Me sitúo al margen del discurso. Recurro a la memoria, génesis de toda imagen. Me paro ante la imagen, abrazo el silencio y elijo, como pocas veces, renunciar al encadenamiento del argumento. De la línea al espiral. Baja desde el ceño, por la mejilla, por el cuello, por el pecho. Deshace el faro de la lógica y solo queda un cuerpo flotando en mar abierto, entregado a los misterios de sus orillas.

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