domingo, 24 de mayo de 2020
Todo lo que tengo es un río
lunes, 6 de abril de 2020
Semilla
A pesar de que procuro ejercer la razón para guiar con la mayor prudencia posible mis acciones, todavía preciso —quizá por una terca conciencia poética— de episodios supersticiosos, mitologías desnudas y transparentes a los cuales recurrir como forma de redención narrativa y primitiva, porque no obstante del tiempo y la reflexión, no renuncio, me es imposible, a mi condición animal: un poco errática, pero también vibrante y excéntrica. Entre los relatos mágicos de los que me nutro está, por ejemplo, la creencia en la carta astral y la influencia que el sistema solar —nombrado por el hombre— tiene en nuestro carácter individual y colectivo. Por ahí se dice que hay quienes no consultan el horóscopo, no por incrédulos, sino por el temor del crédulo: el temor de conocer con precisión el destino. Además —y si quiero justificarlo desde la orilla racional— no somos más que lo otro de lo mismo, es decir, otro estado de una misma materia, la que está allá afuera con sus edades milenarias, hecha aquí cuerpo consciente con su fragilidad centenaria. Sagan decía que los humanos son polvo de estrellas y que "el hombre es la materia del cosmos contemplándose a sí misma". Visto de esa manera no suena tan descabellado considerar esas transferencias y es hasta bello pensar que somos vehículos de un ancestral diálogo intergaláctico.
En la segunda semana de marzo salí casi todos los días con mis amistades más cercanas: Isa y Nat y me reencontré con Santiago que había venido de Alemania. Conversé muchó y pude notar mis cambios al respecto de la expresividad y la ansiedad social: siento que la una se incrementa y la otra disminuye. Los miedos se han suavizado y a pesar de la herida que motiva estos movimientos, celebro los cambios que por ella han brotado. En ese reencuentro con mi viejo amigo, el ánimo se refrescó como es costumbre con él —a quien conocí en 2016,—. Llevaba un buso amarillo, el cual combinó deliciosamente con el postre de maracuyá que pedimos ante su apetito de trópico. Esa noche llovió muy fuerte, pero el ambiente era cálido y festivo hasta el punto que terminamos hablando sobre neas alemanas. Me devolví a casa antes de las 11 p.m. Pedí un servicio y estuve conversando con el conductor, un moreno de acento rolo, fisonomía que me pareció muy singular. Esa noche me dio la alternativa de montarme en el puesto de atrás y así lo hice. Al ver una tractomula en una pendiente, el hombre me manifestó su preocupación por la vía húmeda. Pero sin más, seguimos hablando de negocios y proyectos a futuro. Llegando a casa, justo en el sémaforo de la empresa donde trabaja papá, el chofer dudó si respetar o no la luz roja. Finalmente decidió parar. En ese momento el taxi que venía atrás frenó, pero por la humedad de la vía se deslizó hasta golpearnos por detrás. Nunca había experimentado un accidente. Lo único que pensé fue "oh, nos chocamos", sin dramatismos, ni exaltaciones. Luego caí en cuenta que mis gafas habían volado por la sacudida, que no había sangre y que podía moverme. También recordé que cuando me siento adelante, suelo olvidar ponerme el cinturón. ¿Qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión?
El conductor también resultó ileso, así que me tranquilicé. Mi preocupación en ese momento era la reacción de los dos conductores implicados. Siento que la intolerancia endémica de este valle se manifiesta en este tipo de situaciones, donde no hay culpa, pero alguno quiere encontrarla y si no se cumple su capricho estalla en furia: sino te mata el accidente, te mata la violencia. Por fortuna, hasta cierto punto —cuando intervinieron otras personas—, este no fue el caso. Un taxista completó mi recorrido y llegué a casa pasadas las 11 p.m. Apenas cerré la puerta me permití sentir el cuerpo: dolor en el cuello y la espalda, además de la satisfacción de haber llegado sin involucrar a terceros ni informar a mis papás. Al acostarme quedé un poco nerviosa y sobre todo pensativa. Nuevamente la fragilidad se manifestaba y le coqueteaba a la muerte. Pero no era el accidente lo que me aterraba, sino lo súbito del cambio, el irrespeto a mi ritmo idealizado. Una llanta deslizándose delicadamente sobre el pavimento podría tener un efecto mortal aunque sigas viviendo: perder un sentido, que se limite tu capacidad de movimiento, que pierdas esa ilusoria independencia que es el terreno de la creatividad y de la posibilidad. Quedar sepultado en el cuerpo propio es quizá el escenario más trágico para cualquier ser humano. También pienso en la insonsable soledad de todas las muertes y de todas las ataduras. En ese momento del impacto lo sentí: la agonía está en uno y nada más que en uno. Prevalece el silencio. Y asusta no el golpe sino la ausencia de eco.
Por un par de días no pude moverme como quería, estaba sometida a las fronteras del dolor. Y a ello se sumaron los dolores morales: saber que el hijo de Nando había atropellado a una habitante de calle embarazada que se atravesó de imprevisto. Ellos murieron, mientras el muchacho quedó gravemente herido. Y luego el asesinato de Sofía en Caldas, a manos de un depravado sexual. En sólo dos semanas el universo personal tomaba tintes apocalípticos y lo peor, sin estruendo. Todo pasaba por dentro: la conmoción del temblor, el desgarro y la abertura que puede ser grieta o herida. Desde entonces me he hecho más consciente de mi condición de funambulista, el equilibrio se rompe muy fácil y ni siquiera he alcanzado ese anhelado balance.Pero entonces me hecho amiga del baile, de moverme con la corriente, de no exigir, sino de escuchar, que es el otro nombre de la humildad. Fue entonces, cuando llegó la pandemia. Casi lo sentí como si lo que vivía en mi interior se hubiera proyectado y expandido en el exterior: inminente desenmascaramiento de simulaciones a través de lo ignorado: una llanta, un paso, un virus. Pero el virus tiene un simbolismo aún más potente: es la vida abriéndose paso, resurgiendo todavía como novedad en formas tan antiguas que son el sustrato la Tierra. Hay cierta belleza en el origen de esta revolución que tantas preguntas trajo sobre la desigualdad encarnada por el sistema capitalista. El alma cambió para siempre. El mundo cambió para siempre: ¿aprenderemos la lección, permitiremos que la luz que no podemos ver ilumine nuestro destino como especie y como animal?, ¿o nos dejaremos llevar por el oportunismo económico para ahondar las brechas que nos desequilibran como especie y como humanidad?
Ante tales preguntas no hay respuestas retóricas, sólo el horizonte que marque nuestro existir cobarde o decidido. Mientras tanto, en lo personal, me queda mirar la apertura íntima, porque la pandemia no sólo sembró la incertidumbre sino el deseo. Lo inesperado también tiene la fuerza del misterio. Que la muerte no es el fin sino el preludio de la transformación. Hasta mí llegó la semilla que fecundó este surco abierto: el amor sublimado en creación. La invitación a participar de un video colaborativo en razón de la cuarentena se convirtió en la metáfora más hermosa y potente sobre este año. ¿Fue la despedida que nos debíamos para que floreciera el futuro? ¿He dejado de temer a a la muerte del ideal?, ¿podré aceptar al fantasma brumoso y derrumbar la estatua de bronce?, ¿podré, por fin, renunciar a la arqueología y abrazar el no-saber, esa única infancia, la segunda oportunidad sobre la Tierra, la vida nueva?
sábado, 21 de marzo de 2020
Una ciudad atorada en la garganta
domingo, 1 de marzo de 2020
Todos somos visajosos (sobre todo yo)
La magnitud del miedo está a la medida del ego. Uno y otro se alimentan de manera directamente proporcional y de ahí se derivan distorsiones de percepción que nos enceguecen y nos arrojan dentro de abismos oscuros que, vistos desde otro ángulo, son ojos de luz pozo arriba. El miedo me ha vuelto a paralizar. Es la manifestación de un ego inmenso, inflado para cubrir su esencial debilidad. Llegan así actitudes autocomplacientes, quejas victimistas que son en realidad intolerancia dolida al rechazo. No podía aceptar que no me quisieran como yo quería y que sí la quisieran a ella. Como toda entelequia, teorizaba sobre falsos y desagradables principios que establecían una jerarquía del valor a partir de la idea de perfección.
jueves, 6 de febrero de 2020
Dialéctica de una noche bogotana
jueves, 23 de enero de 2020
Café Osezno
Aquellos que me conocen saben que me encantan los oseznos, ojo, no los osos sino los oseznos, porque en todas las formas de la infancia o de la pequeñez siempre hallo ternura y asombro. Qué relación tiene el café con un osezno? Por ese mismo motivo, por no necesitarse, fue que el dueño nombró el negocio de esa manera. Algo inesperado. Herly tampoco es un nombre común y me parece curioso encontrarme tanta singularidad reunida en un mismo momento. Con Herly hablamos de política, sociedad, protesta social, las formas de la clase media, los medios de comunicación, los viajes y la necesidad de cerrar ciclos. En medio del diálogo, hubo una frase que resonó como revelación: "Hay que perder para ganar. Perder no es perder". Entonces pienso que el destino existe y que a veces se parece a un osezno.
domingo, 19 de enero de 2020
Bloque 15
sábado, 18 de enero de 2020
Somos la carne no las palabras
viernes, 17 de enero de 2020
Geografía
martes, 31 de diciembre de 2019
Recuerdo recordar: epílogo de una década
A lo largo de esta década también dormí en otras camas más allá de Medellín. Conocí parte de Antioquia, del suroccidente y del nororiente colombiano y, por su puesto, el mar. Creo que son hitos importantes porque el agua ofrece una especie de descanso visual con respecto a las montañas, que actúan como una suerte de límite del horizonte. De igual manera, también considero que esos espacios redefinen la relación corporal al permitir la inmersión en un lugar extraordinario y riesgoso pero muy familiar porque remite a la memoria infantil de habitar el vientre materno. Mi familia nunca tuvo como prioridad los viajes. Quizá por ello reforcé mi falta de interés por desplazarme o por dormir en casas de parientes, pues hasta donde recuerdo, esa posibilidad me incomodaba demasiado y sólo lo hice en casos excepcionales: con mi prima Luisa que ha sido como una hermana y donde mi abuela materna porque me mimaban como en casa. Hacia 2011 tuvimos la primera salida familiar "intermunicipal", conocimos Santa Fe de Antioquia, justo cuando recién inauguraba mi pregrado en Historia. Fue sólo un día, pero disfruté esa posibilidad de conocer otros climas y vivir en carne propia los relatos que había leído sobre la antigua capital colonial del departamento. Luego, en 2014, llegó Iván, hombre incansable, conocedor, terco y con una generosidad tremenda con respecto a su conocimiento territorial. Con su compañía cada paso del camino se volvía significativo (los sentidos geológicos, económicos y culturales emergían mediante el signo más trivial: una quebrada, un nombre, una piedra, un matiz de la vegetación, un pedazo de cerámica).
Gracias a este curso y a los trayectos que duplicaban su duración estimada (porque era inevitable detenerse para hacerse conscientes de dónde estábamos parados) atravesé por primera vez el suroccidente antioqueño y disfruté del magnífico atardecer en el Penderisco, río de Urrao situado en los límites de Antioquia con el Chocó; condición que le otorgaba mayor intensidad a ese fenómeno. Después conocí el noroccidente antioqueño: primero la vereda Yolombal en San Cristóbal donde en medio de la tormenta vimos las amapolas y disfrutamos de las viandas tradicionales que nos ofreció una matrona de noventa y tantos que nos acogió mientras escampaba. De allí seguimos a nuestro destino, Liborina desde donde tomamos rumbo hacia el corregimiento de Carmen de la Venta (precioso lugar con clima templado) y ascendimos a la vereda el Socorro para entender y apoyar los problemas de agua que experimentaban los campesinos de la región. Al final de la dura caminata nos esperaban con su sancocho y un guandolo frío, además de la poesía de Elibaniel, un agricultor natural de la zona. En el noroccidente antioqueño viví experiencias inéditas: a la altura de Puerto Berrío atravesé el Magdalena y algunas de sus ciénagas en lancha de pescadores. También cabalgué por primera vez a lomo de mula cruzando la distancia que separa al parque principal de Caracolí de la reserva natural san Pedro, en Maceo. La cabalgata inició a eso de la media noche. No había ningún tipo de luz artificial, así que sólo quedaba confiar en el animal para seguir un camino desconocido. Sin embargo, el espectáculo en el cielo fue precioso: se veían las constelaciones nítidamente. Llegamos a la finca a las dos de la mañana y nos recibieron en la finca con chocolate y queso. Gracias a este profesor también aprendí sobre Santa Elena (lugar en el cual vive) y sobre las tragedias de la memoria vividas por la gente de El Peñol.
Al año siguiente (2015) viajé con mi familia al mar. El destino fue San Andrés. El paisaje era deslumbrante y el acuario (por su turquesa brillante) se convirtió en mi lugar favorito. No obstante, lamento que el turismo sea una actividad tan egoísta, ya que condena a la isla a una vocación hotelera, dejando grandes zonas sumidas en la pobreza. Es un pueblo precario con un mar hermoso y por eso y porque no hay espacios para pensar y crear, no repetiría el destino. En 2016, tuve otra experiencia con el mar, esta vez en Cartagena. Fue también mi primer viaje en solitario o bueno, con Natalia, una de mis mejores amigas. El centro histórico es fascinante y como me hospedé en un hostal, cada noche tuve como vecinos a extranjeros de distintas nacionalidades. Así fue como me hice amiga de Anne, una alemana con la que luego me encontré en Medellín. Ese viaje fue una oportunidad increíble para practicar inglés y darme cuenta que no estaba tan mal para desenvolverme con el idioma.
Pero las anécdotas con extranjeros no se detienen ahí. Cerca del hostal había un malecón y al caer la noche del penúltimo día del viaje me fui a escuchar música en mi Walkman y a disfrutar de la vista del mar. A unos pocos metros se encontraba Chris, un estudiante alemán de psicología y quien al verme tomando fotografías me preguntó si quería una. Así inició una charla que nos acercó y luego nos juntó en la cena y en la fiesta con mis amigos en un bar. Unas semanas después Chris también vino a Medellín, así que nos reencontramos y le enseñé la ciudad antes de su regreso a Europa. Por eso debo decir que esta segunda visita al mar fue enriquecedora, además porque el día que fuimos a Barú pude disfrutar de una playa casi solitaria. Recuerdo nadar una hora y pedazo con el atardecer a cuestas. Flotaba entre rayos mientras mi cuerpo se movía suavamente contra la corriente, en silencio. Fue una inmsersión realmente inolvidable.
En los años siguientes los viajes familiares se hicieron más frecuntes. En 2017, por ejemplo, visitamos a un tío materno que vive en Cartago. Esto significó dormir en otra cama y conocer lugares aledaños como Pereira y los termales de Santa Rosa de Cabal, en donde fui capaz de sumergirme en una cascada con una temperatura ambiente de 18 grados centígrados. El golpe de frío fue impactante, pero una vez el cuerpo se acostumbra, la corriente se siente agradable y reparadora. Al año siguiente (2018) las vacaciones familiares nos llevaron a domir en Tunja y a visitar pueblos de los alrededores como Ráquira, Villa de Leyva y Tota. Nuevamente un cuerpo de agua marcó la experiencia: la laguna de Tota es un mar en la montaña; el espectáculo visual es sobrecogedor (así como la baja temperatura). Es la mayor altura que he alcanzado, al sobrepasar los 3100 msnm. Es el lugar en donde he experimentado mayor frío, porque además de las características geológicas fue la época en que estaba más flaca.
Por su parte, el 2019 fue un año dinámico en términos de movilidad, de reconocer otras almohadas y, sobre todo, de haber deseado descansar sobre una en especial. A principios de año viajé a Guatapé, rodeada por el embalse y disfruté del aire tranquilo del altiplano oriental antioqueño. Ese fue sólo el comienzo pues fue el año en que resignifiqué la imagen más o menos estática que tenía de Medellín. Durante mucho tiempo me acostumbré a frecuentar los mismos lugares: Universidad Nacional, Parque de los Deseos, Jardín Botánico y Parque de Berrío; rutina a la cual se sumaron Laureles y el Poblado (Chepe y Provenza). Al ser un año altamente social redescubrí de la mano de nuevos o viejos contactos, zonas que permanecían inexploradas en mi mapa mental: Bomboná, Belén Rincón, Ciudad del Río, El Picacho, La Asomadera I, el Parque de las Esculturas en el cerro Nutibara, Castilla, Belén Miravalle, La Pascasia, La América, Aranjuez, y La Ceja (aunque este último es otro municipio). Volví a amanecer con alguien en la misma cama: con Natalia en su apartamento, en mi habitación con Paula, en Guarne con Isabel. Me animé a decir "sí" a planes inesperados tipo road movie criollo. Un sábado Natalia me dijo que Margarita Siempre Viva tenía un toque en Granada. En el carro había un cupo libre y el hospedaje era fácil de conseguir. No lo dudé y a las dos horas íbamos por carretera los dos Mateos, Nat y yo, a disfrutar del festival de rock en un pueblo del lejano oriente antioqueño.
En 2019 también conocí a Bogotá, la capital del país. Por motivo de la tesis viajé diez días para hacer trabajo de campo en esa ciudad. Reconozco que desde el principio mi experiencia fue satisfactoria: aunque un poco fría en las noches, me gustó la imagen urbana, los lugares, la gente, la Candelaria que fotografié encantada con la Olympus. Esa estancia ha sido la más larga fuera de casa y también el viaje más largo que he hecho en soledad, si bien fuera del hotel disfruté de un tiempo cálido y divertido con José y Manuela (un cucuteño que conocí en Medellín y una paisa que conocí en Bogotá). A José lo enocontré en 2012, pero nos vimos por primera vez en 2016 y luego en 2018 y 2019. Siempre me pareció atractivo, mas luego descubrí cualidades invaluables como su entrega, generosidad, capacidad analítica y esa sonrisa que alivia el alma. Es un verdadero partner in crime, especialmente para los planes o momentos más ñoños, aunque lo que me parece más delicioso es que lo hacemos sin ninguna gravedad o snobismo; de hecho, suelen haber muchas sonrisas de por medio. Es un chico muy pilo y curioso y también ha probado ser muy confiable. Para él también mi cariño incondicional y el deseo de seguir hasta el final de los días. Anhelo que nos encontremos el próximo año para celebrar la conclusión de nuestras tesis.
Pasando a una suma aleatoria de acciones, durante esta década recuerdo haber aprendido a dibujar en las clases de arquitectura, pintar acuarelas, dejar de dibujar, hacer cartas a mano, empezar a tomar fotografías a paisajes y edificios (primero con la Sony P200, luego con la Sony DSC H70), aprender paleografía, leer documentos coloniales en español de los siglos XVI a XVIII, leer muchas fotocopias (más de diez horas al día), comprar resaltadores y usarlos todos para establecer jerarquías, escribir ensayos, escribir artículos de historia, trabajar en el archivo histórico, hacerme agnóstica gracias a las clases de semiótica y las clases de Historia antigüa, tocar el bajo e ir cada semana al ensayadero de la Floresta con Calvo, Andrés y Yura. Ir a museos, ver mucho anime ochentero y noventero con tramas conmovedoras, inspiradoras o reflexivas que alimentaron grandes momentos de introspección y fascinación existencial y que por eso se convirtieron en mis favoritas de todos los tiempos (Ginga Eiyuu Densetsu, Great Teacher Onizuka, Maison Ikoku, Seirei no Moribito, Shinsekai Yori); descubrí el cine japonés de 1950 y me conmoví con los clásicos de Ozu y Mizoguchi. Lentamente también me permití conocer narrativas lationamericanas tanto en la literatura como en el cine y así me enamoré del cine de Aristariain y Subiela así como delos textos de de Borges, Sábato y Cortázar. Luego conocí a Fernando Molano Vargas y esa preciosa y sentida narrativa de la ternura y la fragilidad de la vida redimida sólo por la fuerza del amor. Inolvidable me resulta el impacto de Un beso de Dick y Vista desde una acera. Un poco más tarde llegó Mariano Picón Salas y toda la belleza que me queda por descubrir de los cosmpolitas del trópico. Escribí y publiqué dos artículos para una revista de historia. Recibí un diploma. He corregido varias tesis de maestría, cuyos estudiantes ya se graduaron y me manifestaron su agradecimiento.
Empecé a disfrutar del alcohol, fumé. Me encariñé con mi primo Tomás (nacido en 2012), quien es lo más cercano a tener un sobrino. Usé un condón por primera vez. Tuve una infección sexual por primera vez. Empecé a tomar anticonceptivos para corregir la amenorrea por anorexia. Le regalé flores blancas al chico que me gusta (fue la primera vez que di flores a un hombre o a alguien especial). Me desnudé ante Nat para que me fotografiara. Me sumergí por primera vez en una bañera junto con Isa. Seguí tomándole fotos a los paisajes, a los edificios y a la gente querida: mandé reparar la cámara análoga con la que papá fotografió mi infancia (Olympus Trip 35); compré una instantánea (Intax mini 8), y mi tío me regaló hace dos meses una análoga compacta (Pentax PC 3000). En los dos últimos años han sido mis instrumentos predilectos para delimitar y crear aquello que es simbólicamente importante: lugares, personas y miradas. Me hice agnóstica (2010) y lo hice público ante mi familia, negándome a volver a misa, excepto en fechas especales. En el último año (2019) volví a dibujar, a recobrar la confianza en mi observación y el placer que me produce colorear. De nuevo la presencia de J. removió las raíces para hacerme recordar qué es lo que realmente me importaba: la exploración que suscitó me reecontró con mi pasión por las casas y las escenas domésticas. Hasta tal punto se reinvindicó esa búsqueda que incluso me propusieron ser la ilustradora de una campaña publicitaria en la que no sólo dibujaría espacios sino animales. Confieso que fue un reto, pero más allá de la dificultad me sentí viva y útil. Ahora el dibujo va por ahí en camisas y postales y ese logro me llena de alegría cada que recuerdo las consecuencias de dejar la pasividad suscitada por el miedo.
A propósito del miedo, llega el cuerpo, tema central de la década. Consciente de mi inconsciencia sobre él, acometí acciones osadas destinadas a romper mi contencióon. En 2016 ingresé a clases de expresión corporal, una mixtura entre gimnasia y teatro. Un año antes había participado en el certamen departamental de Mujeres Talento y como organizador de la coreografía estaba John Viana, actor y director de Elemental. Con él tuve choques pues me negaba (por mi cobardía expresiva) a seguir sus instrucciones. Luego de sus enseñanzas sobre la necesidad de fluir y soltarme nos hicimos amigos, así que pensé en él como la persona indicada para continuar esa exploración. La participación duró un par de meses y aunque nuevamente me permití ceder al peso de las excusas, me arriesgué a ser un poco más juguetona con las formas de comunicar. En 2019 siguieron resonando los ecos de esa intención pero esta vez con un tema que me perturba de forma particular: la voz. Siento que en ella condenso todas mis inseguridades disfrazadas de deliberado estoicismo. Quizá por eso temo gritar, cantar, opinar. En parte puede ser una subvaloración del juicio, una anticipación de lo prescindible que es mi palabra; en parte es que percibo en sus características físicas debilidad, falta de matices entonces me cierro a su liberación. Atormentada por esos pensamientos y por la fascinación que me producen los cantantes (la carencia equivale a deseo), decidí tomar clases de técnica vocal. Al final no siento que lograra mucho en términos técnicos, pues el grupo era demasiado grande y "el que mcho abarca poco aprieta", pero gané en valentía y apertura. Me atreví a cantar en público, a conocer nuevos amigos y a reconocer la expresión vocal como parte de un todo (y no sólo del diafragma).
Durante esta década experimenté muchos cambios en mi apariencia. En 2009 mi cabello estuvo lo más corto que lo tuve en toda mi vida. Quería que en la foto de mi cédula quedara una imagen diferencial, que no remitiera a un tipo de feminidad ortodoxa. Dos años después quise tinturarme de violeta y al año siguiente me decoloré una parte para que tuviera un matiz más rosado y llamativo. Acciones todas motivadas por un afán de singularización. También hubo temporadas en que me quité o me saqué la cápul, hasta que en 2014 eliminé la tintura de mi vida y dejé que el cabello creciera, porque descubrí que las ondas favorecían la simetría de mi rostro y lo vi más bello enmarcado por ellas. Ese acto y el de comprar unas gafas nuevas: rojas y grandes, marcaron el inicio de un cambio en mi identidad física y, con ello, toda una forma de relacionarme con el mundo exterior. Me reconcilié con la moda y empecé a asumirla como una decisión estética y no como un enemigo a combatir.
Disfrutaba de combinar formas, colores y texturas, tanto en la ropa y el calzado como en el maquillaje. Incluso experimenté con el Lolita Fashion, un interés que me permitió acercarme y aprender de la potente Camila G. Sin haber sido intencional ese cambio propició un giro en la forma como me relacionaría con los demás durante los años siguientes. Las nuevas formas resultaron atractivas para los demás, especialmente para los hombres. En 2015 creé Instagram por un concurso de moda y para hacer una bitácora en el cambio de estilo. Entonces no tardaron en aparecer los coqueteos, si bien no fue la intención que memotivó a crear esa cuenta. La mayor parte del tiempo rechazaba cualquier intento de los otros por acercarse, pero luego de terminar mi relación con Andrés y motivada por la curiosidad empecé a prestar atención a aquellos personajes (en Instagram y Facebook) que me resultaban atractivos (físicamente y en el tipo imagen que proyectaban, siendo la aventurera o artística mis predilectas). Así llegaron y también se fueron con la misma rapidez Camilo, Pablo L., Santiago R. Por entonces estaba en auge Tinder y como vi que Ana (a quien admiraba) lo estaba usando me animé a probarlo. En general me pareció un desastre y sólo la usé dos veces en 2016 para nunca más volverlo a abrir. Sin embargo, de cada uno de esos intentos resultaron dos contactos interesantes: Felipe y Santiago O.
Con el primero siempre hubo un clima de tensión sexual pero finalmente no volvimos a encontrarnos, lo cual no representó ningún traumatismo para ninguno. La verdad es que Tinder fue una de las formas para tratar de distraerme del despecho por Camilo. Con él tuve una especie de relación-no-relación que me dejó abatida y por la que me sumí en la obsesión por el autocontrol manifestada en la anorexia que padecí. Esa consecuencia fue la respuesta a una doble finalidad. Por un lado, sentir que podía controlar algo y, por otro, hacerme indeseable ante la mirada masculina pues había terminado agotada de que suscitaran intensas pasiones para luego dejarlas morir. Así transcurrió todo 2017, hasta que en 2018, esa frustración erótica mutó hacia la nostalgia amorosa y quise regresar allí donde había vivido el amor honesto.
Pero la vida había cambiado demasiado. Era mi infantil narcisismo lo único antinatural en ese devenir. Me tardó un año de lágrimas y terquedad aceptar esa situación y transformar el afecto distorsionado que sentía por Andrés en una amistad incondicional que cada día se hace más fuerte. A pesar de todo, el 2018 me dejó personas maravillosas como Nickol. Aunque a Nickol la conocí en 2015, fue entre 2016 y 2018 cuando más me acerqué a su compañía explosiva llena de locura y ternura; expresiones que siempre son bálsamo a las tormentos introspectivos. ¿Cómo olvidar, además, aquella fiesta de los 90s y el beso cuadrúple?. Así como su cabellera roja no puede pasar inadvertida, con esa misma fuerza enciende de la chispa de mi lado más festivo. En 2018, el gusto común por la bicicleta me unió a "Nando" el panadero del local donde me surtía para mis atracones. Era amigo de un pariente cercano, pero sólo hasta ese momento empezamos a conversar entre nosotros y sentirnos a gusto con la compañía. Era un señor que rondaba los 60 años y quien ya había tenido un tratamiento por cáncer. Milagroasamente se recuperó, hasta tal punto que pudo retomar el ciclismo. Luego de septiembre empezamos a montar juntos y a intercambiar conocimientos sobre el deporte y a charlar sobre la vida. Luego de marzo de 2019 su salud desmejoró y luego de esa recaída su cuerpo no resistió más. Recuerdo que lo visité a finales de abril y me impresionó ver su figura acabada: extremadamente delgado, sin cabello, sin habla. Fue un un buen y en mayo me enfrenté a la muerte de alguien cercano. Esa no ha sido una experiencia tan cotidiana, así que me entristeció su partida.
A principios de 2019 me sentía limpia, con un presente totalmente blanco y dispuesta a sumergirme en el universo y ávida (por qué no reconocerlo) de sensualidad social y sexual. Progresivamente me acerqué a viejas amistades y también me dejé sorprender por las nuevas. Por esa época llegó Isabel, una chica que luce espontánea, extrovertida y proactiva y a quien conocí por mediación de Paula. Basta decir que la primera vez que nos vimos estaba desnuda y yo la fotografié. La afinidad fue instantánea y empecé a encontrármela en Ciudad del Río. Este tipo de situaciones me tientan a creer en el destino. En los meses siguientes seguimos conversando y una noche dijo que mi saludo "la había salvado". Desde entonces la confianza se hizo absoluta. La fotografía y la complicidad sentimental fueron los factores decisivos. El año fue muy difícil para ambas en términos emocionales. Curiosamente esas tristezas y confesiones nos acercaron, permitieron desarrollar la cotidianidad de un compartir y con ello el descubrimiento de un alma pura y por eso muy vulnerable al teatro del mundo. El amor incondicional y genuino ha sido nuestra premisa y por eso Isa fue el mayor hallazgo del 2019 y, sin duda, es una relación que alimentaré para que dure hasta el final de los días.
Algunos encuentros me habían dejado algo ansiosa, pero el definitivo fue el de J. Todo empezó de una manera totalmente relajada e inesperada. No hubo planes, ni expectativas de ningún tipo más allá de una muy clara y mutua curiosidad sexual. Yo aún estaba perturbada por un primer affair así que entre la tristeza y la curiosidad me arrojé a la oportunidad del momento. Todo se conjugó: la consulta psicológica, la invitación, el impulso hacia la novedad. Creía tenerlo todo bajo control, había reconocido de antemano algunos patrones comportamentales de J. Sería sólo una prueba, la oportunidad de reinvindicarme como sujeto sexual y a continuación seguir con la vida. La condición para ese desenlace era el silencio. Habría sido como un sueño: tendría consecuencias (un cambio) pero no efectos secundarios (heridas y traumas). Mas la palabra continuó viva, la mirada siguió posándose sobre mí y al final cedí ante mis propias advertencias. Elevada como éter por el renacer que me trajo su caricia me quité la cera de los oídos y me entregué con más apetito que temor al canto de las sirenas. Fui con ellas hasta el fondo del "bar" a sumergirme sin restricciones en su ciudad amurallada, por lo menos en la que él decidía mostrar.
Recuerdo trasnocharme en sus letras, en sus canciones, en las huellas donde sintiera que vibraba su conciencia. Y entonces ya no hubo retorno. Lo que hallé desde mi orilla me sobre-cogió, me conmovió y me inspiró. Suena muy exagerado, cualquiera podría decir que no debería sobredimensionar un acto sexual, pero ¿qué hago si soy sensible a su simbolismo y en ese momento era la dimensión de la que pendía mi vida como cuerpo y mente? Desarrollé una sentida admiración por su forma de ver el mundo y tratar de crear desde una ambición dominantemente artísitica. El sexo no es para mí sólo una unión física sino que es la manifestación de un acto de confianza y aceptación. Eso fue lo que sentí: entregué mi vulnerabilidad y no hallé reproches, sólo el deseo de compartir, dar y recibir placer. Esa experiencia fue inédita y restauró una confianza que había perdido con respecto a mi cuerpo. Cuerpo que no se había convertido más que en un instrumento de control, no en un sujeto de amor o cuidado. En ese momento la obsesión con el pan y la bulimia se fueron al carajo. Hubo un desplazamiento hacia la ambición sexual singularizada en J., pero no fue sólo eso. Al admirarlo me pregunté yo qué podía ofrecer. Había pasado casi tres años enfrascada en un soliloquio mientras ejecutaba un suicidio diferido. La vida no había sido mi preocupación, me había convertido en un fantasma. De repente escucho a las sirenas y abro los ojos: una voz interna decía -"tú ambición también era crear ¿qué fue de ello?" y me sentí desnuda, vergonzozamente, desnuda. Recordé todo el tiempo que ahora sentía eérdido porque lo destiné a autodestruirme.
La llegada de J. representó, además de reconocerme como sujeto deseante y deseado, la pregunta por quién era yo y qué quería hacer, no sólo decir. Volví a la escritura expresiva, al dibujo, a la música y a preguntarme por el futuro. En el fondo esa reacción era también la búsqueda de su validación. De repente quería que su mente también fuera resignificada por el cuerpo de otro, así como él lo había hecho en una alquimia que me había transformado de forma brutal pero también peligrosa. Mi contexto suscitó esa respuesta en mí, así que no debía esperar que fuera igual en él. Sus motivaciones y expectivas nunca cambiaron y yo estaba advertida. Pero fue inevitable reaccionar a su magnetismo. Traté de sacarlo a la fuerza mediante el otro J., a quien conocí junto con Jhoan. Ellos dos fueron los personajes que conocí luego de tremendo huracán. El primero fue desde siempre una promesa sexual, el segundo era la promesa de una posible pareja. Pero mi pensamiento y mi deseo estaban monopolizados. En ese estado era imposible traicionarme. Permanecí fiel y reuní fuerzas para aguantar la creciente mezquindad de las palabras y el enfriamiento para suscitar posibilidades de ver a J. Cada una de esas visitas fue casi una lucha. El desbalance me desgastó y pronto llegaron comportamientos que me entristecieron. Pero también es cierto que un simple roce de su mano o un beso desbarataban todo por dentro. Pero su mirada se fue alejando y aunque yo la buscaba también desde la palabra y el diálogo, no hubo respuesta. El silencio había llegado, pero luego de haber expandido una melodía llena de altibajos. Al final quería salvarnos en una amistad más intelectual que sexual, pero fue imposible. Tantos intentos, tanta pasión. Al final no se trata de establecer juicios morales.
Hubo actos de mal gusto, daños innecesarios, sí. Sin embargo no creo que hubiera una malicia premeditada. Es mi responsabilidad entender la dimensión de mi capricho (necesitado, sincero y apasionado) pero capricho al fin y al cabo. "Y-si-puediera-elegir-elegiría-la-mañana-en-que-la-noche-continuó-dilataría-ese-segundo-de-ardiente-aceptación". Cada situación tiene su momento y aprendí muchísimo, a pesar de mi terquedad. Soy un sujeto sexual. No debo actuar por miedo. Tengo aún mucho por crear, sólo debo plantearme las preguntas y objetivo adecuados. Nada que se fuerce es, lo que es "será-sólo-siendo". Ser rechazado no signfica que la otra persona sea mala (su espíritu no coincidió con el mío, aún tan inocente y nervioso por inexperto). Todo está conectado (así no nos veamos más, hacemos parte el uno del otro, por lo que fuimos y por lo que seremos como fecundadores del mundo). Ave de Jazmín, a pesar de todo, te querré mucho. Despúes de esa experiencia, en todo caso, terminé con la bulimia. Tras estallarme con lo vivido sexualmente no lo hallo necesario. Se han instalado otras prioridades gracias a las preguntas que suscitaste y, especialmente, porque volví a ver la vida de frente, con ambición y no con fustración y deseo de muerte. No quiero perderme en nuevos hábitos autodestructivos (con antecedentes representados por Laura, Carolina y Clara) ni romperme la cabeza tratando de leerte desde la distancia para saber cómo abordarte. Dejar atrás la zozobra de esa semiótica del terror. Conviene que seas una presencia ausente, pero así te honraré y te sentiré aunque ya no me veas: eligiendo la vida. Ordenar los motivos es mi tarea en el comienzo de esta década: no temerle a la tesis, terminarla y entregarse al misterio de graduarme por segunda vez. Investigar y dibujar lo que me gusta, anulando mi pasividad. Ser más generosa, permitirme ser tocada por lo demás. Actualmente hay otrasfuentes de inspiración.
A mediados de 2019 Conocí tres seres humanos increíbles: Bella, Mayra y Mariana. Las dos primeras me conmueven con la música, pues siendo tan jóvenes (20 años) se desenvuelven con soltura por la composición y la interpretación, además de proyectar un carácter sensible y empático. Y luego está Mariana, aprendiz de profe y sobrepensadora de tiempo completo. A fin de año se empezó a construir un espacio de complicidad muy cómodo y sincero. Hemos descubierto afinidades que nos acercan más y más desde la experiencia del lenguaje, las emociones, la escritura y la música. Aprecio mucho esa sensación de aceptación y comprensión que se genera cuando conversamos, nos encontramos, divagamos y reímos. Y desde febrero de 2019 redescubrí con agrado una vieja amistad: Fernando. Desde que hablamos por WhatsApp, se derrumbó el muro interpuesto por mi complejo de inferioridad. Siempre lo admiré como historiador y creo que tiene talento en el campo. Luego me enseñó que es tan humano y vulnerable como yo y desde entonces conectamos de una forma muy natural y estable al compás del humor y de las recomendaciones de libros o la solicitud de revisar sus escritos. Se ha generado una complicidad muy genuina y ahora que me detengo a pensar es de los pocos contactos que ha permanecido en medio de las turbulencias y nunca me ha generado ansiedad porque su presencia no es una competencia ni un premio, sino un diálogo que suscita confianza y cariño.
Así que en medio de las angustias y desengaños no puedo ser injusta y dejar de destacar aquellos rincones de este mundo donde el corazón puede seguir birllando. Lo esencial, por ahora, es depurar la intranquilidad, concentrarme en la tesis y disfrutar de aquellos cuya voluntad coincide con la mía y que se permiten construirnos hombro a hombro. Hay días en que todavía me siento abatida y lo único que quiero hacer es transportarme desnuda a la montaña mágica. Pero sin duda, cada día me siento más fuerte y más justa con todos los encuentros que se tejen y tejeré. Ante mis ojos está el vasto océano del futuro y me lanzaré a su aguas con la valentía que me enseñó el segundo primer amor.
jueves, 26 de diciembre de 2019
No supimos estar en la cotidianidad
Es absurdo. Qué digo, es pueril sentir que desactivar una cuenta determina un destino. Pero es verdad, no sé hasta qué punto esto es una ligereza y si por esa aparente ligereza siento un peso aplastante sobre mi espíritu. Lo cierto es que la realidad ha sido perturbada en sus pieles más profundas: cortada y atravesada por un simple clic. S., decirle al interfaz que sí, que desactive temporalmente mi cuenta, era decirle a mi corazón que te selle definitivamente en la memoria. S., te extraño tanto, todos los días fantaseo con tu tacto y en las noches tu sueño tampoco me abandona. Me he sentido perdida en este trastocamiento de la cotidianidad: ni yo la habito, ni tú la compartes conmigo. Y aunque siempre fuiste instante, mi circunstancia te convirtió en deseo de eternidad o en eterno deseo. Al final el orden no importa porque eres el caos que monopolizó mi voluntad de vida.









