sábado, 19 de septiembre de 2020

Femenino




Over mountains / Over all the shores / My soul flies to find yours / Oh, gracious / How sweet to find / The loved ones / The meeting of minds / I will be finding out just where to find you / Over mountains / just where to find you

Quiero comenzar con una confesión: escribo porque me asomo con resignación sobre los límites de la cordura. Quizá por eso haya  desorden en mi discurso, pero eso no me molesta, porque en esas palabras siento que puedo ser honesta con el caos que se ha abierto entre las paredes blancas de mi pequeña casa. A estas alturas he agotado todos los recursos para conjurar el circuito del compromiso postergado; eso que de otra forma, llamo la enfermedad del tiempo: entusiasmarme con la entrega de regalos a seres queridos; conversar con antiguos amantes; volver a ver la serie que marcó mi adolescencia; ver todas las películas recientes de Pixar con mis papás; ver la serie más tierna del mundo con la mujer que he aprendido a amar, no por la necesidad narcisista de la maternidad sino por los argumentos de la razón; hablar todos los días con mi gran amiga; practicar ejercicios de flexibilidad; retomar el bajo; renunciar a las mal llamadas "redes sociales" o más bien a los "imperios de la modificación de la conducta". Y, sin embargo, al final de la noche se cuela un miedo vago, podría llamarlo tedio, podría llamarlo culpa. 

El motivo es trivial: el peso de la tesis, de un posgrado que se posterga contra todo pronóstico. He incumplido y sobre todo me he incumplido. Sin embargo, ese desgaste que actúa como óxido espiritual ha sido la escuela de esa honestidad que menciono al principio: por fin pude reconocer qué me gusta hacer y qué no. Está bien no querer complacer a otros por el temor de no pertenecer. No obstante, también aprendí que cuando esa apatía al compromiso tiene consecuencias en terceros y sobre todo en el patrimonio público; esta se convierte en una oportunidad y en una necesidad de creatividad, ¿cómo voy a salir de esta situación que no me gusta pero me exige ser responsable? La clave es siempre la acción decidida. Y aquí vuelve a manifestarse la honestidad: me reconozco como una mujer fracturada, disociada y distraída. Me ha costado concentrarme con la intensidad y dedicación del pasado y ese es quizá otro motivo de los reiterados sedimentos nocturnos. Estoy rota, porque he perdido a alguien: así es, me he perdido a mí. Sin embargo, es un logro reconocerme en esa debilidad, la cual habría negado u enmascarado en el pasado. Y si puedo nombrarme sinceramente desde esa fragilidad es porque tengo interés en moverme, en actuar. 

Actualmente he decidido que cada experiencia reciente me fortalece en la debilidad, llevándome a ser más honesta, es decir, a ser coherente entre dicho y hecho. Este reto lo vivo, especialmente, con el sueño narcótico del amante, no quiero que mi pensamiento y acciones al respecto sean contradictorias. Debo enfrentarme —y es lo que he intentado hacer en este tiempo de distanciamientos— al desgarro de una trágica constatación: él es un fantasma, no hay un cuerpo que reclamar, ni que amar. La verdad es que todo el tiempo estuve parada frente a un espejo. Sin embargo del espejismo han brotado reflejos en forma de libros, referencias y canciones a las que permito impresionarme e impregnarme. El verbo se hace carne, pero no él, sino por mí y entonces dudo. A veces me cuestiono la necesidad de renunciar a esas deliciosas fantasmagorías, me digo que debería ser más pragmática, menos egoísta y tomar como semilla todo lo que se presenta en mi vida, así tenga la forma de una ensoñación. Sin embargo, la memoria del deseo me hace trampa y el dolor del cuerpo ausente distrae mi propósito de aprendizaje por el recuerdo de un violento placer. 

Siendo honesta (como mujer) quisiera lanzarme a sus brazos, pero siendo aún más honesta (asumiendo la mirada alta del ave) me repito que estoy sola y que la batalla o el abrazo solo me los debo a mí. Resisto, quiero decir, acepto mi deseo para rebelarme contra él. La experiencia sexual no depende de otro, aunque a veces quiera hacer una cómoda delegación. Si hay un otro, su presencia es un fin (final) y no un mero instrumento. Y así lo experimenté recientemente, pude ser honesta: quería ser y verme como puro deseo, hacerlo explícito, no reprimir. Soy también mi animal y no debo avergonzarme por ello. Fue liberador que "él" me permitiera proyectar ese anhelo de ser. Pero el ser de una ilusión significa que de base se presenta el no-ser y así recomienza la tragedia: me encuentro intermitentemente con un maestro que tiene voz propia pero fue creado por mí. Me desnudo en palabra y cuerpo, por lo tanto, soy honesta: durante este año y ante cada estímulo de "él", mi corazón ha latido al son de un soliloquio. Benditos momentos de euforia y desesperación. 

Soy honesta y por eso la cordura se balancea. El sexo me lleva a una constatación: estoy sola (en la tesis, en el encuentro sexual, en el estar íntimo de la existencia). Claro que hay acompañantes bienintencionados, hay afectos y afectaciones. Pero la realidad psíquica más contundente y constante es la soledad. Y que no se malinterprete: esto no es lamento o queja, sino descripción, anotación de una revelación que intento abrazar sin dramatismo. "En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad", diría Machado y el fantasma, o sea yo. La claridad de este hecho me deja aturdida por un momento, pero no paralizada. Conociendo mi realidad puedo actuar con mayor franqueza, respeto y, espero, con compasión. 

Reconozco que en las situaciones y percepciones mencionadas hay, sin embargo, un prejuicio de raigambre emocional que he estado alimentando: cierto rechazo a la presencia masculina. Mi hipótesis es que relaciono ese rol con la deshonestidad —es decir, con la incongruencia, la ausencia de escucha, la incapacidad de concentración emocional, la esclavitud de la comodidad y el desapego cínico— y eso hace que "las cosas no sean verdad", quiero decir, no puedo confiar en sus discursos o acciones. La soledad constitutiva que ahora veo con mayor nitidez, me exige una economía de la angustia y un pragmatismo afectivo, que nada tiene que ver con amores calculados, ni con ser frío, sino con reconocer dónde se puede compartir cálidamente la soledad y ponerla a conversar con genuina interdependencia. 

Y vaya que esa característica, ahora que reflexiono retrospectivamente, siempre la encontré —y la encuentro— en mujeres o roles femeninos. Mi madre; mi abuela Maruja; mis primas hermanas Luisa y Estefanía; mis amigas Leidy, Natalia, Paula, Mile, Kate; mi abuela Noemí; mi fugaz amante Ana María; mi twin flame, Isabel; la vibrante Nickol; la musical Mayra; la inesperada Angélica; Rumiko Takahashi; las ficticias pero queridas Idgie Threadgoode y Anne Shirley-Cuthbert; la provocadora Kali Uchis —con vergüenza reconozco haberme dejado llevar por un prejuicio social sobre su imagen y haberme privado por ello de conocer su música. Ahora, para mí, la voluptuosa y auténtica mujer es la representación máxima de integridad femenina—. 

Mi madre me dio pecho por cerca de un año y medio y luego me alimentó con el saber de la palabra pasada por el afecto. Gracias a su acompañamiento en mi inquietud "intelectual", aprendí a leer a los 4 años. No sé qué tanto tenga que ver la duración prolongada de la lactancia con esta disposición o más bien con este prejuicio de tomar el carácter femenino como la condensación de la confianza, el amor, la fortaleza, la justicia y la esperanza, pero lo cierto es que las mujeres han sido a lo largo de estos casi 30 años, la principal inspiración —aunque no siempre consciente— de las acciones que me han proporcionado alguna plenitud: aprender, estudiar, amar, confiar, hablar, crear, viajar, dormir acompañada. 

Y creo que por eso adjetivo la honestidad como "femenina", porque considero que ese rol, esa forma de hacerse presente en el mundo conjura los fantasmas, ilusiones y espejismos que surgen de la palabra-entelequia-ardid. La honestidad femenina, por el contrario —se me excusará lo dicotómica, pero hablo desde la experiencia como órgano— es la coherencia encarnada, una inteligencia corporal, concreta, térrica, un suelo que ofrece la confianza necesaria para que la raíz del soliloquio individual se consolide con vigor y autenticidad, sin por ello renunciar a la potencia de un cruce sincero y solidario de soledades. La honestidad femenina, me parece por ahora, el único camino que dignifica la soledad a través del afecto, esto es, de la amistad, que para mí es lo mismo que decir, del amor. 

sábado, 8 de agosto de 2020

El ratón de Ítaca

 Estás en el recuerdo y entre las cosas más hermosas que yo viví / amargo y dulce como el lamento de esta cumbia que te escribí / buscando una ilusión me he convertido en arena / pero acá en mi corazón tú me cambias dulce y buena. 

El contraste de la experiencia cotidiana se ha intensificado en los últimos días: enfermedades, muertes, cumpleaños, reencuentros, distanciamientos impuestos, aislamientos autoimpuestos, dientes que crecen a los veintitantos, cartas extemporáneas al ratón Pérez, un te quiero de madrugada. ¿Es la excepción ahora la cotidianidad? ¿Hemos aniquilado el tedio —ese suave aburrimiento que era la cotidianidad— para situarnos en el frenesí del miedo? La consciencia de la incertidumbre se ha expandido; los días pasan con levedad, pero cada uno va cayendo como arena ligera por el embudo del tiempo; un tiempo sedimentado que se vuelve montaña sobre el espíritu.

La enfermedad universal desgarró las grietas apenas señaladas en el amanecer de la civilización y desenmascaró nuestra fragilidad constitutiva, antes oculta tras el espejismo de la comodidad consumista. Hemos sido exiliados dentro de nuestra propia casa. Habitamos el lugar que nos es más familiar y, sin embargo, nunca nos sentimos tan exiliados de nosotros y entre nosotros. Atrás quedó el mito del burgués: siempre hemos sido Odiseo, eterno navegante que se inventa futuros de tierra firme pero vive su presente a merced del impredecible mar y el capricho divino. Ni conquistador, ni empresario: el hierro y el metal son ficciones de solidez que rápidamente se funden en su ilusión.

No fue el metal —es decir, la entraña de la roca— el asidero de Odiseo, sino la madera: material vivo, fluido y cambiante: nido del sol, hogar de las aves, cuna del canto y de la música, domador del océano. El dinero, el oro se hunden en las aguas, ¿cómo sobrevivir en un medio que exige peso y levedad para avanzar? La respuesta es sencilla: una balsa. Ni siquiera un barco —más robusto y fastuoso— sino su forma más elemental. Odiseo perdió sus magníficas naves en el camino y para perseguir su sueño de retorno, tras cada naufragio, el punto de partida fue el mismo: una balsa. El instrumento es tan frágil como resistente y eso nos da una pista sobre la vulnerabilidad como origen de la fortaleza.

En este altivo océano del 2020 podría señalar las balsas que me han sacado a flote: la amistad y la música, por ejemplo. Pero hoy quiero hablar de uno en especial: la memoria viva. Como una especie de premonición sobre el entorno o como una proyección del fuero interno, justo cuando inició la cuarentena en marzo, sentí una molestia en mi encía, a la altura de una muela superior. Todo el tiempo estuve atenta a su avance porque notaba que la "herida" se expandía hasta que finalmente emergió algo duro. Dado lo desconcertante de la situación asistí a una urgencia odontológica y allí, finalmente, mi incógnita fue resulta: la "lesión" era un diente de leche que no sacaron adecuadamente en mi infancia y ahora el cuerpo lo estaba expulsando. Fue inevitable trasponer —por un vicio narcisista— mi situación física a la social y a la psicológica. Por un lado, el mecanismo del diente me recordó al del virus: un cuerpo extraño y pequeño que pone en entredicho todo un gran sistema y lo obliga a expulsar su malestar. Por otro lado, esa reacción del cuerpo, también parecía reflejar el trabajo del espíritu. Desde enero vivía un intenso duelo y la extracción de ese diente coincidió con la sublimación de emociones negativas asociadas a la pérdida que me atormentaba.

La existencia de un diente de leche fue motivo de risas, me brindó un momento cálido, tras días de ansiedad, con la odontóloga y mis familiares. Pero más importante aún, el diente me hizo pensar en la luz del pasado; en como todo siempre está iluminado por él y en que sus consecuencias nunca deberían minimizarse, porque la vida es un espiral de tiempos; en otras palabras, siempre es resultado de la historia, de las conexiones que construimos. Todas esas divagaciones fueron, por tanto, los troncos con los que formé otra de mis balsas: el llamado de una casi treintañera al Ratón Pérez. Tan pronto como me dieron la noticia en odontología, pedí con la boca abierta y anestesiada que me entregaran el diente y todo con una intención muy clara: pedir al Ratón Pérez lo que me correspondía. Muchos pensarán que era una trivialidad o una niñería. Y, en parte, lo era. Es allí donde reside el encanto de este desenlace.

Lo que buscaba al invocar al Ratón era recuperar una dimensión de ternura para conjurar el nerviosismo y abatimiento de los últimos días de julio. Esto lo hice porque el Ratón Pérez fue un ritual de mi infancia al que mis padres ponían mucho empeño y cariño. Por eso ahora insistí vehementemente en mi petición, hasta que luego de dos semanas encontré 10 000 pesos y una nota debajo de la almohada. De inmediato me sentí profundamente conmovida. Acto seguido abrí mi caja de recuerdos para guardarla, y entonces saqué las notas que el Ratón Pérez me había dado hace 22 años, además de otras cartas que me dieron amigas y primas cuando rondaba los 11 años. Por eso hablo de memoria viva: presente y pasado se conectaron para darme un mensaje. El leer las dedicatorias fue como hundir la mano en tierra y sacar una raíz olvidada. Así, el diente, la carta y la caja extrajeron de mí una voluntad restaurada. Viví otro naufragio, es cierto, pero inmediatamente mi cuerpo lanzó un grito para salvarse a sí mismo. El Ratón Pérez fue la reminiscencia de Ítaca, gusto de la infancia, memoria viva. Sobre él armé una nueva balsa. Seguro que ella no garantiza el regreso al hogar, pero permite navegar, permite moverse sin sentirse extranjero en el mar.  

jueves, 16 de julio de 2020

Solar



Tras ver un término coloquial en su acepción formal me quedé pensando en "qué poder" es la palabra "solar", esa que en lenguaje burocrático (es decir, matapasiones y matajardines) sería "lote urbano baldío". Cuando vi que solar se equiparaba a un baldío me indigné: "¿Cómo va a ser el solar igual que un lote cualquiera?". Y entonces medité sobre la belleza y fertilidad de esa palabra que protege el verdor en la ciudad: un solar no es baldío porque es donde siembran mango las abuelitas; donde hacemos natilla en diciembre; y donde jugamos los primos con libertad, sintiéndonos uno con el pantano y las aves en medio del abuso de concreto y automóviles. El solar es el lugar del sol, el recuerdo de que la amistad duradera y los frutos que nos alimentan son herederos de la tierra. Espacio que ilumina, que ventila, que da vida, porque el sol es la única semilla aunque las inmobiliarias quieran arrancarnos las raíces y borrar a punta de plata la vitalidad de esos rincones sin paredes que aún llamamos hogar.

jueves, 25 de junio de 2020

Sirena


Un dos tres, un dos tres, un dos tres. Suena el vals, mueve tus piernas, niño, al ritmo acompasado de la simulación. Una sonrisa aquí y un gesto de falsa insatisfacción allá. Sobre la máscara dorada brillan siempre los deseos proyectados. Baila. Un dos tres, un dos tres. No es necesaria la verdad, sólo combinarse con las palabras. Flores blancas se deslizan por tus trampas. Cuidado. Mueve el pie hacia allá, casi me pisas. Eso así, con delicadeza, gira un poco más. Ah, los pétalos nos envuelven. Un dos tres, un dos tres, que no termine nunca el vals de las sirenas. Después de 32 vueltas ya nunca haré caso a mis marineros. Un dos tres, un dos tres, baila infinitamente la danza del ardid.

sábado, 20 de junio de 2020

Martí en Comic Sans



Distorsión, del amor que aliena; sublimación, del amor que alienta. Somos nuestro fuego nuevo

-Buenas tardes, ¿me podés vender, por favor, un ramo de rosas blancas, sin follaje y sin adornos?
-Claro que sí, ¿quiere algún mensaje en especial?
-Ya te lo dicto, pero eso sí, te pido otro favor, no pongás emisor ni destinatario, ¿listo?
-Sí señora.
Antes de las cinco de la tarde ya me había escrito para agradecerme. Lo novedoso fue que esta vez no tuve muestra de las flores, sino una foto de la tarjeta. Gracias a su tono satírico en medio del agradecimiento, descubrí al mismo tiempo que él, que la dedicatoria había sido escrita en Comic Sans y le habían puesto además de la fecha, la imagen de un flamante y cursi motociclista tipo Power Point 2003 en una esquina del papel. Al principio estaba avergonzada, pues todo había sido pensado con el usual esmero idealista. Quería darle al regalo un espíritu dramático, ya que el premetidado anonimato de las palabras daría protagonismo a una complicidad que revelaría en el hecho mismo mi identidad. Sin embargo, después del impacto inicial, la intención siguió tan transparente como al principio e incluso sentí que se purificó aún más bajo el baño de la risa. Es curioso, porque fue una forma inesperada —no premeditada por él— de romper la solemnidad, el idealismo y todas esas máscaras elegantes que pretenden sofismar el ego. Esta vez no fue él quien se vistió de bufón, sino la circunstancia. Gracias a Margarita, a una persona a quien solo me unió un vínculo comercial, terminé accediendo a una tercera vía para resolver mis sentimientos: el humor. 
-Ah, doña Margarita, que servicio tan atento, cuidado y cumplido, muchas gracias por todo, de verdad.
-Claro que sí señora, es con todo el gusto. ¿Le puedo pedir el favor que me regale cinco estrellas en las reseñas de Google?
-De una, ya lo hice y siempre los recomendaré. Mil gracias.
Este regalo funciona como un marcador psicológico. Ya sabemos que la vida es básicamente la narrativa que nosotros mismos construimos y repasamos cada día. En ese recorrido, los rituales son un elemento muy poderoso dentro de mi historia. El apego a la herida ha sido más bien la renuncia a una despedida sutil o inexistente. Trato de convencerme en esta ocasión que en la grandilocuencia de este acto podré manifestar esa retirada. Hay allí un peso fuerte del ego: lo hago por mí y por asegurar que dejo la mejor imagen posible. No lo niego. No es un acto total de pureza —"débil y carnal, débil me excedí"— pero sí honesto e inspirado por las esclarecedoras imágenes que el otro dejó en mí. Y hablo de imágenes, y no de palabras o acciones, porque ha sido una revelación visual y plástica, es decir, experiencias fijadas en el sistema límbico, en la retina, en el corazón; y también porque entregaron una orientación artística a mis sentidos y a mi razón. Sabido es que hubo malestares, y que muchos de ellos fueron suscitados por sedimentos propios que no había tratado. El caso es que nunca he reclamado ni manifestado inconformidad, a lo sumo he dejado que eso se convierta en tristeza. Mas si hay algo que hallo estéril y chocante es la queja y considero que mi principal misión es suscitar el bienestar y dejar a donde sea que vaya un gusto a cerezo en primavera y el ánimo de un cervatillo.
Me gustó mucho de esta situación el hecho que, aunque la intención se mantuvo y fue reconocida por el destinatario, perdí el control sobre su desenlace y aún así no me enojé, ni me entristecí sino que pude usarlo a mi favor para comportarme con mayor seguridad. Ese error terminó por convertirse en mi "credencial" y en la forma de crear un recuerdo que nos unió desde una intimidad libre de ansiedad y colmada de generosidad gracias a la risa. También me sorprendió que gracias a ese revés tuve una de las conversaciones más largas y naturales con él. Esta vez no estaba obsesionada con su reacción. Me dije que bastaba con que recibiera las flores. Lo máximo que esperaba era una ligera cortesía, pero el Martí escrito en Comic Sans nos llevó —así fuera sólo en ese instante— por los linderos de una humanizada amistad. Me siento agradecida con el azar por permitirme compartir una despedida que sin perder seriedad se trenzó a partir de chistes sobre motos neas, cervezas imposibles en el parque de Aranjuez —e indirectamente en la montaña mágica—, alusiones al Quijote y a la Eneida y un elusivo equilibrio que parece nivelarse en Windows 98.
-Muchas gracias Margarita por las rosas blancas, excelente servicio. Hasta pronto, espero volver a contactarlos algún día.

martes, 2 de junio de 2020

Vuelta estrella




A propósito de un comentario sobre los celos o, más bien, sobre la envidia no identifiqué en mi historial una manifestiación intensa o apasionada de ese sentimiento, por lo menos, en lo que respecta a lo que siento o dirijo a otras personas. Quiero decir: nunca he sentido un impulso rabioso contra una presencia que rodee a alguien que considere cercano en piel o en idea. No he pensado que ese otro sea un enemigo al que deba enfrentar con furia y voraz contundencia. En esas situaciones, si contra alguien he dirigido reproches, ha sido contra mí: mis fantasías son los enemigos de mi valentía y de mis posibilidades. Si no ocupo una posición a su lado y otro sí, es porque falta trabajo en mí para alcanzar una realidad afín con el universo de esa figura deseada. No hay cólera, sino tristeza, que pensándolo un poco más, quizá sí es otra forma de la rabia pero dirigida hacia adentro.

¿Cuál es el origen de esa exaltación que, en este caso, es como una uña encarnada en el alma y no un ataque espectacular que tira a matar a un "usurpador"? Creo que este malestar se origina en una temida sospecha: que la creatividad propia tiene límites muy estrechos, que se agota demasiado pronto. Nunca he envidiado características u objetos (apariencias, lujos, ni títulos académicos) pero sí cualidades, logros o acciones en los que se revela un ligero fluir del alma en el mundo. No envidio cuerpos, sino sus apropiaciones. Es en ese sútil giro donde surge el arte, es decir, la reconciliación consciente entre lo uno y lo otro a través de la acción. Dicho esto, he envidiado a poetas, novelistas, cuentistas y compositores (más que a los intérpretes); en resumen, envidio a la acción misma, a quienes asumen el riesgo de hacer, de continuar a pesar de saber que crear no se trata de inventarse el mundo sino de combinarse con él desde una intimidad que suscita el asombro propio y el de quien tenga los sentidos abiertos para participar de él.

Siento que en esas áreas no logro producir contenidos asombrosos y me da tristeza, porque en esa incapacidad fracasa mi posibilidad de acercarme a quienes más deseo: los artistas. Seré objeto de burlas y en el peor de los casos de la compasión, pienso al rumiar todo esto. Siento que en mi experiencia hay destellos de relámpago y no de sol y, justamente, esa inconstancia y fragilidad de la luz es lo que nutre mi resignado desconcierto. Envidio a los actores, cantantes, cuenteros, culebreros, porristas, acróbatas, actores pornográficos y bailarines; esa horda de histriónicos donde el chillido, la mueca, el gemido, el grito y la contorsión se convierten en lenguaje definitivo, porque es un mensaje que nos conecta desde la aceptación y no desde el malentendido, característica fundamental de la palabra. Todas las revelaciones esenciales, todo aquello que urde el tejido de un sentido tiene la forma de cuerpos jadeantes, sudorosos y balbuceantes, casi animales, casi primitivos, pero nunca más humanos y más claros en su expresión.

Por eso, tres de las mayores frustraciones a estas alturas de mi vida son no ser capas de hacer el ula, ula; de dar la vuelta estrella; y de gritar. Cada que veo a alguien haciendo las dos primeras quedo  totalmente descrestada y una oscura sensación de impotencia se instala en la mirada por largo rato. Recuerdo los intentos fallidos y la frustración de no poder dirigir mi cuerpo a la fiesta del movimiento, mi más persistente anhelo, al tenerlo amarrado a una imagen intrusiva de perfección. Estando próxima a cumplir 30 años mi mayor sueño no es el título de posgrado, ni tener posesiones lujosas, sino poder hacer que el aro gire en mi cintura, lograr la magia de girar con los pies estirados, sin miedo y confiando en la gravedad, y poder llamar a alguien desde la distancia. Conjurarla como obstáculo y cruzar sobre ella (que sería como cruzar sobre el tiempo) para llegar a quien me acompaña, que seguramente será alguien a quien quiero. 

domingo, 24 de mayo de 2020

Todo lo que tengo es un río


       

1. Río de abril: el origen de la fiesta

Los días del confinamiento transcurrían con conocida familiaridad. En lo particular, no me ha resultado traumático habitar todo el tiempo mi casa. Es un íntimo —casi secreto— placer disponer del tiempo y de mi soledad. Durante mi vida universitaria estuve en el campus sólo el tiempo necesario para las clases y cuando comencé a trabajar allí mismo, como editora, pude hacerlo desde el principio de forma remota. A pesar de todo, las aguas se enturbiaron y hubo una época en que ese confinamiento se convirtió también cerradura del cuerpo y del espíritu y me hundí hasta las profundidades más ominosas. Ahora, sin embargo, se trata de una medida social y no de una elección o una condena personal y ha sido notoria la transformación de la humanidad callejera: temprano es el advenimiento del silencio y de la oscuridad eléctrica de las noches. Sin embargo, el 30 de abril arreció una tormenta tan inesperada como huracanada. La naturaleza nos embistió y pronto el anhelo de frescura, tras unos días calurosos, se convirtió en terror. Al principio fuimos animales asustados, indefensos ante la violencia incontenible del agua. Poco a poco y quizá como el hombre religioso primigenio, el miedo se convirtió en asombro y el asombro en fiesta. La intensidad de la lluvia fue tal, que la calle se transformó en río y las casas más bajas comenzaron a inundarse porque el alcantarillado colapsó. Entonces sus habitantes salieron a la calle para a sacar el agua. Sin usar tapabocas o cuidar distancias comenzaron a unirse otros vecinos y a pesar del viento y del frío, se turnaban para traer baldes y escurrir los antejardines. Hacía un mes que la calle estaba vacía, pero con el agua brotando nació también ese sentido de comunión, el originario religare, que significa reunir. Luego de días sin contacto el río se hizo nuestra religión. A medida que amainaba la lluvia llegaron los chistes, los cantos, la música, el baile y la conversación desde el balcón y desde las puertas. Hijos del diluvio, renacimos celebrando la amistad mientras vadeamos la incertidumbre con el ánimo purificado.



2.  Río de mayo: escuchar el silencio de la tierra

Todo lo que tengo es un río: flujo, reflejos, tierra y sedimentos. La metáfora del río se emplea usualmente para signifcar el carácter cambiante de la vida: es imposible si quiera pensar en detenerlo. La resistencia sólo genera violencia, dolor en las manos de quien intenta contrariar su curso. La transformación es lo único que permanece. Sin embargo, hay una dimensión menos recordada en esa figura: el río no sólo es agua, es sobre todo tierra en movimiento. Dice el diccionario de la lengua española que un lecho es "armazón para que las personas se acuesten; sitio donde se echan los animales; Madre de un río, o terreno por donde corren sus aguas; Arq. Superficie de una piedra sobre la cual se ha de asentar otra; Geol. Capa de los terrenos sedimentarios; andas para llevar a enterrar los cadáveres". En esta polisemia identifico un signficado común: la tierra del río indica permanencia, lugar para el reposo, base del edificio, tumba de los muertos. La tierra nos llama al arraigo, al descanso, a la ensoñación e incluso a la muerte como forma definitiva de un estar para renovar átomos.

Hace un año anoté esa frase en mi diario personal, embriagada por la euforia de una represa desatada. Me entregué al significado más dinámico del río, estaba agradecida por el vértigo de un lago hecho torrente. Era necesario vivir la aventura de ser una cascada. Poco a poco el salto fue acortándose y conviertiéndose en río, el agua amorfa se vio ajustada a un cauce, tocando la tierra. Atrás quedó el viento que, inquieto, iluminaba los cristales flotantes. Sí, el movimiento no se detenía, pero ahora era denso: la tierra formaba capas de sedimentos que no desaparecían con una simple sacudida. Y si el nivel del agua bajaba, la liviandad se agotaba: el río se volvía charco y el charco barro. Este año ese río ha significado para mí echarme sobre el lecho y escuchar el silencio de la tierra húmeda. Frente al estrépito de la cascada, en el que hasta la propia voz se perdía, ahora debo enfrentar el paisaje fangoso que es quietud sin ser permanencia. El río es hoy sinónimo de memoria subterránea que grita en su pasmoso silencio todas las verdades que acallaba en caída libre. Ese peso se ha hecho insoportable: el aniversario de la borrasca, el lanzamiento del video, el regreso inevitable.

En la calma el pensamiento es un filtro que depura el río y así cobra sentido retrospectivo el movimiento inicial: las fichas estaban dispuestas y allí encajé como un distractor. Por eso, "ante la duda, el silencio". El de él y el mío como justificación de la fantasía. A veces siento que el peso del barro me impide dar pasos, hacer una brazada; me perdí en el deseo de una segunda tormenta que abriera paso a una cascada. Me perdí en el deseo. Tener un río significa, en este punto, renunciar a los caprichos de una divinidad que yo inventé y que separada de su creadora desde hace rato —desde el principio— mira a otros manantiales. Tengo sed y ganas de ser pájaro-agua. Pero sé que las plegarias son absurdas; mis palabras, ni mi vientre ardiente pueden alcanzar tu voluntad. Eres sordo a mi deseo. El fango se hace intolerable y quiero un alivio definitivo, quiero liberarnos. El devaneo fue profecía cumplida y en el río lavaste tus manos para evitar la vergüenza. Me echaré en el lecho y pondré mi oído en el suelo. Como un animal moribundo, como una roca sobre otra roca (el manto terrestre), me dejaré estar y mecer por el río; dejaré que las gotas borren mi nombre, mientras me convierto en abono y cimiento —guijarro molido— de mi renacer.

lunes, 6 de abril de 2020

Semilla



A pesar de que procuro ejercer la razón para guiar con la mayor prudencia posible mis acciones, todavía preciso —quizá por una terca conciencia poética— de episodios supersticiosos, mitologías desnudas y transparentes a los cuales recurrir como forma de redención narrativa y primitiva, porque no obstante del tiempo y la reflexión, no renuncio, me es imposible, a mi condición animal: un poco errática, pero también vibrante y excéntrica. Entre los relatos mágicos de los que me nutro está, por ejemplo, la creencia en la carta astral y la influencia que el sistema solar —nombrado por el hombre— tiene en nuestro carácter individual y colectivo. Por ahí se dice que hay quienes no consultan el horóscopo, no por incrédulos, sino por el temor del crédulo: el temor de conocer con precisión el destino. Además —y si quiero justificarlo desde la orilla racional— no somos más que lo otro de lo mismo, es decir, otro estado de una misma materia, la que está allá afuera con sus edades milenarias, hecha aquí cuerpo consciente con su fragilidad centenaria. Sagan decía que los humanos son polvo de estrellas y que "el hombre es la materia del cosmos contemplándose a sí misma". Visto de esa manera no suena tan descabellado considerar esas transferencias y es hasta bello pensar que somos vehículos de un ancestral diálogo intergaláctico. 
Un poco más absurda es mi creencia en la capacidad revolucionaria de los años bisiestos. La invención de la cronología y de los calendarios es tan arbitraria como cualquier lenguaje. El tiempo es el principal invento humano, su fantasía fundacional, y con ello quiero decir que poco tiene que ver con los dioses y las galaxias, así que no hay un sustento que justifique por qué una partición tan caprichosa —cuatro años— iba a tener tal importancia. Sin embargo, esta contradicción no me preocupa, es gracias a ella que me sé y me siento viva. Absurdo, arremolinado y hasta juguetón, así es todo nacimiento. Me resulta fantástica esa capacidad de ficcionalizar y descubrir caminos allí donde se nos exige (por costumbres o caprichos de poder) pasar de largo. 
En mi caso confieso que la más reciente tríada de años bisiestos (2008, 2012, 2016) reúne las fechas más representativas de mi adolescencia, es decir, de la vida-más-vivida, y con vivir me refiero al fulgor de la intensidad,el apasionamiento y la claridad. El 2020 no ha sido la excepción e incluso el hecho de traer de nuevo el número cuatro —completando el cuarteto de bisiestos— parece otorgarle una posición de cierre que ofrece la lección "definitiva". Mi imaginación mística se emociona, además, cuando me entero que en mi carta astral, Saturno está retornando al lugar en que estaba cuando nací: así es, cerca de los treinta años, el planeta de los límites y la disciplina completa su ciclo: hemos vuelto a nacer. Hay una segunda oportunidad para la voluntad y la vocación. 
Originalmente este relato estuvo motivado por experiencias personales que mostraron a marzo como un mes revelador. Si tuviera que resumirlo, acudiría a tres palabras: muerte, desgarro y apertura. La primera semana, me tomó por sorpresa el suicidio de Ramón, un excompañero del pregrado y ahora profesor en las universidades Nacional y de Antioquia. La imagen que tenía de él era la de un hombre inquieto, curioso, activo y dinámico que tenía una gran inclinación por el trabajo colectivo. El haber interactuado con él suscita en mí esa perplejidad de que la inmortalidad no existe. Jóvenes y apasionados en apariencia. El prójimo, en apariencia. Pero yo puedo ser Ramón, cualquiera de mis íntimas amistades puede ser Ramón. No tenemos asegurado el impulso de la vida y a veces parece que algunos están presos de biologías ominosas y desconocidas que los empujan al abismo. Hoy quiero creer en la vida, pero esta alerta suicida activa mi principal temor: la muerte de mis seres queridos. La muerte es una trampa, y yo no me quiero morir y yo soy los otros. 
En la segunda semana de marzo salí casi todos los días con mis amistades más cercanas: Isa y Nat y me reencontré con Santiago que había venido de Alemania. Conversé muchó y pude notar mis cambios al respecto de la expresividad y la ansiedad social: siento que la una se incrementa y la otra disminuye. Los miedos se han suavizado y a pesar de la herida que motiva estos movimientos, celebro los cambios que por ella han brotado. En ese reencuentro con mi viejo amigo, el ánimo se refrescó como es costumbre con él —a quien conocí en 2016,—. Llevaba un buso amarillo, el cual combinó deliciosamente con el postre de maracuyá que pedimos ante su apetito de trópico. Esa noche llovió muy fuerte, pero el ambiente era cálido y festivo hasta el punto que terminamos hablando sobre neas alemanas. Me devolví a casa antes de las 11 p.m. Pedí un servicio y estuve conversando con el conductor, un moreno de acento rolo, fisonomía que me pareció muy singular. Esa noche me dio la alternativa de montarme en el puesto de atrás y así lo hice. Al ver una tractomula en una pendiente, el hombre me manifestó su preocupación por la vía húmeda. Pero sin más, seguimos hablando de negocios y proyectos a futuro. Llegando a casa, justo en el sémaforo de la empresa donde trabaja papá, el chofer dudó si respetar o no la luz roja. Finalmente decidió parar. En ese momento el taxi que venía atrás frenó, pero por la humedad de la vía se deslizó hasta golpearnos por detrás. Nunca había experimentado un accidente. Lo único que pensé fue "oh, nos chocamos", sin dramatismos, ni exaltaciones. Luego caí en cuenta que mis gafas habían volado por la sacudida, que no había sangre y que podía moverme. También recordé que cuando me siento adelante, suelo olvidar ponerme el cinturón. ¿Qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión? 
El conductor también resultó ileso, así que me tranquilicé. Mi preocupación en ese momento era la reacción de los dos conductores implicados. Siento que la intolerancia endémica de este valle se manifiesta en este tipo de situaciones, donde no hay culpa, pero alguno quiere encontrarla y si no se cumple su capricho estalla en furia: sino te mata el accidente, te mata la violencia. Por fortuna, hasta cierto punto —cuando intervinieron otras personas—, este no fue el caso. Un taxista completó mi recorrido y llegué a casa pasadas las 11 p.m. Apenas cerré la puerta me permití sentir el cuerpo: dolor en el cuello y la espalda, además de la satisfacción de haber llegado sin involucrar a terceros ni informar a mis papás. Al acostarme quedé un poco nerviosa y sobre todo pensativa. Nuevamente la fragilidad se manifestaba y le coqueteaba a la muerte. Pero no era el accidente lo que me aterraba, sino lo súbito del cambio, el irrespeto a mi ritmo idealizado. Una llanta deslizándose delicadamente sobre el pavimento podría tener un efecto mortal aunque sigas viviendo: perder un sentido, que se limite tu capacidad de movimiento, que pierdas esa ilusoria independencia que es el terreno de la creatividad y de la posibilidad. Quedar sepultado en el cuerpo propio es quizá el escenario más trágico para cualquier ser humano. También pienso en la insonsable soledad de todas las muertes y de todas las ataduras. En ese momento del impacto lo sentí: la agonía está en uno y nada más que en uno. Prevalece el silencio. Y asusta no el golpe sino la ausencia de eco. 
Por un par de días no pude moverme como quería, estaba sometida a las fronteras del dolor. Y a ello se sumaron los dolores morales: saber que el hijo de Nando había atropellado a una habitante de calle embarazada que se atravesó de imprevisto. Ellos murieron, mientras el muchacho quedó gravemente herido. Y luego el asesinato de Sofía en Caldas, a manos de un depravado sexual. En sólo dos semanas el universo personal tomaba tintes apocalípticos y lo peor, sin estruendo. Todo pasaba por dentro: la conmoción del temblor, el desgarro y la abertura que puede ser grieta o herida. Desde entonces me he hecho más consciente de mi condición de funambulista, el equilibrio se rompe muy fácil y ni siquiera he alcanzado ese anhelado balance.Pero entonces me hecho amiga del baile, de moverme con la corriente, de no exigir, sino de escuchar, que es el otro nombre de la humildad. Fue entonces, cuando llegó la pandemia. Casi lo sentí como si lo que vivía en mi interior se hubiera proyectado y expandido en el exterior: inminente desenmascaramiento de simulaciones a través de lo ignorado: una llanta, un paso, un virus. Pero el virus tiene un simbolismo aún más potente: es la vida abriéndose paso, resurgiendo todavía como novedad en formas tan antiguas que son el sustrato la Tierra. Hay cierta belleza en el origen de esta revolución que tantas preguntas trajo sobre la desigualdad encarnada por el sistema capitalista. El alma cambió para siempre. El mundo cambió para siempre: ¿aprenderemos la lección, permitiremos que la luz que no podemos ver ilumine nuestro destino como especie y como animal?, ¿o nos dejaremos llevar por el oportunismo económico para ahondar las brechas que nos desequilibran como especie y como humanidad? 
Ante tales preguntas no hay respuestas retóricas, sólo el horizonte que marque nuestro existir cobarde o decidido. Mientras tanto, en lo personal, me queda mirar la apertura íntima, porque la pandemia no sólo sembró la incertidumbre sino el deseo. Lo inesperado también tiene la fuerza del misterio. Que la muerte no es el fin sino el preludio de la transformación. Hasta mí llegó la semilla que fecundó este surco abierto: el amor sublimado en creación. La invitación a participar de un video colaborativo en razón de la cuarentena se convirtió en la metáfora más hermosa y potente sobre este año. ¿Fue la despedida que nos debíamos para que floreciera el futuro? ¿He dejado de temer a a la muerte del ideal?, ¿podré aceptar al fantasma brumoso y derrumbar la estatua de bronce?, ¿podré, por fin, renunciar a la arqueología y abrazar el no-saber, esa única infancia, la segunda oportunidad sobre la Tierra, la vida nueva?

sábado, 21 de marzo de 2020

Una ciudad atorada en la garganta





Me hacés falta como un hijueputa, pero sé que ni siquiera soy recuerdo para vos. Y aquí en este viernes de marzo, cualquiera, pero no común me golpeo la frente y me muerdo la lengua por mi estupidez. El mundo se desmorona y es como si respondiera al estado deteriorado de mi mundo interior. Distancia, silencio, ruina. Los ecos ya no responden en la ciudad vacía. La desesperación enmudece y yo me ahogo sin escándalo en este río de piel. Grito tu nombre pero no salen sonidos, sólo flores que jamás fueron sembradas. Su vida depende precisamente de la errancia: que no lleguen jamás a ese pecho que para mi corazón siempre será tierra estéril.

domingo, 1 de marzo de 2020

Todos somos visajosos (sobre todo yo)


La magnitud del miedo está a la medida del ego. Uno y otro se alimentan de manera directamente proporcional y de ahí se derivan distorsiones de percepción que nos enceguecen y nos arrojan dentro de abismos oscuros que, vistos desde otro ángulo, son ojos de luz pozo arriba. El miedo me ha vuelto a paralizar. Es la manifestación de un ego inmenso, inflado para cubrir su esencial debilidad. Llegan así actitudes autocomplacientes, quejas victimistas que son en realidad intolerancia dolida al rechazo. No podía aceptar que no me quisieran como yo quería y que sí la quisieran a ella. Como toda entelequia, teorizaba sobre falsos y desagradables principios que establecían una jerarquía del valor a partir de la idea de perfección. 

Prejuicios de lo que debía ser el gusto literario, musical, artístico para seducir a la idea que tenía de ti. Qué va, pura arrogancia, puro miedo. Las fantasías son el terreno más fértil para la tiranía. Nadie que sea feliz construye utopías. No podía tolerar que tú, el ser más perfecto, pudiera enamorarse de ella tan imperfecta. No tenía sentido porque en mi absurda estimación encajaba perfectamente contigo. Qué va pura arrogancia, puro miedo. 

Traté de justificar la subestimación hacia ella: que si fue desleal, que si debió proteger su perfección. Cuánta estupidez en mi sentir. Sólo estaba proyectando mis inseguridades y me negaba a reconocer que así funciona el amor: sin fórmulas, con heridas neuroquímicas de por medio, con afinidades que se forjan a partir de la singularidad y no del espejo. Si te quiero es porque haces arte, si la despreciaba es porque hace arte. Pero, poco a poco la química se ha apaciguado. El huracán ha cesado para dar reposo a un cuerpo agitado. 

Temía entregarme a la imperfección, a perder el suelo (el lodo, el barro), y por eso recusaba aquello que anhelaba. Hoy rezo porque cuides ese encuentro: es una mujer imperfecta, es decir, entregada a la acción. Ha construido su destino con las uñas y ha defendido su pasión con hechos, justo aquello de lo que he carecido por estar perdida en mis laberintos ideales. Quiero estar agradecida por el amor, no por la adoración a mi ego. Si encontraste de nuevo el amor, deseo que puedas corresponderle y cuidarle. Que crezcas o que te eleves. 

Es momento de aceptar lo inevitable y de alegrarme por ser una vez más testigo de ese milagro. A mí me corresponde transformar la envidia en autoexigencia: el rigor de la construcción solitaria, de la hierba bajo la nieve. Habré de ocultarme mientras la siembra dure. En silencio cultivar el amor. Agradecer por cada hora que lo sientas; agradecer si me  ves como un recuerdo, como la intuición de un olvido, tranquilo; agradecer que me he despertado y aunque el costo sea tu ausencia, ningún precio será alto por aniquilar el ego con la voluntad del espíritu.

jueves, 6 de febrero de 2020

Dialéctica de una noche bogotana




Ese día José se enojó conmigo porque llegué tarde. La pizza se enfrió por mi culpa y tal vez no llegaríamos a tiempo para el evento de la librería. Sólo podía confiar en las palabras que se deslizaban en esa noche bogotana. Hablar de la gestión del diseño, las tesis, las jerarquías del trabajo intelectual, la pertinencia de la filosofía como profesión. Cuando llegamos a nuestro destino, toda esa amargura se diluyó en su amplia sonrisa y los dos, como niños, comenzamos a saltar entusiasmados entre Homero, Whitman, Mann y alguna Historia del Arte. Comimos una deliciosa torta de naranja con chocolate. Luego le dije que necesitaba una foto en el baño, porque al igual que el resto de la casa debía tener detalles encantadores y un espejo grande, cualidad necesaria para salir los dos en una fotografía análoga. Sólo había un baño. Alguien parecido a una anfitriona de la casa, nos dijo con gesto maternal que entráramos juntos pero que no tardáramos (guiño de ojo). Me gusta saltarme algunas reglas inútiles como la separación por género o cantidad en el uso de los baños. Qué agradable es la complicidad, tanto como las flores blancas y observar el perfil de un hombre joven. Esa noche, José fue Oscar Wilde y también Harry Potter. Cuando volvimos a la sala para el evento principal (la rifa de bonos para libros) nos tomamos de la mano y con ello no me quedó duda del poder extraliterario de la literatura.

jueves, 23 de enero de 2020

Café Osezno


Aquellos que me conocen saben que me encantan los oseznos, ojo, no los osos sino los oseznos, porque en todas las formas de la infancia o de la pequeñez siempre hallo ternura y asombro. Qué relación tiene el café con un osezno? Por ese mismo motivo, por no necesitarse, fue que el dueño nombró el negocio de esa manera. Algo inesperado. Herly tampoco es un nombre común y me parece curioso encontrarme tanta singularidad reunida en un mismo momento. Con Herly hablamos de política, sociedad, protesta social, las formas de la clase media, los medios de comunicación, los viajes y la necesidad de cerrar ciclos. En medio del diálogo, hubo una frase que resonó como revelación: "Hay que perder para ganar. Perder no es perder". Entonces pienso que el destino existe y que a veces se parece a un osezno.