Siempre he sentido que mi voz, su ausencia, su anulación es síntoma de mi debilidad. Una debilidad narcisista fundada en el temor al rechazo. Quiero reconocerme en la potencia del grito. Cantar con solidez: manifestarme. Voy a enderezar la espalda aunque intenten doblegarme las fantasías. Voy a perdonarme el haberme acostumbrado a tu belleza. Agradeceré la noche en que todo cambió. Procuraré aniquilar las ansias que exceden mis fuerzas. Abrazaré el presente aunque a veces esté tentada a trenzarme en la trama de espinas. ¿Podré reconciliarme con la palabra solitaria? ¿Sumergirme de nuevo en el remolino propio, sin remordimiento?
miércoles, 11 de septiembre de 2019
sábado, 31 de agosto de 2019
Columpio en la multitud
Don Juan: animal desesperado y convencional. Sometido a la tiranía de la biología. Habitas en las redes de Internet y en la lujuria de tu cotidianidad. Me gustaría mirarte con mayor compasión, pero a la larga yo también me contamino. Los celos son inevitables no por las demás, sino por tu mirada vulgarmente diletante.
Bufón: personajillo teatrero y burlón. Te deslizas con tus pasos de bailarín para aligerar el peso de la confrontación. La risa es tu escenario y en ella deshaces las buenas intenciones de la idealista seducida por la exageración de tus gestos. Habitas en el teatro, en la tarima de un auditorio alimentado por espectadores cómplices, que aplauden y tuercen la comisura izquierda de sus labios para aprobar tus disparates.
The Pretender: adolescente mezquino y encandilado por el brillo dorado de una corta fama otorgada por este estrecho valle. La música deja de ser placer propio, compromiso, libertad de la autoexigencia para ser exhibición de un plumaje minuciosamente diseñado. Máscara perfecta para excusar la anulación de la empatía y justificar la crueldad de tu desprecio por quienes no alcanzan esa línea imaginaria trazada por ti para definir el poder de la ostentación. El escenario es tu vía de escape. Te escabulles al fondo de altas luces para ocultarte de las intenciones honestas que te circundan. ¿Te costaba mucho despedirte? Tu desidia me duele y se convierte en el espejo que exacerba todas mis inseguridades
JLainS: niño esquivo y abrumado por el exceso de posibilidades a las que nos condena Internet. Especialmente la posibilidad de evadir. Cuerpo débil, evitas con mil excusas la materia que te confronta y te empuja al cielo abierto, al peso y el contacto de la tierra. Habitas tu cuarto de máquinas como una deidad cyborg satisfecha en el vértigo de un simulacro pornográfico en el que la vida claudica. Ah, y los likes como forma pasiva de expresar una presencia fantasmagórica que se resiste a desaparecer. El valor y la caducidad reducidos y determinados por un algoritmo. Esto es suficiente, te regodeas en el confort virtual, allí puedes saltar (arlequín) y soltar con tus sones insomnes y cínicos sin apreciar la fragilidad del otro (sin decidir, porque decidir implica sostener).
The Gardener: paciente jardinero de la sensibilidad. Despierto desde temprano, no le cuesta la mañana porque es mezcla entre ese anciano desgastado que creíste ser en tu juventud con el hombre atemperado y correcto que a veces puede ser y que está embriagado de inspiración por la potencia silenciosa de la creación. Abraza la semilla para salvar al animal con el florecimiento mágico del arte, labor-amatorio sagrado, riguroso y conmovedor. El idealista que ha dejado de lado la queja, la culpa y la vergüenza. Ave de alto vuelo en el que la vida sucede como plenitud de todos los verbos con que se puede devenir con dignidad mística y esencial en esta roca de fuego. Te nombro brisa de primavera porque te siento fresco y fecundo. Habitas tu cuarto con hoja en blanco, lápiz en mano, cuerdas y maderas, cuyas pulsaciones alineas en tu horizonte con esa preciosa vista del suroccidente de Medellín. También eres respetuoso visitante de los montes y los rincones silenciosos de este valle que te han hablado en el momento oportuno. Observador de mirada diáfana y corazón atento. Tu fulgor es genuino y bello, se obsesiona por manifestarse y esa manifestación no puede menos que arrobarme. Cultivas con cuidado una raíz que se expande en la tierra y hacia el cielo.
Ave de Jazmín: Amante amado. Joven de voz clara, vulnerabilidades expuestas y asumidas con la naturalidad que otorga la charla tranquila en una banca que mira hacia las luces de la ciudad. Eres el anfitrión de la montaña mágica, allí donde termina la ciudad que nos expulsa e inicia la ciudad que me abraza a través del bosque. Paraíso de columpios para niñas de 27 donde sopla el viento con olor a jazmín, divago sobre las formas de las nubes y puedo escapar del ruido mientras escucho tus impresiones y experiencias. Fuiste y me hiciste caricia viva. Tu beso fue un bautizo para renacer de un episodio autodestructivo. Habitas en mi abrasivo e insistente deseo de pasear mis dedos por tu cabello y por tu brazo, de recorrer el parque mientras al tiempo mapeo tu cuello con besos. Ave de canto sublime que luego me invita a su nido para elevarme con una delicada celebración del éxtasis. Mi inspiración alcanza los umbrales del delirio y sólo quisiera que ese fragmento de eternidad se prolongara hasta el hastío, que ambos con los ojos embriagados, siguiéramos hablando del olvido que logramos al saborear la piel del otro. Pero como la niebla o como el aroma de las flores, la magia se agota demasiado pronto para alguien tan genuinamente necesitada como yo. La repetición es impredescible y yo quedo pendulando como cuerda rota, mecida por los caprichos de una ave que vuela en su ciclo de contradicciones. Si supieras que cada que te veo tengo que esforzarme por controlar mi deseo de ser tu hecho de lujuria. Si supieras que te quiero. Amante, nunca te dije que te amo. Así como tampoco será esa noche que prometiste.
viernes, 30 de agosto de 2019
Sol de medianoche
Mi vida fue, hasta hace poco, fundamentalmente diurna. Cultivé fielmente y con rigor estados de vigilia y sobriedad depositados en largas y solitarias jornadas de escritura y lectura. Por alguna paranoia heredada veía la noche como sinómino de peligro (físico y psicológico). Pero la curiosidad y también la insinuación apabullante de los sentidos han desencadenado una fuerza cada vez más potente; fuerza que designa el origen actual de mis acciones. Lejos de una idea complaciente con la autoridad y el paternalismo, fui abrazando una versión noctámbula de la libertad suscitada por la cercanía de otros con quienes descubrí el apasionamiento de la voluntad y la tentación del caos. Desde entonces la noche ha sido sinónimo de éxtasis, embriaguez y conmoción generando así una condición constante de exceso, no tanto por la desmesura de la vivencia en su ocurrencia sino más bien por el largo estrecimiento de la piel y la perdurable ruptura de las ideas en la incandescencia de las emociones.
La noche me ha iluminado con la claridad de revelaciones esenciales: la alteración de la conciencia y la apertura del cuerpo. No preciso de sustancias externas para responder al llamado de ese camino mágico, aunque no niego que la nicotina, el tetrahidrocannabinol y el éter etílico han sido herramientas útiles para acelerar o bien las posibilidades de trastocamiento interno o bien la amplitud de la interacción con los demás. La fiesta es la ocasión perfecta para la comunión (comunicación y unión) definitiva: sólo existe lo que es, es decir, lo que vibra en la voz, en los pies, entre los dedos, entre las piernas. El ego se diluye dando paso a la mancha de un océano primigenio, manifestación violenta y danzarina, mas nunca maliciosa de una destrucción fecunda.
Pese a todo, mis noches favoritas no son las del egoísmo desdoblado bajo las festivas luces de neón. Mi éxtasis se concentra en las calmadas y silenciosas horas en donde el sol de medianoche realiza una callada pero frenética revolución del deseo. Así, la noche ganó el nombre de anhelo y el anhelo se convirtió en ambición de deshacer el saber y rehacer el cuerpo en la celebración de su salvaje y mística agitación. El problema es que aun estando en las sombras creo alcanzar la luz de una nueva madrugada. Siento que vuela sobre esa noche clara, un ave de jazmín que hunde su semilla para convertirse en raíz. Pero en las sombras las luces nos engañan y lo que tomamos por claro resulta ser pardo. Y así, el placer se torna desasosiego y el sol de mediodía me golpea con la ruptura del espejismo, dejándome desarmada en la soledad de un infinito desierto que hiere con bocados de arena a una garganta sedienta y necesitada del manantial ficticio que sólo emana del sol de medianoche.
lunes, 26 de agosto de 2019
Grieta
The more you change the less you feel
La grieta impide entregarse al abismo. Ofrece, con seguridad, la posibilidad de encontrarse con bordes hirientes pero no con acantilados mortales. El narcisismo del deseo es el agrietamiento del espíritu.
viernes, 9 de agosto de 2019
Deshacer
La vida, Marta, es un visaje de perro.
Al final la gravedad deshace el peso del idealismo y sólo resta vivirte y vivir la ligereza de este accidente desde la ironía. Marta, ojalá hubieras cruzado mi orilla, a pie, sin prisa...
Charlatanes de la pereza
sábado, 3 de agosto de 2019
Arropar
Hablando de palabras que dicen no por lo dicho sino por su sonido recordé uno de mis verbos favoritos: arropar. Inmediatamente lo asocié con mamita Maruja. No recuerdo bien si ella fue quien me enseñó esa palabra. De todas maneras poco importa el origen. Todo recuerdo es interpretación. Importa, entonces, su efecto. Mamita usaba un chal café, era una de sus prendas características. Mamita fue de las pocas personas con quien compartí cotidianidad fuera de mi casa, de mis padres y de algunas primas. También fue una de las pocas personas con quien he dormido y compartido cama y abrigo por varias noches.
Mamita, mi abuela materna, no era la madre de mi madre, era su prima, así que no se trata aquí del llamado de la sangre —y la visceralidad que ello implica— sino de un vínculo menos visible y más profundo. La adopción es una figura que me parece muy poderosa porque es el manifiesto de un amor asumido con convicción. Dice Lacan que "todos somos adoptados". Es una hipótesis que me parece vivificante porque nos libera de las obligaciones impuestas por los símbolos del origen. Me gusta pensar que como hijos de nuestros padres y como hijos de nuestro continente somos adoptados, quiero decir, fruto de muchas herencias e intervenciones. Eso es América, "Nuestra América" contradicción de tantas paternidades con sus injusticias y renovadas riquezas.
Mamita cocinaba para mí dulces y sánduches, pero también sopas que revelaban nuestros cuerpos tricontinentales convertidos en islas de los innumerables mestizajes del Mediterráneo, el Atlántico y el Pacífico. La sopa de mamita llevaba el cerdo español, la papa y el maíz americanos y el banano africano. La sopa de mamita era el mundo. Cuando veo su chal pienso en su generosidad y valentía. Ella renunció a la vanidad y a la necesidad. Fue, el suyo, un amor de elecciones vitales y no la imposición de una supervivencia agónica —la de los genes—.
Qué impredecibles son las conexiones de los afectos y las resonancias arbitrarias de algunas palabras. El caótico presente me arropó de nuevo con la huella cálida de mamita, en ese enigmático misterio de las presencias sin cuerpo.
viernes, 26 de julio de 2019
jueves, 25 de julio de 2019
Solo para Marta
Una tarde de abril trajo Solo a Marta. La penumbra del parque era interrumpida por destellos de espuma dorada y de electricidad ocre.
-El amarillo, ese color paradójico, pensó Solo. Así despuntaba el amanecer, así brillaba el oro soberbio, pero así moría el día y sepia era el color de las hojas que no se llevó el viento pero sí el olvido.
-Definitivamente la nostalgia era amarilla. Volvió a pensar Solo.
Marta tenía un buso negro y Solo una camisa blanca. Juego de antagónicos que, sin embargo, se fundió en gris. Gris de humo, más que gris de asfalto. Fueron nube de tormenta. Era la primera vez que Solo veía a Marta. Pero entonces, sin sospecharlo, Marta se volvió su hogar en hoguera. Casa ruinosa antes de ser construida. La espalda de la despedida que saluda con crueldad. La nostalgia, Marta.
-Solo, ¿me das un beso? Preguntó Marta.
-Marta, el cielo está iluminado. Respondió Solo.
Era luna nueva, la noche se alzaba plena y justo en ese momento hubo un apagón. El buso de Marta era negro. La mirada, luz Solo para Marta.
lunes, 8 de julio de 2019
Simulacro
Noche blanca. Sol negro. Las décadas: no atravesó en vano (vacío del muro) la vanidad y el resplandor. ¿Puede un ciego ser superficial? Esa pregunta va y viene siempre en las madrugadas que me ven con los ojos abiertos por la insistencia del falso idealismo (como toda exacerbación de la imagen). Ahí viene el bufón disfrazado de bilis negra. Error deliberado: confundir la ortiga con raíz.
sábado, 6 de julio de 2019
Podría ser
O también puede ser que, simplemente, esté romantizando la falta de empatía del otro. Las palabras se han tornado simulacros de autodefensa, conjuros que prolongan el hechizo de las máscaras. En todo caso, y aunque sean arbitrarias las divisiones del calendario, esta segunda mitad de 2019 empezó con la constatación del desamparo y la desestimación del esfuerzo. ¿Es por qué se cierne sobre nosotros?, ¿si fuera desde nosotros seríamos autoindulgentes? Hoy no importa, el presente es un grito de vísceras. Ni silencio, ni sermón. Pobre animal metafísico que sólo puede ser estertor de la noche.
jueves, 4 de julio de 2019
Los mesías escriben en la arena
Cuando ni la autocomplacencia, ni una moral externa determinan las acciones y las reflexiones que estás generan, el tratamiento de las emociones se convierte en un trabajo arduo y autoexigente, pues libre de la tentación "delegacionista" (de culpas, de pesares, de ofensas) uno, aun encarnado por el apasionamiento, se pregunta más bien por los contextos y la circunstancias que les dieron origen y en las cuales se darán sus consecuencias.
No creo que, en la mayoría de interacciones, podamos hablar de víctimas y victimarios. Todo contacto iniciado deliberadamente (y digo esto para diferenciarlo de las situaciones de abuso) es sólo eso, una voluntad del encuentro. Y eso es maravilloso, porque dos personas hacen tregua de sus soledades constitutivas para trenzar en el lenguaje o en la caricia un tejido vivo de genuino compartir, por más que las máscaras funcionen como agujas de esa urdimbre. Ellas siempre nos acompañan, sin embargo, no es menos cierto que pese a ellas hay verdad y revelación pura en todo acto de comunicación.
Pero la ambición, la manía esquizoide de proyectar, es lo que arruina esa potencia mágica del presente. La corrupción del encanto se da entonces por su inmersión en las turbias aguas del futuro; allí donde nadan las miserias del ego. Anhelamos la validación del sujeto deseado, ser observados con detalle y atención, asentar nuestra identidad en su aceptación. Pero estas operaciones implican una ampliación (temporal y espacial) de la voluntad del otro, la cual no podemos controlar. Así, en el afán de reconocimiento alimentamos expectativas llenas de impaciencia y nerviosismo que terminan por agotar la belleza de esa transparente aurora en que fuimos uno.
La comunión es un presente autorreferencial. Su sacralidad reside en la entrega inmediata y en el olvido que se da de forma simultánea a su ocurrencia. Por supuesto, esta es una autoadvertencia que hago al constatar mi caída en el vértigo de competir desde la memoria, de condicionarme por un futuro escurridizo y de ceder al facilisimo de la tristeza y la ansiedad. Pero mi anhelo es otro: tú fuiste el mesías que destruyó la hoja seca del miedo; tú encendiste el fuego, pero el incendio ahora me pertenece. Y en él celebro un cálido bautizo.
Por eso mismo, quiero atenerme al regalo de una escritura contingente. Dijiste que ninguna escritura es inocente, que en el fondo es siempre fingimiento. Quiero asumir entonces el hecho de haberme honrado con tu escritura en la arena de mis playas; así hallaré tranquilidad en la pérdida de la palabra: será la prueba de tu paso benevolente, es decir, ligero (en tiempo y densidad) pero contundente. No será en la presión de una prolongación forzada donde hallaré mi dicha, sino en la suscitación de una vida nueva que se hará y deshará en sucesivos castillos de arena.
viernes, 21 de junio de 2019
En el medio
Mayo y abril de 2019 han sido meses reveladores. Desde hace tres años inicié un violento proceso de autocomprensión, dominado inicialmente por un afán autodestructivo, que apenas está siendo sustituido por la autoexigencia de comprometerme con el cuidado de sí. En ese camino he aprendido que la soledad es un escenario prolífico y que, por tanto, nada tiene que ver con ella la severa austeridad que impuse a mi cuerpo, torturándolo injustamente.
Esa retirada voluntaria, que duró cerca de dos años, fue la respuesta a una emoción que ha sido protagonista en los momentos tan decisivos como cotidianos de mi vida: el miedo. ¿Qué es el miedo para mí? Es la anticipación destinada a neutralizar la acción con el fin de minimizar, si se puede, evitar, el impacto de la experiencia. Aunque debo precisar que más que la experiencia, temía las consecuencias tras su conclusión. ¿Cuáles eran esas consecuencias? Abandono, desamparo, desarraigo. En resumen, vivir significaba ser arrancada, ser vulnerable, exponerme a la pérdida.
Tiranizada por esa idea, empecé a asumir el entorno como una presencia hostil y al otro, a los otros, como eventuales ladrones e incluso como asesinos (simbólicos, claro está). De manera que yo, quien me he ufanado de una supuesta inclinación dialéctica, estaba definiendo la realidad en los reducidos términos de dos extremos sin puntos medios (el blanco del inicio y el negro del final). Y si ese final me atormentaba era porque lastimaba mis aspiraciones narcisistas (el olvido). En ese escenario el otro era mi enemigo y el futuro era sinónimo de aniquilación.
Paralizada y agazapada por el miedo, nunca me permití asomarme o treparme hacia, entre o sobre "aquello" que sucedía entre esos dos abismos. Recién descubro que en ese intersticio, que tercamente insistía en omitir para protegerme, estaba la vida. ¿Qué es la vida? la celebración de sí y del otro desde la generosidad, el reconocimiento de la amistad como vínculo supremo y la asunción del futuro como enigma. En esta posición renovada, la curiosidad dejaba de ser tormento o condena y se convertía en posibilidad de enlazar el conocimiento con la compasión. Hasta este momento siempre había temido, es decir, siempre me oculté e ignoré las voces circundantes.
Pero eso hizo que el malestar se acumulara y que lo nombrara equivocadamente; no era ansiedad lo que sentía, en realidad me aferraba a una exaltación del egoísmo. Hoy, con el pecho agitado por el salto pero no por el miedo, descubro en mi entrega unilateral aquella fortaleza y seguridad que absurdamente pretendí preservar bajo los pesados muros de una imaginación mezquina y paranoica. Por fin entiendo que esa serenidad de los espíritus fuertes sólo florece en los jardines del mundo, en los cuales ahora me siembro.
jueves, 20 de junio de 2019
Intuición de habitar
La casa rosada fue mi primera inversión en finca raíz. Tenía 8 años. Fue a finales de 1999. Hoy la familia está desayunando mientras conversa un jueves al sol. Mi mamá, tan cómplice, fue quien diseñó y confeccionó las cortinas.
Luego de tantos años de obsesión por las casas y sus moradores, me doy cuenta de lo arraigado que es mi interés (temprana intuición infantil) por la forma en que habitamos, nombramos e imaginamos el espacio íntimo y doméstico.
sábado, 15 de junio de 2019
Burgundy
Quisiera renunciar al impulso y ser fiel a la necesidad. Pero el deseo desborda la copa de la mesura y el vino se sirve fuera de su contenedor, manchando el paisaje y ofreciéndose de forma inminente a quien lo sostiene. ¿Para qué? Sabido es su origen egoísta y, por tanto, violento. Pero, ¿no sería ese espasmo otra forma de manifestar una comunión? Brindo, entonces, por la potencia enternecedora de su intensidad fugaz.
martes, 11 de junio de 2019
Código rojo
"Good Lord, only a moment of bliss? Isn't such a moment sufficient for the whole of a man's life?"
"A joy of beauty is a joy forever"
Provocación
Un amigo, de naturaleza agudamente consciente pero de comportamiento práctico, me dijo que no hiciera de cada suceso una historia. Ante esa advertencia, con un tono claramente alarmante, me pregunto ¿cuál es el origen de este afán de historziar?, ¿cuáles son sus consecuencias?
Sin duda, hay un trasfondo semántico en ese ánimo: es mi manera de atribuir un significado verosímil a mis acciones. Se trata de un ejercicio lleno de elaboraciones y ajeno a la inocencia o espontaneidad de la experiencia. Nuevamente recurro a la ficción, al exceso de ficción, para construir un narrativa que proporcione sentido, un símbolo a través del cual salvar el absurdo y la culpa de no haber respondido de forma más decidida a ese sinsentido.
Pero, si bien reconozco que hay desesperación en esa elección, también es cierto que desde las fabulaciones infantiles que hacía con Barbies, casas y dibujos, historiar ha sido la única salvación de un alma que se precipita cada vez con mayor velocidad hacia la anticipación de la muerte. Actualmente dos situaciones aparentemente opuestas (terminar un posgrado, lidiar con la conmoción romántica) me han llevado al límite de esta preferencia y a determinar hasta qué punto hermanar la historia con la poesía puede salvarme pero también condenarme.
Entre el deber, los errores electivos y el imperativo de creación; entre el salto y la caricia. Ahí se sitúa la agitación de un presente turbio, donde se ha intensificado la necesidad de fabulación. No encuentro otra manera de ser fiel a estos dos fuegos, cuya luz debí apreciar, en vez de atravesar.
Escribo esto, en medio de un episodio insomne, porque me genera malestar ser una profanadora de la experiencia; la manifestación de un serenidad discursiva que, en realidad, es la falsa conciencia de una vida caótica e incendiada pero no expuesta. Procuro ser un cuerpo provocador, pero débil por mi idealismo, vuelvo a ser cuerpo historizante.
viernes, 7 de junio de 2019
Lete
Me sitúo al margen del discurso. Recurro a la memoria, génesis de toda imagen. Me paro ante la imagen, abrazo el silencio y elijo, como pocas veces, renunciar al encadenamiento del argumento. De la línea al espiral. Baja desde el ceño, por la mejilla, por el cuello, por el pecho. Deshace el faro de la lógica y solo queda un cuerpo flotando en mar abierto, entregado a los misterios de sus orillas.
miércoles, 5 de junio de 2019
Estrellas de un cielo diurno
Cuando estaba pequeña el plan que más me emocionaba era saber que iría a un paseo que incluyera piscina. Fuera por una actividad del colegio o por un paseo familiar, esa noticia me llenaba de una profunda exaltación que se volvía ansiedad en la noche previa. Por eso el insomnio era inminente, pero la madrugada era todo un regalo para los sentidos.
Mi relación con la piscina no fue siempre armoniosa. Cuando tuve mi primera clase de natación a los cuatro años me aterrorizó la idea de saltar a un estanque cuya profundidad triplicaba mi estatura. Pero el turquesa ejerció desde entonces una atracción visual muy fuerte. Las ondas, el brillo, el sonido de las pequeñas olas, todas esas expresiones de la energía sedujeron la sensibilidad infantil. Desde entonces mi sueño —además de ser ice figure skater— fue tener una casa con piscina.
A los diez años volví a clases de natación. Recuerdo la fascinación que me generó el momento en que aprendí a flotar, a girar dentro del agua, a sumergirme y a avanzar con técnicas precisas de patada y brazada, a dominar los cuatro estilos. No se trataba ya solo de la seducción del paisaje sino de una nueva consciencia del cuerpo. Que el aparato respiratorio, aprendido en Biología, que la densidad del agua, aprendida en Física.
Todas esas palabras tan estériles en los libros cobraban un dinamismo avasallador en la práctica. Aprender a nadar me ha permitido abrazar una dimensión lúdica que se me antojaba esquiva. Allí me sometía exclusivamente a la pureza de las sensaciones: el impacto inicial del frío, la ligereza del cuerpo, la visión ondulada y, por supuesto, la amistad. En este espacio, mis primas y amigas me han llevado a ser actriz de dramas y comedias o a ser una simple cómplice de juegos y secretos. No recuerdo que fuera un lugar de imposturas o impulsos de ostentación.
Desde hace casi veinte años el agua ha suprimido mis gravedades y me ha permitido disfrutar de la levedad que tanto reclamaba. En este ritual de desprendimiento, lo más importante es acostarme bocarriba, dejar que lentamente el cuerpo caiga hasta el fondo, abrir los ojos y mirar las burbujas de mi respiración como si ascendieran estrellas en un cielo diurno.
Reverberar
¿"Y qué produjo eso en ti"? Desde comienzos de mayo esa ha sido la máxima instalada por otros en mi curiosidad. Estoy acostumbrada a ocupar la posición del oído, la disposición de la atención hacia un otro. Sin embargo, este descuido a mis impresiones y a mi actividad, en otras palabras, esta exaltación de la cobardía es el correlato de una arrogancia perversa, sostenida por la idea de que basta el simulacro de la acción o de la personalidad para desestimar su ejecución y su impacto concreto.
Temo que este sea el origen del ánimo ermitaño y de las formas pesadas con que suelo encubrir el rostro aterrado detrás del discurso estructurado. Antes creía en esa ficción de forma tan decidida, como la gran devota de un credo secular, que hice de ella mi única premisa de vida. Pero luego de confrontar otros lenguajes, de aceptar el cuerpo y de levantar la mirada sólo vi una impostora entregada de forma descarada a ese solipcismo oscuro y de bordes mellados que es el idealismo.
Me enfrenté al límite de mi identidad. Abracé el caos y me permití acoger el vacío de los abismos que siempre había visto con temor. Pero abismo no es sinónimo de aniquilación. El vacío puede albergar océanos que nos despojan y nos devuelven ligeros a las playas de una sensibilidad atemperada. "¿Qué produjo eso en ti?". Culpa, tristeza profunda. Luego la decisión de pulir el filo de la comunicación, de escucharme a través del otro, de recibir la ofrenda de su brillo para iluminar los pasos decididos de una idealista en conversión.
martes, 21 de mayo de 2019
Enunciar un país fragmentado
Manuel María Paz (1820-1902). “Vista del pueblo de Pandi: provincia de Bogotá”. Acuarela sobre papel. 31 x 24 cm. Nueva Granada. 1855.
La palabra es la semilla de las cosas. En la Colombia del siglo XIX basta con dar un vistazo al espíritu progresista de élites que lucharon por consolidar un Estado afín a la nación armoniosa de sus enunciados. Hubo una fuerte voluntad de afirmación en la economía y en el modelo político republicano. La intención era conseguir una sociedad homogenizada, unificada eficazmente por el discurso que desde entonces hasta hoy parecía ascender hacia el paraíso democrático. Pero la perfección de la palabra se disolvía en la práctica, en los avatares de la vida cotidiana, ese escenario maravilloso que desnuda la inminente fractura entre dicho y hecho; entre ley y realidad; entre unidad y diversidad. La formación de la nación colombiana fue un proceso moderno, sí, pero tamizado por filtros tradicionales como, por ejemplo, la continuidad en la política de tierras que conservó las concesiones de baldíos hechas a grandes terratenientes en la colonia. Y es que ni la élite era homogénea, pues conforme avanzaba el siglo XIX, también se fragmentó con el surgimiento de los partidos y creó así un ambiente de tensión y división que oscilaba entre la negociación y la polarización de las relaciones de poder.
Ese ánimo contradictorio también se evidenció en la vocación regionalista de la mayor parte de la población, pues aunque la movilidad fue común también es cierto que la mayoría de personas vivían y morían en la misma parroquia, vereda, pueblo o villa y, por tanto, su sentido de pertenencia se formaba a partir de vínculos culturales y étnicos en la intimidad de su territorio. A pesar de esta manifiesta heterogeneidad, la mayoría de la población colombiana también compartía algunas prácticas: circular diariamente por los caminos; comer, beber y conversar en la pulpería o chichería; emborracharse e ir a misa en la plaza del pueblo los domingos. Hoy buscamos en la vida del pasado la huella de esas convergencias pero también de las contradicciones anuladas por un discurso oficial que pregonaba al mestizo como tipo definitivo de la nación colombiana; agente democratizador y homogeneizador de una diversidad étnica evidente pero impertinente a ojos de las élites.
La primera sociedad colombiana ofrece una imagen fuertemente rural. Los informes estadísticos, producidos entre 1872 y 1892 así lo confirman: predominaba la actividad agrícola, pesquera y ganadera. Éramos una sociedad esencialmente agraria y con un paisaje dominado por los surcos tropicales y las raíces, semillas y frutos americanos (la papa, la yuca, el maíz y el fríjol); esos mismos que alimentaron a los primeros campesinos y que hoy alimentan a las industrias transnacionales en el olvido a sus origen (¿Qué sería de McDonald's sin sus icónicas papas fritas?). En ese escenario el artesano y, por esa vía, la mujer constituyó otra figura esencial. La campesina era mucho más que madre y esposa: era la tejedora, sombrerera, dobladora de hojas de tabaco que nutría no solo a sus hijos sino a las economías familiares y regionales. Dadas estas condiciones la trama partidista no podía explicar entonces la totalidad del fenómeno político. A pesar de los discursos y prejuicios de la élite criolla, el extendido analfabetismo no impedía que la gente corriente pensara.
La cultura aldeana fue la respuesta espontánea a la lucha por el poder. Esta no se formaba en el parlamento pero sí en las reacciones a esas leyes que se discutían en el rumor del arriero, el chisme del pulpero, la hoja suelta en el parque o la conversación en la plaza o el taller. La política resultaba inseparable de la vida cotidiana. No importa que a mediados del siglo XIX el 70 % de los colombianos no supieran leer ni escribir: su alfabetismo —y es una lección para nosotros en el presente— se expresaba en su conexión con el mundo, en su sentido de responsabilidad con la vida material, una forma de alfabetismo político que nos recuerda a Brecht:
El peor analfabeto es el analfabeto político. Él no oye, no habla ni participa en los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado y de las medicinas dependen de decisiones políticas.
Durante esta época el pueblo emergió como un actor social: las élites aceptaron que no había un mecanicismo que rigiera las adhesiones electorales; estas personas no eran marionetas que se dejaban manipular bajo tal o cual candidato, sino que la movilización política popular funcionaba según unos criterios vinculados a un sentimiento de identificación territorial o gremial. Es la imagen de una población rural en tal grado politizada que logró desarrollar formas de resistencia. Un ejemplo de ello fue la apertura de la frontera agrícola. La mayoría de procesos colonizadores fueron adelantados por familias necesitadas que llevaban apenas lo que tenían puesto y cargaban la angustia permanente de no saber qué caminos les esperarían, ni cómo resolverían el abrigo de la siguiente mañana.
La colonización interna no se trató tanto de una idílica vocación de “pujanza” como de la necesidad convertida en posibilidad de resistencia: el pueblo llevó a cabo esta expansión como una lucha contra el latifundio porque el nivel de concentración de la propiedad había crecido exponencialmente durante el siglo XIX. Este proceso fue el símbolo del llamado popular a los valores igualitarios y a una actualización de la vida comunitaria. Mientras tanto, la imparable privatización de la tierra redujo la posibilidad de poseer una parcela propia y así aparecieron tipos característicos de las economías capitalistas: el asalariado y el jornalero. Aun así, quedaron intersticios que permitieron celebrar la vida independiente e insumisa. Durante este siglo, la minería y la agricultura del maíz quedaron por fuera del interés empresarial y permanecieron como prácticas populares: en Antioquia, eje de la minería nacional, el 80 % de la extracción aurífera siguió al vaivén de bateas agitadas por mazamorreros; mientras que el maíz, producto de primer orden entre la mayoría campesina (recordemos que la chicha era el licor nacional) conservó su valor doméstico y escapó a las sujeciones del monopolio privado o del impuesto estatal.
Pese a las adversidades, la ruralidad colombiana robustecía las raíces de su identidad. El campo era un lugar de actividad y ebullición cultural. Es innegable que el alcance institucional de la educación formal fue débil porque solo en las prósperas ciudades de Medellín, Bogotá o Bucaramanga algunos niños estudiaron en colegios, mientras que la mayoría de mulatos o indios de las llanuras, valles y aldeas nunca pisaron un salón de clase ni abrieron un libro. Esta educación afín al ideal de progreso y a la urbanidad decimonónica fue quizá la mayor aspiración incumplida del Gobierno republicano. Sin embargo, en la realidad brillaba la riqueza de una pedagogía vernácula: la potencia de un saber manual fundado en la oralidad, el poder de la transmisión familiar y la concepción del trabajo como fuente de solidaridad doméstica. En una sociedad agraria este tipo de enseñanza era la práctica más coherente y, además, alimentaba el espíritu de cohesión y una ética particular del trabajo derivada de su relación permanente con las manos, la creación y el entorno inmediato.
Porque si algo caracterizó a las élites fue el desprecio hacia el paisaje propio y la dependencia de una ficción basada en referentes extranjeros. Los protagonistas del juego político estatal son herederos de ese reflejo fracturado en el espejo europeo. Es comprensible que la afirmación de la identidad propia se forme en una dialéctica con otro pero resulta sintomático que no se reconociera el potencial autóctono; sus elementos eran juzgados como insuficientes e incluso estigmatizados bajo el signo de la servidumbre. Reinaba entonces la avidez de acercar el país a Europa así fuera vendiéndolo al extranjero (aquí es inevitable recordar la cesión del ferrocarril de Panamá y luego del territorio total del istmo) en detrimento de los interés locales (tal cual sucede en el presente con los tratados de libre comercio, por ejemplo). Al extremar la crítica y redirigir nuevamente la mirada a la mayoría de la población, a esos parroquianos de carne y hueso que daban cuerpo a la nación, se descubre el contrarrelato de ese elitismo. Y aunque la condición agraria nos hermanara en una experiencia común también es cierto que no pudo conjurar la inevitable fragmentación de la vida y la palabra: la identidad se forma en las singularidades del diario vivir y no en la mera abstracción del discurso “nacional”.
De este siglo XIX surgió también un proceso (aún vigente) de regionalización republicana, flexible e indeterminado —tanto a nivel de fronteras como de conocimiento territorial— pero siempre presente. Ejemplo de esa maleabilidad de la palabra es el ascenso paulatino de una épica antioqueña desvinculada de su memoria caucana o costeña o la separación del Norte de Santander de las provincias nororientales del país. Muchas son las palabras que se disputan el derecho de crear la nación, sin embargo, muchas son las palabras deshechas en prácticas de resistencia, regionalización y politización según el matiz de cada localidad. El discurso de la unidad se quiebra ante la evidencia de diversidad vital. La Colombia decimonónica fue una sociedad contradictoria y heterogénea que pretendía nivelar sus diferencias y consolidar un Estado moderno a través de la palabra pero que se movía —y quizá se mueve aún— entre las tierras movedizas de una república temporalmente colonial y espacialmente provinciana.
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