viernes, 21 de junio de 2019

En el medio


Mayo y abril de 2019 han sido meses reveladores. Desde hace tres años inicié un violento proceso de autocomprensión, dominado inicialmente por un afán autodestructivo, que apenas está siendo sustituido por la autoexigencia de comprometerme con el cuidado de sí. En ese camino he aprendido que la soledad es un escenario prolífico y que, por tanto, nada tiene que ver con ella la severa austeridad que impuse a mi cuerpo, torturándolo injustamente.

Esa retirada voluntaria, que duró cerca de dos años, fue la respuesta a una emoción que ha sido protagonista en los momentos tan decisivos como cotidianos de mi vida: el miedo. ¿Qué es el miedo para mí? Es la anticipación destinada a neutralizar la acción con el fin de minimizar, si se puede, evitar, el impacto de la experiencia. Aunque debo precisar que más que la experiencia, temía las consecuencias tras su conclusión. ¿Cuáles eran esas consecuencias? Abandono, desamparo, desarraigo. En resumen, vivir significaba ser arrancada, ser vulnerable, exponerme a la pérdida.

Tiranizada por esa idea, empecé a asumir el entorno como una presencia hostil y al otro, a los otros, como eventuales ladrones e incluso como asesinos (simbólicos, claro está). De manera que yo, quien me he ufanado de una supuesta inclinación dialéctica, estaba definiendo la realidad en los reducidos términos de dos extremos sin puntos medios (el blanco del inicio y el negro del final). Y si ese final me atormentaba era porque lastimaba mis aspiraciones narcisistas (el olvido). En ese escenario el otro era mi enemigo y el futuro era sinónimo de aniquilación.

Paralizada y agazapada por el miedo, nunca me permití asomarme o treparme hacia, entre o sobre "aquello" que sucedía entre esos dos abismos. Recién descubro que en ese intersticio, que tercamente insistía en omitir para protegerme, estaba  la vida. ¿Qué es la vida? la celebración de sí y del otro desde la generosidad, el reconocimiento de la amistad como vínculo supremo y la asunción del futuro como enigma. En esta posición renovada, la curiosidad dejaba de ser tormento o condena y se convertía en posibilidad de enlazar el conocimiento con la compasión. Hasta este momento siempre había temido, es decir, siempre me oculté e ignoré las voces circundantes.

Pero eso hizo que el malestar se acumulara y que lo nombrara equivocadamente; no era ansiedad lo que sentía, en realidad me aferraba a una exaltación del egoísmo. Hoy, con el pecho agitado por el salto pero no por el miedo, descubro en mi entrega unilateral aquella fortaleza y seguridad que absurdamente pretendí preservar bajo los pesados muros de una imaginación mezquina y paranoica. Por fin entiendo que esa serenidad de los espíritus fuertes sólo florece en los jardines del mundo, en los cuales ahora me siembro.

jueves, 20 de junio de 2019

Intuición de habitar







La casa rosada fue mi primera inversión en finca raíz. Tenía 8 años. Fue a finales de 1999. Hoy la familia está desayunando mientras conversa un jueves al sol. Mi mamá, tan cómplice, fue quien diseñó y confeccionó las cortinas.

Luego de tantos años de obsesión por las casas y sus moradores, me doy cuenta de lo arraigado que es mi interés (temprana intuición infantil) por la forma en que habitamos, nombramos e imaginamos el espacio íntimo y doméstico.

sábado, 15 de junio de 2019

Burgundy


Quisiera renunciar al impulso y ser fiel a la necesidad. Pero el deseo desborda la copa de la mesura y el vino se sirve fuera de su contenedor, manchando el paisaje y ofreciéndose de forma inminente a quien lo sostiene. ¿Para qué? Sabido es su origen egoísta y, por tanto, violento. Pero, ¿no sería ese espasmo otra forma de manifestar una comunión? Brindo, entonces, por la potencia enternecedora de su intensidad fugaz.

martes, 11 de junio de 2019

Código rojo


Hablar de libertad fue la forma sutil de dar una despedida sin posibilidad de hasta luego. Y así conviene que sea. Es lo justo. La verdad se manifestó a plenitud en el presente. Pero las revelaciones no son elásticas. Mi ambición es imprudente, es desesperada, es invasiva. Mi perversión es anhelar la repetición. Pero quiero ser justa, no estirar el deseo. Comprender será mi despedida.

"Good Lord, only a moment of bliss? Isn't such a moment sufficient for the whole of a man's life?"

"A joy of beauty is a joy forever"

Provocación


Un amigo, de naturaleza agudamente consciente pero de comportamiento práctico, me dijo que no hiciera de cada suceso una historia. Ante esa advertencia, con un tono claramente alarmante, me pregunto ¿cuál es el origen de este afán de historziar?, ¿cuáles son sus consecuencias?

Sin duda, hay un trasfondo semántico en ese ánimo: es mi manera de atribuir un significado verosímil a mis acciones. Se trata de un ejercicio lleno de elaboraciones y ajeno a la inocencia o espontaneidad de la experiencia. Nuevamente recurro a la ficción, al exceso de ficción, para construir un narrativa que proporcione sentido, un símbolo a través del cual salvar el absurdo y la culpa de no haber respondido de forma más decidida a ese sinsentido.

Pero, si bien reconozco que hay desesperación en esa elección, también es cierto que desde las fabulaciones infantiles que hacía con Barbies, casas y dibujos, historiar ha sido la única salvación de un alma que se precipita cada vez con mayor velocidad hacia la anticipación de la muerte. Actualmente dos situaciones aparentemente opuestas (terminar un posgrado, lidiar con la conmoción romántica) me han llevado al límite de esta preferencia y a determinar hasta qué punto hermanar la historia con la poesía puede salvarme pero también condenarme.

Entre el deber, los errores electivos y el imperativo de creación; entre el salto y la caricia. Ahí se sitúa la agitación de un presente turbio, donde se ha intensificado la necesidad de fabulación. No encuentro otra manera de ser fiel a estos dos fuegos, cuya luz debí apreciar, en vez de atravesar.

Escribo esto, en medio de un episodio insomne, porque me genera malestar ser una profanadora de la experiencia; la manifestación de un serenidad discursiva que, en realidad, es la falsa conciencia de una vida caótica e incendiada pero no expuesta. Procuro ser un cuerpo provocador, pero débil por mi idealismo, vuelvo a ser cuerpo historizante.

viernes, 7 de junio de 2019

Lete



Me sitúo al margen del discurso. Recurro a la memoria, génesis de toda imagen. Me paro ante la imagen, abrazo el silencio y elijo, como pocas veces, renunciar al encadenamiento del argumento. De la línea al espiral. Baja desde el ceño, por la mejilla, por el cuello, por el pecho. Deshace el faro de la lógica y solo queda un cuerpo flotando en mar abierto, entregado a los misterios de sus orillas.

miércoles, 5 de junio de 2019

Estrellas de un cielo diurno

El tiempo se para bajo el agua regia / mosaicos azules, la vida entera / de la piscina [e ese ce cu e ele a] escuela - "Piscina Escuela"Parlantes

Cuando estaba pequeña el plan que más me emocionaba era saber que iría a un paseo que incluyera piscina. Fuera por una actividad del colegio o por un paseo familiar, esa noticia me llenaba de una profunda exaltación que se volvía ansiedad en la noche previa. Por eso el insomnio era inminente, pero la madrugada era todo un regalo para los sentidos.

Mi relación con la piscina no fue siempre armoniosa. Cuando tuve mi primera clase de natación a los cuatro años me aterrorizó la idea de saltar a un estanque cuya profundidad triplicaba mi estatura. Pero el turquesa ejerció desde entonces una atracción visual muy fuerte. Las ondas, el brillo, el sonido de las pequeñas olas, todas esas expresiones de la energía sedujeron la sensibilidad infantil. Desde entonces mi sueño —además de ser ice figure skater— fue tener una casa con piscina.  

A los diez años volví a clases de natación. Recuerdo la fascinación que me generó el momento en que aprendí a flotar, a girar dentro del agua, a sumergirme y a avanzar con técnicas precisas de patada y brazada, a dominar los cuatro estilos. No se trataba ya solo de la seducción del paisaje sino de una nueva consciencia del cuerpo. Que el aparato respiratorio, aprendido en Biología, que la densidad del agua, aprendida en Física.

Todas esas palabras tan estériles en los libros cobraban un dinamismo avasallador en la práctica. Aprender a nadar me ha permitido abrazar una dimensión lúdica que se me antojaba esquiva. Allí me sometía exclusivamente a la pureza de las sensaciones: el impacto inicial del frío, la ligereza del cuerpo, la visión ondulada y, por supuesto, la amistad. En este espacio, mis primas y amigas me han llevado a ser actriz de dramas y comedias o a ser una simple cómplice de juegos y secretos. No recuerdo que fuera un lugar de imposturas o impulsos de ostentación.

Desde hace casi veinte años el agua ha suprimido mis gravedades y me ha permitido disfrutar de la levedad que tanto reclamaba. En este ritual de desprendimiento, lo más importante es acostarme bocarriba, dejar que lentamente el cuerpo caiga hasta el fondo, abrir los ojos y mirar las burbujas de mi respiración como si ascendieran estrellas en un cielo diurno.

Reverberar



¿"Y qué produjo eso en ti"? Desde comienzos de mayo esa ha sido la máxima instalada por otros en mi curiosidad. Estoy acostumbrada a ocupar la posición del oído, la disposición de la atención hacia un otro.  Sin embargo, este descuido a mis impresiones y a mi actividad, en otras palabras, esta exaltación de la  cobardía es el correlato de una arrogancia perversa, sostenida por la idea de que basta el simulacro de la acción o de la personalidad para desestimar su ejecución y su impacto concreto.

Temo que este sea el origen del ánimo ermitaño y de las formas pesadas con que suelo encubrir el rostro aterrado detrás del discurso estructurado. Antes creía en esa ficción de forma tan decidida, como la gran devota de un credo secular, que hice de ella mi única premisa de vida. Pero luego de confrontar otros lenguajes, de aceptar el cuerpo y de levantar la mirada sólo vi una impostora entregada de forma descarada a ese solipcismo oscuro y de bordes mellados que es el idealismo.

Me enfrenté al límite de mi identidad. Abracé el caos y me permití acoger el vacío de los abismos que siempre había visto con temor. Pero abismo no es sinónimo de aniquilación. El vacío puede albergar océanos que nos despojan y nos devuelven ligeros a las playas de una sensibilidad atemperada. "¿Qué produjo eso en ti?". Culpa, tristeza profunda. Luego la decisión de pulir el filo de la comunicación, de escucharme a través del otro, de recibir la ofrenda de su brillo para iluminar los pasos decididos de una idealista en conversión.

martes, 21 de mayo de 2019

Enunciar un país fragmentado



Manuel María Paz (1820-1902). “Vista del pueblo de Pandi: provincia de Bogotá”. Acuarela sobre papel. 31 x 24 cm. Nueva Granada. 1855.

La palabra es la semilla de las cosas. En la Colombia del siglo XIX basta con dar un vistazo al espíritu progresista de élites que lucharon por consolidar un Estado afín a la nación armoniosa de sus enunciados. Hubo una fuerte voluntad de afirmación en la economía y en el modelo político republicano. La intención era conseguir una sociedad homogenizada, unificada eficazmente por el discurso que desde entonces hasta hoy parecía ascender hacia el paraíso democrático. Pero la perfección de la palabra se disolvía en la práctica, en los avatares de la vida cotidiana, ese escenario maravilloso que desnuda la inminente fractura entre dicho y hecho; entre ley y realidad; entre unidad y diversidad. La formación de la nación colombiana fue un proceso moderno, sí, pero tamizado por filtros tradicionales como, por ejemplo, la continuidad en la política de tierras que conservó las concesiones de baldíos hechas a grandes terratenientes en la colonia. Y es que ni la élite era homogénea, pues conforme avanzaba el siglo XIX, también se fragmentó con el surgimiento de los partidos y creó así un ambiente de tensión y división que oscilaba entre la negociación y la polarización de las relaciones de poder.

Ese ánimo contradictorio también se evidenció en la vocación regionalista de la mayor parte de la población, pues aunque la movilidad fue común también es cierto que la mayoría de personas vivían y morían en la misma parroquia, vereda, pueblo o villa y, por tanto, su sentido de pertenencia se formaba a partir de vínculos culturales y étnicos en la intimidad de su territorio. A pesar de esta manifiesta heterogeneidad, la mayoría de la población colombiana también compartía algunas prácticas: circular diariamente por los caminos; comer, beber y conversar en la pulpería o chichería; emborracharse e ir a misa en la plaza del pueblo los domingos. Hoy buscamos en la vida del pasado la huella de esas convergencias pero también de las contradicciones anuladas por un discurso oficial que pregonaba al mestizo como tipo definitivo de la nación colombiana; agente democratizador y homogeneizador de una diversidad étnica evidente pero impertinente a ojos de las élites.

La primera sociedad colombiana ofrece una imagen fuertemente rural. Los informes estadísticos, producidos entre 1872 y 1892 así lo confirman: predominaba la actividad agrícola, pesquera y ganadera. Éramos una sociedad esencialmente agraria y con un paisaje dominado por los surcos tropicales y las raíces, semillas y frutos americanos (la papa, la yuca, el maíz y el fríjol); esos mismos que alimentaron a los primeros campesinos y que hoy alimentan a las industrias transnacionales en el olvido a sus origen (¿Qué sería de McDonald's sin sus icónicas papas fritas?). En ese escenario el artesano y, por esa vía, la mujer constituyó otra figura esencial. La campesina era mucho más que madre y esposa: era la tejedora, sombrerera, dobladora de hojas de tabaco que nutría no solo a sus hijos sino a las economías familiares y regionales. Dadas estas condiciones la trama partidista no podía explicar entonces la totalidad del fenómeno político. A pesar de los discursos y prejuicios de la élite criolla, el extendido analfabetismo no impedía que la gente corriente pensara.

La cultura aldeana fue la respuesta espontánea a la lucha por el poder. Esta no se formaba en el parlamento pero sí en las reacciones a esas leyes que se discutían en el rumor del arriero, el chisme del pulpero, la hoja suelta en el parque o la conversación en la plaza o el taller. La política resultaba inseparable de la vida cotidiana. No importa que a mediados del siglo XIX el 70 % de los colombianos no supieran leer ni escribir: su alfabetismo —y es una lección para nosotros en el presente— se expresaba en su conexión con el mundo, en su sentido de responsabilidad con la vida material, una forma de alfabetismo político que nos recuerda a  Brecht:
El peor analfabeto es el analfabeto político. Él no oye, no habla ni participa en los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado y de las medicinas dependen de decisiones políticas.
Durante esta época el pueblo emergió como un actor social: las élites aceptaron que no había un mecanicismo que rigiera las adhesiones electorales; estas personas no eran marionetas que se dejaban manipular bajo tal o cual candidato, sino que la movilización política popular funcionaba según unos criterios vinculados a un sentimiento de identificación territorial o gremial. Es la imagen de una población rural en tal grado politizada que logró desarrollar formas de resistencia. Un ejemplo de ello fue la apertura de la frontera agrícola. La mayoría de procesos colonizadores fueron adelantados por familias necesitadas que llevaban apenas lo que tenían puesto y cargaban la angustia permanente de no saber qué caminos les esperarían, ni cómo resolverían el abrigo de la siguiente mañana. 

La colonización interna no se trató tanto de una idílica vocación de “pujanza” como de la necesidad convertida en posibilidad de resistencia: el pueblo llevó a cabo esta expansión como una lucha contra el latifundio porque el nivel de concentración de la propiedad había crecido exponencialmente durante el siglo XIX. Este proceso fue el símbolo del llamado popular a los valores igualitarios y a una actualización de la vida comunitaria. Mientras tanto, la imparable privatización de la tierra redujo la posibilidad de poseer una parcela propia y así aparecieron tipos característicos de las economías capitalistas: el asalariado y el jornalero. Aun así, quedaron intersticios que permitieron celebrar la vida independiente e insumisa. Durante este siglo, la minería y la agricultura del maíz quedaron por fuera del interés empresarial y permanecieron como prácticas populares: en Antioquia, eje de la minería nacional, el 80 % de la extracción aurífera siguió al vaivén de bateas agitadas por mazamorreros; mientras que el maíz, producto de primer orden entre la mayoría campesina (recordemos que la chicha era el licor nacional) conservó su valor doméstico y escapó a las sujeciones del monopolio privado o del impuesto estatal. 

Pese a las adversidades, la ruralidad colombiana robustecía las raíces de su identidad. El campo era un lugar de actividad y ebullición cultural. Es innegable que el alcance institucional de la educación formal fue débil porque solo en las prósperas ciudades de Medellín, Bogotá o Bucaramanga algunos niños estudiaron en colegios, mientras que la mayoría de mulatos o indios de las llanuras, valles y aldeas nunca pisaron un salón de clase ni abrieron un libro. Esta educación afín al ideal de progreso y a la urbanidad decimonónica fue quizá la mayor aspiración incumplida del Gobierno republicano. Sin embargo, en la realidad brillaba la riqueza de una pedagogía vernácula: la potencia de un saber manual fundado en la oralidad, el poder de la transmisión familiar y la concepción del trabajo como fuente de solidaridad doméstica. En una sociedad agraria este tipo de enseñanza era la práctica más coherente y, además, alimentaba el espíritu de cohesión y una ética particular del trabajo derivada de su relación permanente con las manos, la creación y el entorno inmediato.

Porque si algo caracterizó a las élites fue el desprecio hacia el paisaje propio y la dependencia de una ficción basada en referentes extranjeros. Los protagonistas del juego político estatal son herederos de ese reflejo fracturado en el espejo europeo. Es comprensible que la afirmación de la identidad propia se forme en una dialéctica con otro pero resulta sintomático que no se reconociera el potencial autóctono; sus elementos eran juzgados como insuficientes e incluso estigmatizados bajo el signo de la servidumbre. Reinaba entonces la avidez de acercar el país a Europa así fuera vendiéndolo al extranjero (aquí es inevitable recordar la cesión del ferrocarril de Panamá y luego del territorio total del istmo) en detrimento de los interés locales (tal cual sucede en el presente con los tratados de libre comercio, por ejemplo). Al extremar la crítica y redirigir nuevamente la mirada a la mayoría de la población, a esos parroquianos de carne y hueso que daban cuerpo a la nación, se descubre el contrarrelato de ese elitismo. Y aunque la condición agraria nos hermanara en una experiencia común también es cierto que no pudo conjurar la inevitable fragmentación de la vida y la palabra: la identidad se forma en las singularidades del diario vivir y no en la mera abstracción del discurso “nacional”.

De este siglo XIX surgió también un proceso (aún vigente) de regionalización republicana, flexible e indeterminado —tanto a nivel de fronteras como de conocimiento territorial— pero siempre presente. Ejemplo de esa maleabilidad de la palabra es el ascenso paulatino de una épica antioqueña desvinculada de su memoria caucana o costeña o la separación del Norte de Santander de las provincias nororientales del país. Muchas son las palabras que se disputan el derecho de crear la nación, sin embargo, muchas son las palabras deshechas en prácticas de resistencia, regionalización y politización según el matiz de cada localidad. El discurso de la unidad se quiebra ante la evidencia de diversidad vital. La Colombia decimonónica fue una sociedad contradictoria y heterogénea que pretendía nivelar sus diferencias y consolidar un Estado moderno a través de la palabra pero que se movía —y quizá se mueve aún— entre las tierras movedizas de una república temporalmente colonial y espacialmente provinciana.