Cuando estaba pequeña el plan que más me emocionaba era saber que iría a un paseo que incluyera piscina. Fuera por una actividad del colegio o por un paseo familiar, esa noticia me llenaba de una profunda exaltación que se volvía ansiedad en la noche previa. Por eso el insomnio era inminente, pero la madrugada era todo un regalo para los sentidos.
Mi relación con la piscina no fue siempre armoniosa. Cuando tuve mi primera clase de natación a los cuatro años me aterrorizó la idea de saltar a un estanque cuya profundidad triplicaba mi estatura. Pero el turquesa ejerció desde entonces una atracción visual muy fuerte. Las ondas, el brillo, el sonido de las pequeñas olas, todas esas expresiones de la energía sedujeron la sensibilidad infantil. Desde entonces mi sueño —además de ser ice figure skater— fue tener una casa con piscina.
A los diez años volví a clases de natación. Recuerdo la fascinación que me generó el momento en que aprendí a flotar, a girar dentro del agua, a sumergirme y a avanzar con técnicas precisas de patada y brazada, a dominar los cuatro estilos. No se trataba ya solo de la seducción del paisaje sino de una nueva consciencia del cuerpo. Que el aparato respiratorio, aprendido en Biología, que la densidad del agua, aprendida en Física.
Todas esas palabras tan estériles en los libros cobraban un dinamismo avasallador en la práctica. Aprender a nadar me ha permitido abrazar una dimensión lúdica que se me antojaba esquiva. Allí me sometía exclusivamente a la pureza de las sensaciones: el impacto inicial del frío, la ligereza del cuerpo, la visión ondulada y, por supuesto, la amistad. En este espacio, mis primas y amigas me han llevado a ser actriz de dramas y comedias o a ser una simple cómplice de juegos y secretos. No recuerdo que fuera un lugar de imposturas o impulsos de ostentación.
Desde hace casi veinte años el agua ha suprimido mis gravedades y me ha permitido disfrutar de la levedad que tanto reclamaba. En este ritual de desprendimiento, lo más importante es acostarme bocarriba, dejar que lentamente el cuerpo caiga hasta el fondo, abrir los ojos y mirar las burbujas de mi respiración como si ascendieran estrellas en un cielo diurno.

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