martes, 31 de diciembre de 2019

Recuerdo recordar: epílogo de una década




Este es un resumen apresurado, desornenado y parcial. Resumen de acciones, porque la vida es lo que uno hace, con quién lo hace y cómo lo hace. A inicios de 2009 tuve por primera vez internet doméstico de alta velocidad. Navegué con soltura por los mares informáticos y me desquité  descargando la música de mi adolescencia y la que conocí a inicios de la década. También en ese año consolidé mi primera relación amorosa, la cual duró hasta abril de 2016. Ha sido el único compromiso que he tenido de ese tipo. Fue todo de primeras veces: el primer beso, los primeros regalos, el primer contacto sexual. A Andrés le debo amor, respeto, cariño y solidaridad incondicionales, porque por él viví el amor por primera vez y pude llevar una vida sana y llena de fortaleza e integridad durante mi primera juventud. En 2009 también inicié mi vida universitaria, primero en arquitectura, situación que me abatió y terminó por enfermarme. Por eso, al año siguiente me trasladé a Historia, carrera de la cual me gradué en 2015 y a la cual le debo haberme salvado en ese momento y ser el soporte de lo que me ha permitido moverme actualmente entre el mercado y la vocación. 

Pese a ser un resumen ligero, en el que apelo a lo primero que viene a la mente, percibo esta década como un tiempo intenso. Por ejemplo, hacia 2013 me enamoré de Ana, sólo con leer su blog y conversar. El gusto fue mutuo pero latente, omitido por ambas partes y revelado solamente con un beso y una confesión tres años después. En ese entonces la llama pudo ser actualizada, pero no lo hice porque por entonces empezó una de las épocas más oscuras de mi vida. Por ahora, basta decir que a lo largo de este tiempo tuve sentimientos y experiencias homoeróticas, pero ese sólo fue el comienzo de un proceso en el que tomé plena conciencia sobre mi cuerpo, incluso de maneras peligrosas. En primer lugar besé a alguien por segunda vez: ese segundo beso trastocó mis sentidos hasta el punto de quitarme el apetito por una semana. Sin embargo, se trató de un afecto no correspondido, inestable y clausurado por un viaje que me separaría inexorablemente de Camilo. Luego de eso vinieron más (y dolorosos) intentos de exploración. Era la primera vez que me encontraba con el mundo y sobre todo con los hombres. Esa vivencia me desgastó hasta el punto de dejarme un hondo despecho, principalmente hacia mi identidad. De repente todo sobre lo que había construido mis mitos se derrumbó y me sentí totalmente sola, desorientada e insuficiente. Entonces fue cuando comenzaron los transtornos alimenticios: perdí diez kilos en un par de meses y a lo largo de casi dos años me obsesioné con controlar mi peso (fue una manera reactiva de trasladar el control que se me negaba en mis emociones y en mis interacciones erótico-románticas). 

Padecí anorexia y luego llegó bulimia: volví a comer pero tenía que hacer purga, en mi caso, ejercicio excesivo. Así a  la par que empecé a practicar con frecuencia el ciclismo de ruta me obsesioné con cierto tipo de pan, el cual se conviritó en un ritual de seudo consumo y de purga indirecta. Para recuperarme de ese episodio fue crucial el acompañamiento de Andrés, la  vanidad y la llegada de J. Pero este tema conviene tratarlo a profundidad en el epílogo. A parte de estos acontecimientos, primero debo destacar que en esta década me gradué del pregrado, comencé un trabajo en una fundación, pero en el cual no me sentí a gusto. Afortunadamente por esa época (septiembre de 2015) conseguí mi trabajo como editora. Ese había sido mi sueño laboral y no podía estar más que agradecida: podría trabajar desde casa y disponer de mi tiempo y espacio. También inicié un posgrado (agosto de 2016) aunque no en mi mejor momento y por eso a veces me avergüenza no haberlo terminado antes de 2019. 

Una parte de mí considera que así habría logrado un relato más redondo, pero ahora entiendo que los otros procesos también son importantes y si han sido causa de su retraso, es cierto que han sido origen de muchas ganancias para mi espíritu y para mi devenir en el futuro. Siguiendo con el tema del trabajo me alegra que, pese a ser bajo la figura de contratista, haya tenido cierta estabilidad. En 2019 hubo un cambio importante y fue que debí cumplir jornada en la oficina de la universidad. Al principio ello me generó resistencia porque tendría que dejar la bicicleta, entonces engordaría; porque no iba a tener tiempo para la tesis, entonces fracasaría. Sin embargo, la posibilidad de entrar en contacto con los colegas me sacó de mi terco e incluso arrogante soliloquio. Disfruté cada momento con Daniel, Ana y Vanessa. La complicidad y la compañía cotidiana y espontánea son experiencias que he empezado a incoporar con mayor interés en mi ánimo ermitaño.

A lo largo de esta década también dormí en otras camas más allá de Medellín. Conocí parte de Antioquia, del suroccidente y del nororiente colombiano y, por su puesto, el mar. Creo que son hitos importantes porque el agua ofrece una especie de descanso visual con respecto a las montañas, que actúan como una suerte de límite del horizonte. De igual manera, también considero que esos espacios redefinen la relación corporal al permitir la inmersión en un lugar extraordinario y riesgoso pero muy familiar porque remite a la memoria infantil de habitar el vientre materno. Mi familia nunca tuvo como prioridad los viajes. Quizá por ello reforcé mi falta de interés por desplazarme o por dormir en casas de parientes, pues hasta donde recuerdo, esa posibilidad me incomodaba demasiado y sólo lo hice en casos excepcionales: con mi prima Luisa que ha sido como una hermana y donde mi abuela materna porque me mimaban como en casa. Hacia 2011 tuvimos la primera salida familiar "intermunicipal", conocimos Santa Fe de Antioquia, justo cuando recién inauguraba mi pregrado en Historia. Fue sólo un día, pero disfruté esa posibilidad de conocer otros climas y vivir en carne propia los relatos que había leído sobre la antigua capital colonial del departamento. Luego, en 2014, llegó Iván, hombre incansable, conocedor, terco y con una generosidad tremenda con respecto a su conocimiento territorial. Con su compañía cada paso del camino se volvía significativo (los sentidos geológicos, económicos y culturales emergían mediante el signo más trivial: una quebrada, un nombre, una piedra, un matiz de la vegetación, un pedazo de cerámica).

Gracias a este curso y a los trayectos que duplicaban su duración estimada (porque era inevitable detenerse para hacerse conscientes de dónde estábamos parados) atravesé por primera vez el suroccidente antioqueño y disfruté del magnífico atardecer en el Penderisco, río de Urrao situado en los límites de Antioquia con el Chocó; condición que le otorgaba mayor intensidad a ese fenómeno. Después conocí el noroccidente antioqueño: primero la vereda Yolombal en San Cristóbal donde en medio de la tormenta vimos las amapolas y disfrutamos de las viandas tradicionales que nos ofreció una matrona de noventa y tantos que nos acogió mientras escampaba. De allí seguimos a nuestro destino, Liborina desde donde tomamos rumbo hacia el corregimiento de Carmen de la Venta (precioso lugar con clima templado) y ascendimos a la vereda el Socorro para entender y apoyar los problemas de agua que experimentaban los campesinos de la región. Al final de la dura caminata nos esperaban con su sancocho y un guandolo frío, además de la poesía de Elibaniel, un agricultor natural de la zona. En el noroccidente antioqueño viví experiencias inéditas: a la altura de Puerto Berrío atravesé el Magdalena y algunas de sus ciénagas en lancha de pescadores. También cabalgué por primera vez a lomo de mula cruzando la distancia que separa al parque principal de Caracolí de la reserva natural san Pedro, en Maceo. La cabalgata inició a eso de la media noche. No había ningún tipo de luz artificial, así que sólo quedaba confiar en el animal para seguir un camino desconocido. Sin embargo, el espectáculo en el cielo fue precioso: se veían las constelaciones nítidamente. Llegamos a la finca a las dos de la mañana y nos recibieron en la finca con chocolate y queso. Gracias a este profesor también aprendí sobre Santa Elena (lugar en el cual vive) y sobre las tragedias de la memoria vividas por la gente de El Peñol.

Al año siguiente (2015) viajé con mi familia al mar. El destino fue San Andrés. El paisaje era deslumbrante y el acuario (por su turquesa brillante) se convirtió en mi lugar favorito. No obstante, lamento que el turismo sea una actividad tan egoísta, ya que condena a la isla a una vocación hotelera, dejando grandes zonas sumidas en la pobreza. Es un pueblo precario con un mar hermoso y por eso y porque no hay espacios para pensar y crear, no repetiría el destino. En 2016, tuve otra experiencia con el mar, esta vez en Cartagena. Fue también mi primer viaje en solitario o bueno, con Natalia, una de mis mejores amigas. El centro histórico es fascinante y como me hospedé en un hostal, cada noche tuve como vecinos a extranjeros de distintas nacionalidades. Así fue como me hice amiga de Anne, una alemana con la que luego me encontré en Medellín. Ese viaje fue una oportunidad increíble para practicar inglés y darme cuenta que no estaba tan mal para desenvolverme con el idioma.

Pero las anécdotas con extranjeros no se detienen ahí. Cerca del hostal había un malecón y al caer la noche del penúltimo día del viaje me fui a escuchar música en mi Walkman y a disfrutar de la vista del mar. A unos pocos metros se encontraba Chris, un estudiante alemán de psicología y quien al verme tomando fotografías me preguntó si quería una. Así inició una charla que nos acercó y luego nos juntó en la cena y en la fiesta con mis amigos en un bar. Unas semanas después Chris también vino a Medellín, así que nos reencontramos y le enseñé la ciudad antes de su regreso a Europa. Por eso debo decir que esta segunda visita al mar fue enriquecedora, además porque el día que fuimos a Barú pude disfrutar de una playa casi solitaria. Recuerdo nadar una hora y pedazo con el atardecer a cuestas. Flotaba entre rayos mientras mi cuerpo se movía suavamente contra la corriente, en silencio. Fue una inmsersión realmente inolvidable.

En los años siguientes los viajes familiares se hicieron más frecuntes. En 2017, por ejemplo, visitamos a un tío materno que vive en Cartago. Esto significó dormir en otra cama y conocer lugares aledaños como Pereira y los termales de Santa Rosa de Cabal, en donde fui capaz de sumergirme en una cascada con una temperatura ambiente de 18 grados centígrados. El golpe de frío fue impactante, pero una vez el cuerpo se acostumbra, la corriente se siente agradable y reparadora. Al año siguiente (2018) las vacaciones familiares nos llevaron a domir en Tunja y a visitar pueblos de los alrededores como Ráquira, Villa de Leyva y Tota. Nuevamente un cuerpo de agua marcó la experiencia: la laguna de Tota es un mar en la montaña; el espectáculo visual es sobrecogedor (así como la baja temperatura). Es la mayor altura que he alcanzado, al sobrepasar los 3100 msnm. Es el lugar en donde he experimentado mayor frío, porque además de las características geológicas fue la época en que estaba más flaca.

Por su parte, el 2019 fue un año dinámico en términos de movilidad, de reconocer otras almohadas y, sobre todo, de haber deseado descansar sobre una en especial. A principios de año viajé a Guatapé, rodeada por el embalse y disfruté del aire tranquilo del altiplano oriental antioqueño. Ese fue sólo el comienzo pues fue el año en que resignifiqué la imagen más o menos estática que tenía de Medellín. Durante mucho tiempo me acostumbré a frecuentar los mismos lugares: Universidad Nacional, Parque de los Deseos, Jardín Botánico y Parque de Berrío; rutina a la cual se sumaron Laureles y el Poblado (Chepe y Provenza). Al ser un año altamente social redescubrí de la mano de nuevos o viejos contactos, zonas que permanecían inexploradas en mi mapa mental: Bomboná, Belén Rincón, Ciudad del Río, El Picacho, La Asomadera I, el Parque de las Esculturas en el cerro Nutibara, Castilla, Belén Miravalle, La Pascasia, La América, Aranjuez, y La Ceja (aunque este último es otro municipio). Volví a amanecer con alguien en la misma cama: con Natalia en su apartamento, en mi habitación con Paula, en Guarne con Isabel. Me animé a decir "sí" a planes inesperados tipo road movie criollo. Un sábado Natalia me dijo que Margarita Siempre Viva tenía un toque en Granada. En el carro había un cupo libre y el hospedaje era fácil de conseguir. No lo dudé y a las dos horas íbamos por carretera los dos Mateos, Nat y yo, a disfrutar del festival de rock en un pueblo del lejano oriente antioqueño.

En 2019 también conocí a Bogotá, la capital del país. Por motivo de la tesis viajé diez días para hacer trabajo de campo en esa ciudad. Reconozco que desde el principio mi experiencia fue satisfactoria: aunque un poco fría en las noches, me gustó la imagen urbana, los lugares, la gente, la Candelaria que fotografié encantada con la Olympus. Esa estancia ha sido la más larga fuera de casa y también el viaje más largo que he hecho en soledad, si bien fuera del hotel disfruté de un tiempo cálido y divertido con José y Manuela (un cucuteño que conocí en Medellín y una paisa que conocí en Bogotá). A José lo enocontré en 2012, pero nos vimos por primera vez en 2016 y luego en 2018 y 2019. Siempre me pareció atractivo, mas luego descubrí cualidades invaluables como su entrega, generosidad, capacidad analítica y esa sonrisa que alivia el alma. Es un verdadero partner in crime, especialmente para los planes o momentos más ñoños, aunque lo que me parece más delicioso es que lo hacemos sin ninguna gravedad o snobismo; de hecho, suelen haber muchas sonrisas de por medio. Es un chico muy pilo y curioso y también ha probado ser muy confiable. Para él también mi cariño incondicional y el deseo de seguir hasta el final de los días. Anhelo que nos encontremos el próximo año para celebrar la conclusión de nuestras tesis. 

Pasando a una suma aleatoria de acciones, durante esta década recuerdo haber aprendido a dibujar en las clases de arquitectura, pintar acuarelas, dejar de dibujar, hacer cartas a mano, empezar a tomar fotografías a paisajes y edificios (primero con la Sony P200, luego con la Sony DSC H70), aprender paleografía, leer documentos coloniales en español de los siglos XVI a XVIII, leer muchas fotocopias (más de diez horas al día), comprar resaltadores y usarlos todos para establecer jerarquías, escribir ensayos, escribir artículos de historia, trabajar en el archivo histórico, hacerme agnóstica gracias a las clases de semiótica y las clases de Historia antigüa, tocar el bajo e ir cada semana al ensayadero de la Floresta con Calvo, Andrés y Yura. Ir a museos, ver mucho anime ochentero y noventero con tramas conmovedoras, inspiradoras o reflexivas que alimentaron grandes momentos de introspección y fascinación existencial y que por eso se convirtieron en mis favoritas de todos los tiempos (Ginga Eiyuu Densetsu, Great Teacher Onizuka, Maison Ikoku, Seirei no Moribito, Shinsekai Yori); descubrí el cine japonés de 1950 y me conmoví con los clásicos de Ozu y Mizoguchi. Lentamente también me permití conocer narrativas lationamericanas tanto en la literatura como en el cine y así me enamoré del cine de Aristariain y Subiela así como delos textos de de Borges, Sábato y Cortázar. Luego conocí a Fernando Molano Vargas y esa preciosa y sentida narrativa de la ternura y la fragilidad de la vida redimida sólo por la fuerza del amor. Inolvidable me resulta el impacto de Un beso de Dick y Vista desde una acera. Un poco más tarde llegó Mariano Picón Salas y toda la belleza que me queda por descubrir de los cosmpolitas del trópico. Escribí y publiqué dos artículos para una revista de historia. Recibí un diploma. He corregido varias tesis de maestría, cuyos estudiantes ya se graduaron y me manifestaron su agradecimiento.

Empecé a disfrutar del alcohol, fumé. Me encariñé con mi primo Tomás (nacido en 2012), quien es lo más cercano a tener un sobrino. Usé un condón por primera vez. Tuve una infección sexual por primera vez. Empecé a tomar anticonceptivos para corregir la amenorrea por anorexia. Le regalé flores blancas al chico que me gusta (fue la primera vez que di flores a un hombre o a alguien especial). Me desnudé ante Nat para que me fotografiara. Me sumergí por primera vez en una bañera junto con Isa. Seguí tomándole fotos a los paisajes, a los edificios y a la gente querida: mandé reparar la cámara análoga con la que papá fotografió mi infancia (Olympus Trip 35); compré una instantánea (Intax mini 8), y mi tío me regaló hace dos meses una análoga compacta (Pentax PC 3000). En los dos últimos años han sido mis instrumentos predilectos para delimitar y crear aquello que es simbólicamente importante: lugares, personas y miradas.  Me hice agnóstica (2010) y lo hice público ante mi familia, negándome a volver a misa, excepto en fechas especales. En el último año (2019) volví a dibujar, a recobrar la confianza en mi observación y el placer que me produce colorear. De nuevo la presencia de J. removió las raíces para hacerme recordar qué es lo que realmente me importaba: la exploración que suscitó me reecontró con mi pasión por las casas y las escenas domésticas. Hasta tal punto se reinvindicó esa búsqueda que incluso me propusieron ser la ilustradora de una campaña publicitaria en la que no sólo dibujaría espacios sino animales. Confieso que fue un reto, pero más allá de la dificultad me sentí viva y útil. Ahora el dibujo va por ahí en camisas y postales y ese logro me llena de alegría cada que recuerdo las consecuencias de dejar la pasividad suscitada por el miedo.

A propósito del miedo, llega el cuerpo, tema central de la década. Consciente de mi inconsciencia sobre él, acometí acciones osadas destinadas a romper mi contencióon. En 2016 ingresé a clases de expresión corporal, una mixtura entre gimnasia y teatro. Un año antes había participado en el certamen departamental de Mujeres Talento y como organizador de la coreografía estaba John Viana, actor y director de Elemental. Con él tuve choques pues me negaba (por mi cobardía expresiva) a seguir sus instrucciones. Luego de sus enseñanzas sobre la necesidad de fluir y soltarme nos hicimos amigos, así que pensé en él como la persona indicada para continuar esa exploración. La participación duró un par de meses y aunque nuevamente me permití ceder al peso de las excusas, me arriesgué a ser un poco más juguetona con las formas de comunicar. En 2019 siguieron resonando los ecos de esa intención pero esta vez con un tema que me perturba de forma particular: la voz. Siento que en ella condenso todas mis inseguridades disfrazadas de deliberado estoicismo. Quizá por eso temo gritar, cantar, opinar. En parte puede ser una subvaloración del juicio, una anticipación de lo prescindible que es mi palabra; en parte es que percibo en sus características físicas debilidad, falta de matices entonces me cierro a su liberación. Atormentada por esos pensamientos y por la fascinación que me producen los cantantes (la carencia equivale a deseo), decidí tomar clases de técnica vocal. Al final no siento que lograra mucho en términos técnicos, pues el grupo era demasiado grande y "el que mcho abarca poco aprieta", pero gané en valentía y apertura. Me atreví a cantar en público, a conocer nuevos amigos y a reconocer la expresión vocal como parte de un todo (y no sólo del diafragma).

Durante esta década experimenté muchos cambios en mi apariencia. En 2009 mi cabello estuvo lo más corto que lo tuve en toda mi vida. Quería que en la foto de mi cédula quedara una imagen diferencial, que no remitiera a un tipo de feminidad ortodoxa. Dos años después quise tinturarme de violeta y al año siguiente me decoloré una parte para que tuviera un matiz más rosado y llamativo. Acciones todas motivadas por un afán de singularización. También hubo temporadas en que me quité o me saqué la cápul, hasta que en 2014 eliminé la tintura de mi vida y dejé que el cabello creciera, porque descubrí que las ondas favorecían la simetría de mi rostro y lo vi más bello enmarcado por ellas. Ese acto y el de comprar unas gafas nuevas: rojas y grandes, marcaron el inicio de un cambio en mi identidad física y, con ello, toda una forma de relacionarme con el mundo exterior. Me reconcilié con la moda y empecé a asumirla como una decisión estética y no como un enemigo a combatir.

Disfrutaba de combinar formas, colores y texturas, tanto en la ropa y el calzado como en el maquillaje. Incluso experimenté con el Lolita Fashion, un interés que me permitió acercarme y aprender de la potente Camila G. Sin haber sido intencional ese cambio propició un giro en la forma como me relacionaría con los demás durante los años siguientes. Las nuevas formas resultaron atractivas para los demás, especialmente para los hombres. En 2015 creé Instagram por un concurso de moda y para hacer una bitácora en el cambio de estilo. Entonces no tardaron en aparecer los coqueteos, si bien no fue la intención que memotivó a crear esa cuenta. La mayor parte del tiempo rechazaba cualquier intento de los otros por acercarse, pero luego de terminar mi relación con Andrés y motivada por la curiosidad empecé a prestar atención a aquellos personajes (en Instagram y Facebook) que me resultaban atractivos (físicamente y en el tipo imagen que proyectaban, siendo la aventurera o artística mis predilectas). Así llegaron y también se fueron con la misma rapidez Camilo, Pablo L., Santiago R. Por entonces estaba en auge Tinder y como vi que Ana (a quien admiraba) lo estaba usando me animé a probarlo. En general me pareció un desastre y sólo la usé dos veces en 2016 para nunca más volverlo a abrir. Sin embargo, de cada uno de esos intentos resultaron dos contactos interesantes: Felipe y Santiago O.

Con el primero siempre hubo un clima de tensión sexual pero finalmente no volvimos a encontrarnos, lo cual no representó ningún traumatismo para ninguno. La verdad es que Tinder fue una de las formas para tratar de distraerme del despecho por Camilo. Con él tuve una especie de relación-no-relación que me dejó abatida y por la que me sumí en la obsesión por el autocontrol manifestada en la anorexia que padecí. Esa consecuencia fue la respuesta a una doble finalidad. Por un lado, sentir que podía controlar algo y, por otro, hacerme indeseable ante la mirada masculina pues había terminado agotada de que suscitaran intensas pasiones para luego dejarlas morir. Así transcurrió todo 2017, hasta que en 2018, esa frustración erótica mutó hacia la nostalgia amorosa y quise regresar allí donde había vivido el amor honesto.

Pero la vida había cambiado demasiado. Era mi infantil narcisismo lo único antinatural en ese devenir. Me tardó un año de lágrimas y terquedad aceptar esa situación y transformar el afecto distorsionado que sentía por Andrés en una amistad incondicional que cada día se hace más fuerte. A pesar de todo, el 2018 me dejó personas maravillosas como Nickol. Aunque a Nickol la conocí en 2015, fue entre 2016 y 2018 cuando más me acerqué a su compañía explosiva llena de locura y ternura; expresiones que siempre son bálsamo a las tormentos introspectivos. ¿Cómo olvidar, además, aquella fiesta de los 90s y el beso cuadrúple?. Así como su cabellera roja no puede pasar inadvertida, con esa misma fuerza enciende de la chispa de mi lado más festivo. En 2018, el gusto común por la bicicleta me unió a "Nando" el panadero del local donde me surtía para mis atracones. Era amigo de un pariente cercano, pero sólo hasta ese momento empezamos a conversar entre nosotros y sentirnos a gusto con la compañía. Era un señor que rondaba los 60 años y quien ya había tenido un tratamiento por cáncer. Milagroasamente se recuperó, hasta tal punto que pudo retomar el ciclismo. Luego de septiembre empezamos a montar juntos y a intercambiar conocimientos sobre el deporte y a charlar sobre la vida. Luego de marzo de 2019 su salud desmejoró y luego de esa recaída su cuerpo no resistió más. Recuerdo que lo visité a finales de abril y me impresionó ver su figura acabada: extremadamente delgado, sin cabello, sin habla. Fue un un buen y en mayo me enfrenté a la muerte de alguien cercano. Esa no ha sido una experiencia tan cotidiana, así que me entristeció su partida.

A principios de 2019 me sentía limpia, con un presente totalmente blanco y dispuesta a sumergirme en el universo y ávida (por qué no reconocerlo) de sensualidad social y sexual. Progresivamente me acerqué a viejas amistades y también me dejé sorprender por las nuevas. Por esa época llegó Isabel, una chica que luce espontánea, extrovertida y proactiva y a quien conocí por mediación de Paula. Basta decir que la primera vez que nos vimos estaba desnuda y yo la fotografié. La afinidad fue instantánea y empecé a encontrármela en Ciudad del Río. Este tipo de situaciones me tientan a creer en el destino. En los meses siguientes seguimos conversando y una noche dijo que mi saludo "la había salvado". Desde entonces la confianza se hizo absoluta. La fotografía y la complicidad sentimental fueron los factores decisivos. El año fue muy difícil para ambas en términos emocionales. Curiosamente esas tristezas y confesiones nos acercaron, permitieron desarrollar la cotidianidad de un compartir y con ello el descubrimiento de un alma pura y por eso muy vulnerable al teatro del mundo. El amor incondicional y genuino ha sido nuestra premisa y por eso Isa fue el mayor hallazgo del 2019 y, sin duda, es una relación que alimentaré para que dure hasta el final de los días.

Algunos encuentros me habían dejado algo ansiosa, pero el definitivo fue el de J. Todo empezó de una manera totalmente relajada e inesperada. No hubo planes, ni expectativas de ningún tipo más allá de una muy clara y mutua curiosidad sexual. Yo aún estaba perturbada por un primer affair así que entre la tristeza y la curiosidad me arrojé a la oportunidad del momento. Todo se conjugó: la consulta psicológica, la invitación, el impulso hacia la novedad. Creía tenerlo todo bajo control, había reconocido de antemano algunos patrones comportamentales de J. Sería sólo una prueba, la oportunidad de reinvindicarme como sujeto sexual y a continuación seguir con la vida. La condición para ese desenlace era el silencio. Habría sido como un sueño: tendría consecuencias (un cambio) pero no efectos secundarios (heridas y traumas). Mas la palabra continuó viva, la mirada siguió posándose sobre mí y al final cedí ante mis propias advertencias. Elevada como éter por el renacer que me trajo su caricia me quité la cera de los oídos y me entregué con más apetito que temor al canto de las sirenas. Fui con ellas hasta el fondo del "bar" a sumergirme sin restricciones en su ciudad amurallada, por lo menos en la que él decidía mostrar.

Recuerdo trasnocharme en sus letras, en sus canciones, en las huellas donde sintiera que vibraba su conciencia. Y entonces ya no hubo retorno. Lo que hallé desde mi orilla me sobre-cogió, me conmovió y me inspiró. Suena muy exagerado, cualquiera podría decir que no debería sobredimensionar un acto sexual, pero ¿qué hago si soy sensible a su simbolismo y en ese momento era la dimensión de la que pendía mi vida como cuerpo y mente? Desarrollé una sentida admiración por su forma de ver el mundo y tratar de crear desde una ambición dominantemente artísitica. El sexo no es para mí sólo una unión física sino que es la manifestación de un acto de confianza y aceptación. Eso fue lo que sentí: entregué mi vulnerabilidad y no hallé reproches, sólo el deseo de compartir, dar y recibir placer. Esa experiencia fue inédita y restauró una confianza que había perdido con respecto a mi cuerpo. Cuerpo que no se había convertido más que en un instrumento de control, no en un sujeto de amor o cuidado. En ese momento la obsesión con el pan y la bulimia se fueron al carajo. Hubo un desplazamiento hacia la ambición sexual singularizada en J., pero no fue sólo eso. Al admirarlo me pregunté yo qué podía ofrecer. Había pasado casi tres años enfrascada en un soliloquio mientras ejecutaba un suicidio diferido. La vida no había sido mi preocupación, me había convertido en un fantasma. De repente escucho a las sirenas y abro los ojos: una voz interna decía -"tú ambición también era crear ¿qué fue de ello?" y me sentí desnuda, vergonzozamente, desnuda. Recordé todo el tiempo que ahora sentía eérdido porque lo destiné a autodestruirme.

La llegada de J. representó, además de reconocerme como sujeto deseante y deseado, la pregunta por quién era yo y qué quería hacer, no sólo decir. Volví a la escritura expresiva, al dibujo, a la música y a preguntarme por el futuro. En el fondo esa reacción era también la búsqueda de su validación. De repente quería que su mente también fuera resignificada por el cuerpo de otro, así como él lo había hecho en una alquimia que me había transformado de forma brutal pero también peligrosa. Mi contexto suscitó esa respuesta en mí, así que no debía esperar que fuera igual en él. Sus motivaciones y expectivas nunca cambiaron y yo estaba advertida. Pero fue inevitable reaccionar a su magnetismo. Traté de sacarlo a la fuerza mediante el otro J., a quien conocí junto con Jhoan. Ellos dos fueron los personajes que conocí luego de tremendo huracán. El primero fue desde siempre una promesa sexual, el segundo era la promesa de una posible pareja. Pero mi pensamiento y mi deseo estaban monopolizados. En ese estado era imposible traicionarme. Permanecí fiel y reuní fuerzas para aguantar la creciente mezquindad de las palabras y el enfriamiento para suscitar posibilidades de ver a J. Cada una de esas visitas fue casi una lucha. El desbalance me desgastó y pronto llegaron comportamientos que me entristecieron. Pero también es cierto que un simple roce de su mano o un beso desbarataban todo por dentro. Pero su mirada se fue alejando y aunque yo la buscaba también desde la palabra y el diálogo, no hubo respuesta. El silencio había llegado, pero luego de haber expandido una melodía llena de altibajos. Al final quería salvarnos en una amistad más intelectual que sexual, pero fue imposible. Tantos intentos, tanta pasión. Al final no se trata de establecer juicios morales.

Hubo actos de mal gusto, daños innecesarios, sí. Sin embargo no creo que hubiera una malicia premeditada. Es mi responsabilidad entender la dimensión de mi capricho (necesitado, sincero y apasionado) pero capricho al fin y al cabo. "Y-si-puediera-elegir-elegiría-la-mañana-en-que-la-noche-continuó-dilataría-ese-segundo-de-ardiente-aceptación". Cada situación tiene su momento y aprendí muchísimo, a pesar de mi terquedad. Soy un sujeto sexual. No debo actuar por miedo. Tengo aún mucho por crear, sólo debo plantearme las preguntas y objetivo adecuados. Nada que se fuerce es, lo que es "será-sólo-siendo". Ser rechazado no signfica que la otra persona sea mala (su espíritu no coincidió con el mío, aún tan inocente y nervioso por inexperto). Todo está conectado (así no nos veamos más, hacemos parte el uno del otro, por lo que fuimos y por lo que seremos como fecundadores del mundo). Ave de Jazmín, a pesar de todo, te querré mucho. Despúes de esa experiencia, en todo caso, terminé con la bulimia. Tras estallarme con lo vivido sexualmente no lo hallo necesario. Se han instalado otras prioridades gracias a las preguntas que suscitaste y, especialmente, porque volví a ver la vida de frente, con ambición y no con fustración y deseo de muerte. No quiero perderme en nuevos hábitos autodestructivos (con antecedentes representados por Laura, Carolina y Clara) ni romperme la cabeza tratando de leerte desde la distancia para saber cómo abordarte. Dejar atrás la zozobra de esa semiótica del terror. Conviene que seas una presencia ausente, pero así te honraré y te sentiré aunque ya no me veas: eligiendo la vida. Ordenar los motivos es mi tarea en el comienzo de esta década: no temerle a la tesis, terminarla y entregarse al misterio de graduarme por segunda vez. Investigar y dibujar lo que me gusta, anulando mi pasividad. Ser más generosa, permitirme ser tocada por lo demás. Actualmente hay otrasfuentes de inspiración.

A mediados de 2019 Conocí tres seres humanos increíbles: Bella, Mayra y Mariana. Las dos primeras me conmueven con la música, pues siendo tan jóvenes (20 años) se desenvuelven con soltura por la composición y la interpretación, además de proyectar un carácter sensible y empático. Y luego está Mariana, aprendiz de profe y sobrepensadora de tiempo completo. A fin de año se empezó a construir un espacio de complicidad muy cómodo y sincero. Hemos descubierto afinidades que nos acercan más y más desde la experiencia del lenguaje, las emociones, la escritura y la música. Aprecio mucho esa sensación de aceptación y comprensión que se genera cuando conversamos, nos encontramos, divagamos y reímos. Y desde febrero de 2019 redescubrí con agrado una vieja amistad: Fernando. Desde que hablamos por WhatsApp, se derrumbó el muro interpuesto por mi complejo de inferioridad. Siempre lo admiré como historiador y creo que tiene talento en el campo. Luego me enseñó que es tan humano y vulnerable como yo y desde entonces conectamos de una forma muy natural y estable al compás del humor y de las recomendaciones de libros o la solicitud de revisar sus escritos. Se ha generado una complicidad muy genuina y ahora que me detengo a pensar es de los pocos contactos que ha permanecido en medio de las turbulencias y nunca me ha generado ansiedad porque su presencia no es una competencia ni un premio, sino un diálogo que suscita confianza y cariño.

Así que en medio de las angustias y desengaños no puedo ser injusta y dejar de destacar aquellos rincones de este mundo donde el corazón puede seguir birllando. Lo esencial, por ahora, es depurar la intranquilidad, concentrarme en la tesis y disfrutar de aquellos cuya voluntad coincide con la mía y que se permiten construirnos hombro a hombro. Hay días en que todavía me siento abatida y lo único que quiero hacer es transportarme desnuda a la montaña mágica. Pero sin duda, cada día me siento más fuerte y más justa con todos los encuentros que se tejen y tejeré. Ante mis ojos está el vasto océano del futuro y me lanzaré a su aguas con la valentía que me enseñó el segundo primer amor. 
 

jueves, 26 de diciembre de 2019

No supimos estar en la cotidianidad


Es absurdo. Qué digo, es pueril sentir que desactivar una cuenta determina un destino. Pero es verdad, no sé hasta qué punto esto es una ligereza y si por esa aparente ligereza siento un peso aplastante sobre mi espíritu. Lo cierto es que la realidad ha sido perturbada en sus pieles más profundas: cortada y atravesada por un simple clic. S., decirle al interfaz que sí, que desactive temporalmente mi cuenta, era decirle a mi corazón que te selle definitivamente en la memoria. S., te extraño tanto, todos los días fantaseo con tu tacto y en las noches tu sueño tampoco me abandona. Me he sentido perdida en este trastocamiento de la cotidianidad: ni yo la habito, ni tú la compartes conmigo. Y aunque siempre fuiste instante, mi circunstancia te convirtió en deseo de eternidad o en eterno deseo. Al final el orden no importa porque eres el caos que monopolizó mi voluntad de vida. 

Siempre fuiste sin estar: eras pasado o premonición. Casi siempre fantasma, casi nunca cuerpo sobre mi cuerpo. Aún así invadiste el pensamiento y el vientre. Tanta violencia terminó por desfigurarme. Mas ese dolor era prueba de una existencia intensa. Ya no te manifestabas como caricia, sino como herida y eso estaba bien porque así podría conjurar los límites, podría hacerte infinito, pero no fue así. 

Las heridas también tienen final. De repente tampoco fuiste látigo, no había manera de que tuviéramos ningún contacto. Entré en pánico. ¿Era el fin? es el fin. No existes, no existes, no existes. Desactivar una cuenta significa que ya no somos nada, ni amantes, ni amigos, ni carne abierta, ni cicatriz. Jueputa. Me duele tanto esta noche. Los últimos días de la década se extinguen en contracciones húmedas de palabras no dichas, un sexo que es siempre lejanía; del amor que nunca se hizo, que se ahoga en la fuente agridulce de mi boca y agoniza como un ave en el nido entre mis piernas.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Breviario del amor sin amor


Bosque de ciudad, un cuerpo en mí, condones, jazmín, metronidazol. Un despertar, tacto sin dolor, un engaño, un aroma, una enfermedad, cóctel de sangre, un desencuentro, una huida. Llegada premeditada, partida sin despedida, sin hasta luego.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Vasopresina



Asciendo 1 km. Alcanzo la montaña mágica. En un bosque de Medellín he renacido. Desciendo decidida. Ruedo 44 km. Un mensaje. Me balanceo por 6 meses entre el deseo, el tedio y el temor. Me hundo en el infierno virtual. Aporía. Ceguera. No hay magia, ni ciudad distante. El cuerpo es indiferente. No hay respuesta. El sueño se rompió. Tengo que desmantelar la belleza, no identificarme más con la herida del deseo burlado. Hasta nunca, handsome devil.




jueves, 5 de diciembre de 2019

Ocasión



Según el adagio popular "la ocasión hace al ladrón". Esto quiere decir que nuesta autoproclamada altura moral —porque la mayoría no nos reconocemos como malas personas en tanto no robamos, no matamos y procuramos ser honestos— es más maleable y frágil de lo que estamos dispuestos a admitir. Las circunstancias son las que determinan nuestras acciones y fuera de todo discurso lleno de abstracciones que persiguen un deber ser, lo cierto es que en la práctica cotidiana se nos dificulta cumplir plenamente ese estándar ideal. Hasta hace poco, exhibía esa forma solapada de arrogancia y de autocompasión que esconde el autodefinirse como "buena persona". Entonces me decía: "Quizá no sea más inteligente, ni más talentosa que los demás, pero soy más buena" y en eso cifraba una superioridad en la que pretendía cimentar una identidad sólida y segura; identidad que es la vez frontera y, en este caso, sinónimo de elitismo. 

Sin embargo, cuán equivocada estaba y cuánta vergüenza me suscita el reconocerme brutalmente habitada por la maldad en una de las manifestaciones con las que menos me identificaba: el odio. Este año fue definido por una emoción cuya influencia no se detiene: el deseo. El deseo ha destrozado cada uno de mis prejuicios sobre mi cuerpo y el cuerpo de los demás. Ese sentimiento abrasivo ha desgarrado gruesos velos que distorsionaban la claridad y amplitud de la autopercepción. Su intensidad ha sido la expresión de una avasalladora y ominosa fuerza animal que no sólo desencadenó un expansivo impulso sexual hipersensible al mínimo recuerdo, imagen o contacto de él, sino que también se  manifiesta como celos hacia las mujeres que él mira mientras me castiga con su indiferencia. 

Nunca me concebí como una alguien celoso y prediqué un respeto comprensivo hacia las otras chicas que estaban relacionadas con mi sujeto(a) de deseo. De hecho, tenía un tendencia a subestimarme: siempre las encontraba más guapas, más talentosas, más carismáticas, más sexuales y nunca proferí un insultó contra ellas. Básicamente tendía a idealizarlas más que al chico o chica en cuestión. Creo que la diferencia de esa valoración frente a la experiencia actual radica en el tipo de relación que tuve con esos deseados(as): fue una interacción plena y, ante todo, libre de cualquier urgencia sexual. En este caso bebí del placer sexual, para que luego —y pese a mis ambiciones lujoriosas— me dosificaran el acceso a él. Siempre me han negado el control sobre la posibilidad de repetir y me domina un ánimo paranoico que concibe —contra todo mi deseo— que cada encuentro será el último. El terror que me produce la idea del impulso sexual insatisfecho ha sido el terreno perfecto para que emerjan sentimientos coléricos, directamente crueles, mezquinos y despreciables. Y así, me vi despotricando con gesto burlón sobre la apariencia de una chica, uno de los targets más próximos de él.

A diferencia de las situaciones pasadas me empeñé en encontrarle defectos. El juicio fue implacable siguiendo un silogismo retorcido: "Es fea, por tanto, es insegura, por tanto, busca desesperadamente la aprobación masculina". A través de otras fuentes cercanas supe que había estafado a unas conocidas y con mayor razón intenté justificar mi opinión. Inicialmente califiqué el verdicto como simplemente "ácido", pero mi buena amiga M. me hizo ver que era puro odio: me había desfasado, por más "mala persona que fuera ella", el físico es una variable que no depende de uno y en esa medida es injusto y miserable atacar e intentar calmar el ego herido apelando a esa estrategia de mal gusto, deshonesta. 

Su llamado fue una revelación y me sentí avergonzada pero también asombrada: estaba saboreando una emoción nueva: herir despiadadamente porque yo misma me desangraba. No importaban los medios, la intención era tirar a matar —simbólicamente, claro está—. A continuación pensé: nada me diferencia de ella si caigo en ese tipo de insulto, ¿entonces por qué deberían elegirme a mí si a ambas nos hermana la malicia? Caí en lo que pretendía reprender y asumir como valor diferencial. Además, lo que hagamos en otros siempre tiene un efecto, un reflejo, una resonancia en uno. Al desfigurarla —negarle humanidad por sus características físicas y luego por las morales— yo también me desfiguraba. El odio es origen de lo inhumano y no es eso lo que quiero cultivar en el largo plazo, no es mi principio esperanza. Esa tautología me dejó desnuda y desarmada. También pensé: "debo perdonarme y perdonar". Es de niños querer aniquilar, es de humanos desear, es de humanos sobreponerse al narcisismo y procurar la convivencia —el deseo nos obnubila y diseña una competencia basada en la egolatría—, es de humanos crear. Perdonar es una de las formas de la creación. Prometer una redención en el respeto y la regulación del ego es otra manera de engendrar vida.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Grabar Cassette


Hace 13 años no tenía internet en mi casa. Mucho menos reproductores portátiles. El encuentro con la música era ocasional, pero atento. Constituía motivo de placer escuchar la canción favorita porque dependía del azar de la emisora. Desde 1980 mi papá grababa su música de la radio y en cassette. Hay en casa tres cajas llenas de ellos (tienen tres décadas y un sonido impecable). Todos están ordenados por género y volumen. Además, tienen anotados, a mano, todos los títulos de las canciones que suenan a cada lado. Como la fotografía análoga y su relación con la memoria y el esfuerzo, también resonó en mí la idea analógica de la música de mi papá. A los 15 años empecé a escuchar rock en Veracruz. Sus huellas permanecen en estas acciones que, pasada sólo una década, resultan obsoletas. No parece tan lejano, pero a la vez resulta extraño. Hoy cuando me preguntan "¿Qué hacés?", ya no respondo "grabar un cassette".

jueves, 14 de noviembre de 2019

Datos móviles


No tengo fuerzas. La niebla es espesa y bloquea los sentidos. La incertidumbre del silencio atraviesa el tímpano y lo revienta, dejando sólo las ruinas de un llamado acallado. Estoy en el fin del mundo: indolencia, indiferencia, abandono de la curiosidad. No hay guerra, ni paz. Es el fin. 

Fantaseo: quisiera ser hombre para acceder a tu caverna mental; quisiera permanecer mujer para recibir tu caricia. Pero imaginando o siendo, en todo caso, deviniendo ser humano, el anhelo ha sido el mismo: participar cotidianamente de tu intimidad, con plenitud, sin mediaciones, sin fragmentaciones y sin-turbación. Sin embargo... Ya no quedan discursos indirectos, adulaciones estratégicas, ni aquellas delicadas ligerezas que prolongaban la fantasía a partir de la necesidad y la mentira (que tú te empeñas en desligar del engaño). 

En la mejilla una sonrisa para tu éxtasis adolescente. Que en ese pómulo nacieron bosques y de la espalda brotaron ríos que se secaron en la lujuria consumada. En el oído no quedan susurros. Me pesa la piel y el abecedario está descompuesto. Vuelvo al fin del mundo. Violento silencio en el que me desvanezco. Soy ruina.

domingo, 10 de noviembre de 2019

Llano en llamas


Inevitable. Irresistible. A pesar de los esfuerzos por olvidar, me permito entregarme nuevamente a los impulsos de una ficción reconocida como fantasía, pero con poderosas y placenteras consecuencias en la piel, la voz y el diálogo. La muerte no hace parte de mi vocación. Hasta cierto punto,  ahora me parece  una victoria de la pereza. Suicidio o asesinato se tornan actos de mal gusto, presión de un tedio narcisista que puede transformarse en intriga creadora. Reflexiono con calma y siento que eso fue lo que detuvo mi salto al abismo. La idea del What if y del presente blanco fueron las formas de reconciliarme con la vida y de asumir un destino de funámbulo y no de difunto. Nuevamente el temor se estaba convirtiendo en leitmotiv: miedo a no ser observada, a ser olvidada. En definitiva, estaba tiranizada por el capricho. Aún tengo muchas aprensiones, soy consciente que vivo en la cuerda floja. Me resiente el ánimo constatar cierta mezquindad y el declarado cinismo del otro. Pero ahora reconozco que depende de mí apropiarme de las circunstancias y bailar con menos inseguridad en esta danza de fuego. La llama arde y aunque traté de hacerla ceniza, luego de  permitirme el riesgo, aumentó su fulgor. Es demasiado atractiva, poderosa y hermosa como para dejarla apagar. Cada encuentro con ella será siempre un bautizo, una actualización intensa de la vida nueva. Te abrazo, me abraso, siendo yo leña viva en este llano en llamas.

jueves, 10 de octubre de 2019

Buscaré una prostituta


El asesinato definitivo. Matar para cuidarse, abrazar la muerte para vivir. Cuanto te quise, pero cuan inerte es tu voluntad hacia el otro. Ni siquiera es el arte, contaminado con tu fingimiento; ni siquiera es tu cuerpo, debilitado por la promiscuidad. Es sólo el fetiche de tu ego deshonesto disfrazado de conciencia. Busco la calma. Vive entonces en el olvido que dices desear. Cuando me quiera traicionar "buscaré una prostituta, le daré una foto tuya. Le diré que me llame cuando se parezca a ti". Así podré confiar en mi simulacro mientras acudo al placer de saborearte voluntariamente sin tu presencia.

jueves, 3 de octubre de 2019

Réquiem para una malta




Querido: cuando te vi por primera vez percibí un brillo singular, atractivo, hipnótico. El pulsar de las cuerdas, el trenzar del lenguaje. Rápidamente se reveló también una opacidad revestida de mezquindad, evasión y superficialidad. Aún así me entregué a la curiosidad; el ánimo de entonces me empujaba al riesgo. 

Luego saboreé el fruto suave y delicado de tu caricia y esa fue la entrada al laberinto. Aticé el deseo que despertaste con el engaño de tus palabras y de tus canciones tan bellas como suspicaces. 

Lentamente concebí y me mudé hacia una idea a la que tú, literalmente, sólo diste cuerpo. Me permití, bailarín, caer en tu danza macabra movida al son de alas abiertas, de este tiempo, del jardinero, de conserva tu filo y tu oído. Y, como no, del niño rebelde o, más bien,  del niño fiel a sí, que en 1993 decidió pintar la manzana vinotinto y no roja-roja, como lo pedía la maestra en contra de toda evidencia.

Querido, padezco del vicio retrospectivo: mirar el paisaje en el retrovisor. Tal vez sea por la fascinación de constatar que en un encuadre pequeño cabe un universo grande. De hecho, no se trata sólo de este truco de la dimensión sino de la capacidad de síntesis que hay en esa forma de mirar, de lograr un equilibrio entre los niveles del paisaje: que el árbol no monopolice al bosque. Poder saciar la ambición de conocer con detalle y con amplitud.

Con esto quiero decir que al mirar tu autorrepresentación resonó en mí, esa búsqueda de la creación y la conciencia de los distractores de tu alma que,  como náufrago en una noche boreal, se agitaba por alcanzar la belleza.

Querido, tus preguntas, tus aprensiones y tu sensibilidad se convirtieron en fuego y me abrasaron. Recordé entonces a la hacedora acallada y con tu incendio volvieron a brillar hondas intuiciones que traicioné. Fuiste un ardiente espejo de lava en donde me fundía por la piel y desde el alma. 

Querido, tú no pediste que me asomara a los abismos de tu alma. Ese fue un atrevimiento, el cual a veces califico de invasivo. No lo es del todo, por algo se trata de una obra pública. Mi pecado fue prestar atención desmedida a un actor sordo. Nunca se trató de un diálogo; siempre ha sido un monólogo dirigido a un público anónimo y cambiante. Al contrario, yo singularicé ese discurso y me creí en un diálogo imaginario. Te sembré en mí y mi tierra húmeda te respondía con toda su generosidad. Y así fue creciendo, convirtiéndote en raíz, en tallo, en hoja frondosa. Planta inspiradora de mi germinar como mujer y como hacedora. 

Querido, no te imaginas o quizá lo sabes pero prefieres omitirlo: tu paso fue esclarecedor y al mismo tiempo devastador. Mi vida no volverá a ser la misma a partir de aquí. El sufrimiento es electivo y me atormenta saber que soy olvido, que con los días me marchito en tu jardín. 

En medio de toda la impaciencia y la urgencia del deseo, siempre te admiré. Pese a todas las excusas y mentiras, creo que el bailarín es capaz de hacer una danza de buen gusto. Este arremolinado incendio me llevó a quererte y anhelar ser parte de tu vida, fuera de la forma que fuera, porque quería contagiarme de esa energía creadora y también por el mero placer de escuchar tu voz, tocar tu mano y besar tu cabello.


Querido, a pesar del deseo siempre fuiste más que un deseo. Tu cuerpo era sacramento por su brillo y porque allí reververaba mi alma, también, por un instante. Me atormenta saber que de tu parte, no hay tal percepción, que por el contrario buscabas dirigirte a mí desde el mínimo esfuerzo. No era tu obligación y no pretendía establecer un simple juego de poder. Sólo quería suscitar la posibilidad de compartir, de ser desde el otro, con intensidad, con decisión y con pasión. Poder confiar en que seríamos-sólo-siendo por uno, dos o tres instantes breves pero entregados.

Querido, me enamoré de ti. Sin embargo, debo olvidar, por mi bienestar, porque eres ilusión y porque aún así conserva la intensidad del primer destello. Pese a todo,  aún quisiera tener algún vínculo perdurable contigo; mas nuestros lenguajes discurren por orillas opuestas y tu voluntad va con velas altivas hacia otras direcciones.

Querido, siempre me alegrará ver tus cuentos por ahí y por allá,  tu música siendo canto del mundo. Te quiero muchísimo. Pero aunque soy agnóstica, todas las noches le pido a Dios que me libre del amor.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El juicio de los límites


Siempre he sentido que mi voz, su ausencia, su anulación es síntoma de mi debilidad. Una debilidad narcisista fundada en el temor al rechazo. Quiero reconocerme en la potencia del grito. Cantar con solidez: manifestarme. Voy a enderezar la espalda aunque intenten doblegarme las fantasías. Voy a perdonarme el haberme acostumbrado a tu belleza. Agradeceré la noche en que todo cambió. Procuraré aniquilar las ansias que exceden mis fuerzas. Abrazaré el  presente aunque a veces esté tentada a trenzarme en la trama de espinas. ¿Podré reconciliarme con la palabra solitaria? ¿Sumergirme de nuevo en el remolino propio, sin remordimiento?

sábado, 31 de agosto de 2019

Columpio en la multitud



Don Juan: animal desesperado y convencional. Sometido a la tiranía de la biología. Habitas en las redes de Internet y en la lujuria de tu cotidianidad. Me gustaría mirarte con mayor compasión, pero a la larga yo también me contamino. Los celos son inevitables no por las demás, sino por tu mirada vulgarmente diletante.

Bufón: personajillo teatrero y burlón. Te deslizas con tus pasos de bailarín para aligerar el peso de la confrontación. La risa es tu escenario y en ella deshaces las buenas intenciones de la idealista seducida por la exageración de tus gestos. Habitas en el teatro, en la tarima de un auditorio alimentado por espectadores cómplices, que aplauden y tuercen la comisura izquierda de sus labios para aprobar tus disparates.
 
The Pretender: adolescente mezquino y encandilado por el brillo dorado de una corta fama otorgada por este estrecho valle. La música deja de ser placer propio, compromiso, libertad de la autoexigencia para ser exhibición de un plumaje minuciosamente diseñado. Máscara perfecta para excusar la anulación de la empatía y justificar la crueldad de tu desprecio por quienes no alcanzan esa línea imaginaria trazada por ti para definir el poder de la ostentación. El escenario es tu vía de escape. Te escabulles al fondo de altas luces para ocultarte de las intenciones honestas que te circundan. ¿Te costaba mucho despedirte? Tu desidia me duele y se convierte en el espejo que exacerba todas mis inseguridades

JLainS: niño esquivo y abrumado por el exceso de posibilidades a las que nos condena Internet. Especialmente la posibilidad de evadir. Cuerpo débil, evitas con mil excusas la materia que te confronta y te empuja al cielo abierto, al peso y el contacto de la tierra. Habitas tu cuarto de máquinas como una deidad cyborg satisfecha en el vértigo de un simulacro pornográfico en el que la vida claudica. Ah, y los likes como forma pasiva de expresar una presencia fantasmagórica que se resiste a desaparecer. El valor y la caducidad reducidos y determinados por un algoritmo. Esto es suficiente, te regodeas en el confort virtual, allí puedes saltar (arlequín) y soltar con tus sones insomnes y cínicos sin apreciar la fragilidad del otro (sin decidir, porque decidir implica sostener).   

The Gardener: paciente jardinero de la sensibilidad. Despierto desde temprano, no le cuesta la mañana porque es mezcla entre ese anciano desgastado que creíste ser en tu juventud con el hombre atemperado y correcto que a veces puede ser y que está embriagado de inspiración por la potencia silenciosa de la creación. Abraza la semilla para salvar al animal con el florecimiento mágico del arte, labor-amatorio sagrado, riguroso y conmovedor. El idealista que ha dejado de lado la queja, la culpa y la vergüenza. Ave de alto vuelo en el que la vida sucede como plenitud de todos los verbos con que se puede devenir con dignidad mística y esencial en esta roca de fuego. Te nombro brisa de primavera porque te siento fresco y fecundo. Habitas tu cuarto con hoja en blanco, lápiz en mano, cuerdas y maderas, cuyas pulsaciones alineas en tu horizonte con esa preciosa vista del suroccidente de Medellín. También eres respetuoso visitante de los montes y los rincones silenciosos de este valle que te han hablado en el momento oportuno. Observador de mirada diáfana y corazón atento. Tu fulgor es genuino y bello, se obsesiona por manifestarse y esa manifestación no puede menos que arrobarme. Cultivas con cuidado una raíz que se expande en la tierra y hacia el cielo. 

Ave de Jazmín: Amante amado. Joven de voz clara, vulnerabilidades expuestas y asumidas con la naturalidad que otorga la charla tranquila en una banca que mira hacia las luces de la ciudad. Eres el anfitrión de la montaña mágica, allí donde termina la ciudad que nos expulsa e inicia la ciudad que me abraza a través del bosque. Paraíso de columpios para niñas de 27 donde sopla el viento con olor a jazmín, divago sobre las formas de las nubes y puedo escapar del ruido mientras escucho tus impresiones y experiencias. Fuiste y me hiciste caricia viva. Tu beso fue un bautizo para renacer de un episodio autodestructivo. Habitas en mi abrasivo e insistente deseo de pasear mis dedos por tu cabello y por tu brazo, de recorrer el parque mientras al tiempo mapeo tu cuello con besos. Ave de canto sublime que luego me invita a su nido para elevarme con una delicada celebración del éxtasis. Mi inspiración alcanza los umbrales del delirio y sólo quisiera que ese fragmento de eternidad se prolongara hasta el hastío, que ambos con los ojos embriagados, siguiéramos hablando del olvido que logramos al saborear la piel del otro. Pero como la niebla o como el aroma de las flores, la magia se agota demasiado pronto para alguien tan genuinamente necesitada como yo. La repetición es impredescible y yo quedo pendulando como cuerda rota, mecida por los caprichos de una ave que vuela en su ciclo de contradicciones. Si supieras que cada que te veo tengo que esforzarme por controlar mi deseo de ser tu hecho de lujuria. Si supieras que te quiero. Amante, nunca te dije que te amo. Así como tampoco será esa noche que prometiste. 

viernes, 30 de agosto de 2019

Sol de medianoche


Mi vida fue, hasta hace poco, fundamentalmente diurna. Cultivé fielmente y con rigor estados de vigilia y sobriedad depositados en largas y solitarias jornadas de escritura y lectura. Por alguna paranoia heredada veía la noche como sinómino de peligro (físico y psicológico). Pero la curiosidad y también la insinuación apabullante de los sentidos han desencadenado una fuerza cada vez más potente; fuerza que designa el origen actual de mis acciones. Lejos de una idea complaciente con la autoridad y el paternalismo, fui abrazando una versión noctámbula de la libertad suscitada por la cercanía de otros con quienes descubrí el apasionamiento de la voluntad y la tentación del caos. Desde entonces la noche ha sido sinónimo de éxtasis, embriaguez y conmoción generando así una condición constante de exceso, no tanto por la desmesura de la vivencia en su ocurrencia sino más bien por el largo estrecimiento de la piel y la perdurable ruptura de las ideas en la incandescencia de las emociones. 

La noche me ha iluminado con la claridad de revelaciones esenciales: la alteración de la conciencia y la apertura del cuerpo. No preciso de sustancias externas para responder al llamado de ese camino mágico, aunque no niego que la nicotina, el tetrahidrocannabinol y el éter etílico han sido herramientas útiles para acelerar o bien las posibilidades de trastocamiento interno o bien la amplitud de la interacción con los demás. La fiesta es la ocasión perfecta para la comunión (comunicación y unión) definitiva: sólo existe lo que es, es decir, lo que vibra en la voz, en los pies, entre los dedos, entre las piernas. El ego se diluye dando paso a la mancha de un océano primigenio, manifestación violenta y danzarina, mas nunca maliciosa de una destrucción fecunda. 

Pese a todo, mis noches favoritas no son las del egoísmo desdoblado bajo las festivas luces de neón. Mi éxtasis se concentra en las calmadas y silenciosas horas en donde el sol de medianoche realiza una callada pero frenética revolución del deseo. Así, la noche ganó el nombre de anhelo y el anhelo se convirtió en ambición de deshacer el saber y rehacer el cuerpo en la celebración de su salvaje y mística agitación. El problema es que aun estando en las sombras creo alcanzar la luz de una nueva madrugada. Siento que vuela sobre esa noche clara, un ave de jazmín que hunde su semilla para convertirse en raíz. Pero en las sombras las luces nos engañan y lo que tomamos por claro resulta ser pardo. Y así, el placer se torna desasosiego y el sol de mediodía me golpea con la ruptura del espejismo, dejándome desarmada en la soledad de un infinito desierto que hiere con bocados de arena a una garganta sedienta y necesitada del manantial ficticio que sólo emana del sol de medianoche.

lunes, 26 de agosto de 2019

Grieta

The more you change the less you feel

La grieta impide entregarse al abismo. Ofrece, con seguridad, la posibilidad de encontrarse con bordes hirientes pero no con acantilados mortales. El narcisismo del deseo es el agrietamiento del espíritu. 

viernes, 9 de agosto de 2019

Deshacer



La vida, Marta, es un visaje de perro.
Al final la gravedad deshace el peso del idealismo y sólo resta vivirte y vivir la ligereza de este accidente desde la ironía. Marta, ojalá hubieras cruzado mi orilla, a pie, sin prisa...

Charlatanes de la pereza

sábado, 3 de agosto de 2019

Arropar

23 de septiembre de 1997
 
Hablando de palabras que dicen no por lo dicho sino por su sonido recordé uno de mis verbos favoritos: arropar. Inmediatamente lo asocié con mamita Maruja. No recuerdo bien si ella fue quien me enseñó esa palabra. De todas maneras poco importa el origen. Todo recuerdo es interpretación. Importa, entonces, su efecto. Mamita usaba un chal café, era una de sus prendas características. Mamita fue de las pocas personas con quien compartí cotidianidad fuera de mi casa, de mis padres y de algunas primas. También fue una de las pocas personas con quien he dormido y compartido cama y abrigo por varias noches. 

Mamita, mi abuela materna, no era la madre de mi madre, era su prima, así que no se trata aquí del llamado de la sangre —y la visceralidad que ello implica— sino de un vínculo menos visible y más profundo. La adopción es una figura que me parece muy poderosa porque es el manifiesto de un amor asumido con convicción. Dice Lacan que "todos somos adoptados". Es una hipótesis que me parece vivificante porque nos libera de las obligaciones impuestas por los símbolos del origen. Me gusta pensar que como hijos de nuestros padres y como hijos de nuestro continente somos adoptados, quiero decir, fruto de muchas herencias e intervenciones. Eso es América, "Nuestra América" contradicción de tantas paternidades con sus injusticias y renovadas riquezas. 
 
Mamita cocinaba para mí dulces y sánduches, pero también sopas que revelaban nuestros cuerpos tricontinentales convertidos en islas de los innumerables mestizajes del Mediterráneo, el Atlántico y el Pacífico. La sopa de mamita llevaba el cerdo español, la papa y el maíz americanos y el banano africano. La sopa de mamita era el mundo. Cuando veo su chal pienso en su generosidad y valentía. Ella renunció a la vanidad y a la necesidad. Fue, el suyo, un amor de elecciones vitales y no la imposición de una supervivencia agónica —la de los genes—.

Qué impredecibles son las conexiones de los afectos y las resonancias arbitrarias de algunas palabras. El caótico presente me arropó de nuevo con la huella cálida de mamita, en ese enigmático misterio de las presencias sin cuerpo. 

jueves, 25 de julio de 2019

Solo para Marta


Una tarde de abril trajo Solo a Marta. La penumbra del parque era interrumpida por destellos de espuma dorada y de electricidad ocre.
-El amarillo, ese color paradójico, pensó Solo. Así despuntaba el amanecer, así brillaba el oro soberbio, pero así moría el día y sepia era el color de las hojas que no se llevó el viento pero sí el olvido.
-Definitivamente la nostalgia era amarilla. Volvió a pensar Solo.
Marta tenía un buso negro y Solo una camisa blanca. Juego de antagónicos que, sin embargo, se fundió en gris. Gris de humo, más que gris de asfalto. Fueron nube de tormenta. Era la primera vez que Solo veía a Marta. Pero entonces, sin sospecharlo, Marta se volvió su hogar en hoguera. Casa ruinosa antes de ser construida. La espalda de la despedida que saluda con crueldad. La nostalgia, Marta.
-Solo, ¿me das un beso? Preguntó Marta.
-Marta, el cielo está iluminado. Respondió Solo.
Era luna nueva, la noche se alzaba plena y justo en ese momento hubo un apagón. El buso de Marta era negro. La mirada, luz Solo para Marta.

lunes, 8 de julio de 2019

Simulacro


Noche blanca. Sol negro. Las décadas: no atravesó en vano (vacío del muro) la vanidad y el resplandor. ¿Puede un ciego ser superficial? Esa pregunta va y viene siempre en las madrugadas que me ven con los ojos abiertos por la insistencia del falso idealismo (como toda exacerbación de la imagen). Ahí viene el bufón disfrazado de bilis negra. Error deliberado: confundir la ortiga con raíz.

sábado, 6 de julio de 2019

Podría ser


O también puede ser que, simplemente, esté romantizando la falta de empatía del otro. Las palabras se han tornado simulacros de autodefensa, conjuros que prolongan el hechizo de las máscaras. En todo caso, y aunque sean arbitrarias las divisiones del calendario, esta segunda mitad de 2019 empezó con la constatación del desamparo y la desestimación del esfuerzo. ¿Es por qué se cierne sobre nosotros?, ¿si fuera desde nosotros seríamos autoindulgentes? Hoy no importa, el presente es un grito de vísceras. Ni silencio, ni sermón. Pobre animal metafísico que sólo puede ser estertor de la noche. 


jueves, 4 de julio de 2019

Los mesías escriben en la arena


Cuando ni la autocomplacencia, ni una moral externa determinan las acciones y las reflexiones que estás generan, el tratamiento de las emociones se convierte en un trabajo arduo y autoexigente, pues libre de la tentación "delegacionista" (de culpas, de pesares, de ofensas) uno, aun encarnado por el apasionamiento, se pregunta más bien por los contextos y la circunstancias que les dieron origen y en las cuales se darán sus consecuencias.

No creo que, en la mayoría de interacciones, podamos hablar de víctimas y victimarios. Todo contacto iniciado deliberadamente (y digo esto para diferenciarlo de las situaciones de abuso) es sólo eso, una voluntad del encuentro. Y eso es maravilloso, porque dos personas hacen tregua de sus soledades constitutivas para trenzar en el lenguaje o en la caricia un tejido vivo de genuino compartir, por más que las máscaras funcionen como agujas de esa urdimbre. Ellas siempre nos acompañan, sin embargo, no es menos cierto que pese a ellas hay verdad y revelación pura en todo acto de comunicación.

Pero la ambición, la manía esquizoide de proyectar, es lo que arruina esa potencia mágica del presente. La corrupción del encanto se da entonces por su inmersión en las turbias aguas del futuro; allí donde nadan las miserias del ego. Anhelamos la validación del sujeto deseado, ser observados con detalle y atención, asentar nuestra identidad en su aceptación. Pero estas operaciones implican una ampliación (temporal y espacial) de la voluntad del otro, la cual no podemos controlar. Así, en el afán de reconocimiento alimentamos expectativas llenas de impaciencia y nerviosismo que terminan por agotar la belleza de esa transparente aurora en que fuimos uno.

La comunión es un presente autorreferencial. Su sacralidad reside en la entrega inmediata y en el olvido que se da de forma simultánea a su ocurrencia. Por supuesto, esta es una autoadvertencia que hago al constatar mi caída en el vértigo de competir desde la memoria, de condicionarme por un futuro escurridizo y de ceder al facilisimo de la tristeza y la ansiedad. Pero mi anhelo es otro: tú fuiste el mesías que destruyó la hoja seca del miedo; tú encendiste el fuego, pero el incendio ahora me pertenece. Y en él celebro un cálido bautizo.

Por eso mismo, quiero atenerme al regalo de una escritura contingente. Dijiste que ninguna escritura es inocente, que en el fondo es siempre fingimiento. Quiero asumir entonces el hecho de haberme honrado con tu escritura en la arena de mis playas; así hallaré tranquilidad en la pérdida de la palabra: será la prueba de tu paso benevolente, es decir, ligero (en tiempo y densidad) pero contundente. No será en la presión de una prolongación forzada donde hallaré mi dicha, sino en la suscitación de una vida nueva que se hará y deshará en sucesivos castillos de arena.

viernes, 21 de junio de 2019

En el medio


Mayo y abril de 2019 han sido meses reveladores. Desde hace tres años inicié un violento proceso de autocomprensión, dominado inicialmente por un afán autodestructivo, que apenas está siendo sustituido por la autoexigencia de comprometerme con el cuidado de sí. En ese camino he aprendido que la soledad es un escenario prolífico y que, por tanto, nada tiene que ver con ella la severa austeridad que impuse a mi cuerpo, torturándolo injustamente.

Esa retirada voluntaria, que duró cerca de dos años, fue la respuesta a una emoción que ha sido protagonista en los momentos tan decisivos como cotidianos de mi vida: el miedo. ¿Qué es el miedo para mí? Es la anticipación destinada a neutralizar la acción con el fin de minimizar, si se puede, evitar, el impacto de la experiencia. Aunque debo precisar que más que la experiencia, temía las consecuencias tras su conclusión. ¿Cuáles eran esas consecuencias? Abandono, desamparo, desarraigo. En resumen, vivir significaba ser arrancada, ser vulnerable, exponerme a la pérdida.

Tiranizada por esa idea, empecé a asumir el entorno como una presencia hostil y al otro, a los otros, como eventuales ladrones e incluso como asesinos (simbólicos, claro está). De manera que yo, quien me he ufanado de una supuesta inclinación dialéctica, estaba definiendo la realidad en los reducidos términos de dos extremos sin puntos medios (el blanco del inicio y el negro del final). Y si ese final me atormentaba era porque lastimaba mis aspiraciones narcisistas (el olvido). En ese escenario el otro era mi enemigo y el futuro era sinónimo de aniquilación.

Paralizada y agazapada por el miedo, nunca me permití asomarme o treparme hacia, entre o sobre "aquello" que sucedía entre esos dos abismos. Recién descubro que en ese intersticio, que tercamente insistía en omitir para protegerme, estaba  la vida. ¿Qué es la vida? la celebración de sí y del otro desde la generosidad, el reconocimiento de la amistad como vínculo supremo y la asunción del futuro como enigma. En esta posición renovada, la curiosidad dejaba de ser tormento o condena y se convertía en posibilidad de enlazar el conocimiento con la compasión. Hasta este momento siempre había temido, es decir, siempre me oculté e ignoré las voces circundantes.

Pero eso hizo que el malestar se acumulara y que lo nombrara equivocadamente; no era ansiedad lo que sentía, en realidad me aferraba a una exaltación del egoísmo. Hoy, con el pecho agitado por el salto pero no por el miedo, descubro en mi entrega unilateral aquella fortaleza y seguridad que absurdamente pretendí preservar bajo los pesados muros de una imaginación mezquina y paranoica. Por fin entiendo que esa serenidad de los espíritus fuertes sólo florece en los jardines del mundo, en los cuales ahora me siembro.

jueves, 20 de junio de 2019

Intuición de habitar







La casa rosada fue mi primera inversión en finca raíz. Tenía 8 años. Fue a finales de 1999. Hoy la familia está desayunando mientras conversa un jueves al sol. Mi mamá, tan cómplice, fue quien diseñó y confeccionó las cortinas.

Luego de tantos años de obsesión por las casas y sus moradores, me doy cuenta de lo arraigado que es mi interés (temprana intuición infantil) por la forma en que habitamos, nombramos e imaginamos el espacio íntimo y doméstico.

sábado, 15 de junio de 2019

Burgundy


Quisiera renunciar al impulso y ser fiel a la necesidad. Pero el deseo desborda la copa de la mesura y el vino se sirve fuera de su contenedor, manchando el paisaje y ofreciéndose de forma inminente a quien lo sostiene. ¿Para qué? Sabido es su origen egoísta y, por tanto, violento. Pero, ¿no sería ese espasmo otra forma de manifestar una comunión? Brindo, entonces, por la potencia enternecedora de su intensidad fugaz.

martes, 11 de junio de 2019

Código rojo


Hablar de libertad fue la forma sutil de dar una despedida sin posibilidad de hasta luego. Y así conviene que sea. Es lo justo. La verdad se manifestó a plenitud en el presente. Pero las revelaciones no son elásticas. Mi ambición es imprudente, es desesperada, es invasiva. Mi perversión es anhelar la repetición. Pero quiero ser justa, no estirar el deseo. Comprender será mi despedida.

"Good Lord, only a moment of bliss? Isn't such a moment sufficient for the whole of a man's life?"

"A joy of beauty is a joy forever"