lunes, 25 de noviembre de 2019

Grabar Cassette


Hace 13 años no tenía internet en mi casa. Mucho menos reproductores portátiles. El encuentro con la música era ocasional, pero atento. Constituía motivo de placer escuchar la canción favorita porque dependía del azar de la emisora. Desde 1980 mi papá grababa su música de la radio y en cassette. Hay en casa tres cajas llenas de ellos (tienen tres décadas y un sonido impecable). Todos están ordenados por género y volumen. Además, tienen anotados, a mano, todos los títulos de las canciones que suenan a cada lado. Como la fotografía análoga y su relación con la memoria y el esfuerzo, también resonó en mí la idea analógica de la música de mi papá. A los 15 años empecé a escuchar rock en Veracruz. Sus huellas permanecen en estas acciones que, pasada sólo una década, resultan obsoletas. No parece tan lejano, pero a la vez resulta extraño. Hoy cuando me preguntan "¿Qué hacés?", ya no respondo "grabar un cassette".

jueves, 14 de noviembre de 2019

Datos móviles


No tengo fuerzas. La niebla es espesa y bloquea los sentidos. La incertidumbre del silencio atraviesa el tímpano y lo revienta, dejando sólo las ruinas de un llamado acallado. Estoy en el fin del mundo: indolencia, indiferencia, abandono de la curiosidad. No hay guerra, ni paz. Es el fin. 

Fantaseo: quisiera ser hombre para acceder a tu caverna mental; quisiera permanecer mujer para recibir tu caricia. Pero imaginando o siendo, en todo caso, deviniendo ser humano, el anhelo ha sido el mismo: participar cotidianamente de tu intimidad, con plenitud, sin mediaciones, sin fragmentaciones y sin-turbación. Sin embargo... Ya no quedan discursos indirectos, adulaciones estratégicas, ni aquellas delicadas ligerezas que prolongaban la fantasía a partir de la necesidad y la mentira (que tú te empeñas en desligar del engaño). 

En la mejilla una sonrisa para tu éxtasis adolescente. Que en ese pómulo nacieron bosques y de la espalda brotaron ríos que se secaron en la lujuria consumada. En el oído no quedan susurros. Me pesa la piel y el abecedario está descompuesto. Vuelvo al fin del mundo. Violento silencio en el que me desvanezco. Soy ruina.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Llano en llamas


Inevitable. Irresistible. A pesar de los esfuerzos por olvidar, me permito entregarme nuevamente a los impulsos de una ficción reconocida como fantasía, pero con poderosas y placenteras consecuencias en la piel, la voz y el diálogo. La muerte no hace parte de mi vocación. Hasta cierto punto,  ahora me parece  una victoria de la pereza. Suicidio o asesinato se tornan actos de mal gusto, presión de un tedio narcisista que puede transformarse en intriga creadora. Reflexiono con calma y siento que eso fue lo que detuvo mi salto al abismo. La idea del What if y del presente blanco fueron las formas de reconciliarme con la vida y de asumir un destino de funámbulo y no de difunto. Nuevamente el temor se estaba convirtiendo en leitmotiv: miedo a no ser observada, a ser olvidada. En definitiva, estaba tiranizada por el capricho. Aún tengo muchas aprensiones, soy consciente que vivo en la cuerda floja. Me resiente el ánimo constatar cierta mezquindad y el declarado cinismo del otro. Pero ahora reconozco que depende de mí apropiarme de las circunstancias y bailar con menos inseguridad en esta danza de fuego. La llama arde y aunque traté de hacerla ceniza, luego de  permitirme el riesgo, aumentó su fulgor. Es demasiado atractiva, poderosa y hermosa como para dejarla apagar. Cada encuentro con ella será siempre un bautizo, una actualización intensa de la vida nueva. Te abrazo, me abraso, siendo yo leña viva en este llano en llamas.

jueves, 10 de octubre de 2019

Buscaré una prostituta


El asesinato definitivo. Matar para cuidarse, abrazar la muerte para vivir. Cuanto te quise, pero cuan inerte es tu voluntad hacia el otro. Ni siquiera es el arte, contaminado con tu fingimiento; ni siquiera es tu cuerpo, debilitado por la promiscuidad. Es sólo el fetiche de tu ego deshonesto disfrazado de conciencia. Busco la calma. Vive entonces en el olvido que dices desear. Cuando me quiera traicionar "buscaré una prostituta, le daré una foto tuya. Le diré que me llame cuando se parezca a ti". Así podré confiar en mi simulacro mientras acudo al placer de saborearte voluntariamente sin tu presencia.

jueves, 3 de octubre de 2019

Réquiem para una malta




Querido: cuando te vi por primera vez percibí un brillo singular, atractivo, hipnótico. El pulsar de las cuerdas, el trenzar del lenguaje. Rápidamente se reveló también una opacidad revestida de mezquindad, evasión y superficialidad. Aún así me entregué a la curiosidad; el ánimo de entonces me empujaba al riesgo. 

Luego saboreé el fruto suave y delicado de tu caricia y esa fue la entrada al laberinto. Aticé el deseo que despertaste con el engaño de tus palabras y de tus canciones tan bellas como suspicaces. 

Lentamente concebí y me mudé hacia una idea a la que tú, literalmente, sólo diste cuerpo. Me permití, bailarín, caer en tu danza macabra movida al son de alas abiertas, de este tiempo, del jardinero, de conserva tu filo y tu oído. Y, como no, del niño rebelde o, más bien,  del niño fiel a sí, que en 1993 decidió pintar la manzana vinotinto y no roja-roja, como lo pedía la maestra en contra de toda evidencia.

Querido, padezco del vicio retrospectivo: mirar el paisaje en el retrovisor. Tal vez sea por la fascinación de constatar que en un encuadre pequeño cabe un universo grande. De hecho, no se trata sólo de este truco de la dimensión sino de la capacidad de síntesis que hay en esa forma de mirar, de lograr un equilibrio entre los niveles del paisaje: que el árbol no monopolice al bosque. Poder saciar la ambición de conocer con detalle y con amplitud.

Con esto quiero decir que al mirar tu autorrepresentación resonó en mí, esa búsqueda de la creación y la conciencia de los distractores de tu alma que,  como náufrago en una noche boreal, se agitaba por alcanzar la belleza.

Querido, tus preguntas, tus aprensiones y tu sensibilidad se convirtieron en fuego y me abrasaron. Recordé entonces a la hacedora acallada y con tu incendio volvieron a brillar hondas intuiciones que traicioné. Fuiste un ardiente espejo de lava en donde me fundía por la piel y desde el alma. 

Querido, tú no pediste que me asomara a los abismos de tu alma. Ese fue un atrevimiento, el cual a veces califico de invasivo. No lo es del todo, por algo se trata de una obra pública. Mi pecado fue prestar atención desmedida a un actor sordo. Nunca se trató de un diálogo; siempre ha sido un monólogo dirigido a un público anónimo y cambiante. Al contrario, yo singularicé ese discurso y me creí en un diálogo imaginario. Te sembré en mí y mi tierra húmeda te respondía con toda su generosidad. Y así fue creciendo, convirtiéndote en raíz, en tallo, en hoja frondosa. Planta inspiradora de mi germinar como mujer y como hacedora. 

Querido, no te imaginas o quizá lo sabes pero prefieres omitirlo: tu paso fue esclarecedor y al mismo tiempo devastador. Mi vida no volverá a ser la misma a partir de aquí. El sufrimiento es electivo y me atormenta saber que soy olvido, que con los días me marchito en tu jardín. 

En medio de toda la impaciencia y la urgencia del deseo, siempre te admiré. Pese a todas las excusas y mentiras, creo que el bailarín es capaz de hacer una danza de buen gusto. Este arremolinado incendio me llevó a quererte y anhelar ser parte de tu vida, fuera de la forma que fuera, porque quería contagiarme de esa energía creadora y también por el mero placer de escuchar tu voz, tocar tu mano y besar tu cabello.


Querido, a pesar del deseo siempre fuiste más que un deseo. Tu cuerpo era sacramento por su brillo y porque allí reververaba mi alma, también, por un instante. Me atormenta saber que de tu parte, no hay tal percepción, que por el contrario buscabas dirigirte a mí desde el mínimo esfuerzo. No era tu obligación y no pretendía establecer un simple juego de poder. Sólo quería suscitar la posibilidad de compartir, de ser desde el otro, con intensidad, con decisión y con pasión. Poder confiar en que seríamos-sólo-siendo por uno, dos o tres instantes breves pero entregados.

Querido, me enamoré de ti. Sin embargo, debo olvidar, por mi bienestar, porque eres ilusión y porque aún así conserva la intensidad del primer destello. Pese a todo,  aún quisiera tener algún vínculo perdurable contigo; mas nuestros lenguajes discurren por orillas opuestas y tu voluntad va con velas altivas hacia otras direcciones.

Querido, siempre me alegrará ver tus cuentos por ahí y por allá,  tu música siendo canto del mundo. Te quiero muchísimo. Pero aunque soy agnóstica, todas las noches le pido a Dios que me libre del amor.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El juicio de los límites


Siempre he sentido que mi voz, su ausencia, su anulación es síntoma de mi debilidad. Una debilidad narcisista fundada en el temor al rechazo. Quiero reconocerme en la potencia del grito. Cantar con solidez: manifestarme. Voy a enderezar la espalda aunque intenten doblegarme las fantasías. Voy a perdonarme el haberme acostumbrado a tu belleza. Agradeceré la noche en que todo cambió. Procuraré aniquilar las ansias que exceden mis fuerzas. Abrazaré el  presente aunque a veces esté tentada a trenzarme en la trama de espinas. ¿Podré reconciliarme con la palabra solitaria? ¿Sumergirme de nuevo en el remolino propio, sin remordimiento?

sábado, 31 de agosto de 2019

Columpio en la multitud



Don Juan: animal desesperado y convencional. Sometido a la tiranía de la biología. Habitas en las redes de Internet y en la lujuria de tu cotidianidad. Me gustaría mirarte con mayor compasión, pero a la larga yo también me contamino. Los celos son inevitables no por las demás, sino por tu mirada vulgarmente diletante.

Bufón: personajillo teatrero y burlón. Te deslizas con tus pasos de bailarín para aligerar el peso de la confrontación. La risa es tu escenario y en ella deshaces las buenas intenciones de la idealista seducida por la exageración de tus gestos. Habitas en el teatro, en la tarima de un auditorio alimentado por espectadores cómplices, que aplauden y tuercen la comisura izquierda de sus labios para aprobar tus disparates.
 
The Pretender: adolescente mezquino y encandilado por el brillo dorado de una corta fama otorgada por este estrecho valle. La música deja de ser placer propio, compromiso, libertad de la autoexigencia para ser exhibición de un plumaje minuciosamente diseñado. Máscara perfecta para excusar la anulación de la empatía y justificar la crueldad de tu desprecio por quienes no alcanzan esa línea imaginaria trazada por ti para definir el poder de la ostentación. El escenario es tu vía de escape. Te escabulles al fondo de altas luces para ocultarte de las intenciones honestas que te circundan. ¿Te costaba mucho despedirte? Tu desidia me duele y se convierte en el espejo que exacerba todas mis inseguridades

JLainS: niño esquivo y abrumado por el exceso de posibilidades a las que nos condena Internet. Especialmente la posibilidad de evadir. Cuerpo débil, evitas con mil excusas la materia que te confronta y te empuja al cielo abierto, al peso y el contacto de la tierra. Habitas tu cuarto de máquinas como una deidad cyborg satisfecha en el vértigo de un simulacro pornográfico en el que la vida claudica. Ah, y los likes como forma pasiva de expresar una presencia fantasmagórica que se resiste a desaparecer. El valor y la caducidad reducidos y determinados por un algoritmo. Esto es suficiente, te regodeas en el confort virtual, allí puedes saltar (arlequín) y soltar con tus sones insomnes y cínicos sin apreciar la fragilidad del otro (sin decidir, porque decidir implica sostener).   

The Gardener: paciente jardinero de la sensibilidad. Despierto desde temprano, no le cuesta la mañana porque es mezcla entre ese anciano desgastado que creíste ser en tu juventud con el hombre atemperado y correcto que a veces puede ser y que está embriagado de inspiración por la potencia silenciosa de la creación. Abraza la semilla para salvar al animal con el florecimiento mágico del arte, labor-amatorio sagrado, riguroso y conmovedor. El idealista que ha dejado de lado la queja, la culpa y la vergüenza. Ave de alto vuelo en el que la vida sucede como plenitud de todos los verbos con que se puede devenir con dignidad mística y esencial en esta roca de fuego. Te nombro brisa de primavera porque te siento fresco y fecundo. Habitas tu cuarto con hoja en blanco, lápiz en mano, cuerdas y maderas, cuyas pulsaciones alineas en tu horizonte con esa preciosa vista del suroccidente de Medellín. También eres respetuoso visitante de los montes y los rincones silenciosos de este valle que te han hablado en el momento oportuno. Observador de mirada diáfana y corazón atento. Tu fulgor es genuino y bello, se obsesiona por manifestarse y esa manifestación no puede menos que arrobarme. Cultivas con cuidado una raíz que se expande en la tierra y hacia el cielo. 

Ave de Jazmín: Amante amado. Joven de voz clara, vulnerabilidades expuestas y asumidas con la naturalidad que otorga la charla tranquila en una banca que mira hacia las luces de la ciudad. Eres el anfitrión de la montaña mágica, allí donde termina la ciudad que nos expulsa e inicia la ciudad que me abraza a través del bosque. Paraíso de columpios para niñas de 27 donde sopla el viento con olor a jazmín, divago sobre las formas de las nubes y puedo escapar del ruido mientras escucho tus impresiones y experiencias. Fuiste y me hiciste caricia viva. Tu beso fue un bautizo para renacer de un episodio autodestructivo. Habitas en mi abrasivo e insistente deseo de pasear mis dedos por tu cabello y por tu brazo, de recorrer el parque mientras al tiempo mapeo tu cuello con besos. Ave de canto sublime que luego me invita a su nido para elevarme con una delicada celebración del éxtasis. Mi inspiración alcanza los umbrales del delirio y sólo quisiera que ese fragmento de eternidad se prolongara hasta el hastío, que ambos con los ojos embriagados, siguiéramos hablando del olvido que logramos al saborear la piel del otro. Pero como la niebla o como el aroma de las flores, la magia se agota demasiado pronto para alguien tan genuinamente necesitada como yo. La repetición es impredescible y yo quedo pendulando como cuerda rota, mecida por los caprichos de una ave que vuela en su ciclo de contradicciones. Si supieras que cada que te veo tengo que esforzarme por controlar mi deseo de ser tu hecho de lujuria. Si supieras que te quiero. Amante, nunca te dije que te amo. Así como tampoco será esa noche que prometiste. 

viernes, 30 de agosto de 2019

Sol de medianoche


Mi vida fue, hasta hace poco, fundamentalmente diurna. Cultivé fielmente y con rigor estados de vigilia y sobriedad depositados en largas y solitarias jornadas de escritura y lectura. Por alguna paranoia heredada veía la noche como sinómino de peligro (físico y psicológico). Pero la curiosidad y también la insinuación apabullante de los sentidos han desencadenado una fuerza cada vez más potente; fuerza que designa el origen actual de mis acciones. Lejos de una idea complaciente con la autoridad y el paternalismo, fui abrazando una versión noctámbula de la libertad suscitada por la cercanía de otros con quienes descubrí el apasionamiento de la voluntad y la tentación del caos. Desde entonces la noche ha sido sinónimo de éxtasis, embriaguez y conmoción generando así una condición constante de exceso, no tanto por la desmesura de la vivencia en su ocurrencia sino más bien por el largo estrecimiento de la piel y la perdurable ruptura de las ideas en la incandescencia de las emociones. 

La noche me ha iluminado con la claridad de revelaciones esenciales: la alteración de la conciencia y la apertura del cuerpo. No preciso de sustancias externas para responder al llamado de ese camino mágico, aunque no niego que la nicotina, el tetrahidrocannabinol y el éter etílico han sido herramientas útiles para acelerar o bien las posibilidades de trastocamiento interno o bien la amplitud de la interacción con los demás. La fiesta es la ocasión perfecta para la comunión (comunicación y unión) definitiva: sólo existe lo que es, es decir, lo que vibra en la voz, en los pies, entre los dedos, entre las piernas. El ego se diluye dando paso a la mancha de un océano primigenio, manifestación violenta y danzarina, mas nunca maliciosa de una destrucción fecunda. 

Pese a todo, mis noches favoritas no son las del egoísmo desdoblado bajo las festivas luces de neón. Mi éxtasis se concentra en las calmadas y silenciosas horas en donde el sol de medianoche realiza una callada pero frenética revolución del deseo. Así, la noche ganó el nombre de anhelo y el anhelo se convirtió en ambición de deshacer el saber y rehacer el cuerpo en la celebración de su salvaje y mística agitación. El problema es que aun estando en las sombras creo alcanzar la luz de una nueva madrugada. Siento que vuela sobre esa noche clara, un ave de jazmín que hunde su semilla para convertirse en raíz. Pero en las sombras las luces nos engañan y lo que tomamos por claro resulta ser pardo. Y así, el placer se torna desasosiego y el sol de mediodía me golpea con la ruptura del espejismo, dejándome desarmada en la soledad de un infinito desierto que hiere con bocados de arena a una garganta sedienta y necesitada del manantial ficticio que sólo emana del sol de medianoche.

lunes, 26 de agosto de 2019

Grieta

The more you change the less you feel

La grieta impide entregarse al abismo. Ofrece, con seguridad, la posibilidad de encontrarse con bordes hirientes pero no con acantilados mortales. El narcisismo del deseo es el agrietamiento del espíritu. 

viernes, 9 de agosto de 2019

Deshacer



La vida, Marta, es un visaje de perro.
Al final la gravedad deshace el peso del idealismo y sólo resta vivirte y vivir la ligereza de este accidente desde la ironía. Marta, ojalá hubieras cruzado mi orilla, a pie, sin prisa...

Charlatanes de la pereza

sábado, 3 de agosto de 2019

Arropar

23 de septiembre de 1997
 
Hablando de palabras que dicen no por lo dicho sino por su sonido recordé uno de mis verbos favoritos: arropar. Inmediatamente lo asocié con mamita Maruja. No recuerdo bien si ella fue quien me enseñó esa palabra. De todas maneras poco importa el origen. Todo recuerdo es interpretación. Importa, entonces, su efecto. Mamita usaba un chal café, era una de sus prendas características. Mamita fue de las pocas personas con quien compartí cotidianidad fuera de mi casa, de mis padres y de algunas primas. También fue una de las pocas personas con quien he dormido y compartido cama y abrigo por varias noches. 

Mamita, mi abuela materna, no era la madre de mi madre, era su prima, así que no se trata aquí del llamado de la sangre —y la visceralidad que ello implica— sino de un vínculo menos visible y más profundo. La adopción es una figura que me parece muy poderosa porque es el manifiesto de un amor asumido con convicción. Dice Lacan que "todos somos adoptados". Es una hipótesis que me parece vivificante porque nos libera de las obligaciones impuestas por los símbolos del origen. Me gusta pensar que como hijos de nuestros padres y como hijos de nuestro continente somos adoptados, quiero decir, fruto de muchas herencias e intervenciones. Eso es América, "Nuestra América" contradicción de tantas paternidades con sus injusticias y renovadas riquezas. 
 
Mamita cocinaba para mí dulces y sánduches, pero también sopas que revelaban nuestros cuerpos tricontinentales convertidos en islas de los innumerables mestizajes del Mediterráneo, el Atlántico y el Pacífico. La sopa de mamita llevaba el cerdo español, la papa y el maíz americanos y el banano africano. La sopa de mamita era el mundo. Cuando veo su chal pienso en su generosidad y valentía. Ella renunció a la vanidad y a la necesidad. Fue, el suyo, un amor de elecciones vitales y no la imposición de una supervivencia agónica —la de los genes—.

Qué impredecibles son las conexiones de los afectos y las resonancias arbitrarias de algunas palabras. El caótico presente me arropó de nuevo con la huella cálida de mamita, en ese enigmático misterio de las presencias sin cuerpo. 

jueves, 25 de julio de 2019

Solo para Marta


Una tarde de abril trajo Solo a Marta. La penumbra del parque era interrumpida por destellos de espuma dorada y de electricidad ocre.
-El amarillo, ese color paradójico, pensó Solo. Así despuntaba el amanecer, así brillaba el oro soberbio, pero así moría el día y sepia era el color de las hojas que no se llevó el viento pero sí el olvido.
-Definitivamente la nostalgia era amarilla. Volvió a pensar Solo.
Marta tenía un buso negro y Solo una camisa blanca. Juego de antagónicos que, sin embargo, se fundió en gris. Gris de humo, más que gris de asfalto. Fueron nube de tormenta. Era la primera vez que Solo veía a Marta. Pero entonces, sin sospecharlo, Marta se volvió su hogar en hoguera. Casa ruinosa antes de ser construida. La espalda de la despedida que saluda con crueldad. La nostalgia, Marta.
-Solo, ¿me das un beso? Preguntó Marta.
-Marta, el cielo está iluminado. Respondió Solo.
Era luna nueva, la noche se alzaba plena y justo en ese momento hubo un apagón. El buso de Marta era negro. La mirada, luz Solo para Marta.

lunes, 8 de julio de 2019

Simulacro


Noche blanca. Sol negro. Las décadas: no atravesó en vano (vacío del muro) la vanidad y el resplandor. ¿Puede un ciego ser superficial? Esa pregunta va y viene siempre en las madrugadas que me ven con los ojos abiertos por la insistencia del falso idealismo (como toda exacerbación de la imagen). Ahí viene el bufón disfrazado de bilis negra. Error deliberado: confundir la ortiga con raíz.

sábado, 6 de julio de 2019

Podría ser


O también puede ser que, simplemente, esté romantizando la falta de empatía del otro. Las palabras se han tornado simulacros de autodefensa, conjuros que prolongan el hechizo de las máscaras. En todo caso, y aunque sean arbitrarias las divisiones del calendario, esta segunda mitad de 2019 empezó con la constatación del desamparo y la desestimación del esfuerzo. ¿Es por qué se cierne sobre nosotros?, ¿si fuera desde nosotros seríamos autoindulgentes? Hoy no importa, el presente es un grito de vísceras. Ni silencio, ni sermón. Pobre animal metafísico que sólo puede ser estertor de la noche. 


jueves, 4 de julio de 2019

Los mesías escriben en la arena


Cuando ni la autocomplacencia, ni una moral externa determinan las acciones y las reflexiones que estás generan, el tratamiento de las emociones se convierte en un trabajo arduo y autoexigente, pues libre de la tentación "delegacionista" (de culpas, de pesares, de ofensas) uno, aun encarnado por el apasionamiento, se pregunta más bien por los contextos y la circunstancias que les dieron origen y en las cuales se darán sus consecuencias.

No creo que, en la mayoría de interacciones, podamos hablar de víctimas y victimarios. Todo contacto iniciado deliberadamente (y digo esto para diferenciarlo de las situaciones de abuso) es sólo eso, una voluntad del encuentro. Y eso es maravilloso, porque dos personas hacen tregua de sus soledades constitutivas para trenzar en el lenguaje o en la caricia un tejido vivo de genuino compartir, por más que las máscaras funcionen como agujas de esa urdimbre. Ellas siempre nos acompañan, sin embargo, no es menos cierto que pese a ellas hay verdad y revelación pura en todo acto de comunicación.

Pero la ambición, la manía esquizoide de proyectar, es lo que arruina esa potencia mágica del presente. La corrupción del encanto se da entonces por su inmersión en las turbias aguas del futuro; allí donde nadan las miserias del ego. Anhelamos la validación del sujeto deseado, ser observados con detalle y atención, asentar nuestra identidad en su aceptación. Pero estas operaciones implican una ampliación (temporal y espacial) de la voluntad del otro, la cual no podemos controlar. Así, en el afán de reconocimiento alimentamos expectativas llenas de impaciencia y nerviosismo que terminan por agotar la belleza de esa transparente aurora en que fuimos uno.

La comunión es un presente autorreferencial. Su sacralidad reside en la entrega inmediata y en el olvido que se da de forma simultánea a su ocurrencia. Por supuesto, esta es una autoadvertencia que hago al constatar mi caída en el vértigo de competir desde la memoria, de condicionarme por un futuro escurridizo y de ceder al facilisimo de la tristeza y la ansiedad. Pero mi anhelo es otro: tú fuiste el mesías que destruyó la hoja seca del miedo; tú encendiste el fuego, pero el incendio ahora me pertenece. Y en él celebro un cálido bautizo.

Por eso mismo, quiero atenerme al regalo de una escritura contingente. Dijiste que ninguna escritura es inocente, que en el fondo es siempre fingimiento. Quiero asumir entonces el hecho de haberme honrado con tu escritura en la arena de mis playas; así hallaré tranquilidad en la pérdida de la palabra: será la prueba de tu paso benevolente, es decir, ligero (en tiempo y densidad) pero contundente. No será en la presión de una prolongación forzada donde hallaré mi dicha, sino en la suscitación de una vida nueva que se hará y deshará en sucesivos castillos de arena.

viernes, 21 de junio de 2019

En el medio


Mayo y abril de 2019 han sido meses reveladores. Desde hace tres años inicié un violento proceso de autocomprensión, dominado inicialmente por un afán autodestructivo, que apenas está siendo sustituido por la autoexigencia de comprometerme con el cuidado de sí. En ese camino he aprendido que la soledad es un escenario prolífico y que, por tanto, nada tiene que ver con ella la severa austeridad que impuse a mi cuerpo, torturándolo injustamente.

Esa retirada voluntaria, que duró cerca de dos años, fue la respuesta a una emoción que ha sido protagonista en los momentos tan decisivos como cotidianos de mi vida: el miedo. ¿Qué es el miedo para mí? Es la anticipación destinada a neutralizar la acción con el fin de minimizar, si se puede, evitar, el impacto de la experiencia. Aunque debo precisar que más que la experiencia, temía las consecuencias tras su conclusión. ¿Cuáles eran esas consecuencias? Abandono, desamparo, desarraigo. En resumen, vivir significaba ser arrancada, ser vulnerable, exponerme a la pérdida.

Tiranizada por esa idea, empecé a asumir el entorno como una presencia hostil y al otro, a los otros, como eventuales ladrones e incluso como asesinos (simbólicos, claro está). De manera que yo, quien me he ufanado de una supuesta inclinación dialéctica, estaba definiendo la realidad en los reducidos términos de dos extremos sin puntos medios (el blanco del inicio y el negro del final). Y si ese final me atormentaba era porque lastimaba mis aspiraciones narcisistas (el olvido). En ese escenario el otro era mi enemigo y el futuro era sinónimo de aniquilación.

Paralizada y agazapada por el miedo, nunca me permití asomarme o treparme hacia, entre o sobre "aquello" que sucedía entre esos dos abismos. Recién descubro que en ese intersticio, que tercamente insistía en omitir para protegerme, estaba  la vida. ¿Qué es la vida? la celebración de sí y del otro desde la generosidad, el reconocimiento de la amistad como vínculo supremo y la asunción del futuro como enigma. En esta posición renovada, la curiosidad dejaba de ser tormento o condena y se convertía en posibilidad de enlazar el conocimiento con la compasión. Hasta este momento siempre había temido, es decir, siempre me oculté e ignoré las voces circundantes.

Pero eso hizo que el malestar se acumulara y que lo nombrara equivocadamente; no era ansiedad lo que sentía, en realidad me aferraba a una exaltación del egoísmo. Hoy, con el pecho agitado por el salto pero no por el miedo, descubro en mi entrega unilateral aquella fortaleza y seguridad que absurdamente pretendí preservar bajo los pesados muros de una imaginación mezquina y paranoica. Por fin entiendo que esa serenidad de los espíritus fuertes sólo florece en los jardines del mundo, en los cuales ahora me siembro.

jueves, 20 de junio de 2019

Intuición de habitar







La casa rosada fue mi primera inversión en finca raíz. Tenía 8 años. Fue a finales de 1999. Hoy la familia está desayunando mientras conversa un jueves al sol. Mi mamá, tan cómplice, fue quien diseñó y confeccionó las cortinas.

Luego de tantos años de obsesión por las casas y sus moradores, me doy cuenta de lo arraigado que es mi interés (temprana intuición infantil) por la forma en que habitamos, nombramos e imaginamos el espacio íntimo y doméstico.

sábado, 15 de junio de 2019

Burgundy


Quisiera renunciar al impulso y ser fiel a la necesidad. Pero el deseo desborda la copa de la mesura y el vino se sirve fuera de su contenedor, manchando el paisaje y ofreciéndose de forma inminente a quien lo sostiene. ¿Para qué? Sabido es su origen egoísta y, por tanto, violento. Pero, ¿no sería ese espasmo otra forma de manifestar una comunión? Brindo, entonces, por la potencia enternecedora de su intensidad fugaz.

martes, 11 de junio de 2019

Código rojo


Hablar de libertad fue la forma sutil de dar una despedida sin posibilidad de hasta luego. Y así conviene que sea. Es lo justo. La verdad se manifestó a plenitud en el presente. Pero las revelaciones no son elásticas. Mi ambición es imprudente, es desesperada, es invasiva. Mi perversión es anhelar la repetición. Pero quiero ser justa, no estirar el deseo. Comprender será mi despedida.

"Good Lord, only a moment of bliss? Isn't such a moment sufficient for the whole of a man's life?"

"A joy of beauty is a joy forever"