El contraste de la experiencia cotidiana se ha intensificado en los últimos días: enfermedades, muertes, cumpleaños, reencuentros, distanciamientos impuestos, aislamientos autoimpuestos, dientes que crecen a los veintitantos, cartas extemporáneas al ratón Pérez, un te quiero de madrugada. ¿Es la excepción ahora la cotidianidad? ¿Hemos aniquilado el tedio —ese suave aburrimiento que era la cotidianidad— para situarnos en el frenesí del miedo? La consciencia de la incertidumbre se ha expandido; los días pasan con levedad, pero cada uno va cayendo como arena ligera por el embudo del tiempo; un tiempo sedimentado que se vuelve montaña sobre el espíritu.
La enfermedad universal desgarró las grietas apenas señaladas en el amanecer de la civilización y desenmascaró nuestra fragilidad constitutiva, antes oculta tras el espejismo de la comodidad consumista. Hemos sido exiliados dentro de nuestra propia casa. Habitamos el lugar que nos es más familiar y, sin embargo, nunca nos sentimos tan exiliados de nosotros y entre nosotros. Atrás quedó el mito del burgués: siempre hemos sido Odiseo, eterno navegante que se inventa futuros de tierra firme pero vive su presente a merced del impredecible mar y el capricho divino. Ni conquistador, ni empresario: el hierro y el metal son ficciones de solidez que rápidamente se funden en su ilusión.
No fue el metal —es decir, la entraña de la roca— el asidero de Odiseo, sino la madera: material vivo, fluido y cambiante: nido del sol, hogar de las aves, cuna del canto y de la música, domador del océano. El dinero, el oro se hunden en las aguas, ¿cómo sobrevivir en un medio que exige peso y levedad para avanzar? La respuesta es sencilla: una balsa. Ni siquiera un barco —más robusto y fastuoso— sino su forma más elemental. Odiseo perdió sus magníficas naves en el camino y para perseguir su sueño de retorno, tras cada naufragio, el punto de partida fue el mismo: una balsa. El instrumento es tan frágil como resistente y eso nos da una pista sobre la vulnerabilidad como origen de la fortaleza.
En este altivo océano del 2020 podría señalar las balsas que me han sacado a flote: la amistad y la música, por ejemplo. Pero hoy quiero hablar de uno en especial: la memoria viva. Como una especie de premonición sobre el entorno o como una proyección del fuero interno, justo cuando inició la cuarentena en marzo, sentí una molestia en mi encía, a la altura de una muela superior. Todo el tiempo estuve atenta a su avance porque notaba que la "herida" se expandía hasta que finalmente emergió algo duro. Dado lo desconcertante de la situación asistí a una urgencia odontológica y allí, finalmente, mi incógnita fue resulta: la "lesión" era un diente de leche que no sacaron adecuadamente en mi infancia y ahora el cuerpo lo estaba expulsando. Fue inevitable trasponer —por un vicio narcisista— mi situación física a la social y a la psicológica. Por un lado, el mecanismo del diente me recordó al del virus: un cuerpo extraño y pequeño que pone en entredicho todo un gran sistema y lo obliga a expulsar su malestar. Por otro lado, esa reacción del cuerpo, también parecía reflejar el trabajo del espíritu. Desde enero vivía un intenso duelo y la extracción de ese diente coincidió con la sublimación de emociones negativas asociadas a la pérdida que me atormentaba.
La existencia de un diente de leche fue motivo de risas, me brindó un momento cálido, tras días de ansiedad, con la odontóloga y mis familiares. Pero más importante aún, el diente me hizo pensar en la luz del pasado; en como todo siempre está iluminado por él y en que sus consecuencias nunca deberían minimizarse, porque la vida es un espiral de tiempos; en otras palabras, siempre es resultado de la historia, de las conexiones que construimos. Todas esas divagaciones fueron, por tanto, los troncos con los que formé otra de mis balsas: el llamado de una casi treintañera al Ratón Pérez. Tan pronto como me dieron la noticia en odontología, pedí con la boca abierta y anestesiada que me entregaran el diente y todo con una intención muy clara: pedir al Ratón Pérez lo que me correspondía. Muchos pensarán que era una trivialidad o una niñería. Y, en parte, lo era. Es allí donde reside el encanto de este desenlace.
Lo que buscaba al invocar al Ratón era recuperar una dimensión de ternura para conjurar el nerviosismo y abatimiento de los últimos días de julio. Esto lo hice porque el Ratón Pérez fue un ritual de mi infancia al que mis padres ponían mucho empeño y cariño. Por eso ahora insistí vehementemente en mi petición, hasta que luego de dos semanas encontré 10 000 pesos y una nota debajo de la almohada. De inmediato me sentí profundamente conmovida. Acto seguido abrí mi caja de recuerdos para guardarla, y entonces saqué las notas que el Ratón Pérez me había dado hace 22 años, además de otras cartas que me dieron amigas y primas cuando rondaba los 11 años. Por eso hablo de memoria viva: presente y pasado se conectaron para darme un mensaje. El leer las dedicatorias fue como hundir la mano en tierra y sacar una raíz olvidada. Así, el diente, la carta y la caja extrajeron de mí una voluntad restaurada. Viví otro naufragio, es cierto, pero inmediatamente mi cuerpo lanzó un grito para salvarse a sí mismo. El Ratón Pérez fue la reminiscencia de Ítaca, gusto de la infancia, memoria viva. Sobre él armé una nueva balsa. Seguro que ella no garantiza el regreso al hogar, pero permite navegar, permite moverse sin sentirse extranjero en el mar.
sábado, 8 de agosto de 2020
El ratón de Ítaca
jueves, 16 de julio de 2020
Solar
jueves, 25 de junio de 2020
Sirena
sábado, 20 de junio de 2020
Martí en Comic Sans
martes, 2 de junio de 2020
Vuelta estrella
domingo, 24 de mayo de 2020
Todo lo que tengo es un río
lunes, 6 de abril de 2020
Semilla
A pesar de que procuro ejercer la razón para guiar con la mayor prudencia posible mis acciones, todavía preciso —quizá por una terca conciencia poética— de episodios supersticiosos, mitologías desnudas y transparentes a los cuales recurrir como forma de redención narrativa y primitiva, porque no obstante del tiempo y la reflexión, no renuncio, me es imposible, a mi condición animal: un poco errática, pero también vibrante y excéntrica. Entre los relatos mágicos de los que me nutro está, por ejemplo, la creencia en la carta astral y la influencia que el sistema solar —nombrado por el hombre— tiene en nuestro carácter individual y colectivo. Por ahí se dice que hay quienes no consultan el horóscopo, no por incrédulos, sino por el temor del crédulo: el temor de conocer con precisión el destino. Además —y si quiero justificarlo desde la orilla racional— no somos más que lo otro de lo mismo, es decir, otro estado de una misma materia, la que está allá afuera con sus edades milenarias, hecha aquí cuerpo consciente con su fragilidad centenaria. Sagan decía que los humanos son polvo de estrellas y que "el hombre es la materia del cosmos contemplándose a sí misma". Visto de esa manera no suena tan descabellado considerar esas transferencias y es hasta bello pensar que somos vehículos de un ancestral diálogo intergaláctico.
En la segunda semana de marzo salí casi todos los días con mis amistades más cercanas: Isa y Nat y me reencontré con Santiago que había venido de Alemania. Conversé muchó y pude notar mis cambios al respecto de la expresividad y la ansiedad social: siento que la una se incrementa y la otra disminuye. Los miedos se han suavizado y a pesar de la herida que motiva estos movimientos, celebro los cambios que por ella han brotado. En ese reencuentro con mi viejo amigo, el ánimo se refrescó como es costumbre con él —a quien conocí en 2016,—. Llevaba un buso amarillo, el cual combinó deliciosamente con el postre de maracuyá que pedimos ante su apetito de trópico. Esa noche llovió muy fuerte, pero el ambiente era cálido y festivo hasta el punto que terminamos hablando sobre neas alemanas. Me devolví a casa antes de las 11 p.m. Pedí un servicio y estuve conversando con el conductor, un moreno de acento rolo, fisonomía que me pareció muy singular. Esa noche me dio la alternativa de montarme en el puesto de atrás y así lo hice. Al ver una tractomula en una pendiente, el hombre me manifestó su preocupación por la vía húmeda. Pero sin más, seguimos hablando de negocios y proyectos a futuro. Llegando a casa, justo en el sémaforo de la empresa donde trabaja papá, el chofer dudó si respetar o no la luz roja. Finalmente decidió parar. En ese momento el taxi que venía atrás frenó, pero por la humedad de la vía se deslizó hasta golpearnos por detrás. Nunca había experimentado un accidente. Lo único que pensé fue "oh, nos chocamos", sin dramatismos, ni exaltaciones. Luego caí en cuenta que mis gafas habían volado por la sacudida, que no había sangre y que podía moverme. También recordé que cuando me siento adelante, suelo olvidar ponerme el cinturón. ¿Qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión?
El conductor también resultó ileso, así que me tranquilicé. Mi preocupación en ese momento era la reacción de los dos conductores implicados. Siento que la intolerancia endémica de este valle se manifiesta en este tipo de situaciones, donde no hay culpa, pero alguno quiere encontrarla y si no se cumple su capricho estalla en furia: sino te mata el accidente, te mata la violencia. Por fortuna, hasta cierto punto —cuando intervinieron otras personas—, este no fue el caso. Un taxista completó mi recorrido y llegué a casa pasadas las 11 p.m. Apenas cerré la puerta me permití sentir el cuerpo: dolor en el cuello y la espalda, además de la satisfacción de haber llegado sin involucrar a terceros ni informar a mis papás. Al acostarme quedé un poco nerviosa y sobre todo pensativa. Nuevamente la fragilidad se manifestaba y le coqueteaba a la muerte. Pero no era el accidente lo que me aterraba, sino lo súbito del cambio, el irrespeto a mi ritmo idealizado. Una llanta deslizándose delicadamente sobre el pavimento podría tener un efecto mortal aunque sigas viviendo: perder un sentido, que se limite tu capacidad de movimiento, que pierdas esa ilusoria independencia que es el terreno de la creatividad y de la posibilidad. Quedar sepultado en el cuerpo propio es quizá el escenario más trágico para cualquier ser humano. También pienso en la insonsable soledad de todas las muertes y de todas las ataduras. En ese momento del impacto lo sentí: la agonía está en uno y nada más que en uno. Prevalece el silencio. Y asusta no el golpe sino la ausencia de eco.
Por un par de días no pude moverme como quería, estaba sometida a las fronteras del dolor. Y a ello se sumaron los dolores morales: saber que el hijo de Nando había atropellado a una habitante de calle embarazada que se atravesó de imprevisto. Ellos murieron, mientras el muchacho quedó gravemente herido. Y luego el asesinato de Sofía en Caldas, a manos de un depravado sexual. En sólo dos semanas el universo personal tomaba tintes apocalípticos y lo peor, sin estruendo. Todo pasaba por dentro: la conmoción del temblor, el desgarro y la abertura que puede ser grieta o herida. Desde entonces me he hecho más consciente de mi condición de funambulista, el equilibrio se rompe muy fácil y ni siquiera he alcanzado ese anhelado balance.Pero entonces me hecho amiga del baile, de moverme con la corriente, de no exigir, sino de escuchar, que es el otro nombre de la humildad. Fue entonces, cuando llegó la pandemia. Casi lo sentí como si lo que vivía en mi interior se hubiera proyectado y expandido en el exterior: inminente desenmascaramiento de simulaciones a través de lo ignorado: una llanta, un paso, un virus. Pero el virus tiene un simbolismo aún más potente: es la vida abriéndose paso, resurgiendo todavía como novedad en formas tan antiguas que son el sustrato la Tierra. Hay cierta belleza en el origen de esta revolución que tantas preguntas trajo sobre la desigualdad encarnada por el sistema capitalista. El alma cambió para siempre. El mundo cambió para siempre: ¿aprenderemos la lección, permitiremos que la luz que no podemos ver ilumine nuestro destino como especie y como animal?, ¿o nos dejaremos llevar por el oportunismo económico para ahondar las brechas que nos desequilibran como especie y como humanidad?
Ante tales preguntas no hay respuestas retóricas, sólo el horizonte que marque nuestro existir cobarde o decidido. Mientras tanto, en lo personal, me queda mirar la apertura íntima, porque la pandemia no sólo sembró la incertidumbre sino el deseo. Lo inesperado también tiene la fuerza del misterio. Que la muerte no es el fin sino el preludio de la transformación. Hasta mí llegó la semilla que fecundó este surco abierto: el amor sublimado en creación. La invitación a participar de un video colaborativo en razón de la cuarentena se convirtió en la metáfora más hermosa y potente sobre este año. ¿Fue la despedida que nos debíamos para que floreciera el futuro? ¿He dejado de temer a a la muerte del ideal?, ¿podré aceptar al fantasma brumoso y derrumbar la estatua de bronce?, ¿podré, por fin, renunciar a la arqueología y abrazar el no-saber, esa única infancia, la segunda oportunidad sobre la Tierra, la vida nueva?
sábado, 21 de marzo de 2020
Una ciudad atorada en la garganta
domingo, 1 de marzo de 2020
Todos somos visajosos (sobre todo yo)
La magnitud del miedo está a la medida del ego. Uno y otro se alimentan de manera directamente proporcional y de ahí se derivan distorsiones de percepción que nos enceguecen y nos arrojan dentro de abismos oscuros que, vistos desde otro ángulo, son ojos de luz pozo arriba. El miedo me ha vuelto a paralizar. Es la manifestación de un ego inmenso, inflado para cubrir su esencial debilidad. Llegan así actitudes autocomplacientes, quejas victimistas que son en realidad intolerancia dolida al rechazo. No podía aceptar que no me quisieran como yo quería y que sí la quisieran a ella. Como toda entelequia, teorizaba sobre falsos y desagradables principios que establecían una jerarquía del valor a partir de la idea de perfección.
jueves, 6 de febrero de 2020
Dialéctica de una noche bogotana
jueves, 23 de enero de 2020
Café Osezno
Aquellos que me conocen saben que me encantan los oseznos, ojo, no los osos sino los oseznos, porque en todas las formas de la infancia o de la pequeñez siempre hallo ternura y asombro. Qué relación tiene el café con un osezno? Por ese mismo motivo, por no necesitarse, fue que el dueño nombró el negocio de esa manera. Algo inesperado. Herly tampoco es un nombre común y me parece curioso encontrarme tanta singularidad reunida en un mismo momento. Con Herly hablamos de política, sociedad, protesta social, las formas de la clase media, los medios de comunicación, los viajes y la necesidad de cerrar ciclos. En medio del diálogo, hubo una frase que resonó como revelación: "Hay que perder para ganar. Perder no es perder". Entonces pienso que el destino existe y que a veces se parece a un osezno.








