevan al recuerdo de mi abuela, de las unidades donde vivió, de las noches de juego. Esta imagen es más que una simple visión: es memoria, es un cordón umbilical entre mi mente y mi acción y como tal, contiene identidad, que es decir, la intuición infantil de todas las intenciones adultas.
Ahora bien, hace unos 7 años mi pequeño paraíso comenzó a cambiar. El descontrolado aumento de las construcciones en altura como fenómeno urbano característico del valle, con su consecuente gentrificación (también mental), colonizó el barrio. Torres de apartamentos al fondo, a los costados proliferaron: ya no veía la Biblioteca, ni el Metrocable, ni la meseta. Fue desilusionante, pero aún gozaba de la panorámica abierta de 360 grados sobre las variaciones de la cordillera central. Sin embargo, la dicha fue breve. Pronto los vecinos comenzaron a tumbar las viejas casas obreras, las viejas casas de la urbanización para levantar edificios sin criterio arquitectónico: preocupados solamente por una fachada bonita, nos dieron la espalda con sus muros de ladrillo pelado y mezcla. El criterio dominante era darle rentabilidad a la tierra, sacar muchos apartamentos y ganar plata. ¿Dónde queda la calidad del paisaje? por supuesto es el sacrificio de los bolsillos llenos.
Hoy me percato que desde entonces dejé de frecuentar cada vez más la terraza, pese a que ya pasaba más tiempo en casa. Cada día, al subir, veía una hilera más de ladrillos, y así corroboraba que el patrón no se detendría y, en efecto, no se detuvo. De repente me vi rodeada de capas de ladrillos y con cada nuevo "apartamento" que aparecía, desaparecía el horizonte de la montaña. Incluso el cerro tutelar comienza a fantasmear tras la mancha naranja. El cielo está fragmentado y el verde lejano con sus luces son casi imaginación. Casi no quiero subir a la terraza porque todo lo que encuentro son muros, tristes encerramientos, para el lugar que había sido sinónimo de mi libertad. Por todo ello, pienso que esta situación es una metáfora muy precisa para lo que me ha ocurrido interiormente en esos mismos años. Me refiero a la incorporación de una práctica tan limitante como los muros que se multiplican bloqueando la vista: el autoengaño.
La infancia nos prodiga la animalidad, la espontaneidad e incluso una cruel honestidad. Crecer podría definirse en algún sentido como aprender a caminar en soledad e incorporar límites como principio de individualidad. Todo el proceso civilizatorio es un trabajo sobre la represión, el autocontrol, sobre las limitaciones autoimpuestas por una finalidad social. En esa tensión entre individuo y sociedad se establecen ciertas reglas que nos impiden comportarnos con la total libertad de nuestros deseos. No digo que esto esté bien o mal, es un pacto necesario y aunque se basa en la ficción no supone un engaño. Pero más allá de la función sociológica, ¿cuál es el límite saludable, necesario de la ficción personal?
Me parece que el dolor y la insatisfacción marcan la diferencia entre la ficción engañosa y aquella vital. Porque la especie humana se caracteriza por su ánimo narrativo: creamos lo que nos creemos y toda realidad parte del cuento que nos echamos como sociedad o como individuos. Es allí donde reside su creatividad y la lógica de todas sus mnemotécnicas. La vida humana es el fruto de sus historias. Pero cuando esta narración no multiplica la vida o el placer, se encienden las alarmas. Convencerse de que algo es, cuando objetivamente no lo es, parece un modo ideal de protección psíquica. La especie humana también se caracteriza por evitar el dolor o creer que puede hacerlo de forma fácil. Es entonces cuando domina el autoengaño, una acción que asocio con la adultez y poco con otras etapas como la infancia y la adolescencia.
Así como mi infancia tuvo un cielo diáfano, un paisaje generoso y abierto que gocé con curiosidad y apertura interna, a medida que crecí los muros de ladrillo no solo le quitaron nitidez y presencia al firmamento, sino a también a mi propia identidad. Sin darme cuenta la mancha naranja fue cubriendo no solo el entorno de mi terraza, sino mi autopercepción. En ambos casos la consecuencia común es la sensación de abatimiento y la imposibilidad de ver con claridad: solo se ven muros, no a la vida. Por tanto se cree que no hay opciones: la esperanza se convierte en una herida, estás atrapado. El muro del autoengaño toma formas aparentemente inocentes y, por lo general, aflora en nuestras relaciones con otros. Lo que buscamos del otro es que nos quiera y por eso digo que las formas parecen inocentes: están motivadas por el afecto.
Pero si antes no se siente este apasionamiento hacia sí mismo, el temor al abismo que ocupa su lugar nos lleva a levantar un muro, a desviar la vista y ceder todo el poder de sostenernos a un otro idealizado tanto en sus virtudes como en sus defectos. Todo lo que quisiéramos ser o hacer se lo atribuimos. Sin embargo, si la relación no sale como esperábamos o queríamos empezamos a patologizar su comportamiento, a atribuirle cuanto trastorno de personalidad nos aparece en Google, sobre todo si la justificación es el narcisismo. Pero en ningún caso estas historias son ciertas. Cuesta reconocer que aquello maravilloso no es tan maravilloso en el otro, ni tan inexistente en ti, y que eso mismo podrías alcanzarlo si te decidieras a hacerlo más allá del confort de la melancolía. Cuesta reconocer que el otro no necesita de un diagnóstico psiquiátrico sino que simplemente es alguien que no te quiere a la medida de tus deseos. No es un monstruo, no es un enfermo mental; es un ser humano como tú, con libertad, egoísmo y un camino propio por recorrer. Estas ideas no son más que pilas y pilas de ladrillo construidas sobre la incertidumbre de la adultez.
La verdad es que muchas veces tenemos miedo de mirar a nuestro cielo interior; un cielo que es sinónimo de vacío, aburrimiento, crisis y frustración. Agosto ha sido un mes de pruebas de aceptación. Hace un par de días iba a fotografiar el Quitasol desde la terraza y me encontré con un nuevo obstáculo, un nuevo muro que interfería en el encuadre. Hace pocos días decidí enfrentar nuevamente la realidad sin anestesias y entender al otro en su libertad y en la realidad de sus deseos. Sentí tristeza por el muro y a la vez me percaté de la cadena de autoengaños en estos dos últimos años. Entendí que el agobio de la terraza en casa era similar al agobio de los ladrillos que puse ante mis ojos para evitar mirarme. Hoy lo reconozco y lo asumo.
No es sencillo, no es agradable, pero las capas de ladrillo también me recuerdan que la existencia es una relación de estratos y sedimentos, que es mi elección aprender a convivir con los muros, con los pasados que se suceden sin pasar y que nos explican sin determinarnos; que más allá del cerramiento impuesto por mis vecinos (o por mis miedos) todavía quedará el techo del cielo con los colores del ocaso, el canto y el vuelo de sus aves, las puntas de la cordillera y algunas luces de la ciudad. Que las limitaciones me exigen ser más creativa con la mirada para capturar el paisaje sin interrupciones y que, en todo caso, eventualmente podré elevarme, construir una nueva terraza más alta que restaure toda nitidez. Más aun, es la oportunidad de recordar que siempre puedo salir de casa y detener mi frustración con los muros ajenos, porque al cruzar la puerta el mundo es, si así lo decido, “ancho y ajeno”.
lunes, 26 de julio de 2021
Felching
Anticipas la renuncia como forma de protección. Pero entre menos esperas (o des-esperas, como una imposición del deseo) sucede. No esperamos, no exigimos, solo sucedimos al ser la pasajera eternidad que atraviesa el cuerpo. ¿Qué sigue al fin de la eternidad? Te rindes, no haces preguntas, no quieres saber. Miras. Brilla una luz. Es un espejo del sol, un lago en el cielo. Te sumerges buscando las últimas consecuencias del silencio. Inmersión absoluta en la palabra ("y el verbo se hizo carne"). No hay ruido, no hay tiempo (que es casi lo mismo). Te entregas a su lenguaje con la devoción de una danza ritual que creíste imposible. Es extraño, porque arañas el vaso y devoras su blanca miel con avidez animal, pero luego le contemplas con regocijo angelical. No hay resquicio que pueda ignorar tu saliva. Al final somos un nuevo río hijo del relámpago. Ya no te preocupa la imagen, el juego. La fantasía se deshace como crema en tu boca. El destino nos encumbró como unidad a través de nuestras lenguas: "El lenguaje no está en nosotros, somos nosotros quienes estamos en él". Así se cumple tu destino: caminaste al filo de la obsesión, te balanceaste sobre tu gula pero al final —o al principio— saboreaste una íntima metafísica de la vida otra, de la otra vida, de los otros. Fuiste un dios, fuiste él, fuiste un niño: después de nacer te llevaste el dedo a la boca con la última gota del abecedario, la última gota del río. Es el gesto que te devuelve al sueño.
lunes, 12 de julio de 2021
Día siguiente
No fue con palabras, pero sí con acciones; nos lo dijimos, te lo dijimos: "Eres un momento en el show, no un lugar en la vida".
miércoles, 7 de julio de 2021
Tu gusto me sabe a fruta
-Qué bonito atardecer. Solo había estado una
vez en el mirador aun siendo de día. Para entonces, qué vergüenza, me sentía
muy ansiosa, cautiva del futuro. Hoy es diferente y parece como si el paisaje
fuera una respuesta a la alegría de mi presente.
Eso pensaba Irene mientras se encontró con
Rodrigo y se instalaron a conversar en la banca del mirador. Él le habló de la
nueva jardinería en la unidad, de los proyectos urbanísticos del sector, de la
tirana colonización del ruido a lo largo de la pandemia en los entornos
vecinos.
-Es que la mente también genera sus zonas
verdes. Comentaba Rodrigo.
-Es en resumen lo que te he querido decir
durante estos meses e incluso hoy al hablar de la ciudad con sus ángeles y
demonios. Pero esa es la parte externa. La parte interna corresponde al cuerpo,
que es otra forma de nombrar la zona verde en nuestra intimidad. ¿Sabes? ese ha
sido mi descubrimiento en estos seis meses de 2021.
Esto decía Rodrigo mientras se quitaba la
mascarilla y, por fin, su rostro, que Irene percibió algo envejecido alrededor
de los ojos, volvió a serle ofrendado a su vista. El sol y el viento revolcaban
su cabello recogido, y a Irene se le antojaba un delicado espectáculo. Era tan
sencillo y por eso tan hermoso. Sus sentidos comenzaban a abrirse, su cuerpo a
despertar.
-El cuerpo es diferente al organismo y no está
separado de la mente. Es un concepto y una experiencia integral que se adquiere
con el paso del tiempo, a diferencia de la fisiología que nos llega desde el
parto y que sometemos a tantas inercias inconscientes antes de llegar a
comprenderlo como unidad y, sobre todo, como función.
Y entonces, Rodrigo explicó su rutina diaria
de ejercicios y como estos se habían convertido en el hábito principal de su
vida actual, en una actividad sagrada que le brindaba bienestar e incluso le
había permitido alcanzar dos tonos más arriba cuando cantaba.
-No importa si dejo de beber o persisto en la
terquedad de algunos días de sobriedad. El alcohol ha sido una práctica
constante y la verdad, la verdad, me gusta estar borracho. Parece
contradictorio. Pero está claro: no dejaré la fiesta aunque tampoco el ejercicio.
En esta paradoja he aprendido a moverme ahora y de hecho, a pesar de o, más bien, por eso, me he fortalecido.
Irene lo observaba ya dominada por el deseo.
La charla giraba en torno al cuerpo de Rodrigo y los contrastes en que este
habitaba. Entre más poderosa era la antinomia, más se le antojaba a ella acercarse nuevamente a esa anhelada piel. Le gustaba sentir que era un reto.
Una cierta cercanía lúdica con el imposible, porque ya Rodrigo le había
anticipado que por ahora solo iba por la charla. Pero esa tarde Irene estaba
decidida.
-Ya no soy más la niña de ayer. Pensó
convencida para sí misma.
-Soy una mujer: sé hacia dónde se dirige mi
deseo y tendré confianza en la desenfrenada lujuria que me permito desplegar. El
lenguaje nos trajo hasta el borde del encuentro, pero mi actitud femenina nos
llevará hasta la otra orilla de la inmersión total. Ahora tengo claridad sobre
dónde termina él y dónde empiezo yo. Sus inseguridades y miedos no me
pertenecen. Así que voy a ignorarlos completamente. Voy a bailar con las olas
para escuchar el ritmo de Rodrigo. Finalmente, en el fondo, solo somos una
mujer y un hombre. Hacer el amor será la consecuencia.
-¿Vamos ya al taller? Dijo Rodrigo. -¿Quieres
helado?
-Claro que sí, respondió entusiasmada Irene.
-Me quedo con el de fresa. Dijo ella mientras guiñaba el ojo y así Rodrigo no
tuvo más alternativa que tomar el de chocolate con arequipe.
Arriba, los dos siguieron conversando, él le pasó una muestra de una de sus últimas canciones, mientras ella lamía el cono y no sin cierta picardía lanzaba unas miradas a Rodrigo como indicándole que ella imaginaba otra cosa en su lugar.
Pero el tiempo pasaba e Irene sentía que se agotaban sus oportunidades. De
repente Rodrigo dijo —me parece también que con otra intención— que tenía el
cabello muy largo y se lo soltó. Irene no lo dudó un segundo, sabía que este
sería su caballo de Troya. Inmediatamente fue a
acariciarlo y se quedó allí, paseando una y otra vez sus dedos por su cabeza y por
las puntas que llegan más abajo de los hombros.
-Qué delicia. Aquí me podría morir feliz. Tanto tiempo anhelando semejante trivialidad: mimar a Rodrigo. Está tan suave su
cabello.
Ahora ella deslizaba sus dedos con mayor
intensidad una y otra vez, por la cabeza, pero también por el rostro, por sus
pómulos y cejas, con tal devoción que parecía estar tocando el material más
frágil del mundo.
-Qué rico, Irene, qué rico como me mimas.
Maullaba Rodrigo con los ojos cerrados y un tono más agudo.
-Me antojas demasiado. Exhaló él.
Y entonces la atrajo hacia sí y comenzó a
besarle el cuello. Besos suaves de algodón, mientras sus manos se deslizaron
hacia la cintura de ella y aún sobre la ropa alcanzaron el pecho y luego las
nalgas. Sin prisa, sin violencia. Luego la movió al frente y la abrazó. En
algún momento la besó en los labios.
-Ahhh, uffff, mmmm. El cerebro de Irene
simplemente se deshizo en una enorme sonrisa de placer.
Irene había deseado ese momento por mucho
tiempo. Tomó suavemente la cara de Rodrigo entre sus manos y la llevó hasta su
boca. Correspondió su beso mientras se mezclaban sus lenguas y ella abría los
ojos para mirar sus labios convertidos en granate, pero, sobre todo, para
deleitarse con su mirada hundida en quién sabe qué esquinas del delirio, con
una expresión de rendición. Rodrigo se había rendido a su invitación y esa
renuncia total la excitaba. Además, puso atención a su aliento: mezclado
con feromonas, había un gusto ácido, como a maracuyá, pero a sabiendas que era
resultado del paso del tiempo y del helado de vainilla que se había comido hace un momento.
Esa dulce acidez la excitaba aún más. Con delicadeza se entregó a esa fruta de
pasión.
-Qué delicia esta boquita. Todos sus matices.
La eternidad es este instante. Pensaba Irene.
-A esto me refería con la desrealización que
ocurre con la borrachera, con la traba y también con el sexo. Dijo Rodrigo
borracho por esta miel inesperada.
Rodrigo e Irene estaban en la barra de la
cocina y de repente él exclamó con un ánimo feral:
-Te quiero comer aquí mismo.
-Vamos al cuarto.
Irene ya estaba derretida: en su entrepierna,
en su boca, en sus ojos. Era un charco de emociones listas para sumergirse y
también para ser atravesada a nado, completamente. Fue al baño primero y cuando
pasó al cuarto disfrutó por un par de segundos ver a Rodrigo acostado. Alto,
dispuesto. Le pidió que la desvistiera y él bajó su enterizo, mientras ella le
quitó el pantalón.
-La mirada crea. Aquí estoy por fin
recuperando la vida que se había marchitado durante la pandemia. Fueron meses
en que el mensaje era fantasmagoría: rostros ocultos, cuerpos anulados. Erosión
y resequedad en todas las tierras. La hora oscura de la hierba. Había
desaparecido el agua que nos riega para hacernos crecer: la saliva, el semen. Cuánta
sed de las primeras formas de la semilla. Todo había desaparecido como si la
sexualidad compartida hubiera sido el sueño de alguna noche de verano en los
tiempos remotos del tiempo. Y aquí estás, mi querido Rodrigo, siendo ya no mar,
sino río para mis rizomas.
Irene se deleitaba en la contemplación de su
amante, de su humanidad: rasguños profundos hechos en el muslo por su perro, vellos
en las piernas, algunos en el pecho; un pubis sin rasurar. Las tetillas y
genitales más oscuros de lo que recordaba. La cuasi barba del lampiño. Irene
explotó de felicidad con este paisaje. Y con gusto lo probó. El sabor de las
horas y del amoníaco acumulado durante el día. Este cóctel, ese tránsito
químico entre él y su boca eran para ella un delicioso manjar. Adentro y
afuera. Lamer mientras tanto. Detenerse en la punta. Observar la expresión de
éxtasis de Rodrigo mientras ella se entrega a la extensión acidulce de su
fruto.
-Ya no aguanto, Irene, ¿puedo entrar?, ¿puedo
venirme adentro?
-Sí, sí, sí, mil veces sí, mi corazón. Ella
también se había rendido a todas las posiciones. A cualquiera de sus
conclusiones. Al amor.
Varias veces, Irene se percató sonriendo y
mordiéndose involuntariamente el labio, mientras Rodrigo se hundía totalmente
en ella.
-¡Lo logré!, ¡lo logré! Desperté al sueño
dentro del sueño. Suspiraba Irene.
Así es, ella aterrizó, reinició la vida sembrándose semillas de pasiflora. Cuántas veces había renunciado mentalmente a Rodrigo. Tantas veces había asumido la armaga rendición. En el camino del silencio fue dándose a la libertad fuera del narcisismo y, en alguna parte del camino, a la manera de una dulce rendición, encontró en la figura de la prostituta su redención.
El principio de la prostitución (elegida) es, en el fondo, el de la generosidad, la entrega sin reservas. Claro que en el caso literal está el incentivo del dinero. Pero Irene está convencida que hay prostitutas del amor y que, precisamente, ella, para liberarse de la represión y serle fiel a su deseo sin un sacrificio mortal de la esperanza, había elegido convertirse en una.
Por fin a fuerza de caprichos, de salvaje necesidad, de
despedidas en bucle y de un consciente pragmatismo Irene había comprendido aquello
que dijo Jean-Luc Godard en Poule —palabra del francés coloquial para
prostituta—: “préstate a los otros, date a ti mismo”. También resonaba en ella
el manifiesto de Milena Busquets en También esto pasará: “En cualquier caso
creo que nadie puede sobrevivir sin determinada dosis de amor y de contacto
físico. Por debajo de cierto nivel nos pudrimos. Las prostitutas son
imprescindibles. Debería haber prostitutas del amor también. Si no fuese porque
el amor es tan difícil de reproducir y de fingir, tan laborioso y largo y
subterráneo. Tan ruinoso también [… pero quizá] es lo único que nos salvará”.
Y aquí Irene invertía el orden de la frase de
Milena, porque el orden de los factores sí altera el resultado y el libro
iniciaba con la idea redentora del amor para luego rendirse a su caducidad.
Pero Irene tiene un corazón optimista y, convencida de la fecundidad de esta forma nueva del amor, tuvo esa tarde la certeza de que en el verano también ocurre la
primavera, y que sin los grilletes absurdos del tiempo, las flores y los frutos
brotan de la boca y el pubis de su amado.
-Últimamente he estado reflexionando sobre cuándo decidí ser hombre. Y cuál es la manera en que lo he sido. Porque no es un estado automático, no es un simple dato del organismo. Siempre me he sentido singularmente vinculado al mundo femenino. Irónicamente, siento que me brinda la potencia que no hallo en el masculino. ¿Sabes? Cuando era niño creía que mi pene era una flor...
Entre sorbo y sorbo, algunos besos y otros tantos abrazos, Rodrigo le expresó estas perplejidades a Irene cuando volvieron a la cocina para tomarse una aromática tras haberse amado sin decirse más.
-Te quiero mucho, mucho, Irene. Tu presencia
es muy importante en mi vida. Eres como un puerto seguro, querida Irene. Vamos
de paseo algún día. Dijo Rodrigo antes de cerrar la puerta y acompañarla a la portería.
-Dame un abrazo, Rod. Cuídate. Murmulló en su oído, a las 10 de la noche, ya sin cielo ni mar, mientras se daba la vuelta para subirse al auto y atravesar la oscuridad.
martes, 29 de junio de 2021
Lengua materna
lunes, 24 de mayo de 2021
Génesis 15: de hijos como estrellas a hijos de puta
"El buen origen" se toma como la única garantía de una sociedad saludable —no degenerada por la enfermedad, la locura o la violencia, por ejemplo— y esto significa que la sexualidad, origen del origen, debe ser regulada por principios ajenos a los individuos para asegurar que primen "los mejores genes". El sexo en este contexto no es sinónimo de simple reproducción sino de paternidad y maternidad, entendidos como conceptos legales (patrimonio y matrimonio) que por ser instrumentos de control evitan esa temida degeneración. El correlato de esta premisa es la condena de la prostitución y de la homosexualidad, ya que son prácticas disidentes que dibujan formas libres al margen. Y, sin embargo, en una conveniente acomodación de la ley, la prostitución se ha convertido en "un mal necesario" pues como decían las autoridades bonaerenses hacia 1950, es preferible el "inevitable" desfogue masculino en la prostituta que su estancia en una "castidad excesiva", sinónimo de masturbación, un pecado tremendamente ofensivo con el dios que prometió al envejecido Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo (Génesis 15:4-7). Aquí se revela esa repetida contradicción de idealizar la concepción y de proscribir la semilla desperdiciada, para luego criminalizar y censurar a la creatura que no cumpla con los estándares del programa.
Así, de hijos de las estrellas o hijos como estrellas pasamos a ser hijos de puta. Y este es el punto al que quería llegar: llama mi atención que la mayoría de insultos en el mundo y particularmente en Latinoamérica, con su singular cosecha antioqueña, tienen que ver con el nivel de desviación en el origen o comportamiento del insultado: ¿no es, acaso, el sustrato de estas palabras una penalización de la sexualidad basada en una interpretación autoritaria, reprimida, represiva y punitiva de la cultura? Es el patriarca, el Abraham moderno, el padre más fecundo, quien llama puta a la mujer que asume su sexualidad; malparido, a los hijos de las putas; maricas a los hombres que deciden amarse entre ellos; y gonorrea a los hijos y compañeros que le decepcionan, que son un desperdicio y que estorban tanto como una pústula.
Nos creímos el cuento de que nuestro origen nos determina y sobre todo que en su jerarquización unos genes son buenos y otros no, o en otras palabras, que unos humanos son más valiosos que otros por la manera en que se formó y nació su cuerpo, por los padres que tienen o la sexualidad que ejercen. Este tipo de insultos se han naturalizado y en muchos casos son una respuesta automática, pero también ha habido momentos recientes en los que atentos a la cualidad performativa del lenguaje se ha cuestionado su uso y de repente el sentido se ha vaciado para renovarlo. Por ejemplo, cuando llaman hijos de puta a los congresistas, hemos observado el reclamo de las putas a ser respetadas ya que su dignidad es igual a la de cualquier humano y por supuesto, superior a la de ladrones de cuello blanco. Por otro lado, nunca he entendido por qué en Bogotá se llama gonorrea a algo agradable, pero también resulta significativo para entender que se le puede quitar el poder a este tipo de insultos y revelar la violencia elitista, patriarcal y clasista que sin darnos cuenta siempre ha representado.
Quiero aclarar que estas reflexiones no son una renuncia al insulto. No se trata de cambiar una imposición por otra. De hecho, me parece necesario recurrir a él porque los conflictos y su expresión son realidades humanas cuya manifestación es saludable. Pero la ruta del cinismo, el sarcasmo y la ironía, por ejemplo, dan prioridad al juego del ingenio y del lenguaje en el que las ideas en contexto son el lugar donde se libra esa tensión. Así, le quitamos protagonismo a los insultos arbitrariamente fundados en el prejuicio y en el juicio contra las personas y factores que, a diferencia de sus ideas, no pueden controlar como su biología, su familia o su origen.
En el fondo, este cuestionamiento a los insultos icónicos de nuestra modernidad occidental es, ante todo, una defensa, un llamado al placer y a la fraternidad. Mi malestar con aquellos proviene de que esa neurosis sobre el origen, en la cual se han formado, es un sacrificio del placer en nombre del deber. Es una censura a las prácticas cuyos placeres desbordan las expectativas de abstractos lineamientos como el "perfeccionamiento de la especie". Sacrificio del placer personal por un deber social. Por lo tanto, la crítica a ellos es también el anhelo de reconciliación universal con la vida placentera, con la sinuosa variedad y recorridos que nos regala la biología a través de la sexualidad que tan diversas formas ofrece adentro, en los genes —en las infinitas combinaciones del ADN— como afuera en las variadas y válidas modalidades de mezclarnos con el otro. Así dejamos de sometemos al padre que castiga y califica nuestro origen y luego nuestras decisiones, y pasamos a la hermandad, en donde, como pares, identificamos todos los mestizajes como un sano destino, como el hogar de la especie. El deber y el control son insuficientes y peligrosos. El perfeccionamiento es la trampa. La sensualidad es ruta de claridad. Tal vez solo quiero recordar que el verdadero insulto es que hayamos olvidado que lo esencial de la vida es juzgar menos, disfrutar siempre el encuentro.






