viernes, 15 de enero de 2021
Zihuatanejo
viernes, 8 de enero de 2021
Etérea
Tus palabras son miel. Cuán dulces giran sobre tu lengua, como puntas de lanza cortan mi oído. Las palabras son dulces, oh sweet prayer, pero solamente los hechos hablan.
] un puente [
Camino sobre aros de fuego. La tentación es más poderosa que la prudencia absoluta. No se quema la piel sino que se derrite y es agua: transparente, establece recorridos pero no permanece. De vez en cuando nada un pez que bebe de la corriente.
lunes, 28 de diciembre de 2020
Bucle
Ser consciente del bucle. Ver con claridad las insinuaciones de un desvío —o desvarío— que tuvo lugar hace 12 o 15 años y nombrar al mareo sin eufemismos: repetición de la fantasmagoría. La salud no es solo ausencia de enfermedad, sino la valentía de asumir hábitos para evitarla.
También puede ser que esté atendiendo una exageración, reinvindicando el drama como vehículo de sentido. Si fuera campesina, artesana, pescadora, mujer endurecida por la violencia latinoamericana ¿Me sentiría igual? ¿Es la tristeza histérica un privilegio, una autoindulgencia del estómago lleno, de las manos sin callos, de los vientres no profanados?
Soy hija de las hojas —en blanco y no de los árboles—, de las paredes blancas, de los muñecos de plástico, de las pantallas azules —sin cielo—. Mi madre es la virtualidad, la potencia, lo que no es pero puede ser todo y nada. Cuerpo liviano que depende de la ficción para sentir el arraigo del fantasma y que sería semblante sólido si se limitara a la tierra.
Romper ese circuito implica dar el salto de la fantasía a la historia o más bien la historicidad: a nuestra materialidad, a la realidad que somos como contexto.
No renuncio a la imaginación, pues la considero fuente de creatividad tanto en los campesinos como en mí, pero sí a fantasear: la virtualidad es la anarquía del deseo y, por tanto, su anulación. Identificar y asumir los límites no significa restringir sino actuar. Acción es presencia en el presente [sic] y no acomodación extralimitada en los tiempos del pasado, del futuro o de la ucronía.
Estoy borracha de fantasía, de huida edulcorada, de reflejos intercambiados que me confunden. Debo despertarme de esta resaca. Mi misión no es la perfección de la idea sino la consistencia práctica. Ese es mi único, solitario e íntimo deber: proporcionarme en la vida el verdadero placer. Por eso debo ser una vigilante dedicada de mi cotidianidad y una iconoclasta comprometida de las mitologías personales.
martes, 22 de diciembre de 2020
Sueño de una noche de verano [en Tokio]
More than This - Roxy Music
¿Qué nos conecta en medio de la muchedumbre solitaria?
Miras por la ventana, ¿qué te mira? una gran mancha gris que siempre se torna hormigueo vertical, afanada corriente de metal. En las noches la mancha se viste de neón y extiende al infinito la melodía del fin del mundo con tonadas de 8 bits y voces infantiles que promocionan mercancías.
¿Y en el medio? ¿Qué queda? —"en el medio", quiero decir, entre la vida y la muerte— pasillos y ascensores: imposición del tránsito, delirio por embriaguez o hastío, y a partir de allí el ascenso al bar, el descenso al agua o la desesperada inmersión en el canto desafinado como refugio del soliloquio que somos; que seremos a los veinte y a los cincuenta aunque estemos casados, aunque engendremos hijos, aunque consigamos títulos en Yale.
¿Qué somos en la puerta del hotel? Animales huérfanos e insomnes que se inventan dioses de papel y templos de madera para acallar el ronquido del esposo que yace a nuestro lado sin sospechar el vacío o la voz de una esposa al otro lado del teléfono preocupada por el color que llevará tu próximo sillón.
Dios es el sueño de los matrimonios que no aman, el nombre de las dudas sobre el rumbo del propio destino.
Pero los confines del tedio —de la vida— se cruzan con el rebrote de la inocencia. ¿Qué es la esperanza, si no un silencio ajeno que nos habla? Aunque en el amor siempre intervienen los cuerpos —no podría ser de otra forma— esto no implica que haya violenta posesión, pura materialidad viscosa como única forma de comunicarlo.
¿Qué nos conecta en medio de las muchas soledades? una mirada cómplice, una sonrisa llena de pícara candidez, que un pie sea canción de cuna del anhelado dormir en compañía.
Caricia, caro, mi querida, mi querido. Susurro de las pieles, delicado himno de ternura que en un par de minutos rehace nuestra humanidad en un profundísimo roce.
Y no se trata de la redención platónica de nuestro deseo. Una diatriba contra la lujuria. Es más una celebración a la hierba del desierto y de los muros. Es simplemente que la realidad del amor es tan vívida como una brisa inesperada que nos acaricia mientras estamos en el balcón o como los rayos plenos que atraviesan el agua mientras nadamos.
Soy naufragio, somos nube: abrazo suave en la tormenta que se desgarra para ser secreto de la tierra [suelo de metrópoli que pertenece a todos y a nadie].
domingo, 13 de diciembre de 2020
Vida
And with our strength, we'll be as one / A life of goodness, a life as one
El agua y el cielo. Dos superficies de consistencia etérea. Dos que son uno. Superficies que por no ser sólidas —inmóviles— transportan la imagen total del universo. Nuestro planeta es un espejo y, nosotros, sus espejismos.
Hidrógeno y oxígeno son los nombres del siglo para el eterno retorno.
¿Dónde acabo yo y dónde inicias tú? ¿Son las moléculas de mi estómago contenedores del océano? ¿Acaso las contracciones de mi pecho son la memoria de los huracanes que engendraron el mundo? ¿Es la electricidad de mi cabeza resonancia del trueno primitivo?
Creo que la sensación de soledad es el invento definitivo de la vanidad; el juguete favorito de una mirada infantil o, si lo prefieren, la manifestación en el tacto de una ceguera fundamental
¿Qué es el individuo sino la ilusión de una separación, el vaho sobre el único reflejo que somos?
martes, 24 de noviembre de 2020
Luciérnaga
Este año ha sido todo, menos lo que espérabamos que fuera. Lo digo especialmente por mis planes de tristeza. Inicié el 2020 con un profundo desaosiego, acciones llenas de nerviosismo y pensamientos erráticos alrededor de un mismo tema: el amor no correspondido, que debo decir, más bien, el ego no correspondido. Cuanta amargura se desprendía ante la pérdida de una mirada deseada. Y, ¿aún osaría a llamar a eso amor? por supuesto que no. El vacío se inflamó con el pretexto de la pasión para revelar las carencias y un obsesivo afán de validación sobredimensionado en su importancia y que pretendía imponerse al simple acontecer de un otro a quien mi capricho otorgó una interpretación nunca pedida.
"La salud es aceptar y percibir la realidad en los términos de la realidad". Esa fue la frase que escuché en la fantástica Midnight Gospel y que me marcó inmediatamente porque se alineaba con la intención autoimpuesta en este año —del fin del mundo— para limpiar tan bochornoso episodio de egolatría: ajustarme al presente y a lo-que-es —no a lo que quisiera, ni a lo que debería ser según sabe qué absurdas resonancias familiares, culturales e inventos personales—. Consciente del malestar que me causaba situarme en una posición victimista —un acto feo, de mal gusto— comencé a repasar algunas enseñanzas del zazen combinadas con una inmersión en el estoicismo romano.
A estas alturas puedo evaluar lo significativo que fue ese encuentro, el cual, además, me confirmó que la historia es materia viva, es la conversación interminable, la ruptura de toda rutina y pivote de liberación —en contraposición de la memoria que nos puede paralizar—. Quiero decir con todo lo anterior que en el amor fati se me reveló con claridad el camino para reinterpretar las circunstancias de miedo, tristeza y represión: "Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma".
Sé que no sufría por otra persona, sufría por mí, porque mis expectativas fueron exageradas y se nutrieron de fantasías que quizá ni me pertenecían inicialmente y que distorsionaron la pureza de la experiencia. Entonces las intenciones se convirtieron en estrategia al preñarse de futuro y cubrirse de una pátina puritana y cursi con la que pretendía proteger mi orgullo herido. Sin embargo, el amor fati desgarró el velo en mis ojos y me hizo decir en voz alta aquello que me dolía y que negaba al empecinarme en sufrir —"no le gustas, no te ama, no te amará, hay mujeres cuya subjetividad es reconocida por él"—, para determinar con honestidad lo que quería acorde con lo que efectivamente se me ofrecía.
El duelo fue necesario, al final implicó aceptar la muerte de una versión encaprichada y asustada de mí. Para ese momento, las responsabilidades se situaron en el justo lugar y no hubo culpables ni condenas. "Take it as it comes" decía Jim Morrison. La pandemia, los giros del pensamiento, las inflexiones del deseo y el intercambio de roles en otras interacciones ampliaron mi comprensión y revelaron excesos que surgieron por mi resistencia a aceptar la incertidumbre. En algún punto decidí soltar la idea alrededor de esa persona o, en otras palabras, dejar de lamerme la herida idealista.
No puedo decir que esté completamente recuperada, porque la memoria es instintiva y tramposa —habla en términos de ansiedad—. Pero soy una mujer que intenta vivir en comunión con el acontecimiento y he visto en esa transformación de mi percepción una respuesta diferencial contundente: es la mirada aquello que nos delata, pero es la mirada interna la que nos define. Ahora miro con consciencia, sinceridad y también con orgullosa sensualidad. Nadie puede dañarme si no lo permito, cuando alguien me provoca —y hablo aquí de la cólera o de otras emociones o respuestas negativas— soy cómplice de esa provocación.
En este último tercio del año del fin decidí recomenzarme y ser cómplice; más no de la cólera, sino de una húmeda provocación. Dejé de fingir ante mí: tocar el bajo, tocar-m/te debajo. Sí, también quería participar del juego. Aprendí que no necesito confiar en ti, antes bien, independientemente de tu reacción, de tus consecuencias, esta ha sido la primera prueba para empezar a confiar decididamente en mí a partir de una lúbrica versión.
No es fortuito, verdad, un Fender California series: californication con todo el descaro desatado. El cuerpo, ese magnífico maestro y los catalizadores que se aprestan a un alunizaje en el planeta fastlove ¿cuántos apasionados intentos? ¡que me sirvan otro bien caliente con mucha crema encima! Descubrir a través del deseo hecho verbo/lengua la realidad que soy sin enmascaramientos; en cada obscenidad, una abertura de luz que me brinda claridad; claridad que es otro nombre para la generosidad que empieza a brotarme y que entrego al mundo pero, sobre todo, me entrego a mí. Ambos coincidimos: compartimos la religión del deseo y una imparable fascinación infantil por la intensidad y la imaginación al servicio de un intercambio intimista. Mi tristeza venía de no haberm/te demostrado la verdadera ruta de mi voluntad —más juguetona, más risueña, para nada grave—; de haber sido incomprendida porque la inconsistencia entre mis hechos y mis pensamientos nos confundieron, me confundió.
La arremolinada serenidad que he experimentado recientemente —sin que por ello cante victoria— se da porque ese fati se manifestó para expresar una realidad: claro que hay entre nosotros una oportunidad de diálogo. Con mi lengua en tu oído, cuentagotas de éxtasis parlante, donde las palabras se deshacen en bocas de tinta. El amor es amar la vida por encima de nuestros miserables egos, amar la vida es amar el acontecer. El amor es una noche de estrellas incandescentes; no hay engaño en su declaración, si ha sido es porque era. Amar el destino a veces toma la forma de "una inteligencia que descansa en el deseo que nos libera". Bienaventurado delirio que reverbera en la madera del universo.
*muaaa, muaaaaa
miércoles, 7 de octubre de 2020
Platycodon
En el suelo ensangrentado de la aldea
Crece una flor violeta
Y aunque los pétalos buscan la luz que les rodea
su destino está tensado en el filo de la saeta
De tu tallo no brotó savia ternura
La infancia fue mitología lejana
Dulzura imposible en la temprana fruta madura
Tus hojas fueron muralla contra la crueldad tirana
Terrestre perla a santas raíces se aferró
Oscura concentración de monstruosa humanidad
Embebida de suave néctar su contradicción acalló
Al precio de administrar una calculada bondad
Inocente animal que bajo tu sombra hizo nido
Cálida caricia que hizo el corazón palpitar
Mientras en la gruta pérfido ladrón herido
Convertía en veneno el deseo que te haría marchitar
Apasionado renacer de una frágil semilla
Donde fina telaraña enredó su voluntad
Y así la esperanza se hizo visceral rencilla
Hasta aniquiliar toda intención de piedad
Sellada en la tierra como último sacrificio
Ambiciosa mano oportunidad de barro te dio
Y aunque desmesurada furia reinició el suplicio
Pronto la claridad remplazó la memoria que ardió
Redimida por las aguas de un presente sin dolor
La falsa confusión se transformó en tierna generosidad
y la nueva raíz descansó en surco de fértil color
Para que en segunda floración resuene himno de hermandad
jueves, 1 de octubre de 2020
La flecha del dragón
¿Qué significa crecer? Hace seis días consulté a una experta en medicina tradicional china. Lo más curioso es que la mujer asegura ser una incrédula consumada y afirma que las técnicas que cultiva son "puro cuento chino". Orfary es una hechizera que no cree en sus propios conjuros: heredera del apóstol Tomás, insiste en sumergirse en la magia, precisamente para tocar la llaga de la fe y ponerla prueba constantemente. Lo curioso es que hasta ahora siempre ha perdido contra las cuentos y —según su relato— cuando cree que por fin ganará —es decir, que se derrumbarán los supuestos ante el peso de la lógica— aparece algún hecho que la desvirtúa y a ella no le queda más alternativa que continuar alimentando su dialéctica de la incredulidad.
Esa visión conquistó inmediatamente a una persona tan ávida de chispa como yo y por eso, con gustoso entusiasmo, me permití hacer parte del juego. En el fondo, más allá de la efectividad de los masajes, brevajes, quiromancias y acupunturas, lo cierto es que la mujer no dejaba de expresarse en un tono lúdico y burlón y esa es su principal lección: sea que tenga razón la Razón o el encantamiento mágico, lo único verdaderamente imprescindible es no tomarse en serio la vida para poder vivirla. Luego de estar inmersa en sus tratamientos hubo varios enunciados que llamaron mi atención, ya que para mi sorpresa con ellos logré redondear interpretacione sobre sensaciones pasadas y recientes que me han inquietado en los últimos años y que hoy recuerdo a propósito de ese 1 de octubre de 2016, en que un beso de aeropuerto deshizo la esperanza en el vértigo de la noche. Al tocar mi espalda Orfary dijo que yo estaba contenida en una caja muy pequeña para mi cuerpo y que por la estructura de mi espalda superior se notaba que mi energía estaba concentrada en el mundo de las ideas, generando un desequilibrio con su parte baja (la tierra, la sensatez). Ningún desbalance es saludable.
Pero fue cuando vio mis manos que llegó la perplejidad. Con una voz algo desconcertada me dijo "jmmm, ¡¡tus manos!! nunca había visto unas tan lisas"; a lo que yo respondí algo asustada "¿Qué pasa con ello?" y ella dijo "nunca había visto un alma tan joven; que no haya reencarnado; prácticamente eres un niño en kinder y viniste a este mundo a aprender. Tu mano izquierda prácticamente no tiene líneas y esa es la mano que representa el pasado. Eres un alma sin pasado y por eso estudias historia: necesitas construir una memoria desde afuera ya que no tienes una".
Estas impactantes afirmaciones desmontaron algunas hipótesis propias sobre mi identidad pero reforzaron otras. En ocasiones pensaba que era un alma más vieja por la renuencia a la cólera y por la activa defensa de la ecuanimidad y del sentido común. Sin embargo, la alternativa por la juventud interior hace comprensible muchas de mis experiencias y revelaciones recientes: la volatilidad emocional, la insaciable curiosidad, la capacidad de relacionarme con cualquier tipo de persona, el deseo por romper esquemas, la búsqueda obsesiva de la autenticidad y la fragilidad ante las despedidas. Esas son las características de una niña —me dije— a las cuales se suman la vulnerabilidad, pero también el ánimo caprichoso, egoísta e incluso cruel.
La sentencia de Orfary me hizo consciente y no podemos olvidar que toda forma de la consciencia conlleva más malestar que tranquilidad. En este caso, la interpretación azuzó la impaciencia, porque entonces "cuándo voy a alcanzar mi plenitud social, si no me he comportado con los demás como pares, si ellos no han podido verme como tal". Y sentí que la candidez e inocencia con la que he procurado relacionarme son la antítesis de la mímesis, de la capacidad de mentir y ficcionar con soltura, de esa teatralización de las intenciones que es tan necesaria para moverse en el terreno público del poder y en el terreno privado del deseo.
Con razón siempre me he sentido tan lejana del mundo, incapaz de tocar con palabras aquello que debía asumir como actuación. Todo esto me hizo considerar también mi pueril vivencia del apego, de cómo me involucro tan fácilmente con cualquier situación o persona en la que mi atención se vea atrapada así no sea correspondida. Es justo lo que pasa con los nativos del año de la cabra en contraposición con los nativos del dragón, por el contrario totalmente desapegados de la tierra. El dragón lanza las ideas pero no se queda para cultivarlas. Qué trágico encuentro y qué ironías, pienso.
Sin embargo he tratado de conciliar mi futuro inmediato con ese "diagnóstico". No quiero justificar ruidos mentales, ni asomos de autocompasión. El destino no es un condicionamiento sino la resonancia de una creencia que crea. Por lo tanto, debo poner en orden mis caóticas emociones y anhelos, para así aprovechar las posibilidades que abre el autoconocimiento. Mi meta será afinar la autobservación, reconocer cuando me extralimito, me desbordo, cruzando esa hybris —que tantas veces he desgarrado desde hace cuatro años— y cuya ruptura, propiciada por mis afiladas fantasías, me ha dejado exhausta. Debo agradecer por las flechas lanzadas —semillas de inspiración— y crecer para mi propia mirada. Como niños anhelamos la mirada del otro, mejor dicho somos el otro, con el cual no hay diferencia. Crecer es separarse, aceptar y abrazar la separación para crear una mirada propia bajo la cual recrearnos.
sábado, 19 de septiembre de 2020
Femenino
Quiero comenzar con una confesión: escribo porque me asomo con resignación sobre los límites de la cordura. Quizá por eso haya desorden en mi discurso, pero eso no me molesta, porque en esas palabras siento que puedo ser honesta con el caos que se ha abierto entre las paredes blancas de mi pequeña casa. A estas alturas he agotado todos los recursos para conjurar el circuito del compromiso postergado; eso que de otra forma, llamo la enfermedad del tiempo: entusiasmarme con la entrega de regalos a seres queridos; conversar con antiguos amantes; volver a ver la serie que marcó mi adolescencia; ver todas las películas recientes de Pixar con mis papás; ver la serie más tierna del mundo con la mujer que he aprendido a amar, no por la necesidad narcisista de la maternidad sino por los argumentos de la razón; hablar todos los días con mi gran amiga; practicar ejercicios de flexibilidad; retomar el bajo; renunciar a las mal llamadas "redes sociales" o más bien a los "imperios de la modificación de la conducta". Y, sin embargo, al final de la noche se cuela un miedo vago, podría llamarlo tedio, podría llamarlo culpa.
El motivo es trivial: el peso de la tesis, de un posgrado que se posterga contra todo pronóstico. He incumplido y sobre todo me he incumplido. Sin embargo, ese desgaste que actúa como óxido espiritual ha sido la escuela de esa honestidad que menciono al principio: por fin pude reconocer qué me gusta hacer y qué no. Está bien no querer complacer a otros por el temor de no pertenecer. No obstante, también aprendí que cuando esa apatía al compromiso tiene consecuencias en terceros y sobre todo en el patrimonio público; esta se convierte en una oportunidad y en una necesidad de creatividad, ¿cómo voy a salir de esta situación que no me gusta pero me exige ser responsable? La clave es siempre la acción decidida. Y aquí vuelve a manifestarse la honestidad: me reconozco como una mujer fracturada, disociada y distraída. Me ha costado concentrarme con la intensidad y dedicación del pasado y ese es quizá otro motivo de los reiterados sedimentos nocturnos. Estoy rota, porque he perdido a alguien: así es, me he perdido a mí. Sin embargo, es un logro reconocerme en esa debilidad, la cual habría negado u enmascarado en el pasado. Y si puedo nombrarme sinceramente desde esa fragilidad es porque tengo interés en moverme, en actuar.
Actualmente he decidido que cada experiencia reciente me fortalece en la debilidad, llevándome a ser más honesta, es decir, a ser coherente entre dicho y hecho. Este reto lo vivo, especialmente, con el sueño narcótico del amante, no quiero que mi pensamiento y acciones al respecto sean contradictorias. Debo enfrentarme —y es lo que he intentado hacer en este tiempo de distanciamientos— al desgarro de una trágica constatación: él es un fantasma, no hay un cuerpo que reclamar, ni que amar. La verdad es que todo el tiempo estuve parada frente a un espejo. Sin embargo del espejismo han brotado reflejos en forma de libros, referencias y canciones a las que permito impresionarme e impregnarme. El verbo se hace carne, pero no él, sino por mí y entonces dudo. A veces me cuestiono la necesidad de renunciar a esas deliciosas fantasmagorías, me digo que debería ser más pragmática, menos egoísta y tomar como semilla todo lo que se presenta en mi vida, así tenga la forma de una ensoñación. Sin embargo, la memoria del deseo me hace trampa y el dolor del cuerpo ausente distrae mi propósito de aprendizaje por el recuerdo de un violento placer.
Siendo honesta (como mujer) quisiera lanzarme a sus brazos, pero siendo aún más honesta (asumiendo la mirada alta del ave) me repito que estoy sola y que la batalla o el abrazo solo me los debo a mí. Resisto, quiero decir, acepto mi deseo para rebelarme contra él. La experiencia sexual no depende de otro, aunque a veces quiera hacer una cómoda delegación. Si hay un otro, su presencia es un fin (final) y no un mero instrumento. Y así lo experimenté recientemente, pude ser honesta: quería ser y verme como puro deseo, hacerlo explícito, no reprimir. Soy también mi animal y no debo avergonzarme por ello. Fue liberador que "él" me permitiera proyectar ese anhelo de ser. Pero el ser de una ilusión significa que de base se presenta el no-ser y así recomienza la tragedia: me encuentro intermitentemente con un maestro que tiene voz propia pero fue creado por mí. Me desnudo en palabra y cuerpo, por lo tanto, soy honesta: durante este año y ante cada estímulo de "él", mi corazón ha latido al son de un soliloquio. Benditos momentos de euforia y desesperación.
Soy honesta y por eso la cordura se balancea. El sexo me lleva a una constatación: estoy sola (en la tesis, en el encuentro sexual, en el estar íntimo de la existencia). Claro que hay acompañantes bienintencionados, hay afectos y afectaciones. Pero la realidad psíquica más contundente y constante es la soledad. Y que no se malinterprete: esto no es lamento o queja, sino descripción, anotación de una revelación que intento abrazar sin dramatismo. "En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad", diría Machado y el fantasma, o sea yo. La claridad de este hecho me deja aturdida por un momento, pero no paralizada. Conociendo mi realidad puedo actuar con mayor franqueza, respeto y, espero, con compasión.
Reconozco que en las situaciones y percepciones mencionadas hay, sin embargo, un prejuicio de raigambre emocional que he estado alimentando: cierto rechazo a la presencia masculina. Mi hipótesis es que relaciono ese rol con la deshonestidad —es decir, con la incongruencia, la ausencia de escucha, la incapacidad de concentración emocional, la esclavitud de la comodidad y el desapego cínico— y eso hace que "las cosas no sean verdad", quiero decir, no puedo confiar en sus discursos o acciones. La soledad constitutiva que ahora veo con mayor nitidez, me exige una economía de la angustia y un pragmatismo afectivo, que nada tiene que ver con amores calculados, ni con ser frío, sino con reconocer dónde se puede compartir cálidamente la soledad y ponerla a conversar con genuina interdependencia.
Y vaya que esa característica, ahora que reflexiono retrospectivamente, siempre la encontré —y la encuentro— en mujeres o roles femeninos. Mi madre; mi abuela Maruja; mis primas hermanas Luisa y Estefanía; mis amigas Leidy, Natalia, Paula, Mile, Kate; mi abuela Noemí; mi fugaz amante Ana María; mi twin flame, Isabel; la vibrante Nickol; la musical Mayra; la inesperada Angélica; Rumiko Takahashi; las ficticias pero queridas Idgie Threadgoode y Anne Shirley-Cuthbert; la provocadora Kali Uchis —con vergüenza reconozco haberme dejado llevar por un prejuicio social sobre su imagen y haberme privado por ello de conocer su música. Ahora, para mí, la voluptuosa y auténtica mujer es la representación máxima de integridad femenina—.
Mi madre me dio pecho por cerca de un año y medio y luego me alimentó con el saber de la palabra pasada por el afecto. Gracias a su acompañamiento en mi inquietud "intelectual", aprendí a leer a los 4 años. No sé qué tanto tenga que ver la duración prolongada de la lactancia con esta disposición o más bien con este prejuicio de tomar el carácter femenino como la condensación de la confianza, el amor, la fortaleza, la justicia y la esperanza, pero lo cierto es que las mujeres han sido a lo largo de estos casi 30 años, la principal inspiración —aunque no siempre consciente— de las acciones que me han proporcionado alguna plenitud: aprender, estudiar, amar, confiar, hablar, crear, viajar, dormir acompañada.
Y creo que por eso adjetivo la honestidad como "femenina", porque considero que ese rol, esa forma de hacerse presente en el mundo conjura los fantasmas, ilusiones y espejismos que surgen de la palabra-entelequia-ardid. La honestidad femenina, por el contrario —se me excusará lo dicotómica, pero hablo desde la experiencia como órgano— es la coherencia encarnada, una inteligencia corporal, concreta, térrica, un suelo que ofrece la confianza necesaria para que la raíz del soliloquio individual se consolide con vigor y autenticidad, sin por ello renunciar a la potencia de un cruce sincero y solidario de soledades. La honestidad femenina, me parece por ahora, el único camino que dignifica la soledad a través del afecto, esto es, de la amistad, que para mí es lo mismo que decir, del amor.
sábado, 8 de agosto de 2020
El ratón de Ítaca
El contraste de la experiencia cotidiana se ha intensificado en los últimos días: enfermedades, muertes, cumpleaños, reencuentros, distanciamientos impuestos, aislamientos autoimpuestos, dientes que crecen a los veintitantos, cartas extemporáneas al ratón Pérez, un te quiero de madrugada. ¿Es la excepción ahora la cotidianidad? ¿Hemos aniquilado el tedio —ese suave aburrimiento que era la cotidianidad— para situarnos en el frenesí del miedo? La consciencia de la incertidumbre se ha expandido; los días pasan con levedad, pero cada uno va cayendo como arena ligera por el embudo del tiempo; un tiempo sedimentado que se vuelve montaña sobre el espíritu.
La enfermedad universal desgarró las grietas apenas señaladas en el amanecer de la civilización y desenmascaró nuestra fragilidad constitutiva, antes oculta tras el espejismo de la comodidad consumista. Hemos sido exiliados dentro de nuestra propia casa. Habitamos el lugar que nos es más familiar y, sin embargo, nunca nos sentimos tan exiliados de nosotros y entre nosotros. Atrás quedó el mito del burgués: siempre hemos sido Odiseo, eterno navegante que se inventa futuros de tierra firme pero vive su presente a merced del impredecible mar y el capricho divino. Ni conquistador, ni empresario: el hierro y el metal son ficciones de solidez que rápidamente se funden en su ilusión.
No fue el metal —es decir, la entraña de la roca— el asidero de Odiseo, sino la madera: material vivo, fluido y cambiante: nido del sol, hogar de las aves, cuna del canto y de la música, domador del océano. El dinero, el oro se hunden en las aguas, ¿cómo sobrevivir en un medio que exige peso y levedad para avanzar? La respuesta es sencilla: una balsa. Ni siquiera un barco —más robusto y fastuoso— sino su forma más elemental. Odiseo perdió sus magníficas naves en el camino y para perseguir su sueño de retorno, tras cada naufragio, el punto de partida fue el mismo: una balsa. El instrumento es tan frágil como resistente y eso nos da una pista sobre la vulnerabilidad como origen de la fortaleza.
En este altivo océano del 2020 podría señalar las balsas que me han sacado a flote: la amistad y la música, por ejemplo. Pero hoy quiero hablar de uno en especial: la memoria viva. Como una especie de premonición sobre el entorno o como una proyección del fuero interno, justo cuando inició la cuarentena en marzo, sentí una molestia en mi encía, a la altura de una muela superior. Todo el tiempo estuve atenta a su avance porque notaba que la "herida" se expandía hasta que finalmente emergió algo duro. Dado lo desconcertante de la situación asistí a una urgencia odontológica y allí, finalmente, mi incógnita fue resulta: la "lesión" era un diente de leche que no sacaron adecuadamente en mi infancia y ahora el cuerpo lo estaba expulsando. Fue inevitable trasponer —por un vicio narcisista— mi situación física a la social y a la psicológica. Por un lado, el mecanismo del diente me recordó al del virus: un cuerpo extraño y pequeño que pone en entredicho todo un gran sistema y lo obliga a expulsar su malestar. Por otro lado, esa reacción del cuerpo, también parecía reflejar el trabajo del espíritu. Desde enero vivía un intenso duelo y la extracción de ese diente coincidió con la sublimación de emociones negativas asociadas a la pérdida que me atormentaba.
La existencia de un diente de leche fue motivo de risas, me brindó un momento cálido, tras días de ansiedad, con la odontóloga y mis familiares. Pero más importante aún, el diente me hizo pensar en la luz del pasado; en como todo siempre está iluminado por él y en que sus consecuencias nunca deberían minimizarse, porque la vida es un espiral de tiempos; en otras palabras, siempre es resultado de la historia, de las conexiones que construimos. Todas esas divagaciones fueron, por tanto, los troncos con los que formé otra de mis balsas: el llamado de una casi treintañera al Ratón Pérez. Tan pronto como me dieron la noticia en odontología, pedí con la boca abierta y anestesiada que me entregaran el diente y todo con una intención muy clara: pedir al Ratón Pérez lo que me correspondía. Muchos pensarán que era una trivialidad o una niñería. Y, en parte, lo era. Es allí donde reside el encanto de este desenlace.
Lo que buscaba al invocar al Ratón era recuperar una dimensión de ternura para conjurar el nerviosismo y abatimiento de los últimos días de julio. Esto lo hice porque el Ratón Pérez fue un ritual de mi infancia al que mis padres ponían mucho empeño y cariño. Por eso ahora insistí vehementemente en mi petición, hasta que luego de dos semanas encontré 10 000 pesos y una nota debajo de la almohada. De inmediato me sentí profundamente conmovida. Acto seguido abrí mi caja de recuerdos para guardarla, y entonces saqué las notas que el Ratón Pérez me había dado hace 22 años, además de otras cartas que me dieron amigas y primas cuando rondaba los 11 años. Por eso hablo de memoria viva: presente y pasado se conectaron para darme un mensaje. El leer las dedicatorias fue como hundir la mano en tierra y sacar una raíz olvidada. Así, el diente, la carta y la caja extrajeron de mí una voluntad restaurada. Viví otro naufragio, es cierto, pero inmediatamente mi cuerpo lanzó un grito para salvarse a sí mismo. El Ratón Pérez fue la reminiscencia de Ítaca, gusto de la infancia, memoria viva. Sobre él armé una nueva balsa. Seguro que ella no garantiza el regreso al hogar, pero permite navegar, permite moverse sin sentirse extranjero en el mar.













