martes, 11 de junio de 2019
Provocación
Un amigo, de naturaleza agudamente consciente pero de comportamiento práctico, me dijo que no hiciera de cada suceso una historia. Ante esa advertencia, con un tono claramente alarmante, me pregunto ¿cuál es el origen de este afán de historziar?, ¿cuáles son sus consecuencias?
Sin duda, hay un trasfondo semántico en ese ánimo: es mi manera de atribuir un significado verosímil a mis acciones. Se trata de un ejercicio lleno de elaboraciones y ajeno a la inocencia o espontaneidad de la experiencia. Nuevamente recurro a la ficción, al exceso de ficción, para construir un narrativa que proporcione sentido, un símbolo a través del cual salvar el absurdo y la culpa de no haber respondido de forma más decidida a ese sinsentido.
Pero, si bien reconozco que hay desesperación en esa elección, también es cierto que desde las fabulaciones infantiles que hacía con Barbies, casas y dibujos, historiar ha sido la única salvación de un alma que se precipita cada vez con mayor velocidad hacia la anticipación de la muerte. Actualmente dos situaciones aparentemente opuestas (terminar un posgrado, lidiar con la conmoción romántica) me han llevado al límite de esta preferencia y a determinar hasta qué punto hermanar la historia con la poesía puede salvarme pero también condenarme.
Entre el deber, los errores electivos y el imperativo de creación; entre el salto y la caricia. Ahí se sitúa la agitación de un presente turbio, donde se ha intensificado la necesidad de fabulación. No encuentro otra manera de ser fiel a estos dos fuegos, cuya luz debí apreciar, en vez de atravesar.
Escribo esto, en medio de un episodio insomne, porque me genera malestar ser una profanadora de la experiencia; la manifestación de un serenidad discursiva que, en realidad, es la falsa conciencia de una vida caótica e incendiada pero no expuesta. Procuro ser un cuerpo provocador, pero débil por mi idealismo, vuelvo a ser cuerpo historizante.
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