lunes, 28 de diciembre de 2020

Bucle


Ser consciente del bucle. Ver con claridad las insinuaciones de un desvío —o desvarío— que tuvo lugar hace 12 o 15 años y nombrar al mareo sin eufemismos: repetición de la fantasmagoría. La salud no es solo ausencia de enfermedad, sino la valentía de asumir hábitos para evitarla. 

También puede ser que esté atendiendo una exageración, reinvindicando el drama como vehículo de sentido. Si fuera campesina, artesana, pescadora, mujer endurecida por la violencia latinoamericana ¿Me sentiría igual? ¿Es la tristeza histérica un privilegio, una autoindulgencia del estómago lleno, de las manos sin callos, de los vientres no profanados? 

Soy hija de las hojas —en blanco y no de los árboles—,  de las paredes blancas, de los muñecos de plástico, de las pantallas azules —sin cielo—. Mi madre es la virtualidad, la potencia, lo que no es pero puede ser todo y nada. Cuerpo liviano que depende de la ficción para sentir el arraigo del fantasma y que sería semblante sólido si se limitara a la tierra.

Romper ese circuito implica dar el salto de la fantasía a la historia o más bien la historicidad: a nuestra materialidad, a la realidad que somos como contexto. 

No renuncio a la imaginación, pues la considero fuente de creatividad tanto en los campesinos como en mí, pero sí a fantasear: la virtualidad es la anarquía del deseo y, por tanto, su anulación. Identificar y asumir los límites no significa restringir sino actuar. Acción es presencia en el presente [sic] y no acomodación extralimitada en los tiempos del pasado, del futuro o de la ucronía. 

Estoy borracha de fantasía, de huida edulcorada, de reflejos intercambiados que me confunden. Debo despertarme de esta resaca. Mi misión no es la perfección de la idea sino la consistencia práctica. Ese es mi único, solitario e íntimo deber: proporcionarme en la vida el verdadero placer. Por eso debo ser una vigilante dedicada de mi cotidianidad y una iconoclasta comprometida de las mitologías personales.

martes, 22 de diciembre de 2020

Sueño de una noche de verano [en Tokio]


It was fun for a while / There was no way of knowing / Like a dream in the night / Who can say where we're going? / Maybe I'm learning / Why the sea on the tide / Has no way of turning / More than this, you know there's nothing  / More than this, no, there's nothing

More than This - Roxy Music

¿Qué nos conecta en medio de la muchedumbre solitaria? 

Miras por la ventana, ¿qué te mira? una gran mancha gris que siempre se torna hormigueo vertical, afanada corriente de metal. En las noches la mancha se viste de neón y extiende al infinito la melodía del fin del mundo con tonadas de 8 bits y voces infantiles que promocionan mercancías.

¿Y en el medio? ¿Qué queda? —"en el medio", quiero decir, entre la vida y la muerte— pasillos y ascensores: imposición del tránsito, delirio por embriaguez o hastío, y a partir de allí el ascenso al bar, el descenso al agua o la desesperada inmersión en el canto desafinado como refugio del soliloquio que somos; que seremos a los veinte y a los cincuenta aunque estemos casados, aunque engendremos hijos, aunque consigamos títulos en Yale. 

¿Qué somos en la puerta del hotel? Animales huérfanos e insomnes que se inventan dioses de papel y templos de madera para acallar el ronquido del esposo que yace a nuestro lado sin sospechar el vacío o la voz de una esposa al otro lado del teléfono preocupada por el color que llevará tu próximo sillón. 

Dios es el sueño de los matrimonios que no aman, el nombre de las dudas sobre el rumbo del propio destino. 

Pero los confines del tedio —de la vida— se cruzan con el rebrote de la inocencia. ¿Qué es la esperanza, si no un silencio ajeno que nos habla? Aunque en el amor siempre intervienen los cuerpos —no podría ser de otra forma— esto no implica que haya violenta posesión, pura materialidad viscosa como única forma de comunicarlo. 

¿Qué nos conecta en medio de las muchas soledades? una mirada cómplice, una sonrisa llena de pícara candidez, que un pie sea canción de cuna del anhelado dormir en compañía. 

Caricia, caro, mi querida, mi querido. Susurro de las pieles, delicado himno de ternura que en un par de minutos rehace nuestra humanidad en un profundísimo roce. 

Y no se trata de la redención platónica de nuestro deseo. Una diatriba contra la lujuria. Es más una celebración a la hierba del desierto y de los muros. Es simplemente que la realidad del amor es tan vívida como una brisa inesperada que nos acaricia mientras estamos en el balcón o como los rayos plenos que atraviesan el agua mientras nadamos. 

Soy naufragio, somos nube: abrazo suave en la tormenta que se desgarra para ser secreto de la tierra [suelo de metrópoli que pertenece a todos y a nadie]. 

domingo, 13 de diciembre de 2020

Vida

 

And with our strength, we'll be as one / A life of goodness, a life as one

El agua y el cielo. Dos superficies de consistencia etérea. Dos que son uno. Superficies que por no ser sólidas —inmóviles— transportan la imagen total del universo. Nuestro planeta es un espejo y, nosotros, sus espejismos. 

Hidrógeno y oxígeno son los nombres del siglo para el eterno retorno. 

¿Dónde acabo yo y dónde inicias tú? ¿Son las moléculas de mi estómago contenedores del océano? ¿Acaso las contracciones de mi pecho son la memoria de los huracanes que engendraron el mundo? ¿Es la electricidad de mi cabeza resonancia del trueno primitivo? 

Creo que la sensación de soledad es el invento definitivo de la vanidad; el juguete favorito de una mirada infantil o, si lo prefieren, la manifestación en el tacto de una ceguera fundamental 

¿Qué es el individuo sino la ilusión de una separación, el vaho sobre el único reflejo que somos?

martes, 24 de noviembre de 2020

Luciérnaga

Searchin' for some peace of mind / Hey, I'll help you find it / I do believe that we are practicing the same religion

Este año ha sido todo, menos lo que espérabamos que fuera. Lo digo especialmente por mis planes de tristeza. Inicié el 2020 con un profundo desaosiego, acciones llenas de nerviosismo y pensamientos erráticos alrededor de un mismo tema: el amor no correspondido, que debo decir, más bien, el ego no correspondido. Cuanta amargura se desprendía ante la pérdida de una mirada deseada. Y, ¿aún osaría a llamar a eso amor? por supuesto que no. El vacío se inflamó con el pretexto de la pasión para revelar las carencias y un obsesivo afán de validación sobredimensionado en su importancia y que pretendía imponerse al simple acontecer de un otro a quien mi capricho otorgó una interpretación nunca pedida. 

"La salud es aceptar y percibir la realidad en los términos de la realidad". Esa fue la frase que escuché en la fantástica Midnight Gospel y que me marcó inmediatamente porque se alineaba con la intención autoimpuesta en este año —del fin del mundo— para limpiar tan bochornoso episodio de egolatría: ajustarme al presente y a lo-que-es —no a lo que quisiera, ni a lo que debería ser según sabe qué absurdas resonancias familiares, culturales e inventos personales—. Consciente del malestar que me causaba situarme en una posición victimista —un acto feo, de mal gusto— comencé a repasar algunas enseñanzas del zazen combinadas con una inmersión en el estoicismo romano. 

A estas alturas puedo evaluar lo significativo que fue ese encuentro, el cual, además, me confirmó que la historia es materia viva, es la conversación interminable, la ruptura de toda rutina y pivote de liberación —en contraposición de la memoria que nos puede paralizar—. Quiero decir con todo lo anterior que en el amor fati se me reveló con claridad el camino para reinterpretar las circunstancias de miedo, tristeza y represión: "Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma". 

Sé que no sufría por otra persona, sufría por mí, porque mis expectativas fueron exageradas y se nutrieron de fantasías que quizá ni me pertenecían inicialmente y que distorsionaron la pureza de la experiencia. Entonces las intenciones se convirtieron en estrategia al preñarse de futuro y cubrirse de una pátina puritana y cursi con la que pretendía proteger mi orgullo herido. Sin embargo, el amor fati desgarró el velo en mis ojos y me hizo decir en voz alta aquello que me dolía y que negaba al empecinarme en sufrir —"no le gustas, no te ama, no te amará, hay mujeres cuya subjetividad es reconocida por él"—, para determinar con honestidad lo que quería acorde con lo que efectivamente se me ofrecía. 

El duelo fue necesario, al final implicó aceptar la muerte de una versión encaprichada y asustada de mí. Para ese momento, las responsabilidades se situaron en el justo lugar y no hubo culpables ni condenas. "Take it as it comes" decía Jim Morrison. La pandemia, los giros del pensamiento, las inflexiones del deseo y el intercambio de roles en otras interacciones ampliaron mi comprensión y revelaron excesos que surgieron por mi resistencia a aceptar la incertidumbre. En algún punto decidí soltar la idea alrededor de esa persona o, en otras palabras, dejar de lamerme la herida idealista. 

No puedo decir que esté completamente recuperada, porque la memoria es instintiva y tramposa —habla en términos de ansiedad—. Pero soy una mujer que intenta vivir en comunión con el acontecimiento y he visto en esa transformación de mi percepción una respuesta diferencial contundente: es la mirada aquello que nos delata, pero es la mirada interna la que nos define. Ahora miro con consciencia, sinceridad y también con orgullosa sensualidad. Nadie puede dañarme si no lo permito, cuando alguien me provoca —y hablo aquí de la cólera o de otras emociones o respuestas negativas— soy cómplice de esa provocación. 

En este último tercio del año del fin decidí recomenzarme y ser cómplice; más no de la cólera, sino de una húmeda provocación. Dejé de fingir ante mí: tocar el bajo, tocar-m/te debajo. Sí, también quería participar del juego. Aprendí que no necesito confiar en ti, antes bien, independientemente de tu reacción, de tus consecuencias, esta ha sido la primera prueba para empezar a confiar decididamente en mí a partir de una lúbrica versión.

No es fortuito, verdad, un Fender California series: californication con todo el descaro desatado. El cuerpo, ese magnífico maestro y los catalizadores que se aprestan a un alunizaje en el planeta fastlove ¿cuántos apasionados intentos? ¡que me sirvan otro bien caliente con mucha crema encima! Descubrir a través del deseo hecho verbo/lengua la realidad que soy sin enmascaramientos; en cada obscenidad, una abertura de luz que me brinda claridad; claridad que es otro nombre para la generosidad que empieza a brotarme y que entrego al mundo pero, sobre todo, me entrego a mí. Ambos coincidimos: compartimos la religión del deseo y una imparable fascinación infantil por la intensidad y la imaginación al servicio de un intercambio intimista. Mi tristeza venía de no haberm/te demostrado la verdadera ruta de mi voluntad —más juguetona, más risueña, para nada grave—; de haber sido incomprendida porque la inconsistencia entre mis hechos y mis pensamientos nos confundieron, me confundió.

La arremolinada serenidad que he experimentado recientemente —sin que por ello cante victoria— se da porque ese fati se manifestó para expresar una realidad: claro que hay entre nosotros una oportunidad de diálogo. Con mi lengua en tu oído, cuentagotas de éxtasis parlante, donde las palabras se deshacen en bocas de tinta. El amor es amar la vida por encima de nuestros miserables egos, amar la vida es amar el acontecer. El amor es una noche de estrellas incandescentes; no hay engaño en su declaración, si ha sido es porque era. Amar el destino a veces toma la forma de "una inteligencia que descansa en el deseo que nos libera". Bienaventurado delirio que reverbera en la madera del universo. 

*muaaa, muaaaaa

miércoles, 7 de octubre de 2020

Platycodon

 

En el suelo ensangrentado de la aldea
Crece una flor violeta
Y aunque los pétalos buscan la luz que les rodea
su destino está tensado en el filo de la saeta

De tu tallo no brotó savia ternura
La infancia fue mitología lejana
Dulzura imposible en la temprana fruta madura
Tus hojas fueron muralla contra la crueldad tirana

Terrestre perla a santas raíces se aferró
Oscura concentración de monstruosa humanidad
Embebida de suave néctar su contradicción acalló
Al precio de administrar una calculada bondad

Inocente animal que bajo tu sombra hizo nido
Cálida caricia que hizo el corazón palpitar
Mientras en la gruta pérfido ladrón herido
Convertía en veneno el deseo que te haría marchitar

Apasionado renacer de una frágil semilla
Donde fina telaraña enredó su voluntad
Y así la esperanza se hizo visceral rencilla
Hasta aniquiliar toda intención de piedad

Sellada en la tierra como último sacrificio
Ambiciosa mano oportunidad de barro te dio
Y aunque desmesurada furia reinició el suplicio
Pronto la claridad remplazó la memoria que ardió  

Redimida por las aguas de un presente sin dolor
La falsa confusión se transformó en tierna generosidad
y la nueva raíz descansó en surco de fértil color
Para que en segunda floración resuene himno de hermandad

jueves, 1 de octubre de 2020

La flecha del dragón

 

Please teach me how to live / a little more vulnerably than i do now / won't you taint me just a little? / that way, even if i get hurt / and lose everything around me / this song of truth will flow through my heart / if eternity knows what manner of darkness / and when pain will vanish / then that way, you shall taint me / i looked always to yesterday, to the castles in the sky / when will i be able to follow them? / this song of truth shall be my guide

¿Qué significa crecer? Hace seis días consulté a una experta en medicina tradicional china. Lo más curioso es que la mujer asegura ser una incrédula consumada y afirma que las técnicas que cultiva son "puro cuento chino". Orfary es una hechizera que no cree en sus propios conjuros: heredera del apóstol Tomás, insiste en sumergirse en la magia, precisamente para tocar la llaga de la fe y ponerla prueba constantemente. Lo curioso es que hasta ahora siempre ha perdido contra las cuentos y —según su relato— cuando cree que por fin ganará —es decir, que se derrumbarán los supuestos ante el peso de la lógica— aparece algún hecho que la desvirtúa y a ella no le queda más alternativa que continuar alimentando su dialéctica de la incredulidad. 

Esa visión conquistó inmediatamente a una persona tan ávida de chispa como yo y por eso, con gustoso entusiasmo, me permití hacer parte del juego. En el fondo, más allá de la efectividad de los masajes, brevajes, quiromancias y acupunturas, lo cierto es que la mujer no dejaba de expresarse en un tono lúdico y burlón y esa es su principal lección: sea que tenga razón la Razón o el encantamiento mágico, lo único verdaderamente imprescindible es no tomarse en serio la vida para poder vivirla. Luego de estar inmersa en sus tratamientos hubo varios enunciados que llamaron mi atención, ya que para mi sorpresa con ellos logré redondear interpretacione sobre sensaciones pasadas y recientes que me han inquietado en los últimos años y que hoy recuerdo a propósito de ese 1 de octubre de 2016, en que un beso de aeropuerto deshizo la esperanza en el vértigo de la noche. Al tocar mi espalda Orfary dijo que yo estaba contenida en una caja muy pequeña para mi cuerpo y que por la estructura de mi espalda superior se notaba que mi energía estaba concentrada en el mundo de las ideas, generando un desequilibrio con su parte baja (la tierra, la sensatez). Ningún desbalance es saludable.

Pero fue cuando vio mis manos que llegó la perplejidad. Con una voz algo desconcertada me dijo "jmmm, ¡¡tus manos!! nunca había visto unas tan lisas"; a lo que yo respondí algo asustada "¿Qué pasa con ello?" y ella dijo "nunca había visto un alma tan joven; que no haya reencarnado; prácticamente eres un niño en kinder y viniste a este mundo a aprender. Tu mano izquierda prácticamente no tiene líneas y esa es la mano que representa el pasado. Eres un alma sin pasado y por eso estudias historia: necesitas construir una memoria desde afuera ya que no tienes una". 

Estas impactantes afirmaciones desmontaron algunas hipótesis propias sobre mi identidad pero reforzaron otras. En ocasiones pensaba que era un alma más vieja por la renuencia a la cólera y por la activa defensa de la ecuanimidad y del sentido común. Sin embargo, la alternativa por la juventud interior hace comprensible muchas de mis experiencias y revelaciones  recientes: la volatilidad emocional, la insaciable curiosidad, la capacidad de relacionarme con cualquier tipo de persona, el deseo por romper esquemas, la búsqueda obsesiva de la autenticidad y la fragilidad ante las despedidas. Esas son las características de una niña —me dije— a las cuales se suman la vulnerabilidad, pero también el ánimo caprichoso, egoísta e incluso cruel. 

La sentencia de Orfary me hizo consciente y no podemos olvidar que toda forma de la consciencia conlleva más malestar que tranquilidad. En este caso, la interpretación azuzó la impaciencia, porque entonces "cuándo voy a alcanzar mi plenitud social, si no me he comportado con los demás como pares, si ellos no han podido verme como tal". Y sentí que la candidez e inocencia con la que he procurado relacionarme son la antítesis de la mímesis, de la capacidad de mentir y ficcionar con soltura, de esa teatralización de las intenciones que es tan necesaria para moverse en el terreno público del poder y en el terreno privado del deseo. 

Con razón siempre me he sentido tan lejana del mundo, incapaz de tocar con palabras aquello que debía asumir como actuación. Todo esto me hizo considerar también mi pueril vivencia del apego, de cómo me involucro tan fácilmente con cualquier situación o persona en la que mi atención se vea atrapada así no sea correspondida. Es justo lo que pasa con los nativos del año de la cabra en contraposición con los nativos del dragón, por el contrario totalmente desapegados de la tierra. El dragón lanza las ideas pero no se queda para cultivarlas. Qué trágico encuentro y qué ironías, pienso. 

Sin embargo he tratado de conciliar mi futuro inmediato con ese "diagnóstico". No quiero justificar ruidos mentales, ni asomos de autocompasión. El destino no es un condicionamiento sino la resonancia de una creencia que crea. Por lo tanto, debo poner en orden mis caóticas emociones y anhelos, para así aprovechar las posibilidades que abre el autoconocimiento. Mi meta será afinar la autobservación, reconocer cuando me extralimito, me desbordo, cruzando esa hybris —que tantas veces he desgarrado desde hace cuatro años— y cuya ruptura, propiciada por mis afiladas fantasías, me ha dejado exhausta. Debo agradecer por las flechas lanzadas —semillas de inspiración— y crecer para mi propia mirada. Como niños anhelamos la mirada del otro, mejor dicho somos el otro, con el cual no hay diferencia. Crecer es separarse, aceptar y abrazar la separación para crear una mirada propia bajo la cual recrearnos. 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Femenino




Over mountains / Over all the shores / My soul flies to find yours / Oh, gracious / How sweet to find / The loved ones / The meeting of minds / I will be finding out just where to find you / Over mountains / just where to find you

Quiero comenzar con una confesión: escribo porque me asomo con resignación sobre los límites de la cordura. Quizá por eso haya  desorden en mi discurso, pero eso no me molesta, porque en esas palabras siento que puedo ser honesta con el caos que se ha abierto entre las paredes blancas de mi pequeña casa. A estas alturas he agotado todos los recursos para conjurar el circuito del compromiso postergado; eso que de otra forma, llamo la enfermedad del tiempo: entusiasmarme con la entrega de regalos a seres queridos; conversar con antiguos amantes; volver a ver la serie que marcó mi adolescencia; ver todas las películas recientes de Pixar con mis papás; ver la serie más tierna del mundo con la mujer que he aprendido a amar, no por la necesidad narcisista de la maternidad sino por los argumentos de la razón; hablar todos los días con mi gran amiga; practicar ejercicios de flexibilidad; retomar el bajo; renunciar a las mal llamadas "redes sociales" o más bien a los "imperios de la modificación de la conducta". Y, sin embargo, al final de la noche se cuela un miedo vago, podría llamarlo tedio, podría llamarlo culpa. 

El motivo es trivial: el peso de la tesis, de un posgrado que se posterga contra todo pronóstico. He incumplido y sobre todo me he incumplido. Sin embargo, ese desgaste que actúa como óxido espiritual ha sido la escuela de esa honestidad que menciono al principio: por fin pude reconocer qué me gusta hacer y qué no. Está bien no querer complacer a otros por el temor de no pertenecer. No obstante, también aprendí que cuando esa apatía al compromiso tiene consecuencias en terceros y sobre todo en el patrimonio público; esta se convierte en una oportunidad y en una necesidad de creatividad, ¿cómo voy a salir de esta situación que no me gusta pero me exige ser responsable? La clave es siempre la acción decidida. Y aquí vuelve a manifestarse la honestidad: me reconozco como una mujer fracturada, disociada y distraída. Me ha costado concentrarme con la intensidad y dedicación del pasado y ese es quizá otro motivo de los reiterados sedimentos nocturnos. Estoy rota, porque he perdido a alguien: así es, me he perdido a mí. Sin embargo, es un logro reconocerme en esa debilidad, la cual habría negado u enmascarado en el pasado. Y si puedo nombrarme sinceramente desde esa fragilidad es porque tengo interés en moverme, en actuar. 

Actualmente he decidido que cada experiencia reciente me fortalece en la debilidad, llevándome a ser más honesta, es decir, a ser coherente entre dicho y hecho. Este reto lo vivo, especialmente, con el sueño narcótico del amante, no quiero que mi pensamiento y acciones al respecto sean contradictorias. Debo enfrentarme —y es lo que he intentado hacer en este tiempo de distanciamientos— al desgarro de una trágica constatación: él es un fantasma, no hay un cuerpo que reclamar, ni que amar. La verdad es que todo el tiempo estuve parada frente a un espejo. Sin embargo del espejismo han brotado reflejos en forma de libros, referencias y canciones a las que permito impresionarme e impregnarme. El verbo se hace carne, pero no él, sino por mí y entonces dudo. A veces me cuestiono la necesidad de renunciar a esas deliciosas fantasmagorías, me digo que debería ser más pragmática, menos egoísta y tomar como semilla todo lo que se presenta en mi vida, así tenga la forma de una ensoñación. Sin embargo, la memoria del deseo me hace trampa y el dolor del cuerpo ausente distrae mi propósito de aprendizaje por el recuerdo de un violento placer. 

Siendo honesta (como mujer) quisiera lanzarme a sus brazos, pero siendo aún más honesta (asumiendo la mirada alta del ave) me repito que estoy sola y que la batalla o el abrazo solo me los debo a mí. Resisto, quiero decir, acepto mi deseo para rebelarme contra él. La experiencia sexual no depende de otro, aunque a veces quiera hacer una cómoda delegación. Si hay un otro, su presencia es un fin (final) y no un mero instrumento. Y así lo experimenté recientemente, pude ser honesta: quería ser y verme como puro deseo, hacerlo explícito, no reprimir. Soy también mi animal y no debo avergonzarme por ello. Fue liberador que "él" me permitiera proyectar ese anhelo de ser. Pero el ser de una ilusión significa que de base se presenta el no-ser y así recomienza la tragedia: me encuentro intermitentemente con un maestro que tiene voz propia pero fue creado por mí. Me desnudo en palabra y cuerpo, por lo tanto, soy honesta: durante este año y ante cada estímulo de "él", mi corazón ha latido al son de un soliloquio. Benditos momentos de euforia y desesperación. 

Soy honesta y por eso la cordura se balancea. El sexo me lleva a una constatación: estoy sola (en la tesis, en el encuentro sexual, en el estar íntimo de la existencia). Claro que hay acompañantes bienintencionados, hay afectos y afectaciones. Pero la realidad psíquica más contundente y constante es la soledad. Y que no se malinterprete: esto no es lamento o queja, sino descripción, anotación de una revelación que intento abrazar sin dramatismo. "En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad", diría Machado y el fantasma, o sea yo. La claridad de este hecho me deja aturdida por un momento, pero no paralizada. Conociendo mi realidad puedo actuar con mayor franqueza, respeto y, espero, con compasión. 

Reconozco que en las situaciones y percepciones mencionadas hay, sin embargo, un prejuicio de raigambre emocional que he estado alimentando: cierto rechazo a la presencia masculina. Mi hipótesis es que relaciono ese rol con la deshonestidad —es decir, con la incongruencia, la ausencia de escucha, la incapacidad de concentración emocional, la esclavitud de la comodidad y el desapego cínico— y eso hace que "las cosas no sean verdad", quiero decir, no puedo confiar en sus discursos o acciones. La soledad constitutiva que ahora veo con mayor nitidez, me exige una economía de la angustia y un pragmatismo afectivo, que nada tiene que ver con amores calculados, ni con ser frío, sino con reconocer dónde se puede compartir cálidamente la soledad y ponerla a conversar con genuina interdependencia. 

Y vaya que esa característica, ahora que reflexiono retrospectivamente, siempre la encontré —y la encuentro— en mujeres o roles femeninos. Mi madre; mi abuela Maruja; mis primas hermanas Luisa y Estefanía; mis amigas Leidy, Natalia, Paula, Mile, Kate; mi abuela Noemí; mi fugaz amante Ana María; mi twin flame, Isabel; la vibrante Nickol; la musical Mayra; la inesperada Angélica; Rumiko Takahashi; las ficticias pero queridas Idgie Threadgoode y Anne Shirley-Cuthbert; la provocadora Kali Uchis —con vergüenza reconozco haberme dejado llevar por un prejuicio social sobre su imagen y haberme privado por ello de conocer su música. Ahora, para mí, la voluptuosa y auténtica mujer es la representación máxima de integridad femenina—. 

Mi madre me dio pecho por cerca de un año y medio y luego me alimentó con el saber de la palabra pasada por el afecto. Gracias a su acompañamiento en mi inquietud "intelectual", aprendí a leer a los 4 años. No sé qué tanto tenga que ver la duración prolongada de la lactancia con esta disposición o más bien con este prejuicio de tomar el carácter femenino como la condensación de la confianza, el amor, la fortaleza, la justicia y la esperanza, pero lo cierto es que las mujeres han sido a lo largo de estos casi 30 años, la principal inspiración —aunque no siempre consciente— de las acciones que me han proporcionado alguna plenitud: aprender, estudiar, amar, confiar, hablar, crear, viajar, dormir acompañada. 

Y creo que por eso adjetivo la honestidad como "femenina", porque considero que ese rol, esa forma de hacerse presente en el mundo conjura los fantasmas, ilusiones y espejismos que surgen de la palabra-entelequia-ardid. La honestidad femenina, por el contrario —se me excusará lo dicotómica, pero hablo desde la experiencia como órgano— es la coherencia encarnada, una inteligencia corporal, concreta, térrica, un suelo que ofrece la confianza necesaria para que la raíz del soliloquio individual se consolide con vigor y autenticidad, sin por ello renunciar a la potencia de un cruce sincero y solidario de soledades. La honestidad femenina, me parece por ahora, el único camino que dignifica la soledad a través del afecto, esto es, de la amistad, que para mí es lo mismo que decir, del amor. 

sábado, 8 de agosto de 2020

El ratón de Ítaca

 Estás en el recuerdo y entre las cosas más hermosas que yo viví / amargo y dulce como el lamento de esta cumbia que te escribí / buscando una ilusión me he convertido en arena / pero acá en mi corazón tú me cambias dulce y buena. 

El contraste de la experiencia cotidiana se ha intensificado en los últimos días: enfermedades, muertes, cumpleaños, reencuentros, distanciamientos impuestos, aislamientos autoimpuestos, dientes que crecen a los veintitantos, cartas extemporáneas al ratón Pérez, un te quiero de madrugada. ¿Es la excepción ahora la cotidianidad? ¿Hemos aniquilado el tedio —ese suave aburrimiento que era la cotidianidad— para situarnos en el frenesí del miedo? La consciencia de la incertidumbre se ha expandido; los días pasan con levedad, pero cada uno va cayendo como arena ligera por el embudo del tiempo; un tiempo sedimentado que se vuelve montaña sobre el espíritu.

La enfermedad universal desgarró las grietas apenas señaladas en el amanecer de la civilización y desenmascaró nuestra fragilidad constitutiva, antes oculta tras el espejismo de la comodidad consumista. Hemos sido exiliados dentro de nuestra propia casa. Habitamos el lugar que nos es más familiar y, sin embargo, nunca nos sentimos tan exiliados de nosotros y entre nosotros. Atrás quedó el mito del burgués: siempre hemos sido Odiseo, eterno navegante que se inventa futuros de tierra firme pero vive su presente a merced del impredecible mar y el capricho divino. Ni conquistador, ni empresario: el hierro y el metal son ficciones de solidez que rápidamente se funden en su ilusión.

No fue el metal —es decir, la entraña de la roca— el asidero de Odiseo, sino la madera: material vivo, fluido y cambiante: nido del sol, hogar de las aves, cuna del canto y de la música, domador del océano. El dinero, el oro se hunden en las aguas, ¿cómo sobrevivir en un medio que exige peso y levedad para avanzar? La respuesta es sencilla: una balsa. Ni siquiera un barco —más robusto y fastuoso— sino su forma más elemental. Odiseo perdió sus magníficas naves en el camino y para perseguir su sueño de retorno, tras cada naufragio, el punto de partida fue el mismo: una balsa. El instrumento es tan frágil como resistente y eso nos da una pista sobre la vulnerabilidad como origen de la fortaleza.

En este altivo océano del 2020 podría señalar las balsas que me han sacado a flote: la amistad y la música, por ejemplo. Pero hoy quiero hablar de uno en especial: la memoria viva. Como una especie de premonición sobre el entorno o como una proyección del fuero interno, justo cuando inició la cuarentena en marzo, sentí una molestia en mi encía, a la altura de una muela superior. Todo el tiempo estuve atenta a su avance porque notaba que la "herida" se expandía hasta que finalmente emergió algo duro. Dado lo desconcertante de la situación asistí a una urgencia odontológica y allí, finalmente, mi incógnita fue resulta: la "lesión" era un diente de leche que no sacaron adecuadamente en mi infancia y ahora el cuerpo lo estaba expulsando. Fue inevitable trasponer —por un vicio narcisista— mi situación física a la social y a la psicológica. Por un lado, el mecanismo del diente me recordó al del virus: un cuerpo extraño y pequeño que pone en entredicho todo un gran sistema y lo obliga a expulsar su malestar. Por otro lado, esa reacción del cuerpo, también parecía reflejar el trabajo del espíritu. Desde enero vivía un intenso duelo y la extracción de ese diente coincidió con la sublimación de emociones negativas asociadas a la pérdida que me atormentaba.

La existencia de un diente de leche fue motivo de risas, me brindó un momento cálido, tras días de ansiedad, con la odontóloga y mis familiares. Pero más importante aún, el diente me hizo pensar en la luz del pasado; en como todo siempre está iluminado por él y en que sus consecuencias nunca deberían minimizarse, porque la vida es un espiral de tiempos; en otras palabras, siempre es resultado de la historia, de las conexiones que construimos. Todas esas divagaciones fueron, por tanto, los troncos con los que formé otra de mis balsas: el llamado de una casi treintañera al Ratón Pérez. Tan pronto como me dieron la noticia en odontología, pedí con la boca abierta y anestesiada que me entregaran el diente y todo con una intención muy clara: pedir al Ratón Pérez lo que me correspondía. Muchos pensarán que era una trivialidad o una niñería. Y, en parte, lo era. Es allí donde reside el encanto de este desenlace.

Lo que buscaba al invocar al Ratón era recuperar una dimensión de ternura para conjurar el nerviosismo y abatimiento de los últimos días de julio. Esto lo hice porque el Ratón Pérez fue un ritual de mi infancia al que mis padres ponían mucho empeño y cariño. Por eso ahora insistí vehementemente en mi petición, hasta que luego de dos semanas encontré 10 000 pesos y una nota debajo de la almohada. De inmediato me sentí profundamente conmovida. Acto seguido abrí mi caja de recuerdos para guardarla, y entonces saqué las notas que el Ratón Pérez me había dado hace 22 años, además de otras cartas que me dieron amigas y primas cuando rondaba los 11 años. Por eso hablo de memoria viva: presente y pasado se conectaron para darme un mensaje. El leer las dedicatorias fue como hundir la mano en tierra y sacar una raíz olvidada. Así, el diente, la carta y la caja extrajeron de mí una voluntad restaurada. Viví otro naufragio, es cierto, pero inmediatamente mi cuerpo lanzó un grito para salvarse a sí mismo. El Ratón Pérez fue la reminiscencia de Ítaca, gusto de la infancia, memoria viva. Sobre él armé una nueva balsa. Seguro que ella no garantiza el regreso al hogar, pero permite navegar, permite moverse sin sentirse extranjero en el mar.  

jueves, 16 de julio de 2020

Solar



Tras ver un término coloquial en su acepción formal me quedé pensando en "qué poder" es la palabra "solar", esa que en lenguaje burocrático (es decir, matapasiones y matajardines) sería "lote urbano baldío". Cuando vi que solar se equiparaba a un baldío me indigné: "¿Cómo va a ser el solar igual que un lote cualquiera?". Y entonces medité sobre la belleza y fertilidad de esa palabra que protege el verdor en la ciudad: un solar no es baldío porque es donde siembran mango las abuelitas; donde hacemos natilla en diciembre; y donde jugamos los primos con libertad, sintiéndonos uno con el pantano y las aves en medio del abuso de concreto y automóviles. El solar es el lugar del sol, el recuerdo de que la amistad duradera y los frutos que nos alimentan son herederos de la tierra. Espacio que ilumina, que ventila, que da vida, porque el sol es la única semilla aunque las inmobiliarias quieran arrancarnos las raíces y borrar a punta de plata la vitalidad de esos rincones sin paredes que aún llamamos hogar.

jueves, 25 de junio de 2020

Sirena


Un dos tres, un dos tres, un dos tres. Suena el vals, mueve tus piernas, niño, al ritmo acompasado de la simulación. Una sonrisa aquí y un gesto de falsa insatisfacción allá. Sobre la máscara dorada brillan siempre los deseos proyectados. Baila. Un dos tres, un dos tres. No es necesaria la verdad, sólo combinarse con las palabras. Flores blancas se deslizan por tus trampas. Cuidado. Mueve el pie hacia allá, casi me pisas. Eso así, con delicadeza, gira un poco más. Ah, los pétalos nos envuelven. Un dos tres, un dos tres, que no termine nunca el vals de las sirenas. Después de 32 vueltas ya nunca haré caso a mis marineros. Un dos tres, un dos tres, baila infinitamente la danza del ardid.

sábado, 20 de junio de 2020

Martí en Comic Sans



Distorsión, del amor que aliena; sublimación, del amor que alienta. Somos nuestro fuego nuevo

-Buenas tardes, ¿me podés vender, por favor, un ramo de rosas blancas, sin follaje y sin adornos?
-Claro que sí, ¿quiere algún mensaje en especial?
-Ya te lo dicto, pero eso sí, te pido otro favor, no pongás emisor ni destinatario, ¿listo?
-Sí señora.
Antes de las cinco de la tarde ya me había escrito para agradecerme. Lo novedoso fue que esta vez no tuve muestra de las flores, sino una foto de la tarjeta. Gracias a su tono satírico en medio del agradecimiento, descubrí al mismo tiempo que él, que la dedicatoria había sido escrita en Comic Sans y le habían puesto además de la fecha, la imagen de un flamante y cursi motociclista tipo Power Point 2003 en una esquina del papel. Al principio estaba avergonzada, pues todo había sido pensado con el usual esmero idealista. Quería darle al regalo un espíritu dramático, ya que el premetidado anonimato de las palabras daría protagonismo a una complicidad que revelaría en el hecho mismo mi identidad. Sin embargo, después del impacto inicial, la intención siguió tan transparente como al principio e incluso sentí que se purificó aún más bajo el baño de la risa. Es curioso, porque fue una forma inesperada —no premeditada por él— de romper la solemnidad, el idealismo y todas esas máscaras elegantes que pretenden sofismar el ego. Esta vez no fue él quien se vistió de bufón, sino la circunstancia. Gracias a Margarita, a una persona a quien solo me unió un vínculo comercial, terminé accediendo a una tercera vía para resolver mis sentimientos: el humor. 
-Ah, doña Margarita, que servicio tan atento, cuidado y cumplido, muchas gracias por todo, de verdad.
-Claro que sí señora, es con todo el gusto. ¿Le puedo pedir el favor que me regale cinco estrellas en las reseñas de Google?
-De una, ya lo hice y siempre los recomendaré. Mil gracias.
Este regalo funciona como un marcador psicológico. Ya sabemos que la vida es básicamente la narrativa que nosotros mismos construimos y repasamos cada día. En ese recorrido, los rituales son un elemento muy poderoso dentro de mi historia. El apego a la herida ha sido más bien la renuncia a una despedida sutil o inexistente. Trato de convencerme en esta ocasión que en la grandilocuencia de este acto podré manifestar esa retirada. Hay allí un peso fuerte del ego: lo hago por mí y por asegurar que dejo la mejor imagen posible. No lo niego. No es un acto total de pureza —"débil y carnal, débil me excedí"— pero sí honesto e inspirado por las esclarecedoras imágenes que el otro dejó en mí. Y hablo de imágenes, y no de palabras o acciones, porque ha sido una revelación visual y plástica, es decir, experiencias fijadas en el sistema límbico, en la retina, en el corazón; y también porque entregaron una orientación artística a mis sentidos y a mi razón. Sabido es que hubo malestares, y que muchos de ellos fueron suscitados por sedimentos propios que no había tratado. El caso es que nunca he reclamado ni manifestado inconformidad, a lo sumo he dejado que eso se convierta en tristeza. Mas si hay algo que hallo estéril y chocante es la queja y considero que mi principal misión es suscitar el bienestar y dejar a donde sea que vaya un gusto a cerezo en primavera y el ánimo de un cervatillo.
Me gustó mucho de esta situación el hecho que, aunque la intención se mantuvo y fue reconocida por el destinatario, perdí el control sobre su desenlace y aún así no me enojé, ni me entristecí sino que pude usarlo a mi favor para comportarme con mayor seguridad. Ese error terminó por convertirse en mi "credencial" y en la forma de crear un recuerdo que nos unió desde una intimidad libre de ansiedad y colmada de generosidad gracias a la risa. También me sorprendió que gracias a ese revés tuve una de las conversaciones más largas y naturales con él. Esta vez no estaba obsesionada con su reacción. Me dije que bastaba con que recibiera las flores. Lo máximo que esperaba era una ligera cortesía, pero el Martí escrito en Comic Sans nos llevó —así fuera sólo en ese instante— por los linderos de una humanizada amistad. Me siento agradecida con el azar por permitirme compartir una despedida que sin perder seriedad se trenzó a partir de chistes sobre motos neas, cervezas imposibles en el parque de Aranjuez —e indirectamente en la montaña mágica—, alusiones al Quijote y a la Eneida y un elusivo equilibrio que parece nivelarse en Windows 98.
-Muchas gracias Margarita por las rosas blancas, excelente servicio. Hasta pronto, espero volver a contactarlos algún día.

martes, 2 de junio de 2020

Vuelta estrella




A propósito de un comentario sobre los celos o, más bien, sobre la envidia no identifiqué en mi historial una manifestiación intensa o apasionada de ese sentimiento, por lo menos, en lo que respecta a lo que siento o dirijo a otras personas. Quiero decir: nunca he sentido un impulso rabioso contra una presencia que rodee a alguien que considere cercano en piel o en idea. No he pensado que ese otro sea un enemigo al que deba enfrentar con furia y voraz contundencia. En esas situaciones, si contra alguien he dirigido reproches, ha sido contra mí: mis fantasías son los enemigos de mi valentía y de mis posibilidades. Si no ocupo una posición a su lado y otro sí, es porque falta trabajo en mí para alcanzar una realidad afín con el universo de esa figura deseada. No hay cólera, sino tristeza, que pensándolo un poco más, quizá sí es otra forma de la rabia pero dirigida hacia adentro.

¿Cuál es el origen de esa exaltación que, en este caso, es como una uña encarnada en el alma y no un ataque espectacular que tira a matar a un "usurpador"? Creo que este malestar se origina en una temida sospecha: que la creatividad propia tiene límites muy estrechos, que se agota demasiado pronto. Nunca he envidiado características u objetos (apariencias, lujos, ni títulos académicos) pero sí cualidades, logros o acciones en los que se revela un ligero fluir del alma en el mundo. No envidio cuerpos, sino sus apropiaciones. Es en ese sútil giro donde surge el arte, es decir, la reconciliación consciente entre lo uno y lo otro a través de la acción. Dicho esto, he envidiado a poetas, novelistas, cuentistas y compositores (más que a los intérpretes); en resumen, envidio a la acción misma, a quienes asumen el riesgo de hacer, de continuar a pesar de saber que crear no se trata de inventarse el mundo sino de combinarse con él desde una intimidad que suscita el asombro propio y el de quien tenga los sentidos abiertos para participar de él.

Siento que en esas áreas no logro producir contenidos asombrosos y me da tristeza, porque en esa incapacidad fracasa mi posibilidad de acercarme a quienes más deseo: los artistas. Seré objeto de burlas y en el peor de los casos de la compasión, pienso al rumiar todo esto. Siento que en mi experiencia hay destellos de relámpago y no de sol y, justamente, esa inconstancia y fragilidad de la luz es lo que nutre mi resignado desconcierto. Envidio a los actores, cantantes, cuenteros, culebreros, porristas, acróbatas, actores pornográficos y bailarines; esa horda de histriónicos donde el chillido, la mueca, el gemido, el grito y la contorsión se convierten en lenguaje definitivo, porque es un mensaje que nos conecta desde la aceptación y no desde el malentendido, característica fundamental de la palabra. Todas las revelaciones esenciales, todo aquello que urde el tejido de un sentido tiene la forma de cuerpos jadeantes, sudorosos y balbuceantes, casi animales, casi primitivos, pero nunca más humanos y más claros en su expresión.

Por eso, tres de las mayores frustraciones a estas alturas de mi vida son no ser capas de hacer el ula, ula; de dar la vuelta estrella; y de gritar. Cada que veo a alguien haciendo las dos primeras quedo  totalmente descrestada y una oscura sensación de impotencia se instala en la mirada por largo rato. Recuerdo los intentos fallidos y la frustración de no poder dirigir mi cuerpo a la fiesta del movimiento, mi más persistente anhelo, al tenerlo amarrado a una imagen intrusiva de perfección. Estando próxima a cumplir 30 años mi mayor sueño no es el título de posgrado, ni tener posesiones lujosas, sino poder hacer que el aro gire en mi cintura, lograr la magia de girar con los pies estirados, sin miedo y confiando en la gravedad, y poder llamar a alguien desde la distancia. Conjurarla como obstáculo y cruzar sobre ella (que sería como cruzar sobre el tiempo) para llegar a quien me acompaña, que seguramente será alguien a quien quiero. 

domingo, 24 de mayo de 2020

Todo lo que tengo es un río


       

1. Río de abril: el origen de la fiesta

Los días del confinamiento transcurrían con conocida familiaridad. En lo particular, no me ha resultado traumático habitar todo el tiempo mi casa. Es un íntimo —casi secreto— placer disponer del tiempo y de mi soledad. Durante mi vida universitaria estuve en el campus sólo el tiempo necesario para las clases y cuando comencé a trabajar allí mismo, como editora, pude hacerlo desde el principio de forma remota. A pesar de todo, las aguas se enturbiaron y hubo una época en que ese confinamiento se convirtió también cerradura del cuerpo y del espíritu y me hundí hasta las profundidades más ominosas. Ahora, sin embargo, se trata de una medida social y no de una elección o una condena personal y ha sido notoria la transformación de la humanidad callejera: temprano es el advenimiento del silencio y de la oscuridad eléctrica de las noches. Sin embargo, el 30 de abril arreció una tormenta tan inesperada como huracanada. La naturaleza nos embistió y pronto el anhelo de frescura, tras unos días calurosos, se convirtió en terror. Al principio fuimos animales asustados, indefensos ante la violencia incontenible del agua. Poco a poco y quizá como el hombre religioso primigenio, el miedo se convirtió en asombro y el asombro en fiesta. La intensidad de la lluvia fue tal, que la calle se transformó en río y las casas más bajas comenzaron a inundarse porque el alcantarillado colapsó. Entonces sus habitantes salieron a la calle para a sacar el agua. Sin usar tapabocas o cuidar distancias comenzaron a unirse otros vecinos y a pesar del viento y del frío, se turnaban para traer baldes y escurrir los antejardines. Hacía un mes que la calle estaba vacía, pero con el agua brotando nació también ese sentido de comunión, el originario religare, que significa reunir. Luego de días sin contacto el río se hizo nuestra religión. A medida que amainaba la lluvia llegaron los chistes, los cantos, la música, el baile y la conversación desde el balcón y desde las puertas. Hijos del diluvio, renacimos celebrando la amistad mientras vadeamos la incertidumbre con el ánimo purificado.



2.  Río de mayo: escuchar el silencio de la tierra

Todo lo que tengo es un río: flujo, reflejos, tierra y sedimentos. La metáfora del río se emplea usualmente para signifcar el carácter cambiante de la vida: es imposible si quiera pensar en detenerlo. La resistencia sólo genera violencia, dolor en las manos de quien intenta contrariar su curso. La transformación es lo único que permanece. Sin embargo, hay una dimensión menos recordada en esa figura: el río no sólo es agua, es sobre todo tierra en movimiento. Dice el diccionario de la lengua española que un lecho es "armazón para que las personas se acuesten; sitio donde se echan los animales; Madre de un río, o terreno por donde corren sus aguas; Arq. Superficie de una piedra sobre la cual se ha de asentar otra; Geol. Capa de los terrenos sedimentarios; andas para llevar a enterrar los cadáveres". En esta polisemia identifico un signficado común: la tierra del río indica permanencia, lugar para el reposo, base del edificio, tumba de los muertos. La tierra nos llama al arraigo, al descanso, a la ensoñación e incluso a la muerte como forma definitiva de un estar para renovar átomos.

Hace un año anoté esa frase en mi diario personal, embriagada por la euforia de una represa desatada. Me entregué al significado más dinámico del río, estaba agradecida por el vértigo de un lago hecho torrente. Era necesario vivir la aventura de ser una cascada. Poco a poco el salto fue acortándose y conviertiéndose en río, el agua amorfa se vio ajustada a un cauce, tocando la tierra. Atrás quedó el viento que, inquieto, iluminaba los cristales flotantes. Sí, el movimiento no se detenía, pero ahora era denso: la tierra formaba capas de sedimentos que no desaparecían con una simple sacudida. Y si el nivel del agua bajaba, la liviandad se agotaba: el río se volvía charco y el charco barro. Este año ese río ha significado para mí echarme sobre el lecho y escuchar el silencio de la tierra húmeda. Frente al estrépito de la cascada, en el que hasta la propia voz se perdía, ahora debo enfrentar el paisaje fangoso que es quietud sin ser permanencia. El río es hoy sinónimo de memoria subterránea que grita en su pasmoso silencio todas las verdades que acallaba en caída libre. Ese peso se ha hecho insoportable: el aniversario de la borrasca, el lanzamiento del video, el regreso inevitable.

En la calma el pensamiento es un filtro que depura el río y así cobra sentido retrospectivo el movimiento inicial: las fichas estaban dispuestas y allí encajé como un distractor. Por eso, "ante la duda, el silencio". El de él y el mío como justificación de la fantasía. A veces siento que el peso del barro me impide dar pasos, hacer una brazada; me perdí en el deseo de una segunda tormenta que abriera paso a una cascada. Me perdí en el deseo. Tener un río significa, en este punto, renunciar a los caprichos de una divinidad que yo inventé y que separada de su creadora desde hace rato —desde el principio— mira a otros manantiales. Tengo sed y ganas de ser pájaro-agua. Pero sé que las plegarias son absurdas; mis palabras, ni mi vientre ardiente pueden alcanzar tu voluntad. Eres sordo a mi deseo. El fango se hace intolerable y quiero un alivio definitivo, quiero liberarnos. El devaneo fue profecía cumplida y en el río lavaste tus manos para evitar la vergüenza. Me echaré en el lecho y pondré mi oído en el suelo. Como un animal moribundo, como una roca sobre otra roca (el manto terrestre), me dejaré estar y mecer por el río; dejaré que las gotas borren mi nombre, mientras me convierto en abono y cimiento —guijarro molido— de mi renacer.